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Miguel de Cervantes


ensayo de
André Suarès

Traducción de Ricardo Baeza

 

Don Quijote

Ahí viene el santo de la justicia, Don Quijote, el más noble de los hombres y el más sencillo.

Cree como un niño; pero nacido de padres tan puros que no puede creer en nada impuro; y todas sus creencias constituyen un sistema de pureza. La fealdad del mundo no le alcanza; él se siente con fuerzas para corregirla. ¡Es tan valeroso! No perdiendo jamás el ánimo, no pierde nunca la confianza: es un prodigio de buena voluntad y la enseña de toda esperanza. Tiene idea del paraíso y de que podría florecer en esta tierra. ¡Sería tan fácil, sólo con que todos los hombres fuesen como él! Pero ni siquiera pide tanto: basta con que los príncipes y los grandes del siglo le confíen la policía del género humano. Un Don Quijote aquí, otro allá, un caballero de la misma orden en cada provincia, y no tendrá ya que avergonzarse Dios de su reino: paz a todos, gracias a los hombres de buena voluntad.

Sencillo como un niño, no se sabe, sin embargo, lo sabio que es, y cuán nutrido de exquisita erudición. Sería un doctor, si no fuese demasiado honrado para tener trazas de pedante. No enseña más que con el ejemplo. Y si, a veces, alecciona, es con una modestia de doncella, porque la solicitan que hable y le ruegan levante un poco su velo. No obstante, ¡qué suave orgullo esconde así! El júbilo de servir hasta la
muerte, y quizás mejor que nadie, todo lo que vale la pena de ser servido.

Ha leído mucho y aprendido mucho. Pero ha hecho de todo un zumo de humanidad. De él lleva una redoma inagotable en el arzón de su silla: es su elixir de buena vida, remedio a toda herida: el bálsamo de Fierabrás para los papanatas; pero, en secreto, el filtro de Conciencia altiva[1]. Porque este gran guerrero va casi desarmado. No lleva armas de fuego, ni pistola, ni arcabuz: desprecia toda esa artillería engañosa. No va provisto de ponzoñas ni de máquinas diabólicas, para demostrar la bondad de su doctrina. Sólo tiene su elixir de humanidad, que escancia al primero que llega. Él, ayuna, con una santa sonrisa. Jamás hubo sonrisa más encantadora que la del héroe descarnado, de piel amarillenta que agujerean los huesos, de mejillas cetrinas como un zapato viejo, y de fuertes ojos negros, hundidos bajo la frente, esos ojos que han visto tanto la miseria del mundo para olvidarla, para curarla, para vengarla o purificarla. Los ojos de Don Quijote son los clavos de la Cruz en un rostro de polichinela. ¿Y quién sabe si no es Don Quijote la cruz a caballo, divina y escarnecida? El éxito le tiene sin cuidado; él sólo piensa en la victoria eterna.

Y Don Quijote, jinete en su sublime rocín, que es la quimera entre las gentes a pie, ¿de dónde saca tanta hermosura y excelencia? ¿De dónde, ese aire tan verdadero, tan santo y, aun en la carcajada, una expresión tan noble? ¿De qué provienen tanta certidumbre y buena majestad, que ni siquiera alteran las risotadas de la canalla y la amenaza de los políticos? ¿De dónde, si no es que Don Quijote es el Gran Cervantes mismo en armadura de caballero andante?

Venid, pues, sublime manco de la guerra justa. Venid, soldado de Lepanto, que perdisteis un brazo en la batalla por Jesús contra los Bárbaros y los Turcos. Venid, vos a quien pagaron vuestro genio y vuestros servicios con la ingratitud de los reyes, la miseria en la casa, todas las pequeñeces de la vida en familia y todas las bajezas de la envidia, del odio y del silencio, armas habituales de los autores. Los hombres de letras os han condenado al Santo Oficio.

Heos aquí. Ya no os distingo, Don Quijote y Cervantes. Tan hermosos sois el uno como el otro. Vuestra grandeza es inimitable: debería hacer llorar y hace reír. Nada bajo puede mantenerse ante vosotros: Cervantes se burla o se indigna; y Don Quijote arremete, con su gran alma, que lanza ante sí como una guadaña.

Don Quijote es el delirio de la justicia, porque todo es delirio en un sentimiento absoluto. El amor más bello del mundo es un delirio por el instinto que asegura la especie y no pretende más.

Don Quijote ama tanto la justicia, que es la medida de todo derecho. Un sentimiento divino anima este luengo saco de pergamino y huesos. Es el legajo vivo de los pobres, de los oprimidos y de los dolientes. Pero no aboga: arremete, con la espada en alto, contra el mal triunfante, como un arcángel: su padre se llama Miguel. La fuerza maligna es el dragón.

Él es el justiciero. Sabe el derecho: lo dice. Y lo hace: obra.

Es el adalid de toda causa que la fuerza oprime. Sólo ama la paz, que es el reino de la justicia: la ofrece a todos, y no la alcanza nunca.

Y, solo, armado de una tranca, cubierto con una bacía de barbero, montado en un rocín, sabe que es más fuerte que todos los poderes de la tierra, que todos los hechiceros de la violencia y todos los demonios del infierno. ¡Oh fuerza de las fuerzas, tu nombre es corazón!

Decir el derecho, habitualmente, no es decir la equidad, sino la regla establecida por la sociedad de los hombres. Esta, regla es una compensación de intereses, y el interés común es su patrón. Pero más allá de este mundo reglamentado, está el reino de Dios. Jesús condena los tribunales, pues la caridad divina no tiene pacto con todas las flaquezas y miserias de la justicia entre los hombres: miserias lúgubres y, a veces, de una fealdad tan insolente, que dan a la justicia una faz de muerta.

En una palabra, la historia del derecho no es la historia de lo justo, sino el progreso doloroso de la justicia hacia la equidad, del hombre egoísta al hombre que lo es menos, es decir: del animal al hombre.

Don Quijote es el caballero andante de la santa equidad, que es la caridad perfecta: pero la caridad fundada en la razón.

Ved cómo se afana y pena, y siempre con tanto agrado y dulzura. El Caballero de la Triste Figura es la sombra grotesca de Dios en el hombre. Es el hombre de dolor que hace reír. La risa, a menudo, desarma a los malvados.

Le burlan, le tunden, lo escarnecen. Y se le quiere. Se le venera. Es sapientísimo, y le creen simple. Le tratan de loco, y se asombra uno de su cordura. Poco falta para que se le rece y adore. Sólo un galeote o un doctor en teología pueden enmendarle la plana.

Santa risa

Soldado, héroe; lisiado en la batalla, manco; enclenque desde la juventud; a menudo enfermo; siempre en la penuria; de duro temple, sin embargo, y de fibra fuerte; muy castigado por el destino, poco socorrido; cautivo en Argel, esclavo en Túnez, la cadena al pie y la cuerda al cuello, como en los cuentos antiguos; pobre en todas partes, mal pagado, poco leído, confundido en la turba, excepto a las puertas del sepulcro; cargado de familia, y la familia es estúpida: Cervantes ha vivido arrastrando su fardo por un camino empinado y pedregoso, acuciado por la espada de la fortuna y el aguijón de la pena. No se queja, ni siquiera cuando monta en cólera. Tiene del mundo la misma idea que Don Quijote: sabe que es malo, perverso, violento, irrisorio, grosero, brutal, inicuo y sin piedad: y lo cree bueno, o pudiendo serlo; capaz de dulzura y de respeto; hecho para la belleza, la caridad y la justicia. Se es pesimista de hecho y optimista de intención.

Venerable confianza, sublime optimismo del gran corazón: es el triunfo de la buena voluntad. Ciertamente, la razón no entra en ello para nada. El mundo es bello y bueno: lo es, porque debe serlo. La belleza es real, si está en mis ojos. La bondad del hombre no es una fábula, porque, bondad y belleza, el hombre tiene cura de ambas, y las crea a medida de su voluntad intrépida.

Así, la segunda parte de Don Quijote es más bella que la anterior. La creación ha conquistado al creador. El artista se ve obligado a amar su obra. Quizás ha comenzado por reír de ella: ahora, cree en ella. Acaricia en secreto a su héroe, después de haberle burlado.

Más allá

Con frecuencia, en Cervantes, la vida va mucho más allá de la obra: signo de una inmortal excelencia.

Lo que Cervantes dice por donaire, quizás, toma muy distinto sentido; y en lugar de ser ridículo Don Quijote, es sabio, profundo y venerable.

Esta propiedad es característica de los grandes cómicos, de Rabelais, de Moliere, de Gogol y de las obras maestras rusas.

“Majadero, exclama Don Quijote, a los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos, van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o por sus desgracias; sólo les toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas, y no en sus bellaquerías. Yo topé un rosario y sarta de gente mohína y desdichada, e hice con ellos lo que mi religión me pide, y lo demás allá se avenga.” Él no se cree en el mundo sino para castigar la insolencia de los violentos, la crueldad del orgullo y los abusos de la fuerza. No es rebelde a la sociedad. Ésta es la que todavía no es social, ni conforme a caridad.

Su encantadora llaneza le ayuda siempre a vivir y pensar noblemente. La llaneza es entonces el traje de casa: los mismos caballeros se quitan de vez en cuando la coraza.

Después de una querella, una vana disputa o un pique de amor propio, Don Quijote, superior a su mismo derecho, hace las paces con quien le ofende: “De aquí en adelante, dice, ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía.” ¡Qué hermosas palabras, y cuán ricas de sentido! Don Quijote quiere dar a entender el respeto que se le debe.

“Te disculpo, y tú también perdóname el enojo que te he dado; que los primeros movimientos no son en manos del hombre.”

Llaneza no es familiaridad. Es una especie de sencillez amistosa de doble raíz, de indulgencia con los demás y de abandono a su humor. Se les abre crédito a causa de la perfecta lealtad: la que uno tiene, no la que ellos tienen. Sin mucha facilidad para el perdón, no hay virtud superior: sicut et nos dimittimus. Esta dulzura, en un alma fuerte, va mucho más allá de toda magnanimidad. “Mal cristiano eres, Sancho; nunca olvidas la injuria que una vez te han hecho”, dice Don Quijote. Se perdona cien veces, y no se olvida una. Y ocurre también que no se olvide el haber olvidado.

Don Quijote cierra contra todos los prejuicios, y se le da un ardite de adagios y proverbios. Es tan libre de espíritu como debe serlo siempre un verdadero noble de Occidente. Sólo el hidalgüelo se encuentra preso en la vanidad de todo aquello que le concierne personalmente; y sólo el pequeño burgués está a los pies del hidalgüelo.

Don Quijote no hace, realmente, buenas migas más que con los emperadores, los reyes desdichados que son dos veces reyes, los sacerdotes de Juan de Trebisonda y las princesas de fábula. Prefiere, sobre todo, la nobleza soberana, los duques y pares de la Tabla Redonda. Y los santos, a sus ojos, son los pares de Carlomagno celeste. Pero, a cada instante, da a entender que la nobleza, para él, es menos una herencia que una conquista. Razonando sobre la suprema calidad de los que hacen los grandes príncipes y las grandes casas, contrariamente a los que descendiendo de ellas las deshacen, “unos fueron que ya no son, dice, y otros son que antes no fueron”.

Suceda, pues, lo que suceda, y háganle lo que le hagan, Don Quijote se mantiene en su puesto: manantial inagotable de sentido cómico. El mismo héroe, si es indulgente y se doblega a las miserias de la vida, si puede pasar por encima de los ultrajes, es la comedia; y la tragedia, si resiste. Es más: resistir no basta, ni siquiera la pasión que no se teme poner en esa resistencia: es preciso además ser uno mismo, no pensando más que en sí. Y cueste lo que cueste a los griegos, a Dinamarca o al universo entero: Aquiles es, a ese precio, Hamlet o Polyucto. El héroe trágico es un egoísta.

Cervantes tiene todos los géneros de comicidad. Cuando Sancho ventosea, “alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco”, Cervantes responde a Rabelais, pero del mismo modo que a Triboulet el astrólogo de la reina: “¿Qué oigo?, dice bruscamente Don Quijote; ¿qué rumor es ese?” Hasta en este trance, digno y de trato afable. Ríe uno con él de bonísima gana: con él, y no de él. La risa dilata al hombre y lo dispersa: no lo ennoblece. La risa fresca de las muchachas, la risa dorada de los amantes, es una canción. Y la música, si es bella, es siempre un poco triste. Don Quijote es el único héroe en quien la risa enflorece la dignidad. Y, mientras más ríe uno de él, más le respeta.

Un exquisito pudor, una exquisita modestia. Tiene el orgullo casto. Se da la sinrazón, cuando es preciso. Pero morirá, si le hacen la sinrazón de una sospecha: él no tolera injuria a sus voluntades generosas. Sabe, no lo que vale, sino lo que valen sus razones de vivir.

Libre

No hay tan perfecta felicidad sobre la tierra como recobrar la libertad perdida.

“Me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres; cuanto más, señores guardas, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros: allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno; y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello.”

En el cautivo acaba por haber dos hombres: el criminal, a quien se castiga y condena en buen derecho, sin duda, pero en el pasado, como si no se le viese; y el hombre que se ve, el prisionero al que se hace violencia, el paciente a quien se compadece, por forzado que sea. Cervantes queda más acá de Don Quijote.

La libertad de Don Quijote no tiene límites. Sólo Rabelais y Montaigne, en aquel tiempo, son tan libres como él. No digo nada de Shakespeare, el soberano: su alma es libre como el destino: confidente de toda voluntad y toda pasión.

Don Quijote tiene el furor de la libertad. La escena en que liberta a los galeotes es única en el arte, antes de Stendhal. Un soplo de ironía corre por todo el relato; y de ironía destructora, por poco que se preste uno a ella. Los galeotes se justifican de tal modo, a despecho de sus tremendos crímenes, que nos sentimos de su parte contra los guardas del rey. El estudiante, manchado con todos los estupros, habla de sus acciones con la simplicidad y la calma de un héroe antiguo.

A nuestros necios maestros en política, para quienes todo lo que no es orden a su manera es anarquía, no les costará trabajo ver en Don Quijote un rebelde. Siempre tendrán el recurso de motejarle de loco. Pero al que se burla de Don Quijote, Don Quijote lo escarnece.

Don Quijote regula su libertad por sí mismo: que es la única manera de tener, a la vez, un buen orden y ser libre. No se tolera más que una traba, y demasiado se la echa de ver en los últimos días de su vida: es la absurda religión de la Santa Hermandad. Se reniega. Borra toda su obra. No deben leerse nunca las últimas páginas de Don Quijote: no son de él, ni de Cervantes, así lo espero, sino de su confesor que le habrá obligado, ya agonizante, a escribirlas. Pero, silencio. La hora de la muerte está llena de extraños accidentes. Hay quien ha dejado de existir, y creen que se retracta. Don Quijote no podría caer de tan alto, para ser una presa de caza entre los colmillos de un cura desalmado, un ama imbécil y una sobrina mentecata. Don Quijote no puede ser envilecido: he ahí lo que se llama mantener su alcurnia.

Sancho pueblo

Dígale lo que le diga su amo, Sancho, ante todo, le cree. Es que le quiere; libremente le ha seguido. Y le cree sin creerle; contra la razón, contra la evidencia, a expensas suyas, a pesar suyo. Don Quijote no es solamente el amor de Sancho: es su fe. “No dudo , dice en el momento en que más duda, bajo el azote del acontecimiento, bajo una granizada de golpes. Así el ideal puede ser el interés supremo.

Sancho pueblo, preciso es que te vapuleen de cuando en cuando, para impedirte ir en busca de aventuras y recibir paliza tras paliza. Tú buscas los golpes, rehuyendo primero tus espaldas más que nadie; pero corres a ellos: basta que sea por el bien o por una idea noble, que apenas pareces columbrar. ¡Oh Sancho pueblo, buen servidor de la Esperanza!

Rezongas, te enojas y gimes. Molido y quebrantado, no sabes dónde cobijarte para dormir. Si no tuvieras tan sólidos los miembros, y los dientes tan robustos, no te quedarían ya más que raigones en la boca, y estarías tullido y lisiado desde hace tiempo. Pero la vida está tan apegada a tus huesos como la fe a tu alma. Y tú no abandonas la trinchera, buen Sancho.

¡Continúa; adelante! Tú no quieres permanecer en la sombra, agarrado a la basquiña de tu mujer.

¿Adonde no te llevan con tu jumento gris? Un celemín le hace olvidar cien correazos. Y tú anegas en la hartura de un buen domingo cien días de ayuno y de rencor, que te hicieron enflaquecer bastante. Cuando comes y bebes a tus anchas, no hay rey que pueda equiparársete. Además, tú como el rucio tenéis la coz aparejada.

Eres fuerte, eres paciente. Eres sensato. Eres rústico como un asno del Poitou. Eres tierra y cardo, trigo candeal y vino de solera.

Y no tienes menos ingenio que tu cabalgadura. Tienes sus ojos; tan hermosos, que Juno te los envidia.

Mientras más refunfuñas, más pronto estás al servicio. Soportas todo fardo, y llevas toda albarda. A ti te basta con seguir al maestro de la obra, a tu loco de Don Quijote. Él es el pensamiento de la gloria que tú no te atreves a sustentar por cuenta propia. Es la santidad del honor que sirves. Y servir así, es ser lo que se sirve.

No te diferencias de tu héroe más que en el humor. A veces, el pollino aventaja a Rocinante la quimera. Pero descansáis con la cabeza del uno apoyada en la cruz del otro.

Don Quijote y tú, sois también Marta y María. ¿Y qué haría María sin ti, buen hombre?

La bondad del mundo está hecha de vosotros dos. El uno hace frente a la vida con un rostro tan grave y apesadumbrado, que sorprende verle reír. Y el otro llora, cuando es menester, con sus mejillas redondas que hinche una carcajada eterna. Éste, aun cabalgando, va cómodamente arrellanado; en tanto que aquél, hasta en el lecho, va a caballo.

Ambos hacéis creer en la excelencia de la vida y del hombre; aldeano el uno, el otro caballero; repleto el uno de refranes, el otro todo embalsamado de libros y poemas; Sancho, bien a ras de la tierra; Don Quijote, cerniéndose sobre ella como el fuego alado del espíritu.

Pero gracias a ambos, el uno, que siembra el ideal, y el otro, que lo recibe en el surco, el cielo no es en vano el huésped esperado y el esposo divino de la tierra.

“¡Ruin sea quien por ruin se tiene!” Palabra sublime, una de las más altas que se han dicho, y de las más en conformidad con mi corazón. Jamás voluntad más pura se ha pintado con rasgo más seguro. Ésta es la divisa de los príncipes, y del más grande de todos, más príncipe que Montmorency, más alto que Carlomagno, que Artús y que los doce pares: es la divisa de un hombre libre.

Y Sancho pueblo lanza un digno responso a la antífona: “Sea por Dios, dice; que yo cristiano viejo soy, y para ser conde esto me basta.”

No chancea. Reímos de la panza, pero no de la idea. Sí, este pueblo bien vale por marqueses y reyes.

Visita a Dulcinea

Nadie ha visto a Dulcinea, ni siquiera Don Quijote. Nadie sabe quién es. Mas, hablando de ella, para que la rindan homenaje, Don Quijote se maravilla y dice: “¿Es posible, en verdad, que el nombre de una tan gran princesa no haya llegado a oídos vuestros?” Ha creado su quimera; ésta le crea en cambio. Hecha de él, lo conduce adondequiera se le antoja ir; lo arrebata. Esta historia es la de un gran corazón, y también la del espíritu.

Hay un santo capítulo, en que Sancho cuenta su visita a Dulcinea[2]. Mientras más abruma Sancho el ideal bajo la realidad, más lo salva Don Quijote de la vulgaridad y lo transfigura en lo que quiere que sea. Con una risa inimitable, una jocosidad digna de Moliere o de Aristófanes, es aquí la confrontación del sueño y de la vida, de la creación y del objeto, tan bella, tan conmovedora como cualquiera de Shakespeare. Y Don Quijote, hombre, y tan viril, nos emociona más, y va más lejos en la melancolía de la risa, que la deliciosa hada Titania acariciando a Bottom.

Además, para que nada falte en él, el final del capítulo encierra una almendra de ironía incomparable, con su semilla de gozosa amargura. Y si tiene tanto sabor, es porque es rica en ácido prúsico.

Cabalgando en su ensueño de Dulcinea, diosa de belleza, dama de perfección y de todo deleite, Don Quijote vuelve a tropezar con cierto arrapiezo, al que poco tiempo atrás libertara de manos de un amo verdugo. Creyó hacerle libre, pero el villano ha pagado la libertad de un instante a costa de toda suerte de males, cien veces más crueles que su esclavitud. “De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa”, dice a Don Quijote, en cuanto se topa con él de nuevo. “Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta, que no sea mayor la que me venga de la ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo.” Tal es la conclusión del siglo y del orden común. Que el ideal pase de largo. Que cuide de no echar pie a tierra, aunque sólo fuera por lástima hacia los peatones. Ni el empedrado, ni los taludes, ni el carril desean su visita.

Belleza

Cervantes, gran artista en el estilo, no parece serlo en el resto de la vida. Se preocupa de arte menos que de acción. Artista, lo es sin embargo, y también Don Quijote, más de lo que piensa. Ambos dan a la belleza un valor infinito. A ella tienden sin cesar. De continuo está presente a sus espíritus. A menudo la invocan como razón y causa suprema. No puede ser de otro modo. La pasión de la justicia es un sentimiento exaltado del orden. La pasión de la belleza lo es igualmente. La razón y la sensibilidad se conciertan para buscar la armonía, y sólo en el orden la conciben. Por otra parte, hay muchos órdenes, del más seco y estricto al más generoso y rico.

El amor de lo justo es uno de los ritmos de la pasión en el artista. Aun cuando yerre respecto a los medios y al objeto, el impulso que le lleva hacia la justicia es infalible. Este ardor viene de tan lejos, que es pudoroso y amigo de esconderse.

Siempre me ha parecido que en el artista, cualquiera que sea el furor del sentido propio, el orden tiene al fin que abrirse paso, y se lo abre. Con una condición: que el artista sea capaz de producir una obra maestra. Un verdadero artista restablece con su obra todo lo que ha destruido.

Los políticos sin justicia no tienen la buena idea del orden. Cuando quieren hacerlo, los tiranos son como esos malos arquitectos de Pascal, que fabrican ventanas simuladas y fachadas por amor de la simetría. Hay algo del tirano en todas esas gentes de partido. El orden de la vida tiene razones más profundas, más variadas y más sensibles.

Don Quijote tiene el culto de la belleza. Continuamente la ensalza, la canta. Toma un acento de sacerdote para nombrarla: “La belleza es todopoderosa. Ante ella, deben abrirse de par en par los castillos, hendirse las rocas; y para hacerle acogida, no es mucho que los montes se allanen.” En buen hora.

Teniéndolo tan puro del amor, debe tener un sentido delicado de la flor y de la efímera: pues el amor es lo que quiere durar eternamente, aquello que toda la naturaleza ultraja y desespera a fuerza de atentados. Siente, pues, compasión de la belleza perecedera. No preciso otra prueba que este triste y dulce versículo: “La belleza de la mujer está sujeta a mudanza: un nada la altera, un nada la acrecienta. Las pasiones del alma la elevan o la abajan; y más de una vez la reducen a ruinas.”

Cervantes no publica Don Quijote hasta casi los sesenta años. Hasta entonces, su vida de artista está frustrada. El arte es la malandanza de la acción, mientras el artista no ha realizado una obra maestra. En la obra maestra, procede como héroe, alcanza la plenitud. Por su parte, el héroe en la cima de la acción realiza el poema de su vida: la posee en calidad de gran poeta: es tal como se imagina.

Un soldado que muere heroicamente, entrega el alma con genio.

Con toda suerte de dolores, y aun a veces con una angustia intolerable, es como se forma la obra de belleza.

El culto de la belleza no es una religión tranquila.

Estilo

El español de Cervantes es la más bella lengua de España: tal es, al menos, la opinión de todos los españoles. Yo, que no conozco bastante el idioma, no me atrevo a decidir; pero, por todo lo que me dicen, me formo una idea superior de ella. De todos modos, quiero juzgar de este estilo por lo poco que sé, y todo lo que adivino. Hablando un día con alguien que me leía el Don Quijote, y acababa de traducirme al pie de la letra los capítulos de Dulcinea, admiraba yo el nervio de este lenguaje, su grandiosidad sonora, la sutileza viva y el vigor de las cadencias; escuchaba este tono tan ardido, tan variado, siempre noble; y, en todo instante, el acento mismo del espíritu.

Entre otras virtudes, el estilo de Cervantes tiene una fuerza cómica incomparable. No es solamente la fuerza de Moliere, que proviene siempre de la acción y es la expresión de los caracteres: de tal suerte, que lo cómico está en el gesto del personaje, procediendo del coloquio y multiplicándose por la réplica. La virtud cómica de Cervantes es la de Rabelais y la de Flaubert: más del estilo que del idioma, y más aún del idioma que del pensamiento. Las palabras en Rabelais, la ordenación de ellas en Flaubert, son más grotescas que lo que expresan. Cervantes tiene el doble don.

Sin hablar de la ironía ni de la sátira, de los sentimientos humanos y de las ideas puestas en ridículo, existe un sentido cómico de la palabra: proviene del simple contacto de los vocablos, de sus relaciones, sucesión y figura; de las caras que ponen; de los visajes y morisquetas que se hacen; de su persona, en fin, y de su vida en común.

Esta comicidad verbal es el torrente jocoso en que Rabelais se sumerge y nos arrastra. Es también el manantial, entre las cuatro paredes de una prisión sin salida, de la risa siniestra que se oye caer como lluvia de arena en Bouvard y Pécuchet. Un espíritu, que medite sobre las obras como sobre paisajes, comparará, a pesar suyo, el sentido cómico de Flaubert al de Don Quijote. Y de éste a Gogol y los ilustres bufones rusos, no hay más que un paso.

En vísperas de morir, entre las dos partes del Don Quijote, publicó Cervantes una colección de novelas cortas. Hay una, El Celoso Extremeño, en que me parece hallar un milagro de estilo. Diríase una crónica italiana, cuyo cronista fuera un gran artista. No conozco elogio más vivo.

La frase es en ella de una fuerza soberana: tiene la soltura y la nobleza de un príncipe, siempre en su casa, el primero en todas partes, hasta cuando dobla la rodilla. Tal es el ascendiente del estilo, que el tono general, el orden y selección de las palabras, el ritmo del período dan del drama una sensación mucho más ardiente, más cruel y más completa que el relato. Cervantes siente escrúpulos. Se ha puesto ciertas trabas, tolera que se las pongan. No dice todo lo que podría decir. Un anciano que muere de amor y de pena, a causa de la traición de su mujer moza, este drama atroz de los celos, es revelado por la belleza del estilo como las visiones del músico por la sinfonía: los hechos no son más que un tema para la imaginación. Es la pincelada de Velázquez, ancha, infalible; los más raros valores; un don tal de la luz que los detalles más crudos tienen el acorde de una exquisita armonía. No es posible gusto más depurado ni fuerte.

Y nada en este estilo que sea trivial un momento. Todas las palabras son de estirpe, como se dice de los grandes señores. El porte y los modales denotan el lugar más alto. Estas frases tienen una libertad suprema, un vuelo que nada entorpece, que nada cansa.

Con Pascal

El modo de comprender el amor y la amistad es la mitad del hombre. Y, en la mayoría, mucho más; pues el amor es su manera de querer, de vencer, de servir el instinto y de sustentarlo; la amistad, su hábito del sentimiento y, a veces, su digestión.

Don Quijote no tiene amigo: es demasiado digno de tenerlo, y no es fácil encontrarle uno que sea su igual, que no sea un triste Acates, un enojoso seide. Además, el amor mismo es para Don Quijote una amistad perfecta, apasionada y, sin embargo, ideal. ¿Qué falta le hace un amigo, a él que ni siquiera precisa de una querida para ser el modelo de los amantes? Si Don Quijote tuviese un amigo de su linaje, el verdadero par del alma, la figura homologa y semejante, el complemento de un hombre y su contrario, Don Quijote no podría ya, lanza en ristre, arremeter contra los molinos de viento. Se vería impedido de ir en busca de aventuras. El amigo del generoso caballero no podría ser más que Sócrates a caballo, Minerva misma disfrazada de Mentor; o bien, simplemente, el otro Miguel, Montaigne. Realmente, si Montaigne diese la réplica a Don Quijote, con Sancho por coro, un libro semejante podría reemplazar todos los demás.

En un mundo opuesto, en el fondo de una celda, lejos de la acción, Pascal hace pensar en este libro. La Apología es una terrible aventura. Acomete a los molinos de viento de la objeción, sin prever las alas contra las que va a estrellarse, ni la armazón sin lienzos que atraviesa: mañana, estará revestida, y de un tejido más duro que el hierro. Está seguro de vencer y está ya vencido.

Pascal coloca la ciencia por debajo de él, resueltamente.

Pero ella es quien le ata y le retiene. Lo sabe y no lo dice.

Él no duda. Está devorado por la inquietud. ¿La duda de Pascal? Pobre idea de Pascal.

Su mal es no alcanzar la santidad. Él no desea apasionadamente, no ama, no venera más que la santidad. La santidad es la pasión de este gran apasionado. Doquiera le haya hecho nacer el destino, Pascal ha nacido para ser príncipe. En la fe, el santo es el príncipe de la sangre.

A causa de su genio y de un temible orgullo, no puede ahogar su espíritu. La necesidad de saber vence, en Pascal, la necesidad del sacrificio. Y el conocimiento perfecto, sólo se alcanza con la inmolación. ¡Qué duro es inmolarse, sin llegar a ser santo! Todo se puede abdicar más fácilmente que la fuerza del espíritu. La voluntad no basta para ello: el pensamiento queda incólume: lo que mensura su fuerza, mensura su libertad. Por más que haga uno por estupidizarse, no por ello se es más estúpido.

Todo sería más fácil, si la tierra no girase. Pero la tierra gira, y el papa y Josué con ella.

¿Qué hombre es ese Descartes? Este Fray Pensamiento se acomoda demasiado bien a sus matemáticas.

Si él tiene necesidad de Dios, su mundo no. Pascal se irrita de todas las molestias que le procura Descartes, sin sentirlas él. Para Pascal, acaso Descartes no es sincero.

Si Pascal odia la ciencia, no es porque dude, sino porque le detiene. La ciencia es la enemiga de Pascal: le impide ser santo.

La certidumbre pertenece al corazón, lo temo. A falta de espíritu, es cuando se tiene certeza de espíritu.

Montaigne, jamás seguro si no examina, lo es muy sensatamente en conducta. Y Pascal no tiene certidumbre alguna, salvo la del corazón. Montaigne es mucho más estoico, y Pascal más nihilista de lo que se cree.

Al lado de ambos, Bossuet, siempre seguro, siempre fijo, sabe, demuestra, concluye y no piensa. Como Cicerón, aparenta pensar: acepta todos los pensamientos que el orden autoriza, y se emplea magníficamente en imponerlos. Bossuet es el más romano de los franceses; Pascal, el menos. Esto se advierte sobre todo en las Provinciales: la moral es la razón del temperamento. Se está por o contra los jesuítas en virtud del humor y de la sangre. La batalla de los dogmas, pronto cesaría sin los teólogos. En Port-Royal, lejos de creer que fueran heréticos, negaban las proposiciones que les condenaban por herejía: pero negaban animados por un espíritu no romano. Pascal es un bretón de tierra firme.

La coartada de Psiquis

A los cincuenta cumplidos, un hombre demasiado lleno de amor no está ya agenciado para la vida amorosa. ¿Y Don Quijote, no tiene siempre cincuenta años? Ni viejo ni joven, está plantado en la edad del poeta consagrado exclusivamente a su obra. Con mucha discreción, no ha querido Cervantes que hubiese mujer ni hijo en la casa. Hubiera tenido que volverlo tirano, para hacer de él un héroe o un santo. La familia basta para ejercer la santidad. Don Quijote y Sancho, sus mujeres, el ama arisca y la sobrina imbécil, la familia, en suma, es la materia que abandonan los dos héroes: la materia se queda en casa, y ellos se van en busca de aventuras. Sancho está casado: al lado de su mujer, es espíritu puro.

Venus, ¿está demasiado lejos o es demasiado fácil para Don Quijote? Lo que él adora es más bien el amor que una mujer. Necesita esforzarse un tanto para hacer el enamorado. “Quiero, Sancho, que me veas en cueros y hacer una o dos docenas de locuras.” Idea realmente admirable: se pone a hacer locuras, como dice, en honor a su dama. Desnudo, en pañales, da dos zapatetas en el aire y dos tumbos, la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, vuelve Sancho la rienda a Rocinante.

El dulce Caballero sigue haciendo toda suerte de disparates. Camina cabeza abajo; exhibe al sol una desnudez capaz de hacer reír a las urracas; expone su carne secreta a las mordeduras del cierzo. ¡Oh el más loco, el más verdadero de todos los amantes!

La misma Maritornes no repugna a Don Quijote de Dulcinea, cuando hace veces de ella, por afición a aquel demonio de arriero.

Porque quiere lo sea, Maritornes es Dulcinea; él está seguro de ello, le atribuye el nombre y la forma. La reconoce. ¿Acaso hay lugar en el alma de Don Quijote para Maritornes? ¿Dónde encontrar la amante de tan perfecto enamorado sino en la cita de Psiquis?

“La hizo sentar sobre la cama; tentóle luego la camisa, y aunque ella era de arpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidrio, pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales; los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mismo sol oscurecía; y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación de la misma traza y modo que él había leído en sus libros; y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto, ni el aliento, ni otras cosas que traía en sí la buena doncella, no le desengañaban; las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura. Y teniéndola bien asida, con voz amorosa y baja le comenzó a decir: ¡Oh fermosa y alta señora!... ”

¡Oh príncipe de los poetas, o, más bien, príncipe de los idealistas! El más verdadero de los amantes, el más digno de amar; aquel que jamás toma ni posee, sin nada ya que desear; a quien nada puede defraudar, a quien nada puede convencer; y que, por entero entregado a su sueño, no necesita mujer real.

“Yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada; y pintóla en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad; y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas.”

La fatalidad del ideal es perfecta en Don Quijote. Lo que debe ser tiene toda potestad sobre lo que es. Este derecho sublime no es en modo alguno sobre los tiempos futuros, sino sobre la esencia. El deber es el porvenir realizado.

La justicia absoluta y el bien no son una promesa, sino una conquista. Son la realidad perdurable, y no el ensueño.

Todas las miserias y villanías, que son los acontecimientos reales para la muchedumbre de los hombres, no son para Don Quijote más que delirio y enfermedad. A veces, Don Quijote piensa como Sócrates, un Sócrates cristiano. Para Sócrates, basta con que los hombres piensen bien. Basta que quieran bien, para Don Quijote.

Éste transforma el mundo a medida que lo contempla. Lo rehace, al poner mano en él, mientras camina.

¿Dirán que sueña esa verdad que persigue? Pero ¿qué es la verdad, para la conciencia, sino lo que sueña de mejor y más bello? La conciencia está en proporción del corazón. Pascal descubrió esta ley del conocimiento, tan natural a los poetas.

Amor, en suma, es la fuente de toda invención como de todo sacrificio. Toda virtud viene de ese amor que eleva el alma, la sustenta y la depura. Amor semejante, no reclama nada, y lo da todo. Bondad de hombre, fuerza del corazón, grandeza de alma y de valor, todo el reino de la belleza moral descansa en un pensamiento de amor. Y que esto sea un concepto que el espíritu se forma de sí mismo, un juego divino de la imaginación, Don Quijote no lo declara por completo, pero lo da a entender. Si tuviese que confesarlo, ornaría su vida con este prestigio a manera de aderezo supremo, sin quedar en lo más mínimo confuso. Lo presiento en cierta perfección de su cortesía y buen talante: nada le hace menos mella que su propio infortunio: diríase que se separa de sus caídas: ni encima, ni debajo; parece ajeno a ellas. Tiene, a veces, una misteriosa sonrisa, que quizás oculta un mundo. ¿Quién puede saber si Don Quijote es víctima de la ilusión, o si quiere serlo? Esta manera de ver las cosas es tan bella, que Cervantes deja atrás en este punto a todos los hombres de su siglo, aun a Montaigne. Reina solo en ese paraíso de Psiquis, donde Dante vivió tanto: solo con Shakespeare, príncipe de los hombres.

Notas:

[1] Juego de palabras intraducibie sobre Fier-à-bras y Fiére-conscience.

[2] Primera parte, capítulo XXXI

 

André Suarès - Traducción de Ricardo Baeza
Publicado en
"Sur" Revista mensual con la dirección de Victoria Ocampo

Buenos Aires, diciembre de 1947

 

Fue digitalizado, editado, con el agregado de imagen, por mi, editor de Letras Uruguay

Twitter: https://twitter.com/echinope / email: echinope@gmail.com / facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce al día 4 de diciembre del 2016 inédito en la web mundial

 

 

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