El incidente

(Reg.:00/2000/17117 Secc. 1)
Orión de Panthoseas

Tras veinticinco años de convivencia matrimonial perfecta, con Jaime, su único hijo, haciendo un master de postgrado en Alemania, y ambos saludables y con trabajo fijo en sus respectivas empresas, cómo podrían imaginarse Elisa y Ernesto que aquel pequeño incidente, el del tren, lograría transformar sus vidas de semejante manera y para siempre.

… él, ojeando un periódico, y ella el suplemento del sábado, habían decidido ir tranquilamente a Madrid en el tren a ver “Expediente X”, y luego, a la salida, hacerle una visita a Marina, la hermana de Elisa.

Pero, en una ocasión en que Ernesto levantó la cabeza para hacerle un comentario de rutina a su mujer, encontró a ésta mirando embelesada a un sujeto que hacía unos minutos se había sentado al otro lado, un poco más allá y no del todo de frente. Y no sólo eso, dado que, sin tapujos, con absoluto descaro, el individuo la miraba a su vez directamente a los ojos, tanto, que, avergonzado, Ernesto no le cupo otro remedio que bajar la vista y ponerla sobre el papel, al tiempo que el corazón le empezaba a latir con ritmo desenfrenado. No comprendía nada, tan inesperado e inaudito se le presentó, motivo por el que un golpe de sangre a la cabeza le entrecortó el sentido y orden de pensar, no acertando a preguntarse ni contestarse nada acerca de lo que en ese instante estaba ocurriendo. Porque aquel hombre, de edad mediana y tez morena, pero en todo caso corriente, le era un perfecto desconocido, pero un desconocido al que su mujer miraba no de una forma cualquiera, sino exultante, con brillo de fascinación e interés en los ojos, interpretó incluso que con tintes de promesa… Pero ¿ y la mirada de él…? Al interiorizarla, Ernesto sintió muy dentro el salvaje escozor de un latigazo, puesto que creyó haber percibido en ella esa luz enrarecida que tantas veces había detectado en malvados galanes de películas y que hacía referencia al poder de triunfo cuando la víctima había sido seducida y rendida, esa altivez sin escrúpulos del que arrasa, escupe y va de paso…

Por consiguiente, intentó seguir leyendo a toda costa. Tenía que leer, leer, leer, aunque le resultó imposible; no en balde las manos y el pensamiento se le habían puesto de manera compasada a temblar. Cuando hubo constatado la insistencia de Elisa y cómo de forma inconsciente miraba sin cesar al extraño, sin saber de dónde sacó fuerzas, acercó su cara a la de ella, y procuró decirle amablemente con tono civilizado:
.- ¿ Es conocido… ?

Pero fue tal la sorpresa que, Elisa, más pareció haber sufrido un impacto fulminante de bala que un mero sobresalto porque, en realidad, no sabía en ese instante dónde se encontraba, ya que a la vez que sentía un vahído, a punto estuvo de caérsele el suplemento de las manos cuando con claro aturdimiento miró a su marido, al que respondió nerviosa y con precipitación:

.- Ah, no, no… – y sin ninguna otra explicación, intentó seguir leyendo como si nada hubiese ocurrido.

Y aunque todo pareció haber vuelto a la normalidad, ella sin embargo volvió enseguida en sí y empezó a preguntarse con cierta desazón que qué le estaba sucediendo porque no podía dejar de mirar a aquél desconocido, a quien, por otra parte, no había visto en la vida. Pero acto seguido, en cuanto el deseo de mirar contenido acababa por descontrolarla, levantaba la vista y el hombre estaba allí, esperándola para entrarle por la mirada y sobarle el cuerpo con sadismo, con zafiedad y ansia; y sabía esto porque se lo hacía saber a través de aquella media sonrisa irónica, desvergonzada, absolutamente indecente y desleal.

Mientras tanto, Ernesto hacía que leía pero no leía. Antes bien, se le removían constantemente los pies y las piernas sin encontrar sitio ni postura adecuados, pues veía cómo de manera soterrada se le alargaba a Elisa el rabillo del ojo cercano en dirección al individuo, hecho que acabó extinguiéndole por completo todo resquicio de vacilación o duda. Lo peor tuvo lugar en el momento en que el sujeto terminó saliendo y pasó por delante de ellos, ya que prácticamente se detuvo desafiante ante ella como si esperara que concretase en la práctica lo que hubiese prometido; no obstante, Elisa bajó la cabeza como si no lo viera o no estuviera allí. De repente, como si el mundo se hubiese desvencijado mientras gemían sus vigas y sin orden ni concierto se abatiera de la forma más espeluznante, así tomó conciencia Ernesto de lo que podría ser el infierno y el mar luchando cuerpo a cuerpo y sin medida dentro de él, para luego ser abandonado y caer sin amparo en un espeluznante y sepulcral vacío. Por tanto, no leyó más. Dejó el periódico sobre las rodillas y, rígido, con las piernas juntas, cruzó los brazos y se puso a mirar para abajo por el reborde inferior de las gafas, esperando que alguien le dijera que aquello no había ocurrido, que había sido una simple broma o nada a tener en cuenta, que no se preocupara porque no había pasado nada de nada, absolutamente nada. Pero no oyó la menor aclaración ni sintió el menor alivio.

Acostumbrados durante tantos años a no mentirse, la salida a la calle resultó de todo punto embarazosa, pues notaron que les era difícil hablar entre ellos como lo habían hecho siempre. Procedente de alguna parte palpaban en el ambiente un halo de culpa, de rencor y tristeza revueltos, y a los dos les parecía imposible aquella situación, imprevista y anárquica. Al fin, tomando consciencia real de la situación, ella reconoció lo sucedido y pidió que la perdonara por aquel incidente sin importancia, ya que, además, y si mal no recordaba, el tipo debía ser un birria… ¿ no… ? terminó preguntando, para que confirmara este aspecto su marido y lograr relajar la tensión creada. “No sé, es algo que no entiendo – aseguró ella – algo que no, que no logro comprender por qué ha pasado – volvió a repetir -. “ Lo siento, lo siento; no me lo puedo explicar”.

Entraron al cine y durante la película, hierático como se mostraron ambos, observaron el más estricto silencio. Incluso en el descanso, con una pequeña excusa, él salió a toda prisa para eludir la obligación de hablarse tal como suelen imponer la costumbre, la media luz encendida y la misma cercanía. Nunca había salido en los descansos y a Elisa no se le pasó por alto. Volvió cuando apagaban las luces y pasó estirado, con las rodillas pegadas a las butacas de delante y se sentó encogido, con rictus contraído y sin decir palabra.

Al salir del cine, convencidos de que aún no se había restablecido la confianza, ella se atrevió a decirle en tono recriminatorio:

.- ¡ Pues anda, hijo, para nada que pasa…!

.- Bueno, mejor será olvidarlo. Porque, claro, eso, pienso yo, puede pasarle a cualquiera - le replicó él a su mujer haciendo un alarde de decidida comprensión.

Fue lo último que hablaron con cierta normalidad aquel día y parte de la noche. Visitaron a Marina y familia, estuvieron allí cerca de dos horas, y como muñecos despiezados, volvieron a casa con los gestos y palabras imprescindibles, mirando cualquier cosa que se moviese a su alrededor y a todas partes.

Y si durante toda su vida se habían acostado prácticamente al mismo tiempo, ese mismo día empezó a ser diferente. Al hacerlo poco después que su mujer, él la encontró de espalda y con las sábanas y las mantas subidas, cubriéndose la mitad de la cara. Ni siquiera la rozó. Levantó por contra con sumo cuidado la ropa y, tendido, y de espalda también, permaneció en esta postura inicial y sin moverse.

… y fue con la luz apagada y el silencio vagando entre hilachas y volutas de oscuridad cuando los dos se declararon competentes para pensar y repensar con promiscuidad prodigiosa cuanto pudieran desear sin ser vistos ni oídos el uno por el otro. De este modo, y poco a poco, fue cómo cada cual, con cada brizna de sentimiento, con cada china y dolor, trató por todos medios de ir reconstruyendo cada palabra, cada gesto y cada instante de la tarde por fin terminada, por lo que, una y otra vez, con absoluta ansiedad, traían sus dolores y visiones porque necesitaban sentirlos y meditarlos con sosiego en la oscuridad, escrutarlos, repasarlos con detenimiento y fijamente con los ojos exactos de la impunidad, formularles luego sus nuevas y propias precisiones, para llevarlos una y otra vez hacia delante y hacia atrás, a la vez que recreándose tanto en el placer y la sorpresa, ella, como en la inmensidad de la desesperación sentida, él.

Estas horas amargas les eran desconocidas por completo en la vida. No sabían que hubiera horas como éstas, horas que, de pronto, los emplazaran a una labor que les ponía la boca con un sabor a ladrillo o a harina podrida y en el estómago un nido de serpientes que les desataba un dolor agudo, espiritual y orgánico que parecía iba a hacérseles insoportable.

… porque a Elisa, a pesar de separar cada fracción de tiempo y sensación, al reconocer lo ocurrido y sentirse por ello preocupada, lo que realmente había terminado por alarmarla, sin embargo, había sido aquello que Ernesto le había contestado al salir del cine: ” porque, claro, eso, pienso yo, puede pasarle a cualquiera…” Eso, eso era lo que le había dicho; aquellas palabras, exactamente aquellas y no otras eran las que se le habían quedado grabadas, justo con ellas le había respondido. Pues ¿ qué querría decirle con eso de que podía pasarle a cualquiera… ? o mejor ¿ qué sería en realidad lo que quiso decirle con aquella aparente comprensión de “claro” y “pienso yo” … ? Vete tú a saber - se dijo - ¿ es que acaso… ? Y se atrevió a preguntarse lo impensable, sumida ya en un aserto de sospecha y auténtica desdicha.

Entonces, y en la clariaudiencia perfecta que proporciona la daga del silencio, fue cuando empezó a repasar la frase en cuestión y a repetírsela, continuó después a manosearla con el sudor untuoso de la memoria y a desmenuzar con lentitud sus palabras una a una, a cambiarlas de lugar, a combinarlas, y luego a dotarlas de nuevas significaciones, otros alcances, en definitiva otros derroteros, por lo que sobre la almohada acabó abriéndosele una noria en la que la mente comenzó a rodarle y a rodarle sin capacidad ni fuerzas para detenerla. No obstante, y en un último ajuste frente a la realidad, en medio de la angustia, creyó descubrir algún momento en que todo le pareció un absurdo, un malentendido, una ridiculez sin más, conclusiones con que a toda costa pretendía alejarse de sí misma y apaciguarse; por tanto, a los tres segundos, cuando bajo semejante empeño creía poder ya dormirse y olvidarse, por el más insospechado resquicio la asaltaba y sobrevenía una pequeñísima duda, o una insignificante, levísima y nimia pregunta a la que sin embargo, con estricta urgencia, debía y necesitaba contestarla para poder dormir y descansar al fin. Y aunque esto fuese así, a continuación, y ya en el frontispicio donde engarzan la vigilia y el sueño, tampoco podía evitar la añagaza con que de repente parecían emerger ideas atolondradas y peregrinas con sus consiguientes contradicciones y desconfianzas, torbellinos inmundos que podrían acarrear calamidades sin fin. No pudiendo conciliar el sueño, y en busca de coherencia y apoyo para su tesis, se le ocurrió repasar el comportamiento último de su marido y, al hacerlo, se convenció inmediatamente que todo empezaba a comprenderlo, pues atando cabos sueltos podía ver ahora con claridad al mosquita muerta, al Ernestito amable y complaciente que siempre había logrado aparentar ser, pero que seguro, seguro que tenía algún lío de órdago o que, en todo caso, con seguridad total, si no lo tenía estaría a punto de tenerlo. Si no, por qué decirle lo que le dijo. Sí, ahora, ahora lo veía con nitidez: lo habría dicho aprovechando el momento propicio para compensar con ella lo que tuviera oculto; así, de este modo y dándoselo a entender, se lo pasaría por alto sin rechistar; claro, claro - volvió a decirse - es listo, vaya que es listo el gachó ¿ eh ? vaya tío éste, vaya, vaya… Y al pensarlo se hizo consciente de que por primera vez trataba a su marido como a alguien ajeno y de forma despectiva, pero de cualquier manera no le disgustó, pues concluyó de inmediato: mira cómo después de tantos años y tanto trajín, el muy maricón me la está dando, y luego viene aquí exigiendo…, vaya, vaya… Entonces, al apretar los dientes, en ese preciso instante, le pareció que su marido se encontrara lejísimos, como si en realidad se hallase fuera de la cama, momento en el que, a pesar de tantas y tan trepidantes sensaciones, el dolor de cabeza parecía tender por fin a remitirle.

… y, evidentemente, inerte y colocado sobre el mismo borde del somier y el colchón, Ernesto, dados su quietud y silencio, semejaba haberse convertido en piedra y no respirar. Sentía cómo lo cercaba el vacío que existía en el centro de la cama, pero también imaginaba el borde en el que se hallaba como si fuera un terraplén, un último risco por donde tal vez pudiera despeñarse y luego rodar y rodar sin saber hacia dónde y ni si podría parar o no. Todo le era advenedizo, sin consonancia y extraño. Había quedado huérfano a los cuatro años, y ahora, al recordar con claridad la cara de su madre, lo recorrió un escalofrío con el que, sin querer, hizo temblar la cama, pero se sobrepuso al propio sinsabor y optó por abandonarse a la búsqueda exclusiva de la causa de su tremenda y reciente infelicidad. Tal vez - se dijo - el hecho de que esta hiena de al lado se quedara quieta y bajara los ojos al pasar por delante aquel pájaro, fuera porque, en aquél mismo momento, no se atrevió a marcharse con él sin más, si no, a lo mejor, dónde estaría… Y se propuso esta idea varias veces y todas ellas se lo confirmaron, por lo que enseguida, y por si acaso, dio rienda suelta a cálculos infinitos acerca de las posibilidades del tiempo que llevarían en el asunto, pasó luego acerca del cuándo, del cómo y dónde, para después y a continuación ratificarse un sinfín de veces más en algo que lo conducía ineludiblemente al desengaño, al naufragio absoluto y a la fatalidad irreversible de la vida.

Y ya, a partir de ese día, las cosas se precipitaron. Tras cinco meses de continuos disgustos, repletos de desconfianzas, de agrios y ásperos resentimientos, ambos, en un acto de valentía y aceptación de sus nuevas e irremediables realidades, se pusieron de acuerdo y repartieron sus haberes y gastos, se dieron libertad para que cada cual hiciera su vida, así como que, en adelante, Ernesto dormiría lejos, en la habitación de su hijo Jaime, justo en el otro extremo de la casa.

Pero no habían previsto nada de cómo habría de desarrollarse la nueva convivencia, la cual, aunque habían intuido que habría de ser entre ellos tolerante y progresista - tal y como sinceros y civilizados se habían propuesto después de todo en el vis a vis decisorio - la realidad, en cambio, los llevó a partir de aquel momento a arrancarse cada día recuerdos que mantenían clavados en el corazón, aquéllos que con propósito y sin propósito se lanzaban mutuamente con resquemor y acritud, o apelaban a una añoranza, o a una melancolía en relación a hechos inmodificables y diciéndose que todo podía haberles ido mejor en la vida de no haber sido por el uno o por el otro. De esta forma, y para soportar la convivencia y acidez del lenguaje y los gestos, se les cambiaron los modos y les dio por cerrar los ojos de la conciencia ante todo permitiendo que todo discurriera sin más, por lo que en pocas semanas se les había introducido una aspereza de alma que hasta entonces no sabían que tenían, motivo por el que empezaron a insultarse y a tratar los asuntos con tal sequedad y de forma tan cortante, que terminó minándoles por completo la propia consideración y estima. De este modo fue como fueron instalándose y haciendo acto de presencia la dejadez, la gafedad y el abandono, a hacer causa el desinterés por los objetos caídos o rotos, los cuales pronto empezaron a encontrarse por los lugares de paso de la casa, con lo que les creció la fuerza del desafecto hiriente, torpe, y a la vez recíproco. Lo poco que se hablaban iba acompañado de miradas furtivas de remordimiento cuando no de desprecio, y, al salir a la calle, lo hacían dando adrede un aparatoso portazo para que el otro lo oyera y se molestara, así, como suelen darse estos malos portazos en la vida real: con aire y con cojones.

No había pasado mucho tiempo cuando un sábado, a altas horas de la noche, llegó Elisa a casa del brazo de Moncho, un mocetón con mucho pelo y cuerpo de primera que había conocido hacia un rato en una sala de stripteases. Ernesto los oyó llegar porque los dos entraban rematadamente ebrios y tosiendo, riéndose y chocando contra los muebles y las paredes, por lo que, sobresaltado, optó por levantarse en calzoncillos y medio ciego. En medio del pasillo y sin darle más importancia, ella le presentó a Moncho, a la vez que, con aquella lengua inmisericorde de tartajas que traían, acertó a decirle que se marchara a dormir, que era muy tarde y que se iba a morir de frío. Sin embargo no fue así, pues Ernesto, de vuelta a su habitación se quedó pensando, se despabiló por completo y, ni corto ni perezoso se vistió a toda prisa, bajó a la calle y, tras sacar el coche del garaje, se fue al barrio chino con intención de traerse a casa una puta de impresión. Al cabo de menos de una hora escasa había vuelto, ya que ni siquiera había tenido necesidad de entrar de lleno en la zona concreta de los prostíbulos, dado que al cruzar las calles aledañas comenzaron a hacerle señas muchachas con la espalda desnuda, con torsos y muslos brillantes por reflejos gigantes de la luna llena. Estuvo a punto de apañarse con una mulata escultural y altísima, pero eligió a Mabelín porque era joven y guapa y tenía una piel tan blanca y reluciente que lo deslumbró cual si fuese un bloque de titanio en medio de la noche.

… y, al contrario que Elisa, al entrar en el piso, Ernesto le dijo a Mabelín que no hiciera ruido, que se callara, por lo que directamente se fueron a la habitación del otro lado del mundo a inventariar los gozos de la noche y a pergeñar sucesivas venganzas a través de otros amaneceres futuros y posibles.

El día siguiente, domingo, hacia las tres de la tarde, se conocieron por fin los cuatro, justo cuando, tras haberse tirado a cuerpo limpio a la mundanal piscina, ninguno de los dos se encontraba ya en condiciones de recapacitar ni retroceder. Además, y en ese momento, todos, mayores y jóvenes parecían jovencísimos, modernos y desinhibidos, y hasta graciosos y festivos por demás. Y ni Ernesto ni Elisa se quedaban ya sin habla y atónitos como les ocurriera antes, antes bien, las sorpresas empezaban a constituir ahora la sal de la vida, por lo que sonreían sin cesar, procurando correr y correr hacia delante sin pestañear y como nadie.

Durante cerca de tres meses y medio el piso 5º del nº 14 de la calle Desamparados se transformó en un estrado de acusaciones irascibles entre esposos debido a gastos desmedidos y libelos atrasados, situación que sólo los correspondientes arrumacos de Moncho y Mabelín les permitían superar, acosados al tiempo por la paciencia desbaratada de unos vecinos escépticos, compungidos y agotados; fue por entonces cuando, con extrema facilidad, y a fuerza de recorrer cuantos antros de diversión encontraban, quedaban extenuados y empezaron a faltar al trabajo, cuando al quedarse en casa los cuatro se morían sin embargo de risa y resolvían estos episodios con besos espetados y chupitos de lo que fuera, pues, como eran decididos y progres, bebían para celebrar cualquier cosa y acometían el amor sin desmayo y en cualquier parte, puesto que lo consideraban un rito esencial, rejuvenecedor e inacabable ( … ah, Mabelín esnifaba su rayita de coca, y Ernesto probaba y probaba para no ser menos que su “Querubina”, como la llamaba, con un mohín tierno y pueril de amor y sublime antojo) Era evidente que ni Elisa ni Ernesto habían hecho tanto el amor en sus 24 años de consocios ni habían andado tan desinhibidos ni con tanto mundo como con esta nueva versión en que vivían, si bien era verdad que habían adelgazado y que sus ojeras hubieran necesitado de grandes dosis de aguas, de lodos y sabios y benditos mejunjes para restablecerse. Pero les era igual. Sin embargo Mabelín y Moncho, los cuales habían abandonado radicalmente sus quehaceres antiguos, decían hacer vida sana y ordenada, pues venían durmiendo hasta el límite de la incomodidad o hasta ser interrumpidos por la vuelta del trabajo de sus respectivos y adorados amantes.

Así las cosas, cierto día Elisa se presentó a media mañana en casa porque la habían despedido. Puso la carta de despido encima de la repisa del pasillo y afligida se encerró en el baño. Allí estuvo cerca de tres horas. Sin embargo, cuando volvió a cogerla para releer lo tocante a “faltas reiteradas de asistencia, drogadicción y embriaguez en el trabajo” e ir a los abogados, descubrió la carta de despido de Ernesto, con fecha del día anterior y por similares motivos además del de roncar ofensivamente en la oficina. No pudo evitar que ambas se le cayeran de las manos antes de correr para encerrarse de nuevo. Cuando descubrieron que se encontraba dentro y la llamaron no quería salir, pero, al hacerlo, todo fueron ánimos e impulsos renovados, una eclosión de proyectos y proyectos para otra etapa diferente de la vida, como supuestamente hacía todo el mundo. Así de simple, y con estas prédicas, fue como lograron que saliera restregándose los ojos pero con la faz alta, feliz y sonriente. Ella se sentía y era la mejor, la más grande.

A partir de ese momento intentaron olvidarse del pasado y superar con alegría el encono de la vida, por lo que decidieron adoptar, y cómo no, la mentalidad que para adaptarse definitivamente requería la nueva situación. Inmersos, pues, en los actuales tiempos, entre sí se daban ánimos, se echaban a reír por nada, decían entre sí que qué coño y se iban de juerga, y casi siempre los cuatro juntos porque ya existía entre ellos una especie de estima mutua que les había nacido de infinitos avatares y del roce de la convivencia misma. Además, dado que ahora no sabían qué hacer con las horas baldías, se inventaban cumpleaños y santos con sus cenas y celebraciones respectivas, iban al casino o al bingo, pero también jugaban a la lotería y a las máquinas tragaperras, apostaban a todo, o decidían emprender viajes repentinos o asistir a un sinfín de supuestas fiestas, corros de risas o espectáculos. Se apuntaban a lo que fuera…

Al cabo de estos meses, y de forma natural, Elisa y Ernesto encontraron sin fondos sus respectivas cuentas bancarias. Habían hipotecado la casa y vendido cuadros y muebles, anillos y pulseras, hasta se atrevieron y terminaron por vender los regalos y pertenencias privadas de Jaime. Era verano, y tras estos acopios financieros, necesarios y precipitados, al final de agosto, y en sus habitaciones, por no haber no habían quedado ni siquiera los enmarques de las camas, por lo que todos ellos empezaron a dormir sobre cartones y plásticos gruesos en el suelo.

El 27 de septiembre había amanecido nublado y venía un viento frío. Alrededor de las once y media de la mañana, temblando como una vara verde, con la boca entreabierta y los ojos descompuestos por la rabia y la incredulidad, Elisa se dirigió presurosa a la habitación de Ernesto con un papel en la mano, en el cual, sin dejarlo de leer y releer ni un solo instante en el trayecto, ponía con letras desgarbadas “Ciao, vieja, ha sido divertido ¿ no crees ?”. Pero al abrir la puerta, sobre la almohada, y al lado de la cabeza de Ernesto, descubrió otra nota doblada y semejante que sin detenerse cogió de golpe y se puso a leer con precipitación. ” Jo, amorsito - decía - qué risa que me he pasado contigo, si vieras… No más, pues, mi cielito. Se despide de ti tu Querubina. Nos vemos, Ciclón”.

Orión de Panthoseas
SIGLO XXI-POESÍA: Orión de Panthoseas ®
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