Raghussi Anakanda Sharadi era inmensamente rico. Había heredado una inmensa fortuna en el mismo instante en que su padre, intentando poner en práctica las indicaciones que para poseer la dicha contenía un papiro que había comprado en un mercado, por sorpresa entraron en la casa ladrones de misterios y, tras asesinarlo junto a los sirvientes, se apoderaron del papiro y huyeron con toda celeridad. A Raghussi habría de salvarle sus once años de vida una celosía de bambú con orfebrería de incrustaciones de acanto, pero lograría recordar siempre la serpiente que llevaban tatuada en el ombligo los asesinos y ladrones de su padre.
Andando el tiempo, e impregnado su ser por la certidumbre de que su progenitor había adquirido y le pertenecía con toda seguridad la dicha, no le cupo la menor duda de que, a partir de aquel momento, su misión consistiría en procurar recuperar a toda costa el papiro con tan sabio y valioso saber.
Sin embargo, un día, y sólo por aconsejarlo, su padre le había hecho la confidencia de que en lo sucesivo mirase bien, que únicamente podría alcanzar la dicha a través del valor. Y no le dijo más.
Ambicionando su herencia y con el ánimo encendido, ante tamaña lucha comenzó Raghussi a fortalecer el cuerpo. Acudió para ello a los mejores cuidadores y maestros, los cuales le moldearon y fortalecieron la carne y los huesos y se los dotaron de agilidad frente a cualquier contratiempo que pudiese provenir del exterior. Fue así capaz de atravesar durante días y noches páramos enteros, y subir y bajar montañas sin importarle las nieves, los abismos inconmensurables ni las fieras, y cruzaba a nado cualquier río porque quería prepararse no para morir como su padre, sino para vencer todo tipo de enemigos y defender la dicha una vez hubiera recuperado el papiro.
Por tanto, con fe y pletórico de fuerza, empezó a indagar acerca de cuál podría ser el paradero del instrumento mágico que le pertenecía. Con cuidado y paciencia dibujó la serpiente tatuada que había visto a los asesinos, señaló su ubicación perfecta en el cuerpo, añadió más memoria y consiguió recordar no sólo su tamaño, sino también su inclinación y su color. Se puso luego a buscar en los innumerables libros de los que había dispuesto su padre pero no los entendía, pues cuando parecía estar a punto de descubrir identificaciones y símiles a las serpientes vistas, de pronto utilizaban términos y vocablos extraños o extranjeros que acababan por sumirlo en el desánimo y la desesperación.
Furioso por su poco conocimiento para entender palabras, Raghussi se puso a estudiar lenguas con determinación. De ninguna manera – se dijo – dejaría de conseguir la dicha. Y durante años, mientras recorría los países de donde eran originarias las voces que no entendía, y aunque algunos habían desaparecido, buscó en los asentamientos primitivos, leía sus registros e iba tomando nota de escritos y dibujos que pudieran aludir a ladrones y serpientes, con minuciosidad escrutó por completo incluso el reino de los reptiles para que nada quedara al margen y se le olvidara. Y todo ello lo guardaba en la inteligencia y la memoria, pues esperaba que ellas le ayudarían no sólo a recobrar el papiro, sino a la vez el valor y, andando el tiempo, la dicha misma.
Pero
intentando descubrir cuál fuera este valor que le sería necesario
y dónde podría encontrarlo se hizo un lío descomunal, porque se
dio cuenta de que, a pesar de conocer las lenguas no conseguía en
cambio penetrar los velados significados de las palabras y apropiárselos.
Consternado, un día fue a un lugar apartado a indagar a través de
los filtros de la soledad, y viendo que tampoco por medio de la
meditación y el silencio lograba descubrir semejante secreto,
viendo pasar a un Santón, se acercó, y le dijo:
.-
Santo ¿ podrías hablarme tú acerca del valor que necesito para
conquistar la dicha, podrías dármelo ?
Y el Santo le respondió que no. Le dijo que el valor, ninguna clase
de valor, podía mostrárselo ni transferírselo, que sólo, y tal
vez, podría infundirle algún ánimo de forma fugaz y únicamente
en determinadas ocasiones, pero que eso le llevaría hasta valor.
.- Entonces, Santo, dame lo que tengas, dámelo, infúndeme todo cuanto puedas, necesito tener el mejor que tengas y para siempre. Puedo, puedo hacerlo y te pagaré bien.
.- Para siempre es imposible, porque ¿ y cuando yo no esté junto a ti o no esté nadie contigo, qué harás ? – le preguntó el Santo – Además tú eres rico ¿ podría saber yo acaso cómo es el valor de un rico, si nunca lo he sido ? dime ¿ podría saberlo… ?
Preso de la duda, la frustración y la imposibilidad, a Raghussi le brotaron las lágrimas. Pero, viéndolo, el Santo le recriminó:
.- Llorar es el valor más antiguo del mundo, y tú lo que necesitas es un valor nuevo, uno de los de ahora y fuerte como tu cuerpo. Y ese valor se encuentra muy, muy dentro de ti. Tendrás que buscar mucho hasta encontrarlo – terminó por conminarle el hombre Santo, y se fue.
Durante una temporada Raghussi Annakada Sharadi anduvo maltrecho y le parecía que no acertaba en nada. Disponía, sí, de un cuerpo formidable, pero por dentro no veía nada y andaba con sofoco, con sobresaltos y decaimientos que lo llevaban al borde de la angustia y el frenesí. Yal descubrirse estas debilidades se apenaba, pues creía que quien aspirara a obtener la dicha no podría ser poseedor de semejantes flaquezas, antes bien, debería reunir y alcanzar – suspiraba – el poder y dominio de su cuerpo, de todas las potencias con que conquistar el mundo. Por lo que, de acuerdo con el mandato del Santo, prosiguió la búsqueda angustiosa tanto del valor como del papiro.
Cinco años estuvo Raghussi marchando de un lugar a otro sin cesar y hablando con las gentes y preguntando por ambos. Hasta que un día, con su séquito, se encontró en una extraña aldea a la que había llegado cansado y al atardecer. Los guías de las puertas, al ver a señor tan poderoso, le anunciaron que en aquella ciudad había una mujer con poderes sublimes que procuraba la dicha, por lo que, con toda clase de invocaciones y prosapias fue conducido a los aposentos de Aibidire. Cuando estuvo en su presencia, le dijo directamente:
.- ¿ Tienes tú, mujer, el papiro del valor y la dicha… ?
La mujer no dijo nada. Se limitó a mirarlo con ojos entornados y de forma sensual a recostarse más aún en almohadas, esterillas y rasos que se encontraban en el suelo, hasta que, entre su regazo y la enorme serpiente tatuada sobre el ombligo, consiguió que el recién llegado reposase su cabeza en su regazo. Y Raghussi se durmió y estuvo dormido plácidamente cerca de medio día. Al despertar, excitado sobremanera porque no sabía dónde se encontraba, al recordar a la mujer, le preguntó:
.- ¿ Posees el papiro de la felicidad ? – E insistió – :dime ¿ tienes en tu poder la dicha ?
.- No existe ningún papiro, ninguno – le dijo tajante Aibidire – Yo sólo te he curado la locura mientras dormías, sin duda la que te hizo ver y creer en ese papiro de que habláis, extranjero.
.- Yo, yo mismo he visto a los ladrones de misterios – dijo señalando con el dedo – esa serpiente que llevas en tu vientre.
.- ¿ Ah, sí ? ¿ la habíais visto antes ? – replicó ambiguamente la mujer por temor a sentirse descubierta -. Pero, intuyendo su inmensa inseguridad, enseguida añadió ¿ y sabíais que esta serpiente procura además la hermosura ? – añadió describiendo su cuerpo con las manos ante los ojos ardientes de Raghussi.
.- En verdad eres muy hermosa, muy hermosa – reconoció Raghussi – Pero, si también proporciona la hermosura, motivo de más para que pronto me sea restituido el papiro. De otro modo ordenaré que lo busque la guardia aunque haya de arrasar tu casa y la aldea hasta encontrarlo…
.- ¡ Está bien, está bien, mi señor ! calmaos, os lo suplico… – repuso apresurada y temerosa la mujer curadora de locuras – Únicamente pretendía sugeriros que, de ser pagada por vos y explicándoos convenientemente dichos secretos…, podrías obtener tal vez el suficiente valor y con él alcanzar la dicha.
.- ¿ Dices secretos ? ¿ has dicho valor y dicha…? Óyeme, mujer ¿ puedes tú mostrarme en qué pueda consistir ese valor ? Decídmelo de inmediato… – le susurró y exigió a la mujer llevando sus manos a las empuñaduras del puñal y la cimitarra.
.- Señor, temo importunaros con mis palabras, pero ¿ sabéis acaso que quien alcanza la dicha y luego la pierde, de inmediato deberá morir ?
Raghussi se detuvo, como en un relámpago reconcentró los pensamientos y se escrutó las fuerzas del corazón. Sí, físicamente resultaba evidente que era poderoso. Y además muy rico. Y conocía lenguas. No, no podía fallar. Más aún – se dijo – si conseguía que aquella mujer hermosísima lo amara y acompañara siempre ¿ cómo, cómo podría fracasar ? ¿ cómo iba a morir ? Por tanto, cuando hubieron acordado que Raghussi entregaría a Aibidire la mitad de sus bienes y que ésta a cambio le entregaría el papiro, le explicaría todos sus secretos y vivirían juntos por siempre, fue cuando ambos, locos de pasión y jubilo, se pusieron en camino hacia los inmensos dominios del dueño de la dicha.
Pero la mujer de la serpiente era una mujer muy versada en el conocimiento del corazón de los hombres y en las artes más exquisitas para procurar su trastorno y encantamiento. Así, y nada más haberse puesto en camino, ataviada con exquisitos ropajes y acicalada con penetrantes perfumes, a la vez que iba exhibiendo de forma progresiva y cuidadosa las fronteras perfectas de su cuerpo, iba acompañándolo de la sonrisa que desconcierta el sentido y lo adentra en la quimera y en la ensoñación. De esta forma, y cuando tuvo constancia de que el corazón de Raghussi se encontraba bajo el sino del embrujo y la enajenación, le preguntó ¿ qué es todo esto, y yo misma, comparado con la dicha que obtendréis, mi señor ? Y ante la exaltación que le producía poseer la dicha, haciéndole inmune a toda enfermedad, a toda pérdida de riqueza o poder, Raghussi prometió a Aibidire no sólo amarla eternamente y dotarla con la riqueza acordada, sino que, en señal de reconocimiento y compromiso, haría construir para residencia de ambos el más bello y seguro palacio del mundo. De esta forma – le dijo – protegería para siempre la dicha.
Y cuando exponía y prometía con vehemencia a la mujer por el camino, Raghussi lo veía porque iban diseñándoselo el deseo y la imaginación, y cuando se extendía y se extendía describiéndoselo porque lo contemplaba con nitidez, ella, en ese momento, suavemente y con actitud melindrosa lo miraba fijamente, le pasaba el dedo índice por los labios y le sonreía con ese aire connivente que encierra la pasión. Raghussi perdía entonces toda serenidad, todo control y se sentía iluminado, cual si la fortuna y el amor se hubieran aliado indefectiblemente para hacerlo volar y quedar rendido ante la mujer conocedora de misterios y poderes latentes del papiro.
De este modo, y de acuerdo con sus proyectos, equipos innumerables de hombres con sus máquinas se pusieron a trabajar sin descanso día y noche para levantar el palacio que Raghussi había soñado y que sabios arquitectos habían diseñado para satisfacer su definitivo sueño.
Por tanto, y seguramente, nunca en menos tiempo hubiese llegado a ser erigida obra tan formidable, rebosante de placeres, advertencias y seguridades, una obra moderna y majestuosa.
Cuando Raghussi se subió a la torre más alta y contempló los recintos donde habría de tomar posesión para siempre de la dicha inalterada y vislumbró más allá el vasto mundo, que postrado se rendía a los altivos muros de su inmensa riqueza y ley, de pronto, sobreviniéndole un acceso irreprimible y desbordante de plenitud, se le encendieron la ambición y el poder, por lo que, tras inspirar hondo y con satisfacción, se dijo que puesto que tendría dicha permanente e ilimitadas riquezas, fácilmente podría apoderarse de aquellas tierras y países que estaba contemplando, y que por qué no de la totalidad del mundo si él habría de ser señor inextinguible de dicha eterna.
Imbuido por esta ambición de seguridad, grandeza y poder, se dijo que el hecho de tomar posesión de la dicha requería un día grande y fastuoso, a partir del cual todo el orbe debería saber dónde se hallaba y quién era el único detentor del bien más preciado y deseado de la tierra. Para ello, y sin pérdida de tiempo, invitó a palacio a los más nobles y más poderosos personajes, a los más ricos y eminentes; y, asimismo, para dar a conocer el fasto y su magnificencia, convocó a las grandes cadenas de televisión, de radios y periódicos mundiales, e hizo enviar mensajes incluso a los nautas del espacio y a posibles habitantes de otros mundos con tal motivo y ocasión. Y en consecuencia así fue. La ceremonia, prevista desde el inicio para un tiempo sin fin, no tenía igual. Sus actos devenían inigualables, su pompa y ostentación desconocidas, todo brillaba. Allí radicaba – decían los invitados – cuanto en este mundo y en el otro pudiera ambicionarse, era, pues, el modo concreto y perfecto en que podía manifestarse la felicidad.
Nada más inaugurar la nueva existencia, y ante siete notarios, con sus siete sellos y herrajes, Raghussi se apresuró a cumplir la promesa que había efectuado a la mujer. Y no contento con ello, solicitó que, con letra indeleble, se testimoniara en los documentos que su amor habría de ser un amor inextinguible, por lo que, acto seguido, y a toda prisa, exigió a Aibidire aquella misma noche que le leyera y desvelara el contenido del papiro y lo adentrara en las vitales profundidades de sus secretos. Y así fue también. Y la noche en el palacio continuó igualmente inolvidable y envolvente, espléndida, sin tacha ni amenaza alguna, en constante y perfecta diversión y armonía.
De todos modos, una vez Aibidire se hubo retirado a los aposentos privados, y cuando hubo asumido la seguridad y fuerza que le imprimía la dicha recién estrenada, Raghussi, rebosante de sí mismo y complacido, salió a uno de los corredores a contemplar la agitación y el bullicio desplegados a sus pies por la fiesta. Y durante mucho rato estuvo gozoso contemplando el trajín, los gestos satisfechos de los invitados, el alborozo atronador de aquella celebración sin fin emprendida. Y entonces, entonces fue cuando sin saber cómo se le apareció, cuando se le hizo presente la ambición absoluta, cuando súbitamente pensó y decidió en aquél preciso instante que era el momento oportuno de acabar con todo rival futuro: con todo tipo de nobles y principales procedentes de todo país y reino. ¿ De qué otra oportunidad tan propicia podría disponer jamás ? se dijo; porque, a la vez que ostentaba la dicha, en adelante ¿ quién, quién podría contender con él ? Él, y sólo él – apostilló – desde su absoluto poder, impartiría toda gracia y dispendio que en adelante pudiesen emanar en el mundo. ¿ Y sólo de mí… ? se preguntó de repente, abismándose alarmado dentro de sí mismo. Y entonces, con aquél exacerbado pensamiento-deseo de exclusividad, con los ojos fijos y desorbitados, fue cuando concibió con ansia suprimir urgentemente a Aibidire. Sí – continuó diciéndose – lo haré sin demora, ahora mismo, lo llevaré a cabo sin temor, en silencio, con sagacidad y rapidez. Ya tengo la dicha, no me es necesaria, Aibidire debe morir. Éste, éste debe ser sin duda el valor que le pedí al Santo y al que se refería mi padre.
Y con impaciencia llamó a su servidor más fiel y le ordenó mansamente que llamara a la mujer, que debía hablarle de un asunto apremiantemente. Y, recibida la orden, el servidor bajó la cabeza, salió y se fue. En vista de que Aibidire no acudía a su presencia y el servidor no volvía, de inmediato, hizo que por todas partes sonaran intermitentemente timbres, teléfonos y megafonías automáticas, llamando sin descanso al servidor. Al cabo de escasos minutos, en el umbral de sus habitaciones, compareció el esbirro con el rostro abatido y las manos cogidas sobre su vientre con humildad. Tras amenazarle Raghussi de muerte para que hablara y pronto, porque se resistía, el hombre echó a andar, se acercó poco a poco y, hablándole al oído, hizo saber a su amo que, aprovechando el fragor de la fiesta y los esquifes propios de la noche, Aibidire hacía rato que se había fugado con un cámara de la CNN. Y que nada más, que nadie sabía dónde podrían encontrarse.
Entonces, al hombre dichoso lo descontrolaron el rencor y la ira, por lo que tambaleándose, y reclamando sordamente rápida venganza, entró en un pasmo de impotencia, desprecio infinito y desolación. De pie y quieto donde estaba, mientras le corría velozmente la sangre por las sienes, sintió que se le producía en las entrañas un arañazo nauseabundo de profunda desdicha; luego, hierático y con la barbilla alta, se acordó de su padre, y a pesar del miedo que lo atenazaba y la certeza de que habría de morir, aspiró con hondura al cobijo de sus palabras llenándose de serenidad. Y pensando en qué momento habría de morir, y en quién de los invitados subiría tal vez a matarlo, abrió la puerta, se sentó en un diván, y acodándose en él, con el rostro absolutamente impasible, se puso a esperar la muerte.