… a pesar de que la escasez de tiempo de que dispondría se me enquistó en el corazón con la fuerza de una llaga mortal y tardía, lo había planeado con tanta serenidad y de manera tan intensa durante los últimos días que, cuando llegué a la Escalinata del Adiós y empecé a bajarla, no pude menos de detenerme en lo alto, tomar aliento, y, apoyado sobre mi pierna izquierda, la más resistente, contemplar por breves instantes aquella famosa travesía que, de hecho, y a la vez, no sólo unía y separaba el antes y el ahora, sino también las partes, rica y pobre, de que se componía la ciudad.
… cuando contraje la lepra yo iba al instituto que se encuentra en la Plaza del Adiós, desde la que arrancan las escaleras que conducen a la parte alta. He de decir que jamás llegué a subirlas. Los niños de los “Barrios Bajos”, los del “Barrio Judío” o judíos, no solíamos trasponer estos límites. Ir más allá del Adiós, entrañaba una osadía inaudita, un rompimiento de alambrada, por lo que, de inmediato, el infractor se convertía en objeto de acerbas críticas por parte de sus propios compañeros ante la mera posibilidad de ambicionar posición y rango social.
… acababa de cumplir diez años y fue en la inauguración del curso el día en que vi a Irina salir de la capilla del Instituto. Salía al albur, con un cúmulo de niñas que de forma ordenada iban dejando la mitad izquierda del templo, dado que a los chicos nos estaban reservados la parte derecha y el coro.
… y me acuerdo que ese día, ante un acto para mí tan desconocido, andaba como perdido por entre pasillos y cosas nuevas, incluso diría que perdido y molesto entre mi propia ropa, pues había estrenado un pantalón y un jersey, ambos grises, y todavía me sentía incómodo, presionado por sus costuras y elásticos (gris marengo el jersey, me acuerdo bien) Y, aunque debido a mi estatura y endeblez, los mayores a la salida me obstaculizaban por todas partes y me atropellaban, no se me olvidará que, apoyado en la balaustrada, y soltando los pies en el aire, estiré y estiré por encima el cuello cuanto pude para verla bajar a lo largo de la escalera hasta la misma puerta de la calle.
Fue a primeros de septiembre cuando tuve diez años por vez primera y el mundo me irrumpió poco después con un fulgor de muerte. Lo sé, lo sé muy bien ahora. Siempre tuve para mí que, a partir del mismo instante en que vi a Irina, se me habían acelerado demasiado las pulsaciones por el pecho y las muñecas y que el calor se me había hecho excesivo por el cuerpo, por lo que, siendo este calor tan grande tras habérseme enfriado la sangre por bañarnos en marzo, fue por lo que tuve que abandonar a toda prisa el Instituto sin poder terminar siquiera el segundo trimestre de mi primer curso de bachiller.
Nadie volvió a verme al lazareto ni volví a tener noticias del Instituto ni de nadie.
…
y aún, aún soy capaz de percibir cuando me llevaban cuesta arriba
y a toda prisa a mi destino en aquel taxi viejo y lleno de ruidos
mientras se me descuajaba el alma, y que, con el corazón hecho
jirones, al cruzar por una de las calles cercanas a la plaza
querida, flotaba un aroma infinito de azahar en el aire, y que, por
entre los pámpanos, el verdor de las acacias y los capullos de las
rosas, pasaba con el ingente estruendo la cabalgata de la primavera.
Recuerdo que no pude resistir y lloré. Indefenso, miraba a uno y
otro lado por los cristales de atrás. Nadie puede imaginar la
intensidad de dolor que puede provocar el sentimiento en un niño de
diez años. Quien no lo haya sufrido jamás, jamás debe osar
comprenderlo, ni siquiera señalarlo.
Y
ello era así porque yo sabía, desde el día de la inauguración
del curso, que Irina, si bien con cuidado y muy levemente, me había
mirado. Eso fue lo que hizo que casi me cayera por encima de la
baranda y alargara y alargara el cuello mientras ella se alejaba y
se alejaba.
Desde ese instante la empecé a buscar sin descanso a través de los
pasillos colindantes con las chicas hasta lograr saber con certeza
la ubicación de su aula, su sitio, su número de pupitre, me
encaramaba al muro enrejado que separaba los patios de recreo y
escudriñaba con persuasión y paciencia los lugares donde las
muchachas jugaban al clavo o al catruche, a las tabas o a la comba
hasta que la descubría. A los pocos días supe que le llamaban
“La Rusa” y eso excitó más mi entusiasmo, pues era difícil
concebir que pudiera estudiar en mi colegio un ruso y menos que
fuera como Irina: con aquel rubio cálido y sus ojos azules que,
debido a sus movimientos tan comedidos y controlados, a mí me parecían
que a la fuerza habrían sido confeccionados por las mismas huestes
celestiales. Y además era ligera, sí, Irina era muy ligera… y el
pelo que, con aquel par de horquillas nacaradas a cada lado de la
cabeza, le bamboleaba como una nube hermosa y dorada sobre el aire
al andar…
… cuando la veía a lo lejos, yo me quedaba nombrándola en voz baja para que cuanto antes mirara y me viera, y decía Irina, Irina, con insistencia hasta conseguirlo. Y cuando no la veía, también, para que al mismo tiempo empezara a pensar en mí como yo pensaba en ella y estuviéramos siempre así: el uno con el otro. De esta forma, y en aquel entonces, mis oraciones por la noche eran un círculo alocado en torno a este deseo, se mezclaban con su imagen y su nombre, con la levedad de su talle y con la rayina que describía en la mejilla derecha al sonreír.
Pero Irina venía al Instituto desde la parte alta, desde la ciudad de los ricos, y todos los días, a la hora de salir, y en la misma puerta, una señorita ataviada con uniforme la esperaba para cogerla de la mano y llevársela en silencio por la Plaza del Adiós y luego escalinata arriba. Era el momento en que yo sentía en el estómago terribles punzadas y una especie de angustia indescriptible. Viéndola, por tanto, subir por la escalinata, me quedaba quieto y ensimismado hasta que desaparecía, y no acertaba a comprender que alguien pudiera llevársela sin más ni más de aquella forma: impasible y distante.
.- Claro – me dije más de una vez a mí mismo – como es rusa, pues, a lo mejor, es que los rusos son así…
…y la seguía, la seguía un día y otro haciéndome el despistado ante el resto del mundo y por entre las cosas que por puro disimulo iba tocando, las cuales, y por otro lado, por medio de un dedo invisible parecían irme señalando para ponerme en evidencia. Por “El Adiós” solía ir como si jugara al fútbol, con una de aquellas pelotas diminutas y verdes del gorila que regalaban en la tienda cuando te compraban unos zapatos. Durante este corto trayecto, Irina, a pesar de la sobriedad que exhibía junto a su señorita, ladeaba ligeramente la cabeza y me veía, me veía y me saludaba discretamente con un gesto en los ojos y quedamente nos sonreíamos. Pero a mí me parecía que era porque ambos nos sabíamos allí, y yo, entonces, sabiéndolo, me sentía como un rey verdadero y me quedaba allí abajo, en el lateral de la escalinata viéndola subir, alejándose, hasta que su cuerpo y, por último, su pelo acababa por desaparecer tras el escalón más alto. En ese instante una negra eternidad se abatía sobre mi alma y mi vida, y hasta el día siguiente se resentían enormemente.
“¡ Dónde vivirá Irina ! – quedaba preguntándome – ¿ y cómo serían los rusos ? ¿ y su padre ? ¿ y su madre…? ¿ y hermanos… ? ¿ tendría hermanos y padres…? ¿ tendrían los rusos estas cosas… ?
No. Irina tendría padres, pero hermanos no. ¡ Cómo iba a tener hermanos… !
Sí, pero – e insistía – ¿ sería Irina como nosotros, como los de aquí y así, de verdad, de verdad ? Pero, y sobre todo ¿ se quedaría para siempre y seguiría viniendo siempre, siempre al Instituto ?
… y de nuevo hacían su aparición la angustia y la ansiedad, hasta me brotaba a un tiempo un pequeño sudor al sopesar esta duda que me hacía temblar. Luego echaba a correr y llegaba a comer tarde y sofocado, con la pelota verde del gorila reventándome el bolsillo del pantalón.
… desde entonces han pasado siete años, y el otro día, cuando en el dispensario central del lazareto, de forma fortuita oí asegurar a alguien que me iba a morir y que tal vez no llegara al verano, recuerdo que por un instante me quedé muy quieto, que erré con la mirada más allá de las puertas y enseguida en mucho más allá de los muros, buscando quizá un remedio imprevisto y poderoso, es posible que un asidero inexistente. Es probable que tuviera un lapsus incomprensible y que el miedo me paralizara. Hasta que volví en mí, y sin derramar una lágrima, adquirí la noción de mi propia urgencia y empecé a tocarme apresuradamente las piernas, la textura de la cara y el dorso de las manos a fin de comprobar las fuerzas de que dispondría. Y hacerlo me produjo un vahído profundo, pero tuve consciencia suficiente de que, me quedaban tan pocos vahídos que afrontar, que merecía la pena resistir, resistir y superarlo todo.
Ahora más que nunca – fue mi respuesta.
Sin otro objetivo que éste, mi mente empezó a trabajar con increíble rapidez y decisión. Noté que mi estado era muy débil pero aguantaría, aguantaría como fuera, debía intentarlo a toda costa, porque si moría en el intento, qué podría importar ya, después de todo.
De esta forma, y una a una, fue como fui trazando las líneas maestras que habría de seguir para lograr mi propósito de huir: estudié cada trecho a recorrer, las horas, los minutos, los vehículos que de acuerdo con las noticias del exterior podría tomar y las distancias, consideré luego el cansancio que con toda seguridad me aparecería… Intenté calcular incluso el grado de emoción que podría aparecer y que quizá empezara a aprisionarme en algún momento, y calculé también la nada, la ruina que era, y la pregunta clave que habría de hacerme, la de que por qué quería volver. Sí, sí ¿ por qué deseaba volver ?
… y de repente, y a empellones, parecía olvidárseme el motivo, cuando lo que ocurría era que con la debilidad se me iba la cabeza y tenía que reformularme la pregunta, darme valor y buscar coraje para poder continuar en mi empeño.
No obstante, me dolió la pregunta porque, en lo más profundo de mi alma, y en el exiguo aliento de vida de que disponía, sabía que quería volver para intentar ver a Irina por última vez, por última, aunque fuera de lejos y derrengado, o muerto… qué más daba, si en la práctica ya lo estaba. Este deseo lo percibía, lo palpaba, era cierto con absoluta nitidez. Y si bien su dibujo se encontraba despiezado y borroso por el tiempo, me dije que aquél era mi dibujo, mío y sólo mío. Por eso quería volver, para rememorar las líneas de aquel sueño que ya nunca, jamás podría recuperar ni concluir. Sólo, sólo eso, sólo.
… de esta forma fue como llegué a la parte alta del Adiós a primeros de mayo, en plena primavera. Con el cuerpo contrahecho y recogido sobre mí mismo, creí que no conseguiría llegar ni abrir los ojos para descubrir cómo era por fin esa parte de ciudad que de niño no pude ver, y donde probablemente se hallara Irina; o quién sabe – dudé – acaso todavía continuara subiendo por la escalinata…
El sol jugaba al mediodía en el suelo con la sombra cerrada de las acacias, las cuales ya mostraban la blancura rosada de los pámpanos. No olía en cambio a azahar, y algunos de los aspectos que recordaba de antaño, habían cambiado o desaparecido sin más. Cuando con una punzada al corazón comprendí el valor de las pérdidas, sentí un golpe exagerado de tristeza y a punto estuve de caer al suelo. Preso del pánico me recosté sobre las piedras y me agarré mutuamente las manos, me las apreté con fuerza y logré sostenerme en pie. Pero tal y como había previsto, sumisos a la cercanía de mi muerte, el dolor y el cansancio hicieron acto de presencia para derrotarme, por lo que, huyendo de ellos, fui encogiéndome y arrugándome hacia dentro, al tiempo que me puse a toser, a tiritar y a abrazarme contra el pecho, esforzándome para mantener a todo trance el crítico equilibrio. Las piernas, aunque prácticamente consumidas, amoratadas y a ras de hueso, con los pantalones no se me veían. La barbilla, en cambio, la tenía salpicada con hoyos renegridos, por lo que, al igual que las manos, la llevaba cubierta por gasas usadas, las cuales, aunque me permitían respirar y mover los dedos, no dejaban de darme un aspecto deplorable.
Al fin, cuando conseguí inspirar el aire que con urgencia necesitaba para mirar a los lejos de la plaza, sentí como si me acudiera en tromba un soplo de alegría. No pude por menos y me acordé de Dios y de Irina a la vez, y, sintiendo que esto era así, durante un segundo, sólo durante un segundo, con todas mis fuerzas me opuse y renuncié a morir, si bien dada mi excitación y temblores, y creyendo que este aire podría ser el último, lo absorbí con precipitación y ansia hasta casi atragantarme. Luego, con un poco de sosiego, tuve la revelación íntima de que había sido el amor el que, durante aquellos siete años, me había guardado con celo impidiéndome morir, por lo que, si con este retorno ya no pretendía ningún inicio ni reivindicación de nada – ah, y que consciente era de ello – sí era importante para mí este hecho de la terminación, este irme con algo de este mundo que no consistiera únicamente en tanto olvido y sequedad (recuerdo que en la leprosería, en las últimas noches, mientras deambulaba y daba tumbos por los pasillos, me oía decir esto por dentro) No era más. Porque yo sé que un niño no entiende ciertas cosas cuando se encuentra enfermo y está en el tiempo de creerlo y esperarlo todo, por lo que, ya, ahora, haber mantenido esta llamita que traía ahora, constituía a pesar de todo un dardo vivo con que acertar de lleno en el pasmo decisivo e incontrovertido de la muerte.
… discurría la hora de comer y apenas transitaba gente por la calle. No pude sustraerme a este pensamiento de la hora y, sin poder evitarlo, imaginé por dentro las casas que conocía en la niñez y, aunque pueda parecer tan fuera de lugar, como en un relámpago logré vislumbrar mesas, padres, besos…
Subía una señora rica, vestida de negro, con un sombrerito tocado de plumas con un niño al lado, y aunque parecían acercarse indiferentes, mediada sin embargo la escalinata, de forma ostensible se fueron al otro lado. No conseguí morderme los labios porque, al intentar estirarlos y estirarlos, me dolieron demasiado. Pero sí pude contraer la frente para, sin apenas sin ánimo, quedarme abstraído mirando a una niña que de forma incesante, de un lado a otro por los escalones y el suelo de la plaza, iba botando y botando una pelota de colores con los brazos levantados y las manos muy abiertas para cogerla en el aire.
Con afán de descender lo que me faltaba y hacerlo con la mayor seguridad, pensé sujetarme a las piedras de la baranda, pero me dio un golpe de pudor y me contuve. En ese instante, al mirar las vendas de las manos, percibí de nuevo la agilidad de mis pies cuando corrían por “El Adiós” haciendo malabarismos con aquella pelota del gorila y cómo me resbalaba y caía a menudo sobre el chinarro que entonces la cubría.
Por
lo demás, aquella niña sola y como de siete años, con trenzas y
de aspecto humilde, seguía botando su pelota de colores, continuaba
persiguiéndola incansable y sin cesar.
Tener una pelota así y con un bote tan grande – me dije mirándola
– tiene que ser precioso, tiene que ser…
… pasó un albañil para abajo en mangas de camisa con un caldero al hombro repleto de herramientas y de manchas de yeso sin que la niña cesara de correr detrás de la pelota, y en cambio se detuvo con ella sobre la cabeza para no molestar a dos muchachas elegantes que se disponían a subir por la derecha de la plaza. Evidentemente venían charlando y distraídas, con ese aire típico de indiferencia y despreocupación que suelen adoptar los ricos.
… yo había ido descendiendo escalón a escalón y me detuve cansado y jadeante junto a la baranda, en el descansillo del medio, en el más amplio. Cuando las muchachas estuvieron de mí a unos cuantos pasos, al verme, y con sorpresa, prácticamente se detuvieron. Yo mantenía los ojos bajos y sólo podía verles los zapatos y las medias, pero al adivinar su rechazo y sentir una náusea porque me horroricé de mí mismo, no pude menos y avergonzado oculté el rostro contra el pecho. Sin embargo en ese instante, sin saber por qué, y con un esfuerzo mezcla de valor y rabia, me atreví a mirarlas en el justo momento en que ellas me miraban con estupor., por lo que sobresaltadas al verme la cara, instintivamente apretaron los hombros, y como con miedo, y evitándome, retrocedieron un paso tratando de alejarse. En ese momento me enloqueció el corazón, pues empezó a correr y a galopar con frenesí y sin orden, las mejillas se me pusieron al rojo y empecé a respirar con extrema dificultad, puesto que una de las señoritas, la más próxima, a la que le bamboleaba el pelo al andar como si fuese una nube dorada y hermosa con dos horquillas de nácar sujetándola ¿ no era Irina ? ¿ no era ella ? ¿ quién, quién podría habérmelo asegurado o no entonces y urgentemente, quién…
… y no, no sabría decirles si cuando buscaba este auxilio acuciante era que meramente sudaba o es que me estaba muriendo ya de forma definitiva. Mientras las muchachas subían a toda prisa por la escalinata y se alejaban, me costaba respirar y a la vez continuar mirando como antaño hacia el último escalón, por lo que me quedé allí, sin poder levantar el brazo ni preguntar en alto ¿ eres Irina… ?
Sin embargo, puedo asegurarles que sí sé lo que pasa en momentos como éste, he conocido el reducto donde durante tanto tiempo yacen abrazados los estigmas del alma porque he tenido en el pecho la melancolía y porque después, desperezándose poco a poco, y sin apenas percibir su llegada, he contemplado inconmovible la llegada de la serenidad. He podido saber, por último, cómo va haciendo aparición un calor diminuto y extraño por las concreciones de la conciencia, pero también, y acto seguido, de la carne. Concisamente puedo señalar que es el calor que viene a anunciarnos sin reproche ni afrenta que aún estamos vivos.
Y ya no puedo decir nada acerca de cómo salvé el resto de la escalinata porque me dio un espasmo final y me dispuse a morir. Tal vez bajara rodando, dándome trompicones por los escalones y restregándome contra los musgos secos de las piedras. Sólo, sólo el bote arrítmico y lejano de la pelota parece haber quedado retumbándome en la conciencia liviana que tengo tras caer sobre los adoquines de la plaza.
… no sé cuánto tiempo permanecí tendido y si alguien, mirando y mirando con asco, pasó y rodeó espantado.
… empecé a recordar de nuevo cuando abrí los ojos contra el suelo y a mi lado, quieta, vi sentada a la niña de la pelota de colores, que con los codos apoyados en las rodillas y las manos en las sienes, me contemplaba fijamente. Y también fue en ese instante cuando, y sin que ninguno de los dos pudiéramos pedir ayuda alguna al mundo, se oyó una voz de mujer que a lo lejos, rezongando y que con tonos destemplados, decía con impaciencia:
.- Irina ¿ pero qué horas son éstas y qué haces ahí ? Ven aquí ahora mismo.