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Gauguin y Tahití

Gauguin - Auto-retrato, 1893-94,
óleo sobre tela, 46x38cm, Musée d'Orsay, Paris

por Roland Morillot

 

La agitación acababa de producirse sobre la “Durenee”, amarrada al puerto de Pappeté. Estaba de guardia, y subí hasta la cubierta, para mirar el desfile matinal de las mujeres, que todos los días salen a hacer sus provisiones de comestibles.

En ese mismo momento, por la barra, entraba lentamente una goleta, que traía a Tahití la noticia de la muerte de Gauguin, acaecida en Marquisas.

 

Hasta entonces yo ignoraba la existencia de Gauguin. Joven oficial, salido del colegio, pasé para la más cerrada de todas las escuelas, la de Berda, para después navegar sin cesar durante muchos años, y continuar mis peripecias en esta región oceánica. Nuestra vetusta embarcación debía esa misma tarde zarpar para las Paumutu, o islas bajas. La llegada de la goleta hizo que se nos expidiera para Marquises, con el fin de recoger la sucesión del artista muerto recientemente allí.

Dos tahitianas (con flores de mango)
Paul Gauguin, 1899
Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

De esta expedición, trajimos a Papee te algunas cajas conteniendo: papeles, telas, dibujos de toda clase, y maderas; pero todo esto formaba un conjunto pequeño. La administración se conmovió, deliberó y luego decidió que todo habría de liquidarse en Papeete mismo. Se acomodó nuestra colección en un buque nacional, en forma de exposición pre-venta.

 

Los entendidos del lugar vinieron a ver y se detuvieron sobre todo delante de los dibujos, de los cuales muchos, preciso es confesarlo, eran algo obscenos. Allí tuve, pues, mi primer contacto con Gauguin. Fui muchas, muchísimas veces a contemplar y estudiar las obras —bien raras— que había dejado al morir. Confieso que al principio no me gustaron del todo, las encontraba entonces demasiado duras, con demasiado parti 'pris, y con simplificaciones no muy arbitrarías que casi llegaban hasta la caricatura.

 

Pero una sosa me sorprendía y me atraía poco a poco: el color, muy simplificado también, pero escogido de acuerdo con ciertas armonías simples, de gran partido. Verdes y rojos, lilas y amarillos, procedimiento muy simple de complementarios con los que siempre se acierta, matemáticamente. Pero me incomodaban esos pies gigantes de elefantiasis, y muchas veces las manos, de iguales proporciones. ¿ Por qué esto? Las mujeres tahitianas, tienen los pies normales, más ostensibles, desde luego, que los de nuestras mujeres, porque son mucho más flexibles, consecuencia de estar siempre desnudos, ni tampoco son más largos. En cuanto a las manos, la mayoría las tienen de forma perfecta. Yo no veía la necesidad de hacer creer que todos los indígenas tuviesen elefantiasis, tomando la excepción por generalidad.

 

Por otra parte, en las telas, encontradas inmediatamente después de su muerte, trabajadas o no, los personajes se destacaban sobre un fondo casi exclusivamente bicromo, sin forma alguna definida, de amarillo sobre violeta claro. Vi, sin mucho esfuerzo, que él quería así evocar los cielos de las puestas de sol, pero sin ninguna precisión. Dejando las formas de la naturaleza sin precisar, evocaba los colores más característicos, como fondo adecuado.

Es evidente que él consideraba el cuadro como una sincronía, que ante todo debía agradar a la vista, insistiendo únicamente sobre el movimiento y el carácter de sus personajes, que por su color y su línea componían por sí solo todo el cuadro, no siendo el resto más que un acompañamiento.

 

En cambio, me parecía que semejante concepción del cuadro, perfecta desde el punto de vista pictórico, dejaba que desear, para aquéllos, que como yo, esperaran de esta pintura oceánica, de motivo oceánico, de razón de ser oceánica, además del aspecto sinfónico, un aspecto evocador que creo tenga también su valor.

 

¿Por qué no podrían conciliarse los dos aspectos? Me pareció desde entonces, que era perfectamente posible componer un cuadro con elementos reales, seleccionados y agrupados con inteligencia, distribuyendo los colores de tal manera que compusieran una sinfonía tan perfecta, como la que resultara compuesta únicamente con las manchas y los colores, cuya forma y conjunto no evocasen nada de específicamente tahitiano.

 

Insistir a la vez sobre el aspecto sinfónico del cuadro y sobre su aspecto evocador, me parece no sólo posible, sino legítimo.

 

Por otra parte, Gauguin, en sus telas bretonas, ha alcanzado muy raramente ese exceso de simplificación de muchas de sus telas tahitianas. Y, sin embargo, si hay un país en el mundo en el que me parece bien difícil, por no decir imposible, simplificar hasta el punto de suprimirlo todo, es precisamente este país en el que la vegetación brota en todos lados con suma prodigalidad. La selva aquí es reina, comienza junto al mar y se extiende hasta las crestas, en todos lados grandes árboles, bruzas de toda clase, lianas trepadoras que tapan la vista; ninguna escapada salvo el mar.

 

Esta sensación de aprisionamiento del hombre por el vegetal no he podido hallarla nunca en Gauguin, de tal modo él poda la selva que con tanta sutileza escamotea. ¿Lo hacía por espíritu de simplificación o por el cansancio, el tedio de complicación, especie de lasitud, debida quizás a las durezas de su existencia?

Creo en esto, pues en algunas pinturas tahitianas del comienzo, que he podido ver, había introducido en sus composiciones paisajes muy fantasistas, cierto, pero con algunos detalles a los que parecía conceder importancia, como el cocotero de cinco hojas, en el que Gauguin veía papagayos desplumados. (Noa-Noa). Y hacia el fin, todo se simplifica de tal manera, que sólo pinta los personajes sobre fondo verde, amarillo y lila, estimando que estos tres colores batían para evocar el cielo y la tierra.

 

Y sin embargo, de esas composiciones nace un extraño sentimiento de plenitud, debido únicamente a la asociación de colores, a la profunda y diría voluptuosa sinfonía que constituyen los diferentes elementos coloreados. ¿Han sido esos elementos seleccionados y después colocados al azar o, al contrario, ha buscado largamente Gauguin, el sitio de tal mancha amarilla, estudiando su importancia, desde el punto de vista de la superficie y el tono? Lo ignoro y no lo creo, además, pues no se ven en estas telas retoques ni capas de color superpuestas; el color es delgado en general, porque tenía que economizar sus tubos, y parece estar puesto con decisión, con naturalidad y sin recargos. Debía pintar muy ligero, y una vez decidido, no volvía nunca atrás, cosa que él mismo dice en sus cartas. Trabajaba por arranques, cuando se le antojaba, cuando estaba inspirado; entonces pintaba, inquieto, sólo por expresar su visión interior, dejando pasar algunas incorrecciones de las que no se cuidaba mucho. Durante largos períodos permanecía inactivo, sin producir, toda veleidad de creación muerta por ese estado de espíritu que conocen aquéllos a quienes asalta el tedio, y cuyo porvenir se aparece sombrío, sin dinero. Los que no han conocido estos horribles períodos de depresión, no pueden comprender qué repercusión puede tener sobre la vida de un hombre, un spleen lacerante, en un artista, sobre todo, que cualquiera que sea su orgullo, está obligado, puesto que siente más fuertemente que los otros, a sufrir también mucho más que ellos. La vida de Gauguin en Tahití, y a pesar del maravilloso cuadro asoleado, no fue siempre allí color de rosa. Violento y furioso se había hecho enemigos, al fin tornóse sospechoso y grosero, enfermo y siempre solo, no pudo nunca crearse una verdadera afección.

Amaba a las mujeres, esas "vahinas ” de bellos pechos y caderas más espléndidas todavía. En cuanto a los hombres de pieles curtidas, los desdeñaba, pues la mayoría de los que aparecen en su obra, son pequeños y casi contra-hechos. Algunos son perfectas caricaturas. ¿Se complació Gauguin en esto? ¿Acaso los encontraba demasiado osados y los envidiaba o sentía celos? Esto es lo que en Tahití se decía y en ello nada hay de sorprendente. De cualquier modo, hay que convenir que nada halagó a esos pobres hombres, que algo más merecían. Si él quiso ridiculizarlas, valía más haber recurrido ciaramente a la caricatura, y mostrarlos tales como son los domingos, por ejemplo, cuando henchidos de importancia, se dirigen al templo, vestidos con trajes ridículos y llevando unas Biblias enormes, que no abren nunca.

Paul Gauguin, La Orana Maria, 1891,
Metropolitan Museum of Art, New York

 

Pero en Noa Noa habló de otros elogiosamene. Entonces las encontraba bellos, y buenos es reconocer que en Tahití hay bien bellos hombres, más bellos y mucho más atrayentes que los negros de las orquestas de dancing. Se puede hasta afirmar que el número de hombres bellos es superior al de las bellas hembras.

 

Parece que tampoco amó Gauguin el mar, y sin embargo, en ninguna parte del inundo toma el mar más bellos tintes, más ricos juegos de colores. En ninguna parte, el mar es más atrayente, en los días en que todos los violetas, malvas y rosas, juegan con los más tiernos y luminosos verdes, y en las noches cuando en una calma impresionante, los azules profundos y los violetas sombríos, se alían al oro de los reflejos estelares y a los lechosos reflejos de la luna.

 

Quizás los Marquisos tengan la culpa de ello, los Marquisos que absorbieron sus últimos años de existencia, los Marquisos salvajes que no tienen arrecifes y desconocen la dulzura de la banda costera poblada de cocoteros y de flores.

Sus pinturas no dan, pues, más que una idea bastante vaga de la naturaleza oceánica, la que, sin embargo, era merecedora de mayor atención. Pero sin duda, ha creído, no debía distraer la atención del espectador de la belleza de aquellas mujeres tahitianas, en las que él había puesto todas sus complacencias.

El quiso que la efigie de la Eva Maorí, baste para retener los ojos extasiados, y creó para esta Eva fondos sinfónicos en los que el color desprovisto de toda forma precisa debía jugar su silencioso, pero sugestivo acompañamiento.

 

Y poco a poco, "simplificó ese fondo, eliminando toda forma precisa, hasta preferir, cuando lo creía necesario, desde el punto de vista decorativo, introducir alguna planta desconocida, creada totalmente por su imaginación”. En resumen, Gauguin ha hecho en Tahití espléndidas sincronías, más ricas quizás que las de Bretaña, sincronías que bellas en sí mismas, no tienen nada de esencialmente tahitiano.

 

Los que como yo aman a Gauguin, lo aman por él mismo y no por la idea que ha dado do Tahití.

 

Gauguin, como todos los poetas, ha elegido su visión preferida, y ha tenido razón, porque los poetas tienen todos los derechos.

 

Roland Morillot

Revista "La Pluma" Vol. 11

Montevideo, Abril de 1929

 

Fue digitalizado, editado, con el agregado de imágenes y videos, por mi, editor de Letras Uruguay

Twitter: https://twitter.com/echinope / email: echinope@gmail.com / facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

 

Grandes pintores - Gauguin, en español.

Documental sobre Eugène Henri Paul Gauguin (París, 7 de junio de 1848 - Atuona, Islas Marquesas, 9 de mayo de 1903) fue un pintor posimpresionista. Jefe de filas de la Escuela de Pont-Aven e inspirador de los Nabis, desarrolló la parte más distintiva de su producción en el Caribe (Martinica) y en Oceanía (Polinesia Francesa), volcándose mayormente en paisajes y desnudos muy audaces para la época por su rusticidad y colorido rotundo, opuestos a la pintura burguesa y esteticista predominante en la cultura occidental.

Paul Gauguin a Tahiti

 

 

 

 

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