El Otoño

poema de Juan Gil-Albert

 

Ya se acerca ¡oh amigo!
con su fresca corona de tinieblas
esa extraña estación rápida umbría
donde concilia el año
su acabado mensaje
con los dones solemnes que abandona
tras tan intenso asedio.

Por doquier y entretanto
que tú en cercanos montes
alimentas la guerra
y entre arreos sombríos
perteneces a un mundo inexpresable
dentro de cuyo acecho
la muerte se desposa alternamente
glacial como su triunfo
o aúlla entre los cuerpos que resisten
su retadora sombra
en medio del verano que declina
se adelanta y anuncia
con suave pie de musgo
la época lejana de nuestras correrías

el tiempo que recuerda

con tranquilas cosechas

la invocada amistad titubeante.

 

Apenas si unas lluvias repentinas

precedidas por truenos estivales

pregonan que el Otoño

ya en su carro de hiedras

retumba en las afueras

llamando está at umbral de los calores

y unos vientos tempranos

conducen esas nubes

que aligeran el sol de los ramajes

y sobre el mismo vierten

traspasadas y henchidas

sus oscuros vergeles.

 

Qué extraño amigo mío
que en esos resplandores que se anuncian
por el lecho del río hacia la tarde
vuele ese nombre umbroso
se deslice el recuerdo
lo mismo que una barca fugitiva
de los días pasados
allá por entre juncos
y que ignore este tiempo al dedicarnos
su rumoroso curso inagotable
que no hallará en la sierra aquel coloquio
de antigua remembranza.

Nuestras puertas cerradas no responden

a su arribo añorante.

 

¡Ah! no sé si tu cuerpo
alienta ennoblecido
vuelto hacia el occidente de la patria
y allí tus compañeros
reciben de ese rostro
la luminosa forma de la vida
o si sobre tu tumba se desprenden
de los plátanos y olmos
tas metálicas hojas
con su dorado golpe imperceptible.
Mas cualquiera que sea en la contienda
tu sino aterrador
tu fuego extinto
o la joven esposa alborozada
advierta en los parajes familiares
el armónico paso que retorna
esta luz transparente
este soplo lejano y halagüeño
este sensible avance de los días
por frioleras hierbas
los racimos que penden empolvados
de vides suntuosas
¿no indican que persiste
el desdeñoso hechizo pasajero
y que mientras trasportan
nuestros débiles hombros de mortales
el fragor y la angustia
una febril belleza no malogra

los serenos festines?

Ya bajo ardientes brindis
esplenden los senderos
con heladas granadas como joyas
y en ruinosos lagares
posa un zumo sembrío
sobre el cual todavía chapotean
una danza los hombres.
El viejo cazador hirviente el alma

mira en cambio ceñoso

su colgada escopeta

y en tomillos persigue vana liebre

por la ausencia del hijo.
La tórtola feliz suelta campea

su mirada melosa
y el tordo por los árboles que fueron

una cruel añagaza

salturrea contento.
Sólo cerca los hombres se desploman

cuando vuelan tas aves.
 

Hinche un oscuro goce las cisternas.

Es el tiempo del agua

y en el corazón fresco de los bosques

manan claras las fuentes

protegidas en torno

por un manto

de matutina sombra.
Allí entre sus murmullos

las pardas mariposas del otoño
salpicadas de fuego

instauran sus dominios

y una fugaz locura sobrecoge

la brillante existencia.
Pronto el hongo en sus cercos

hijo del manantial y la espesura

brotará de la tierra

blanco como la luna lo delata

junto a troncos añosos.


Como entonces insisten

los enigmas y móviles perpetuos

arrastrando en sus alas

un cortejo vivísimo de sombras

alucinantes días que renuevan

la pasión como un eco.
Sólo allí amigo mío

donde un telar parado

pudiera reprochar con su abandono

la bélica partida
otro que como tú más joven teje
ocupando tu puesto
apaga ese vacío
y en la fabril morada
cual la colmena intacta
nada indica tu ausencia.
Porque así como el tiempo se repite

así el hombre aparece

sustituyendo al hombre.

 

poema de Juan Gil-Albert
 
Publicado, originalmente, en: Revista Hora de España XI

Valencia (España) noviembre de 1937

Gentileza de de los fondos de la Biblioteca Nacional de España

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

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