Virginia Woolf, née Stephen

por George Pendle (Inglaterra)

Virginia Woolf es mencionada muy brevemente en el estudio magistral de Noel Annan sobre su padre (Leslie Stephen: his Thought & Character in Relation to his Time, London, 1951), pero mientras leía el libro sentí constantemente su presencia: parecía estar cerca, indistinta en la amarilla luz de Londres, pero inconfundible; vacilando (como Mrs. Dalloway) en la curva de una calle londinense[1]; esperando el momento dé entrar en escena. Virginia era la culminación de un notable fenómeno Victoriano: la familia Stephen[2]. Anteriores generaciones de Stephen habían preparado, por así decirlo, su llegada. Todo lo que los primeros Stephen hicieron y pensaron, pareció convertirse de algún modo en una contribución a la formación de la personalidad de la futura novelista. El genio de Virginia no fue una aparición súbita y totalmente inexplicable; fue (ahora lo vemos) un suceso familiar casi profetizable, el producto de generaciones de pensamiento preparatorio, de .entrenamiento, de sensibilidad y lucidez.

Tanto el abuelo como el padre de Virginia, cada uno a su manera, creyeron y enseñaron que “un hombre se salva en tanto que reconoce que es su deber ejercitar su juicio”; que “la conciencia de un hombre sincero debe ser, en definitiva, la medida de sus actos”; y que, aunque la riqueza, el poder y la popularidad debían ser despreciados, “un hombre puede actuar en el mundo y volver con las manos limpias, siempre que sea constantemente introspectivo[3]. Esa línea ancestral de pensamiento constituyó un elemento vital en la herencia de Virginia. La creencia en la validez de esa concepción de la vida está implícita en todas sus novelas y ensayos.

Aun el estilo literario de Virginia —que, según los críticos, se desarrolló bajo la influencia de la técnica proustiana del “fluir de la conciencia”— deriva en gran parte de sus antepasados. El siguiente parágrafo, por ejemplo, fue escrito por su abuelo, Sir James Stephen, en una carta a Thomas Carlyle, muchos años antes de que ella naciera, y sin embargo ¿no podrían comunicar esas palabras los pensamientos de un personaje en una de sus novelas? Para expresar su opinión personal, dice Sir James, necesitaría escribir una autobiografía “para hablar de las opiniones heredadas —de la diversidad entre la herencia paterna y la materna— de los amigos de mi juventud que, uno tras otro, cayeron en la tumba en la completa madurez de la vida cristiana y de la fe cristiana —de los amigos de años posteriores, en que el florecimiento de la fe fue un proceso tardío e imperfecto— de muchos libros leídos, que uno tras otro me dejaron aun qué buscar— de las vicisitudes de la vida, que me enseñaron mucho que no se encuentra (o que yo no encontré) en ningún libro— de estudios y meditaciones bíblicas— de los habituales ejercicios de devoción, los públicos, los domésticos y los privados— de las reacciones que me produjeron las lecciones que di a mis hijos— y de las influencias que, silenciosa, imperceptible pero progresivamente, se iban ejerciendo en mi yo íntimo...”[4]. Las extensas, lúcidas y nítidamente balanceadas introspecciones de Virginia tienen algo de la cualidad de las meditaciones de su abuelo.

La segunda mujer de Sir Leslie Stephen, Julia, madre de Virginia, era una persona notable, imaginativa y sensible. “Correspondía a los sentimientos de otras personas de una manera instintiva; podía remediar la herida de un niño antes de que fuera hecha y leía pensamientos que no habían sido expresados, y su simpatía era como el toque de una mariposa, delicado y lejano —porque ella sabía qué era vivir una vida interior y respetaba la intimidad de otros.”[5]. Su única publicación se tituló Notes from Sick Rooms (1883). Este libro sobre el cuidado de enfermos, advierte Noel Annan, “combina una sensibilidad exquisita hacia los sufrimientos ajenos con consejos prácticos sobre cómo aliviarlos... Desde el despabilamiento de las velas, el arreglo de las mismas, y la posición de los espejos hasta la técnica de los baños en cama y la administración de enemas, todo es discutido desde el punto de vista del paciente con ironía, desprendimiento y sentido común”[6]. Y el libro revela hasta qué punto Julia Stephen ha influido en el enfoque y el estilo personales de su hija. El siguiente pasaje que se refiere a la tarea de eliminar las miguitas de las camas de los enfermos proviene del libro de notas de Julia pero casi podría ser un extracto del meditado ensayo de Virginia On Being III[7]:

“Entre el número de pequeños males que acechan la enfermedad, el mayor, por la incomodidad que causa, aunque el menor por su tamaño, es la miguita. El origen de casi todas las cosas ha sido determinado, pero el origen de las miguitas en la cama no ha suscitado suficiente atención en el mundo de la ciencia, aunque es un problema que ha atormentado a muchos incómodos pacientes. .. El tormento de las miguitas debía ser extirpado de las camas de enfermos como si se tratara del escarabajo del Colorado en un campo de papas. Cualquiera que haya estado enferma deberá tomar de inmediato sus precauciones, por débiles que resulten. Deberá ponerse una servilleta al cuello, estirará el cuello fuera de la cama, comerá del modo más incómodo, y cuidará de que ninguna miguita quede entre los pliegues de su bata o camisón. Cuando descanse en la cama, con la vana esperanza de haber quizá engañado al enemigo, éste se alzará ante ella: una puntiaguda miguita está enterrada en su espalda, y granos de arena parecen estar pegados a los dedos de sus pies. Si la paciente puede levantarse y permitir que hagan su cama, cuando vuelva a ella encontrará que las miguitas la estaban esperando. La sirvienta protestará diciendo que las sábanas fueron sacudidas, la nurse alegará que barrió las miguitas, pero allí están, y allí permanecerán a menos que la nurse decida conquistarlas. Para hacerlo deberá ante todo creer en ellas, y hay pocas afirmaciones que se topen con mayor incredulidad que ésta: «Tengo miguitas en la cama». Después de cada comida la nurse deberá introducir su mano dentro de la cama y buscará las miguitas. Cuando se hace la cama, la nurse y la criada no se contentarán con sacudir o barrer. Las pequeñas miguitas se adhieren a las sábanas, y la nurse debe sacarlas una a una...” Y así sucesivamente, el análisis de los problemas continúa en un tono de voz que nos recuerda constantemente a Virginia, aunque en este caso sea su madre la que habla[8].

Los escritos de su padre (era un distinguido crítico literario) también ejercieron una poderosa influencia en la autora de To the Lighthouse y The Common Reader. Sir Leslie tenía una percepción aguda y una ironía deliciosa, y su estilo era sinuoso. Virginia le debe algo más: él tenía muchos defectos, pero el ejemplo de su honestidad y bondad le sirvieron de mucho. Noel Annan dice:

“En el centenario del nacimiento de su padre Virginia Woolf escribió un artículo para el Times en el que (...) hablaba de su don para entretener a los niños dibujando animales y contando cuentos; y aunque era anticuado en sus puntos de vista sobre el vicio del lujo y el pecado de la haraganería, y hasta prohibía a sus hijas fumar cigarrillos, les daba libertad intelectual. Podían leer a voluntad en su biblioteca no censurada. «Libertad de esta clase (escribió Virginia) valía mil cigarrillos.-» Además, enseñó a sus hijas a no ^aceptar nunca el juicio de los buenos modos. «Al cabo del volumen mi padre siempre nos preguntaba gravemente nuestra opinión acerca de sus méritos, y se nos exhortaba a decir cuál de los personajes nos gustaba más y por qué. Puedo recordar aun su indignación cuando una de nosotras prefirió el héroe al mucho más verdadero villano.» Las hijas de Sir Leslie aprendieron de él a distinguir las opiniones interesadas y las triviales, (...) y quedaron marcadas por el vigor con que él sintió todo, por su amor al pensamiento lúcido y su odio a toda respuesta convencional[9].”

En su esfuerzo sincero por ser honesto, Leslie Stephen —quizá inevitablemente— se convirtió en escéptico. Su obra abunda en vacilaciones y distinciones. No sólo declaraba lo que quería decir: también se sentía obligado a explicar lo que no estaba tratando de decir. Esta misma falta de confianza, esta misma necesidad de expresar la descorazonadora complejidad de la vida, este mismo miedo de que una simple declaración no podría contener nunca toda la verdad, forman la esencia misma del arte de su hija Virginia. Ella estaba revisando y reescribiendo constantemente sus ensayos, aun después de que habían sido impresos, y si no fuera por su muerte intempestiva “no cabe duda de que el proceso hubiera continuado”, según ha escrito su esposo, Leonard Woolf[10].

Noel Annan no ha intentado presentar un retrato o un análisis de la famosa hija de Sir Leslie Stephen; pero me parece que su libro ha probado, implícitamente, que los factores más importantes que se han combinado en la formación no sólo de la personalidad de Virginia Woolf sino también de su manera y técnica literarias, fueron las influencias que procedieron de sus mayores y que la rodearon y marcaron su naturaleza sensible. No fue una serie de fuerzas externas —como los ejemplos, a la moda, de James Joyce y Marcel Proust, las teorías de Freud, Bergson y otros pensadores y escritores contemporáneos— sino la fuerte presión de sus antepasados lo que impulsó a Virginia Woolf a desarrollar y perfeccionar un estilo literario que reconocemos hoy como típicamente suyo. En Virginia Woolf los talentos y las aspiraciones de la familia Stephen se cumplieron. Los Stephen habían carecido de una cualidad: la visión poética. Y esa fue la contribución personal y decisiva de Virginia: ella agregó el súbito estallido de belleza que ilumina ocasionalmente la vida, dándole —o pareciendo darle— el “sentido” que sus antepasados durante tanto tiempo lucharon (a veces infructuosamente) por descubrir y expresar. 

Notas:

[1] "Se atiesó un poco en la curva, esperando que pasara el camión de Durtnell. Una mujer encantadora ... " Virginia Woolf, Mrs. Dalloway, p. 2.

 

[2] Virginia había nacido en 1882; se suicidó durante la segunda guerra mundial, en 1941. Su hermana, Vanessa, artista casada con Clive Bell. ha producido también una talentosa familia.

 

[3] Noel Annan, Leslie Stephen, cap. III.

 

[4]  Citado por Annan, Ibid., p. 114. Sir James Stephen fue un famoso funcionario, uno de los principales administradores coloniales de su tiempo.

 

[5] Ibid., p. 101

 

[6] Ibid., pp. 100 -101

 

[7] V. la colección póstuma de The ,Moment and Other Essays, por Virginia Woolf, London, 1947.

 

[8] V. Annan, Ob. cit., p. 100, nota.

 

[9] Ibid., pp. 105-106.

 

[10]  Prefacio a The Moment and Other Essays, p. 7.                                                                                                                          

 

por George Pendle

Londres, diciembre de 1951

Publicado, originalmente, en Revista "Número" Año IV Nº 19

Montevideo Abril / junio 1952

 

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