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Aprendiz del barro
cuento de Enrique Estrázulas

 
 

Nació para campeón. Por corajudo.

Lo garroneó la muerte en el boliche.

De pibe el viejo lo ataba a una cadena. Un infierno de pibe indomable. Se escapaba del barrio y no volvía. Allá como a los veinte o treinta días se aparecía con la caja al hombro. De lustrabotas se ganó la vida aunque nunca logró cambiar de oficio: gastaba la de trapo en el baldío, al norte del arroyo y el bostero.

Lo marcaban de a tres y no podían, le daban lata y daba más que nadie. Y se metió en la bronca de los bondis, la navaja, la piña americana. Fue contratado para usar los puños, le daban comisión por el fangote, tenía achicados a los guardas todos, fue el mejor guardaespaldas de los pungas, bagayero de a ratos, "pecho verde". Para meter las manos era un viento. Llevó una muerte encima y nadie supo, lo tiró en el arroyo por la noche, en esa canaleta de agua hedionda. Por eso le llamaban Aires Puros al barrio que lo vio saltar tejidos, romper la fiesta de los corralones, de peseta nomás, de puro macho, cambiar el resultado del partido.

Lo sacó el Imparcial del Ipiranga y en pocos meses ascendió a primera. Concentrarlo era bravo, era difícil. Lo digo porque sé.  Yo lo buscaba, averiguaba en las comisarías y lo encontraba ya sobre la hora. Pero jugaba igual, mal entrenado, durmiendo donde cuadre, mal comido. El presidente lo necesitaba. En cualquier cancha, con cualquier hinchada, aunque el miedo doblara a los muchachos, con el hombre al costado era distinto: les daba una inyección en cada grito, les tenían más miedo que al contrario. Y a la salida no pasaba nada, nadie como él quería ser el primero. Me acuerdo de la bolsa y el remiendo. El aprendió perdiendo a ganar todas.

Lo compró el Colonial y entró la buena. Con el nueve en la espalda hizo las latas. Quedó atrás la piecita a queroseno donde todos dormían amontonados. Y nunca se olvidó, nunca la suerte pudo cambiarle el rumbo, la fachada.

La llevaba escondida entre las piernas, la cuidaba con una y la doblaba. Era buen pisador, trancaba duro, un asesino si metía la plancha. En el polvo del área la sabía: metedor con los codos, agarraba, pisaba sobre el salto a los goleros, les llenaba de tierra la mirada. Los jueces no veían, era astuto, para ser sucio y para ser callado. Si el juego era leal jamás lo hacía, dribleaba como un dios y la pasaba, los pasos largos eran serpentinas, dibujador perfecto de la cancha. Y si pateaba reventaba redes, tatuaba postes con los pelotazos, armador de partidos imposibles, con la cara impasible y esa nariz de infanto.

Colonial lo llevó porque metía, dueño de la pelota en cualquier lado. Le pusieron el nueve y fue de gira, eligió los más duros campeonatos, siempre con el balazo en la rodilla, casi en el muslo, bala silenciada, despertaba sospechas y respeto. Nadie le preguntaba.

Fue el primer choque con la policía una noche dormida entre las chapas. En el mismo boliche cachaciento: el andurrial donde iba la perrada. Desparramó al botón con una zurda, salió de raje y lo alcanzó la bala. Adentro la llevó dos días a monte, ya sin poder pisar y desangrado. Lo curó una panera a la sordina, nadie creyó que iba a seguir jugando. Y se cruzó la franja del cuadrito y dobló la rodilla.

Siguió, como si nada.

El Colonial lo consagró caudillo, ídolo de la hinchada, esa mersa que olvida tan de golpe, ese corral de tantos charlatanes. En todas partes era el que metía, el que se la jugaba, el que nadie eligió como enemigo, el que peleaba con pelota y lanza. Cuando toquen el pito te amasijo, le chamuyó al macaco retobado, aquel que lo escupió, bayano grande, con el tres en la espalda. Y el juez pitó, se le acercó de a poco, en la boca del túnel del estadio. A saludar se le venía el baboso y allí quedó, noqueado.

La cuereada más dura fue en Sajonia, contra los paraguayos. Era de vida o muerte ese partido. Y había que ganarlo. Viajó bajo amenaza, sin remedio. Les cantó que iba igual y no anotaron. La indiada lo quería ver partido: ese día lo quebraban.

Era bravo salir entre el gentío, los silbidos, la lluvia de naranjas. Algunos parecían varas verdes, metidos en el pozo, sin ánimo, sin garra. Les pidió que salieran despacito, uno a uno, sin prisa, caminando. Ninguno iba a correr. El fue primero, con la guinda en el hueco del sobaco. Ahí estalló Sajonia. Fue de golpe, apenas lo miraron. Le llovieron insultos y botellas, el túnel quedó atrás, el alambrado, los naranjados rebotando cerca. Ya con los huirás no silbaba nadie.

Golpe de luz del taita esa salida, una jugada para no olvidarla.

Los paraguas entraron a dar duro, era la orden achicar de entrada y les salió al revés. Fue un pelo a pelo, un cuerpo a cuerpo de tapones altos. Aquí nadie se achica, nadie afloja. Y la cuereada la ganó a latazos.

Uno a uno y penal. Barrida y pito. El porteño cobró: quedó jugado. Fue al punto blanco y la pidió en seguida. Porque el penal lo vio todo el estadio. El Colonial ganaba si iba adentro. Hervía el Sajonia, todos protestaban. Si alguno la metía era seguro. Pateaba él, llovían las naranjas. De pronto la sacó. pensó dos veces, y el porteño pedía que tirara. ¿No me complique más, tírelo ahora! La colocó otra vez, se afirmó lento, como triste venía caminando. En los tres palos el guardián nervioso, agazapado como una tarántula, parecía una araña parecía, parecía un futuro fusilado.

Él, manso, se acercó, miró las redes, y la durmió en el fondo. Sajonia era una lápida, era un velorio aquello, era una misa, era una catedral de madrugada.

Con los macacos lo pusieron siempre; era un especialista en aflojarlos. Lo conocían bien, nadie quería, nadie quería con él en la trenzada. Y nunca olvidaré Villa Belmiro, las tribunas repletas, meta zamba, pandeiro y tamboril, piedras y cuetes, fuegos artificiales. Yo me aguantaba todas en silencio, quieto en la batucada. Si me daban la cana era hombre muerto, la posaba de tránsfuga. Un oriental en medio del jolgorio, sólito ahí, ay Dios si me junaban...

En el terreno todas las tenía, tranquilo como siempre, como en casa, el anormal no conocía el peligro, ese alambrado que se le inclinaba. Y atrás los ogros que se lo comían, bombas y botellazos.

Lo vi juntar la tierra antes del centro, sabio, mañero y aprendiz del barro. El golero salió por mariposas, abrió los brazos: no veía nada. El diez saltó y adentro, globa al medio. Y se desesperó la macacada. La banda se calló, los parches mudos, tiraban piedras o lo que agarraran. El vivo ni miró, lo sabía todo: pachorriento jugó, por un asado.

Pitazo. Suspensión por las botellas. Las puso en fila, las amontonaba. Una bomba cayó muy cerca suyo: la devolvió sin reventar, desbande. Cuando estalla se rompe el gallinero, trepan por todos lados. Los postes parecían bananeros, la batalla se armó, lío y trompadas.

Minga de garantías, un delirio, la conejera se cayó a pedazos. Y ganó el Colonial. Tres-dos, el arbitro asustado. Se simuló un empate por las dudas, para salvar la vida, pa'calmarlos.

Mil de aquellas le vi. Y el hombre un hielo, en los potreros o en el Centenario, en Wembley, en Moscú, en Avellaneda, en los agarres con el Hacha Brava.

Esa vez fue el final, ya se habían visto, se habían dado parejo en varias canchas. Él, manso, siempre le batía en la oreja: Mira que yo me aguanto en cualquier parte. Cuando trancaban se elevaba un trueno, chocaban a matar, se saludaban. Y a la vuelta otra vez, pierna con pierna, tapón contra tapón, codo y frentazo. El jefe diablo rojo no protesta: Así se juega al fúbol. qué carajo.

Era el último round de Avellaneda. Lo descubrieron justo, lo chaparon, antes del corner, con la tierra arriba. Fue del puntero el fato, la gilada. Se demoró en centrear, amagó justo: la polvareda que me lo delata. Lo denunció el arquero y hubo pito, tarjeta y expulsión. Afuera y basta.

Se fue despacio, resignado, solo. Le tiraban de todo y caminaba. Con gesto de campeón se hundió en el túnel: era la última vez con la rayada.

Le había ganado así varios partidos, jugando como un dios o mañereando. Pero esa vez lo echaron y perdieron. Entonces lo vendieron, lo sacaron. Y nunca más. Es fácil el olvido: esa memoria de los empresarios.

El hombre se apagó, ya no lo vieron, pisando fuerte las gramillas largas. Jugó unos años más, siempre virtuoso, siempre varón y sabio. Volvió al cuadrito con lo que podía, por oficio nomás, siguió jugando. Sentía el corralón, la bronca vieja, el olor del arroyo lo llamaba, la murguita, los coros de la esquina, la medialuna que caía en las chapas.

No pudo terminar como esa noche. No fue con un revólver ni navaja. Fue un taco de billar que entró en su pecho; le partió el corazón contra el estaño. No pudo ser asi, justo conmigo, con el que nunca se le retobaba.

Lo garroneó la muerte en el boliche, lo garroneó al campeón, así, de puro maula.

de Los viejísimos cielos. Sudamericana, Buenos Aires. 1975.

Enrique Estrázulas
Escrito en el césped
Ediciones de la Banda Oriental
Montevideo - julio 1998

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