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El lenguaje como libertad
Luce Fabbri

 

La desconfianza en el lenguaje tiene sus raíces en la antigüedad, pero también entonces se alzaron las voces de quienes como Sócrates, se esforzaron por hacer ver su dignidad. La confrontación ha llegado a nuestros tiempos en los que muchos pensadores han alimentado la desvalorización del lenguaje, imputándole o bien vaguedad o bien fosilización. Ellos habrían dejado de ver que el hombre no es sino su lenguaje, que el lenguaje es a la vez lo social y lo individual y que en la palabra se articulan lo personal e irrepetible y lo general normativo. Más aun el yo, una formación social, está en el cruce de las palabras y las palabras dan la medida de su libertad. Llevamos dentro una "sociedad de palabras", modelo de una sociedad a la vez libre y orgánica, solidaría y peculiar y estas pretendidas antinomias están resueltas en el punto de partida, en esa capacidad del hombre de crear colectivamente, hablando.

"El nombre del arco es vida (bios), su obra es muerte''[1], decía Heráclito para dar un ejemplo de la esencial ambigüedad que él atribuía no sólo a las palabras sino al mundo humano que, a través de las palabras trata de fijarse y hacerse comprensible. Su discípulo Crátilo fue más allá y le quitó al lenguaje toda legitimidad. Con él coincidían, en este punto, los sofistas. Hay muy poco en común -decían estos últimos- entre la imagen que tiene en la mente quien pronuncia  la palabra y la que esa palabra suscita en la mente del que escucha. Además, entre lo visual de esa imagen y lo auditivo del signo hay una heterogeneidad que excluye la posibilidad de una correspondencia[2].


Contra esta andanada de desconfianzas, que hacía ilusorias no sólo la correspondencia de la palabra con la cosa, sino también la validez de la memoria sintetizante y, por lo tanto, de la personalidad, y que anulaba la posibilidad de definir lo bueno y distinguirlo de lo malo, levantó su voz Sócrates. Este demostró que las palabras generalmente no designan a cosas y seres particulares, sino a la representación mental de clases de objetos. Cada una corresponde a una clase y genera una imagen correlativa a todas las cosas que dicha clase contiene, pobre por lo tanto en caracteres (sólo los necesarios y suficientes para esa pertenencia), pero rica en posibilidades de ulteriores determinaciones, a medida que se llega a particiones menores hasta alcanzar al objeto individual.

Cada palabra es, pues, una caja de sorpresas de límites definidos, pero de la que el hablante extrae mundos inéditos, que son sólo suyos y que constituyen su "libertad". Esto no lo dijo Sócrates, pero está en la línea de desarrollo lógico que parte de su definición del "concepto" como correlato de la "palabra".

La actual desvalorización del lenguaje

A pesar de él y de la resonancia que su enseñanza ha tenido en los siglos a través de la obra de sus discípulos, la desconfianza de los sofistas en el lenguaje y en la realidad que en el lenguaje se hace conciente, resurgió en forma intermitente, para adquirir en nuestro siglo caracteres agudos, especialmente por obra de las corrientes irracionalistas que tanto terreno han ganado en el ámbito de la cultura contemporánea. De Pirandello a Lacan, el terreno se ha hecho cada vez más movedizo.

En los últimos tiempos, la desvalorización del lenguaje ha adquirido una especial virulencia; es una característica de la inseguridad existencial con la que hemos salido de la segunda guerra mundial. Las grandes conquistas científicas actuales, en lugar de aumentar, como la ciencia del período positivista, nuestra estabilidad, acentúan la conciencia de una universal precariedad. La imagen o la sigla parecen destinadas a sustituir a la palabra, la tecla de la computadora al trabajo de la mente. Los escritores juegan con la ambigüedad de las palabras para mover los horizontes, en vez de aprovecharla interpretando su polisemia como fertilidad creadora.

Dos reproches opuestos hace hoy el hombre a esta criatura suya, alejándola violentamente de sí, con arbitrario desgarro, en un esfuerzo por objetivarla: su vaguedad que encierra múltiples sentidos y deja al ser pensante desamparado en la niebla en que su misma personalidad se pierde (Pirandello); su fosilización tradicionalista que encierra al pensamiento vivo y aprisiona en moldes, comunes a todos, la irrepetible e impetuosa originalidad de cada uno (Handke en "Kaspar").

Se trata de autocrítica y de autocrítica justificada; lo que no se justifica es el alejamiento, la objetivación. Al sentar el lenguaje en el banquillo de los acusados, el hombre se juzga a sí mismo y se reprocha su dúplice alienación, pues él es su lenguaje; la carne se ha hecho verbo cuando el pitecántropo erecto ha empezado a fabricar instrumentos, al escudriñar las cosas con mirada clasificadora y generalizadora, y a transformar sus recuerdos borrosos en imágenes precisas.

El lenguaje es lo más individual y lo más social

Hablamos con la naturalidad con que respiramos. Por eso pocos se detienen a considerar el milagro por el cual este "bípedo implume" ha logrado pensarse como yo, pasar del yo al tú y al nosotros (o inversamente), ordenar el caos y dar, con el nombre, personalidad a las cosas, y comunicar a los demás un universo interior que él iba creando a medida que iba nombrando —en el terreno de esa comunicación— sus detalles y etapas. El hombre es creador de historia en cuanto la fija en palabras; es capaz de abstracción porque dispone del lenguaje. Que se me perdone el apasionamiento: amar a las palabras es amarse a sí mismo y amar a los demás como a sí mismo.

Pero la característica más impactante que, creo, se encuentra en el lenguaje (¿no será una característica inherente a la vida, que el hombre ha desarrollado en medida excepcional?) es la perfecta complementación -en el hecho de hablar- de lo irrepetiblemente individual y de lo normativamente colectivo. Las dos fuerzas que se consideran —equivocadamente— como antagónicas: individuo y sociedad, en el terreno de la expresión lingüística no sólo se concilian, sino que se necesitan mutuamente. No hay creación más solidaria que el lenguaje; ninguna, en que el individuo sea más independiente. Las normas que lo gobiernan no son impuestas, pues responden a esquemas mentales comunes (tanto que los niños tienden a regularizar las formas anómalas).

La capacidad de la palabra hace del hombre la autoconciencia del mundo. El es el animal que fabrica una parte de las cosas y da el nombre a todas las cosas. El lenguaje no es sólo comunicación externa, sino también diálogo interno, es decir, pensamiento. El ser humano no empieza a existir como tal, sino a medida que empieza a hablar. La representación de las cosas, que se hace concreta en el nombre, constituye el contenido del conocimiento del mundo, pero también el yo nace de la memoria, y esta no se desarrolla sin la palabra. Si esta última resulta de un proceso de abstracción, la abstracción misma, como decíamos, en un cierto estadio, presupone el lenguaje; no se trata de sucesión, sino de simultaneidad. Todo esto significa que el lenguaje es constitutivo del proceso de autoformación personal.

Pero el lenguaje se hereda; el yo es, pues, una formación social, un cruce de corrientes lingüísticas (es decir conocimientos y pensamientos) tan numerosas. que es imposible identificarlas reconstruyendo su recorrido. Y al mismo tiempo y a través del mismo proceso, en la palabra se afirma vigorosamente la personalidad individual en lo que tiene de más suyo y creativo.

Cada uno de nosotros está sumergido en el gran río y es a la vez una pequeña fuente de la que el gran río se alimenta. Somos un cruce de fuerzas e irradiamos fuerza; siempre damos más de lo que recibimos. Con ese plusvalor, crece y se transforma, positiva y negativamente, toda la sociedad, vive y se transforma el lenguaje, producto colectivo y producción individual.

El nombre mítico del lenguaje es alma; el alma individual, pensaba Averroes seguido por un amplio sector de la herejía medioeval, se hace inmortal sumergiéndose en el alma colectiva de la que surgió (intelecto agente); se trata, naturalmente, si laicizamos la expresión transportándola al terreno lingüístico, de una inmortalidad relativa, que dura lo que la humanidad sobre la tierra, y que puede ser truncada por cualquier catástrofe nuclear suficientemente expansiva y abarcadora.

Cualquiera sea el destino de esta población mundial semienloquecida, nadie puede borrar de su historia ese milagro del que ha sido y es continuamente capaz: hablar, pensar, escribir; negando, en esta acción potentemente solidaria que es la creación lingüística, base de las demás creaciones colectivas, la agresividad que la consume y amenaza conducirla a la muerte.

Si reflexionamos sobre el lenguaje, renace la esperanza.

El lenguaje, como terreno del libre albedrío

El hombre es capaz a la vez de solidaridad y de libertad, pues ha creado la realidad más libre y más auténticamente colectiva, fruto de una plurisecular e incesante colaboración espontánea, a la que cada uno, aun sin querer, aporta una pequeña (tú, yo, el vecino), o no tan pequeña (Dante, Cervantes, Chaucer), fuerza transformadora.

Nada, decíamos, más organizado, y a la vez más libre. Sus normas son un producto intrínseco, aceptado tácitamente por todos a modo de pacto social, y se modifican por inconciente consenso a medida que cambian las necesidades expresivas. Y esa creación común es a la vez el instrumento y el campo del coloquio interior, de la creación irrepetible, la expresión de esa libertad individual que es, en ese ámbito, una conquista continua. La personalidad se forma gracias a las palabras, sin las cuales no se puede pensar, gracias a las cuales se fijan los recuerdos y el sentimiento se hace conciente y continuado. En música, siete notas alcanzan para infinitas y siempre nuevas creaciones; del mismo modo, cada uno de nosotros tiene a su disposición un mar de palabras viejas que pueden dar lugar a las más inesperadas combinaciones, las que surgen unitariamente y dentro de las cuales cada palabra es una recién nacida.

El lenguaje nos da la medida de nuestro pequeño y variable libre albedrío entre las infinitas fuerzas determinantes, la medida en que el hacer depende de lo hecho y lo sobrepasa, la medida del equilibrio inestable entre individuo y sociedad, entre el presente y el pasado.

También el lenguaje de la música y el de las artes plásticas tiene el mismo carácter expresivo-comunicativo, contiene, pues esa chispa de libertad que crea algo nuevo e inteligible en un ámbito de socialidad más o menos gobernada por normas[3]. Pero sólo el mundo de las palabras es directamente matriz de historia, se traduce naturalmente en acción, es el puente que une la íntima libre voluntad frente a lo dado con la reivindicación de la libertad del individuo, del grupo, de la nación, en el tejido espeso de las relaciones humanas, frente a las estructuras del poder.

También lo inauténtico se refleja en el lenguaje

Dado que la humanidad del hombre consiste en su capacidad de hablar consigo mismo, con los demás, con su pasado y con su futuro, de irradiar en palabras su ser individual y su ser colectivo, también la mentira se hace palabra, pues está en el ser humano. El lenguaje es a menudo ambiguo, impreciso, burocrático, vacío, pues se enferma de todas las enfermedades espirituales de la humanidad. En su terreno, la repetición, la copia, el eslogan son formas de esclavitud.

Hay una escena, en Fontamara de Ignacio Silone, en que los pobladores de la aldea de ese nombre, sometidos a un interrogatorio por los "camisas negras" de Mussolini, por temor físico, tratan de alcanzar en las respuestas la uniformidad del esclavo y no hacen sino afirmar peligrosamente la libertad de su imaginación, dando cada uno una solución distinta al problema de adivinar la respuesta más conformista a la pregunta discriminatoria: "¿Viva quién?"

"El primero en ser llamado fue Teófilo el Sacristán. -¿Viva quién?- le preguntó el hombrecillo de la faja tricolor. Teófilo pareció caer de las nubes. -¿Viva quién?- repitió, irritado, el representante de la autoridad. Teófilo se volvió despavorido hacia nosotros, como para recibir alguna insinuación, pero ninguno de nosotros sabía más que él mismo. Como Teófilo no daba señales de poder dar una respuesta, el hombrecillo se dirigió a Felipe el Bello que tenía un gran registro en la mano y le ordenó: -Escribe junto a su nombre: refractario.

El segundo en ser llamado fue Anacleto el sastre. -¿Viva quién?- le preguntó el panzudo. Anacleto, que había tenido tiempo para reflexionar, respondió: - ¡Viva María! -¿Qué María?- le preguntó Felipe el Bello. Anacleto reflexionó un poco, pareció vacilar y luego contestó: -La de Loreto- -Escribe-ordenó el hombrecillo al peón caminero: -refractario (........)

- ¡Viva el pan y el vino! -fue la respuesta sincera de Pascual Cipolla. También lo anotaron como refractario. (.......)

Antonio Zappa (...) gritó: ¡Abajo los ladrones!- provocando las protestas generales de los milicianos de camisas negras. -Escribe: -dijo el panzudo a Felipe el Bello- anarquista. (.............)

Con Jacobo Losurdo se reinició el desfile de las personas prudentes. - ¡Vivan todos! -respondió (........) -Escribe: dijo el hombrecillo a Felipe el Bello - liberal"[4].

El examen es largo. Quien grita: ¡Abajo los bancos!, será calificado de "comunista" y quien contesta: ¡Vivan los pobres!, de "socialista", sin que ningún habitante de la aldea supiera el significado de tales palabras.

Este episodio de Fontamara es el triunfo de la incomunicación en una situación en que seres humanos que hablan el mismo idioma están enormemente distantes y utilizan las mismas palabras, pero distintos códigos. Trágica y humorística a la vez, esa tentativa de anularse delante de los fusiles y las cachiporras, de pasar por encima del imposible diálogo, penetrando en la mente del adversario para dar la respuesta que él quiere y espera, tentativa que sólo consigue revelar los límites de la capacidad de mentir de cada uno, los límites en el conocimiento del mundo del "otro" y del esfuerzo para imaginar, por vagas analogías, ese código desconocido. Generalizado, se podría decir que toda la historia comprueba el carácter recíprocamente inhibitorio que caracteriza la violencia y el lenguaje.

Pero hay formas más sutiles de lucha, en las que el lenguaje se encuentra necesariamente implicado. Las palabras mismas pueden transformarse en un arma insidiosa. En la Edad Media, cristianos y musulmanes se tildaban mutuamente de ínfleles; y esta palabra correspondía a la idea que forzosamente tenían unos de otros. Pero cuando, en La chanson de Roland[5], los demás poemas épicos del ciclo carolingio y también en el lenguaje común del mundo cristiano, los musulmanes figuran como paganos, este adjetivo, con sus connotaciones de politeísmo e idolatría, no es, como se suele decir, un documento de la falta de sentido crítico característico de la cultura de la época, sino una deformación conciente de tipo polémico, dirigida a ocultar la naturales esencialmente monoteísta del islamismo. En la misma forma, durante la guerra civil española, el sector de la gran prensa mundial favorable a la República, al hablar de los obreros catalanes en lucha contra el franquismo, siempre los llamaba "leales", "patriotas" y "republicanos", para cubrir, con generalizaciones desenfocadas, su fundamental calidad de revolucionarios. Así, el fascismo se llamó "revolución", y hay dictaduras que se llaman "democráticas". Orwell, en su 1984, dedica un capítulo a este fenómeno, que él llama "Neolengua".

En nuestro tiempo, esta tentativa de modificar ideas empleando palabras, con sentido distinto y a veces contrario al que tienen por espontánea convención colectiva, para hacer suponer una realidad que no existe, se ha agudizado enormemente. Ha llegado la hora de que alguien que pueda hacerlo escriba un tratado acerca de "Las transformaciones semánticas originadas por el uso político del lenguaje".

Pero estas deformaciones no son inherentes a la naturaleza misma del lenguaje, sino que son manifestaciones del mal uso que hace el hombre de su inteligencia y de su fuerza.

Conclusiones primeras

De todo esto creo que se. pueden extraer algunas afirmaciones (o, mejor, propuestas de afirmaciones, temas de discusión) de carácter general:

a) La personalidad de cada uno es dada por un largo e incesante trabajo de autoconstrucción lingüística, con raíces en una matriz común y resultados progresivamente individuales.

b) En cada fase de esta auto formación, la originalidad individual se va afirmando cada vez más, con la contribución lingüística del entorno social. Contribuyen también los elementos no lingüísticos (solicitaciones sensoriales de todas clases, impulsos, sentimientos), pero incorporados al mundo conciente por medio de la palabra.

c) Cada palabra tiene una historia y en este sentido en ella cuaja la experiencia de muchos siglos en su área semántica, y a la vez forma parte de esa estructura actual que es la lengua, renovándose en su ser cada vez que se pronuncia o se escribe.

d) La libertad del ser humano frente a los factores determinantes (herencia biológica, medio físico, historia, medio social) es a la vez una seguridad íntima de raíz desconocida y una hipótesis necesaria para la acción. Parece ser que existe embrionariamente en todos, pero sabemos que se desarrolla y se afirma a través de un esfuerzo de construcción interior y de conocimiento exterior y es por lo tanto distinta en los distintos individuos en un momento determinado.

e) La libertad de un individuo frente a los demás, de una sociedad frente al estado, si bien en los momentos críticos se puede reducir a una relación de fuerzas físicas (número, armas), puede encontrar su fundamento en la autoconciencia del mayor número, proyección colectiva de la independencia interior individual y, en este último sentido, está íntimamente relacionada en la historia con esa otra libertad frente a los factores determinantes que llamamos libre albedrío (Dante las identificó en la figura simbólica de Catón).

f) La existencia misma del lenguaje, obra de todos y raíz de la individualidad, organización compleja y fuertemente trabada a la vez que espontánea en cada uno de los hablantes, prueba que el ser humano es capaz de la solidaridad en la libertad, que entre individuo y sociedad no hay oposición sino ineludible integración, que la fuerza y la coacción no son ineluctablemente necesarias para la colaboración inteligente, basada en la inserción de todos en un sistema orgánico, por complicado que sea.

Ahora y aquí

Todos estos puntos son susceptibles de amplios desarrollos. Pero prefiero dedicarme a extraer de ellos algunas consecuencias de carácter práctico.

En este momento en que la tensión entre libertad y dominación se ha exasperado hasta aproximarse al punto de ruptura, esta comunión permanente entre los seres humanos en el lenguaje, cuyas dos funciones, la comunicativa y la expresiva son tan íntimamente complementarias que hacen de la solidaridad el fundamento mismo de la originalidad individual, representa un baluarte de lo humano, una esperanza de paz, pero también un ámbito de trabajo y de lucha, en la medida en que los enemigos de la libertad, de la paz y de la creatividad popular lo atacan.

Nos sentimos verdaderamente libres si somos los dueños y no los esclavos de las palabras, si no repetimos en coro frasecitas de tipo publicitario ("Duce, Duce", "La vida por Perón"...) Nos sentimos libres, si pensamos y hablamos cada uno con nuestras propias palabras y si la unidad de acción que consigamos es convergencia de diversidades, basada en una solidaridad que deriva de lo humano que tenemos en común, representado por el lenguaje.

Este es mucho más que comunicación: es el fundamento de lo individual en lo social, de la sociedad en cada uno. De ahí la importancia que tiene en la historia y en la vida actual la libertad de palabra, que es la libertad no de pensar (la libertad de pensamiento se conquista con el conocimiento y el ejercicio, y es relativamente independiente del poder político, pues se desarrolla en la intimidad individual), sino de manifestar el pensamiento, de intercambiar pensamientos, de ayudarse mutuamente a pensar.

La autoformación es una conquista continua y es, en último análisis, un hecho lingüístico. De ahí la importancia no sólo de la libertad de palabra en una sociedad determinada, sino también del cultivo del idioma materno en la enseñanza primaria, secundaria y universitaria. Importancia, pero también peligro. Esa potencia de la palabra que cada uno de los niños en trance de crecimiento lleva en sí es sumamente vulnerable y delicada: no es arcilla moldeable, como sueñan algunos docentes; es una planta que crece según sus propias leyes, una parte de las cuales es común a toda la especie. La tarea del docente es la de ayudar a cada uno de sus alumnos a familiarizarse con lo común y a descubrir su propia originalidad a través de un continuo esfuerzo por expresarla. Es la tarea más humilde y oscura (pues supone una actividad interpretativa en la que el maestro debe prescindir en lo posible de su originalidad expresiva, supeditándola a la del alumno), pero tiene alcurnia: es la "mayéutica" de Sócrates, el gran partero. Cómo él, hay que ayudar a nacer.

En terreno práctico, es indudable que el idioma materno es la más importante de las asignaturas en la enseñanza primaria y secundaria y debería ser el eje del plan de estudios. El gran absurdo del plan uruguayo, que fue antaño, al confrontarlo, nuestro orgullo (y —entre paréntesis— una de las bases de la dignidad con que se diseminaron por el mundo nuestros exiliados), es el hecho de que Idioma Español se estudie sólo en los primeros tres años de Enseñanza Secundaria. Y no hay que olvidar que el tercero fue agregado a los dos tradicionales a costa de grandes esuerzos y con poca convicción por parte de las autoridades. Y el curso de "Expresión y comunicación", establecido -en el entusiasta 1963- en el sector "humanístico" del II ciclo, fue muy pronto suprimido. Literatura y Filosofía, bien dadas, continúan en cierta forma la enseñanza del idioma, más sólo en aspectos parciales.

Pero la insuficiencia principal es que, tanto en enseñanza primaria como en secundaria, el alumno escribe y habla poco y sólo se tienen en cuenta en terreno expresivo sus escritos de Idioma Español, o, a lo sumo, los de Literatura, mientras los demás se consideran sólo desde un punto de vista nocionístico cuando no se recurre al sistema mutilante de la "múltiple opción". En cambio, en esa fase educativa, que es de preparación general, todas las materias deberían consistir —como leí una vez en la introducción a los programas belgas de la Enseñanza Media— en el aprendizaje del idioma materno en ocasión de los temas específicos de cada una de ellas.

La conquista del idioma propio es, en sus distintas fases, una conquista que el niño y el adolescente realizan de sí mismo y de sus relaciones naturales con los demás. Más aun: el alumno, a medida que progresa en la apropiáción del caudal lingüístico que está a su disposición y en el descubrimiento simultáneo de sí mismo, aprende a dominar sus relaciones con el mundo humano que lo rodea. Y se apodera de su libertad a través del proceso por el cual su uso del lenguaje se hace activo, venciendo la pasividad de la repetición literal. La técnica del resumen que es parte de ese aprendizaje, nos da la posibilidad de posesionarnos de un texto en forma no servil, de incorporarlo a nuestra estructura mental, en la que el lenguaje es inconfundiblemente nuestra estructura mental, en la que el lenguaje es inconfundiblemente nuestro, sin dejar de ser la obra de todos los hispanohablantes a través de los siglos y sin que el español deje de ser una de las tantas manifestaciones de esa aptitud, común a la especie humana, que llamamos gramática y a la que Chomsky atribuye una base biológica.

Desde este punto de vista, adquiere un nuevo significado también el estudio de los idiomas extranjeros. Cada nuevo idioma que adquirimos enriquece nuestra personalidad individual en sentido libertario, pues elimina una limitación y abre la puerta a nuevas solidaridades directas.

Una pregunta a Chomsky

Siendo el lenguaje tan nuestro como nuestra voz y teniendo cada uno de nosotros experiencia directa de él, pienso que sea legítimo hablar sobre él, si se cree tener algo que decir, sobre la base de lo aprendido hablando, escribiendo, enseñando, aun sin tener en este terreno una especialización teórica, aceptando, eso sí, correr los riesgos inherentes a tal atrevimiento. No quiero, pues, no podría resumir laS discusiones que sobre estos temas han tenido lugar entre los especialistas en lingüística, pero no puedo dejar de mencionar al estudioso de esta disciplina que siente más hondamente el vínculo entre lenguaje y libertad, y de plantear, a la vez, las dudas que su pensamiento en materia lingüística ha suscitado en mí, que soy lega en ese ámbito.

Noam Chomsky, con su hipótesis innatista relativa ál lenguaje y al sentido común, hace posible que se piense en un ser humano que no sea un mero producto de su ambiente y de su pasado, sino, dentro de ciertos límites, un creador, un sujeto agente de su propia historia. Dice: "La hipótesis del innatismo puede formarse como sigue: La teoría lingüística, la teoría de la G.U. (gramática universal) (...) es una propiedad innata del entendimiento humano. En principio, deberíamos ser capaces de explicarla en términos de biología humana"[6].

En el hombre habría, pues, al nacer, una disposición al lenguaje ya marcada en su estructura, biológica, y esto explicaría la existencia de un molde lógico común, que hace que el niño aprenda a hablar con asombrosa rapidez y haga frases suyas con las palabras que oye.

Ahora bien, si yo fuera alumna de Chomsky (mucho me gustaría o, mejor, me hubiera gustado), levantaría la mano y preguntaría: "¿Algo se opone a que se piense, siempre en el terreno de las hipótesis sujetas a verificación, que las raíces biológicas del lenguaje, dentro de ese molde común, presenten diversidades individuales tan irreductibles como las huellas digitales?". Chomsky parece no dar valor a las diferencias individuales originarias[7], aunque considera el problema del lenguaje mucho más desde el punto de vista individual que del colectivo (que generalmente se juzga preponderante). Concibe la lingüística como psicología, no como sociología. La esencia del lenguaje no es para él la comunicación, sino la expresión (hay aquí convergencia con Croce): "La comunicación es una de las funciones del lenguaje, no la esencial"[8].

Subrayar la importancia de la expresión es afirmar el papel esencialmente creativo del lenguaje, el momento de la afirmación individual. Sin embargo, el otro momento, el de la comunicación, que podríamos llamar el de la creación colectiva, me parece su complemento necesario. Juntos, los dos momentos creo que definen el doble carácter, individual y social, del ser humano.

Lenguaje, individuo, sociedad

En realidad, que sea cierta la hipótesis empirista de la "tábula rasa", o la innatista basada en la biología de Chomsky, o la innatista tradicional que postulaba "el alma'', ello no cambia nada al hecho maravilloso de que el hombre habla y se sitúa así entre sus congéneres como miembro de una gran familia, en la que el lenguaje es vínculo y a la vez condición de independencia.

La "sociedad de palabras" que llevamos adentro es el modelo de una sociedad libre y orgánica, un modelo que sale de todos nosotros y corresponde a nuestra más íntima naturaleza de seres humanos. La solidaridad de la especie y la originalidad irrepetible de cada individuo se refleja en el lenguaje, porque son propias del hombre. La pretendida antinomia individuo-sociedad, libertad-organización, espontaneidad-necesidad, egoísmo-solidaridad está resuelta en el punto de partida en esta capacidad que tiene el hombre de hablar, de crear colectivamente un ámbito espiritual en que la norma forjada entre todos, acaso en base a una predisposición de la especie, y aceptada sin coacción es la condición misma de la expresión individual, única, irrepetible y, a la vez, de la comunicación. El yo, el tú, el nosotros coexisten y se condicionan recíprocamente, pues conjugamos con ellos cualquier verbo a medida que lo vayamos incorporando al esquema originario.

Si hay quien usa ese don precioso para enseñar a sus semejantes, la defensa no puede estar sino en un dominio del lenguaje igual o mayor, que permita descubrir las falacias de los demagogos y de los poderosos.

A pesar de las fáciles ironías, es posible que, en la hora decisiva, la habilidad de los pocos tenga que ceder ante el discurso auténtico y transparente de los muchos, esos "oi pollói" a los que Platón despreciaba por boca de Sócrates, porque se detenían en la "opinión" y no llegaban a las verdades esenciales. El día en que "oi pollói" dejen de ser "masa" y, gracias a la profundización de la palabra, tengan una más entera conciencia individual y colectiva, ya no se dajarán dominar por los pocos, sean los filósofos de la República imaginada antaño por Platón o los conductores, a veces semi-iletrados, de nuestros días que, apoyándose en una tecnología sofisticada que instrumentaliza y esquematiza el lenguaje, emplean estratégicamente las fuerzas del dinero y la que procede de los reactores nucleares y nos abruman bajo el peso de una burocracia que envejece y de una ciencia que masifica.


Referencias

[1]- Angel Cappelletti. Los fragmentos de Heráclito. Ed. Tiempos Nuevos. Caracas 1972. P. 88.

[2]- Rodolfo Mondolfo. II pensiero antico. Ed. La Nuova Italia. Firenze, 1950 .Pp. 139-141,

[3]- Recuérdense las orgullosos palabras de Leonardo acerca de la potencia creadora del pintor: "Si el pintor quiere ver bellezas que lo enamoren, él es dueño de engendrarlas; y si quiere ver cosas monstruosas que asusten, o que sean payasescas y risibles, o verdaderamente dignas de compasión, él es amo y creador de ellas (...). Y todo lo que hay en el universo, en esencia, presencia o imaginación, él lo tiene antes en la mente y luego en las manos..." Y aun más: "Los objetos naturales son finitos, mientras que las obras que el ojo manda hacer a las manos son infinitas, como demuestra el pintor en la creación de infinitas formas de animales y hierbas y plantas y lugares. (Tratado de la pintura. Trad. Farías. Ed. Shapire. B. Aires, 1958. p. 28 y p. 55).

[4]- Ignacio Silone. Fontamara. Trad. T.S. Ed. Biblioteca Democracia y Libertad. Montevideo, s/f (¿1935?). pp. 109-112.

[5]- Chanson de Roland. Texte annoté par E. Aubé. Garnier. París, 1945. passim. Por ejemplo: pp. 2-3, penúltimo verso de la "laisse" 2a. ("N'y a paién qui un seul mot reponde") y primer verso de la 3a. ("Blancandrin fut des plus saves paiéns). Por otra parte, ya en la primera estrofa, el rey Marsilio es presentado como alguien "que no ama a Dios, sirve a Mahoma e invoca a Apolo"; con una tentativa muy hábil de inscribir a Mahoma en el Olimpo pagando. Todo eso no tiene nada de ingenuo.

[6]- Noam Chomsky. Reflexiones sobre el lenguaje. Ed. Ariel. Barcelona-Caracas México. 1979. p. 58.

[7]- Ibidem. p. 184. Más ampliamente considera el punto en otras obras; por ejemplo en "Reglas y representaciones" (Ed. Fondo de cultura económica. México, 1983. p. 55) "Dos individuos que comparten la misma herencia genética y experiencia común alcanzarán el mismo estadio, específicamente el mismo estado de conocimiento del lenguaje (excluyendo elementos del azar). Mas lo anterior no excluye la posibilidad de la diversidad en el ejercicio de ese conocimiento en el pensamiento o en la acción. El estudio de la adquisición del lenguaje o de la interpretación de la experiencia a través del uso del conocimiento adquirido todavía deja sin respuesta la cuestión de la causalidad del comportamiento, y en forma más amplia, la cuestión de nuestra habilidad para elegir y decidir nuestras acciones".

[8]- Chomsky. "Reflexiones..." p. 111.

 

Luce Fabbri, Facultad de Humanidades y Ciencias, Montevideo.
 

Artículo publicado, originalmente, en papel en la revista "Relaciones" Nº 35 abril 1987

 

Escaneado e incorporado a Letras Uruguay, por su editor, Carlos Echinope @echinope , el día 30 de mayo de 2015.
 

 

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