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Cuando éramos niños |
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Cuando
éramos niños, papá y mamá organizaban excursiones con la intención de
descubrirnos el mundo. Querían enseñarnos que más allá de nuestro
pueblo se abrían otros paisajes y se hablaban otras lenguas, con gente de
otros colores viviendo en lugares diferentes a los nuestros. En
nuestros viajes, mamá usaba siempre una pamela de paja con adornos
florales y unas gafas de concha amarilla con estrellas doradas incrustadas
en la montura. Admiraba las actrices italianas de los años cincuenta y
cuando estaba lejos de casa, le gustaba disfrazarse con aquellos
complementos pasados de moda, sintiéndose contagiada por el encanto de
unas mujeres que en su mayoría criaban malvas en los cementerios. Caminaba
delante de nosotros, consultando la guía de viajes o los apuntes que
tomaba en las semanas previas a la partida. Señalaba con ademanes
teatrales las direcciones a seguir, apuntaba con el brazo extendido hacia
el lugar donde debíamos dirigirnos, como si comandase un ejército de
conquistadores, y se movía siempre acelerada, unos pasos por delante,
temerosa de llegar tarde a todas partes o de que una antigualla aparcada
durante cientos de años fuese a ser retirada segundos antes de nuestra
llegada. En las exposiciones o en las catedrales donde recalábamos, nos
obligaba a prestar atención a sus comentarios y su voz se aireaba sin
recato por encima de los demás visitantes, convirtiéndose en un centro
de atención, a menudo superior al de las reliquias que visitábamos. Papá
cerraba siempre la comitiva, vigilándonos de cerca y dejando que ella se
encargase de lo demás. En los escasos ratos de descanso le encantaba
sentarse en los bancos o tumbarse en la hierba de los parques y hacer
reflexiones del tipo, parece mentira
que a pesar de los kilómetros que nos separan de nuestra casa podamos
compartir esta hermosa luna de verano. Mi hermana y yo mirábamos la
luna con los pies doloridos, admirados por el grado de cursilería que
nuestra madre podía alcanzar en esos momentos de pletórica inspiración. Mamá
se pasaba el año organizando viajes, el más largo y exótico era en
verano, el europeo quedaba para Semana Santa, coincidiendo con las
vacaciones escolares, y luego estaban las escapadas de los puentes en los
que los destinos eran nacionales . Solía
planificarlo todo y antes de la partida sabíamos cada rincón, museo o
monumento que nos tocaría conocer. Nada quedaba al azar. Con el metodismo
de una guía turística estipulaba los tiempos de cada actividad y
programaba las visitas asignándoles un grado de interés que iba desde el
mínimo interesante al máximo imprescindible y cada año, papá distribuía
sus vacaciones de manera que se ajustasen a las necesidades de los viajes
previstos por ella. Hasta
que un día papá se quedó sin trabajo, y a partir de entonces las
salidas fueron menos frecuentes y las distancias más cortas. También los
días de estancia se redujeron y los alojamientos se volvieron más
baratos. La necesidad de mi madre por viajar no se debilitó y siempre
pensó que algún día las cosas iban a cambiar y que otra vez volveríamos
a vernos rumbo al Caribe, al lejano Oriente o a los legendarios desiertos
africanos. Insistía en que era cuestión de tiempo el que de nuevo volviésemos
a lugares recónditos, como los que en otro tiempo habíamos conocido pero
de los que ni mi hermana ni yo teníamos ya ningún recuerdo. Lo
que más sentía mamá era que nuestras dificultades empezasen en el
momento en que sus hijos estaban en esa edad en que las experiencias dejan
ya una huella indeleble, pero no estaba dispuesta a desmoronarse ni
pensaba resignarse a la crítica situación a la que de pronto nos veíamos
sentenciados. Si
algo la caracterizaba, era un optimismo desmesurado que contrastaba con el
permanente decaimiento de papá. No puedo recordarla víctima de un
desmoronamiento. Pensándolo bien, creo que nunca he visto llorar a mamá.
Ante los ojos de los demás podía parecer fría o sin sentimientos, pero
quienes la conocíamos sabíamos que se trataba de un irreductible espíritu
de superación que veía en los conflictos y en las desgracias una
oportunidad para mejorar, un nuevo estímulo que conduciría a tiempos
mejores. En
los momentos difíciles acostumbraba a recurrir a tópicos esperanzadores,
nunca sabré si de propia cosecha o si tomados de algún libro de
aforismos o de un manual de wind surf. Comparaba la vida con las mareas y
hablaba del continuo efecto de ascenso y descenso que las olas producen en
su camino hasta la costa. Así es la
vida, decía, un permanente
transcurrir de desigualdades, por eso hay que estar preparados para lo
peor y, llegado el momento, tener paciencia hasta alcanzar otra vez la
cresta de la ola. Cuando nos veía decaídos o sin argumentos, reía y
exclamaba entre carcajadas que las patadas en el culo siempre empujan
hacia adelante, y que cuanto mayor es la patada, mayor es el impulso con
que te avienta. Era tan agobiante en su certeza que mi hermana y yo la mirábamos
con incredulidad durante sus arrebatos de entusiasmo y nos preocupaba
estar bajo los cuidados de una mujer que reducía los problemas a puras anécdotas,
como si la vida fuese un cuento de hadas. Cuando
papá perdió el empleo tardamos varios meses en saber la verdad, y de no
haber sido por su enfermedad puede que su silencio se hubiese prolongado
mucho más. Se levantaba a primera hora de la mañana y se ponía las
mejores ropas, como cuando asistía a reuniones importantes, y se rociaba
el cuello con la colonia buena que mamá siempre le regalaba un par de
veces al año. Se despedía de nosotros y el halo de perfume caro persistía
en la casa como si todavía anduviese dando vueltas por las habitaciones. Después
subía al coche y deambulaba de un lugar a otro escuchando las noticias de
la radio y tomando cortados en los bares por los que iba parando,
hasta que la tarde oscurecía y se animaba a volver a casa. Desde
bien pequeños, acostumbraba a traernos de sus viajes los jaboncillos y
botes de champú que recogía en los hoteles. Mi hermana y yo coleccionábamos
las pastillas de jabón y las amontonábamos en un cajón del baño que
cada vez que abríamos exhalaba un aroma dulce, mezcla de los olores de
todos los jabones juntos. Papá
tenía una cuenta bancaria donde la empresa le ingresaba los importes de
las notas de gastos y durante el primer mes sin trabajo, organizó un par
de viajes a dos ciudades alejadas. Se hospedó en diferentes hoteles y
recogió tantos jaboncillos y botes de champú como pudo, algunos de su
propia habitación y otros del carro del personal de mantenimiento cuando
por las mañanas entraban a acondicionar los cuartos. De vuelta a casa
administraba los regalos y, una vez por semana, nos entregaba una ración
de jabones contándonos que los había traído de tal o cual sitio. Una
mañana recibimos una llamada de un bar de carretera. A unos veinte kilómetros
de casa, alguien nos avisaba de que papá había entrado allí a tomar un
cortado y que de pronto había caído desplomado. Una ambulancia lo había
trasladado hasta el hospital más cercano, pero no podían decirnos nada más.
Su coche estaba aparcado frente al establecimiento y el hombre había dado
con el teléfono de casa en la documentación que encontró en la
guantera. Mamá,
en su infinita confianza, auguró que no se trataría más que de un golpe
de calor propio de aquellos días de verano, aunque mostró extrañeza por
lo impropio del lugar hasta donde papá se había desplazado a tomar un
café. Nos
informaron en el hospital de que había sufrido un infarto cerebral y de
que estaba ingresado en la unidad de cuidados intensivos. Aquel accidente
cardiovascular probablemente le produciría una hemiplejia del lado
derecho del cuerpo, pero los médicos insistían en que había que esperar
a ver la evolución. Nuestro padre era un hombre taimado, una persona
reflexiva y demasiado encerrada en sí misma, pero tenía una constitución
física robusta. Le gustaba hacer ejercicio y pasear solo por la playa. A
veces pensaba que tal vez no nos quería demasiado y que por eso daba
largos paseos pisando la arena húmeda o trotando por el paseo marítimo
cuando caía la tarde. Durante los días que permaneció aislado en el
hospital me sentí contagiado por el optimismo de mamá, y me aferraba a
la idea de que era un hombre fuerte y sano a quien nunca había visto
enfermo y eso le salvaría la vida. Ni
mi hermana ni yo pudimos entrar a verle y era mamá quien nos decía cómo
se encontraba. Eso nos intranquilizaba sobremanera y no dábamos crédito
a las esperanzadoras noticias que cada tarde, tras una breve visita, nos
traía correteando por el pasillo, con su eterna sonrisa irresponsable. Pasados
unos días pudimos entrar nosotros a visitarle. Entre balbuceos nos pidió
perdón por no confesarnos lo de su problema con el trabajo y por los engaños
durante aquellas semanas, simulando viajes y regalándonos jaboncitos como
si nada hubiese cambiado. Vi sus ojos enrojecidos y adiviné que la
debilidad de su voz no era solo causa del infarto. Nuestro padre era un
hombre derrotado que nunca más volvería a trotar por el paseo de la
playa, por más que su cuerpo llegase algún día a curarse. Intentaba
hablar ahogándosele el hilo de voz en un nudo profundo de emoción al
reconocer sus mentiras. Me pareció un hombre desvalido, sin ninguna
maldad ni recursos para defenderse en este mundo. Hasta hacia sólo unos
meses aquel hombre hundido, incapaz de sujetarse las lágrimas, había
tenido la responsabilidad comercial de una empresa. Mi hermana lloraba sin
consuelo mientras le acariciaba una mano flácida que sostenía entre las
suyas como queriendo revivirla con su calor. Ni siquiera sé si podía
sentir el tacto sobre su piel. Una luz mortecina le caía por el cuerpo
como si una fina capa de tul le envolviese para no lastimarle, una especie
de mortaja luminosa que le abrazase quedando su entorno palidecido, apenas
perceptible, y los tubos y cables que surgían de su cuerpo se perdían en
algún lugar, igual que los hilos de una marioneta sostenida por una mano
invisible. Mamá, mientras tanto, nos daba palmadas de ánimo en la
espalda quitándole trascendencia a todo, convencida de que aquello no sería
nada. Tal
como los médicos habían pronosticado, la parte derecha del cuerpo de mi
padre quedó inútil, el brazo y la pierna se le fueron acorchando y
perdiendo tensión. Un color rosado fue cubriéndole los miembros y los
perfiles se le volvieron uniformes, como si una capa de aire se le hubiese
formado bajo la piel. El brazo se le convirtió en un peso muerto que
pendulaba incrustado en su hombro y la pierna no era más que un apoyo
descontrolado, como una estructura descoyuntada que hubiese perdido los
anclajes quedando al arbitrio de la inercia. Mamá,
que no perdía ocasión para expresar su buena disposición ante las
adversidades, no sólo le perdonó sino que vio en la enfermedad la
oportunidad para iniciar una nueva vida. Se había terminado el imparable
trajín de viajes y reuniones, papá tenía ahora la ocasión de pasar más
tiempo con nosotros, de disfrutar de nuestra compañía y de recuperar el
tiempo que antes no había tenido para conocer mejor a sus hijos. Todos
menos él parecíamos encantados con la idea, aunque la única realmente
convencida era mamá. Nosotros la apoyábamos para no crear controversia y
para convencer a papá de cuánto le queríamos y de que por fin tendríamos
la suerte de manifestárselo. Unos
días después del accidente mamá, mi hermana y yo fuimos hasta el bar
donde papá había tenido el infarto para conocer los detalles y
expresarle nuestro agradecimiento al señor que lo había atendido. El
lugar era desapacible, el último rincón donde yo hubiera imaginado a papá.
Un bar con atmósfera densa y olor a vapores de licor y fritanga. El aire
lo esparcían de aquí para allá unos ventiladores que giraban en el
techo donde unas tiras adhesivas colgaban sobre el mostrador llenas de
moscas. El calor provocaba en el rostro del dueño una fina capa oleosa
que brillaba como la cera pero sin llegar a producir sudor. Cuando
supo quienes éramos sonrió afable y unas arrugas en los carrillos le
desmontaron las formas de su aspecto poco amistoso. Preguntó por mi padre
y nos invitó a sentarnos y a tomar algo fresco. Yo me entretuve mirando
las tiras sucias y retorcidas, preguntándome qué tenía aquello de
atractivo para que las moscas sucumbiesen tan estúpidamente a su encanto.
Sofía no dejaba de mirar por la ventana, entretenida en el ir y venir de
coches y en el paisaje rebozado por una capa de polvo que el aire
levantaba de las explanadas yermas atizadas por el calor. Entretanto
mamá le contaba que todo iba bien, y pronosticaba que papá se recuperaría
en unas semanas. El tabernero pareció tranquilizarse, desconocedor de que
mamá mentía sin querer mentir, convencida de sus previsiones pero
ignorante de la dura realidad que acompañaría a nuestro padre durante el
resto de su vida. El
hombre apenas si conocía a papá, contaba que desde hacía una par de
meses acostumbraba a pararse allí dos o tres veces por semana y, sentado
a una de aquellas mesas que daban a la carretera, consumía cafés sin
hablar con nadie, como mucho hojeando la prensa hasta la hora de las
comidas en que el bar se llenaba de gente trabajadora. Entraban enfundados
en los monos de faena y en grupos pequeños que se distribuían por la
sala. Papá contrastaba con aquellos otros hombres. Su traje impecable y
aquel olor a perfume que todavía a esas horas se dejaba notar, se desdecía
con la apariencia mucho más informal y desaliñada de los trabajadores. Tal
vez por eso pensaba que mi padre se levantaba y casi sin decir palabra,
pagaba sus cafés y desaparecía por la puerta para seguir su camino. Al
principio creyó que era por arrogancia, pero luego llegó a la conclusión
de que era por no hacerse notar, confesándole a mi madre las sospechas de
que bajo la elegancia de su porte se escondía un hombre torturado. Mamá
le agradeció el interés que se había tomado por mi padre y el hombre le
estrechó su mano de dedos regordetes en los que crecían pelos hasta poco
antes de las uñas. A mi hermana y a mí nos regaló unas bolsas de
patatas fritas y al acercarme al mostrador estiré la mano para tocar con
los dedos una de aquellas tiras pegajosas e infectadas de moscas que
colgaba de la ventana. Durante
unas semanas, tras la vuelta a casa, papá consumía las horas frente al
televisor. Se mostraba esquivo y desaseado, la barba le crecía canosa y
en la cara se le formaban bolsas que parecían contener la malasangre que
se le hacía por dentro. Rehuía las conversaciones prolongadas en un
intento por evitar expresar los sentimientos, y a Sofía y a mí nos atendía
con amabilidad forzada. Nos hablaba con una voz fatigosa que parecía
subirle de la planta de los pies, exhausta después del esfuerzo por
acercarla a la boca. Sentado a su lado le miraba aquellos pelos blancos
que le crecían bajo la piel como brotes de miseria, ásperos al tacto e
hirientes cuando al anochecer le besaba antes de acostarme. Era mamá
quien a menudo le obligaba a afeitarse y quien le recriminaba si repetía
camisa más de dos días seguidos. Yo
echaba de menos el olor a perfume por las mañanas. En vez de eso, cuando
aun no clareaba el día, oía los pasos torturados de papá arrastrándose
sobre las baldosas, una procesión lastimosa y desigual, una pisada lenta
y carrasposa seguida de una más corta y sosegada. Hasta que se detenía
frente a la taza del vater y en lugar de las pisadas, era el sonido del
chorro de orina el que acallaba los últimos latidos de la noche, casi
siempre a tientas, apenas orientado por los rescoldos de luz que se
colaban entre los huecos de las persianas o las rendijas de las puertas.
Después enfilaba hacia el salón, con aquel mismo inquietante renquear, y
apoyándose con el brazo bueno en las paredes, se dejaba caer en el sofá
y desde ahí presenciaba nacer el día, seguramente sin querer presenciar
nada, un mero encontronazo con la mañana que lo descubría ausente y
desinteresado. Mamá
le preparaba el desayuno y le daba golpecitos animosos en la espalda, como
queriendo arrancarle el optimismo de entre los pulmones, a veces incluso
mientras sostenía la taza entre los dedos, derramándole salpicaduras
sobre los pantalones. Había
encontrado trabajo de administrativa en un despacho de abogados con un
horario flexible que le permitía atender las obligaciones de la casa.
Después de dos años del accidente, cuando papá parecía más animoso y
mamá había conseguido ya un contrato fijo, nos anunció que había
descubierto una oferta para viajar a Alemania y que por fin podríamos
volver a conocer mundo. Volaríamos a Franckfurt y desde allí nos
desplazaríamos en un coche alquilado por la Selva Negra. Conoceríamos
Baden-baden, Titisee y Friburgo, viajaríamos a lo largo de una vegetación
frondosa y nos internaríamos en sus bosques y lagos. Recuperamos la
excitación previa a los viajes, contaminados por la euforia de mamá. Una
tarde abrió el armario de su cuarto y encaramándose a un taburete de
madera, extrajo su pamela de paja de un sombrerero oculto en el último
estante. Sobre la cama que reservábamos para las visitas, depositó el
sombrero y sus gafas de sol con montura amarilla y estrellas doradas. Como
era habitual, pasó varios días consultando guías turísticas, opiniones
de conocidos y revistas especializadas, al tiempo que sobre la cama iba
amontonando las cosas que necesitaríamos para el viaje. Por
las mañanas, mientras papá deglutía su desayuno con la parsimonia
habitual, ella le ponía al día sobre la agenda prevista y los lugares
que por nada del mundo nos deberíamos perder. Otra vez volveríamos a ser
los de siempre, recorriendo museos y visitando iglesias y otra vez mamá
nos haría cómplices de su compulsión por los detalles. La obsesión por
descubrir cada minucia descrita en las guías de viajes, la dovela del
arco de medio punto que escondía la firma del picapedrero y que no aparecía
por ninguna parte, la representación del bautismo de Cristo en un vitral
gótico que no acertábamos a encontrar, los capiteles palmiformes
inexistentes, las columnas de fuste liso que se nos resistían o la remota
pila bautismal, tan bien descrita en el folleto pero invisible a nuestros
ojos. La pamela de mi madre y su índice extendido serían de nuevo las
saetas que revolucionaban las atmósferas más sagradas, una andanada de
atolondramiento quebrantando la espiritualidad conventual en busca de los
indicios más remotos. A
Titisee llegamos un viernes hacia las seis de la tarde. Mamá conducía el
coche y papá sostenía el
mapa a su lado, indicándole las carreteras que debía tomar. Los hoteles
los reservábamos sobre la marcha, parando donde nos parecía oportuno y
buscando acomodo antes de iniciar las visitas a las poblaciones que mamá
había marcado en la guía. Era
verano y los días alargaban la luz hasta casi entrada la noche. Nos
detuvimos en un hotel a pie de carretera, era una casa estrecha con tres
pisos de altura, un tanto aislada del resto. Mamá me pidió que hiciese
sonar una campana de bronce sujeta a la fachada y al poco nos abrió la
puerta un viejo con soriasis en las manos y gestos ampulosos, dándonos a
entender que tenía habitación para los cuatro. En otras circunstancias
nos hubiésemos acomodado en dos habitaciones, pero la precariedad nos
obligaba a conformarnos con instalarnos todos en la misma. Al anciano no
pareció importarle y se adelantó a nosotros señalándonos el camino.
Subimos los tres pisos por una escalera de madera que crujía bajo
nuestros pies. Mamá y Sofía tiraban a trompicones de la maleta grande y
papá ascendía más torpemente, ayudándose del pasamanos. El
hombre abrió la puerta del cuarto y nos franqueó el camino hacia un
recinto casi desnudo, ocupado por dos camas abarquilladas, separadas por
una mesilla de noche donde reposaba una lámpara de flexo. Sobre las
paredes colgaban algunos cuadros hechos con puzzles enmarcados y
recubiertos por una mano de barniz que el tiempo había hecho amarillear.
Eran vistas de la Selva Negra, imágenes de pastos esmeralda, macizos
montañosos empotrados en cielos radiantes y cabañas de madera con
techumbres de pizarra. Papá se sentó sobre la cama y el somier crujió
como si lo hubiesen despertado de un descanso ancestral. Desde la ventana,
mamá miro hacia el valle que se abría tras el hotel, una pradería
salpicada de arboledas y algunas casas de ensueño. Rompió el silencio
con una exclamación de júbilo imaginando lo maravilloso que sería ver
la luz de la mañana acompañados por el trino de los pájaros. Dio después
dos palmadas, se caló de nuevo la pamela y nos obligó a ponernos en
camino antes de que la noche se nos echase encima. Aparcamos
cerca del lago, un lugar con parterres y jardines circundando las casas
opulentas que a esa hora parecían deshabitadas. Bajamos por una avenida
ancha flanqueada por terrazas de cafeterías donde algunos clientes bebían
cerveza, y por hoteles lujosos con fachadas llenas de flores. Era un
atardecer de principios de julio y se respiraba una calma en la que parecía
camuflarse el tiempo. Más abajo, en la orilla del lago, descansaban unas
barcas a pedales y algo más allá había filas de bancos y puestos de
salchichas y bebidas que servían de acomodo a los que comían mientras
escuchaban la música de una orquesta que entretenía a los turistas. Mamá
se empeñó en alquilar uno de aquello botes a pedales. Al poco tiempo estábamos
los cuatro rumbo al centro del lago. Ella y Sofía ocuparon la parte
delantera, pedaleando suavemente, procurando no romper la calma de la
superficie. Papá y yo nos instalamos en la parte de atrás, hasta que nos
detuvimos para mirar a nuestro alrededor. Apenas si se oía algo más que
el chapoteo del agua contra el timón. El sonido de la orquesta quedaba
lejos y las notas llegaban como soplidos desiguales espolvoreados por una
brisa suave. Por un instante crucé la mirada con la de papá, el no
apartaba la vista de los bosques de coníferas que crecían densos desde
las orillas, elevándose y tejiendo una tupida malla de verde. Presentí
que estaba perdido en aquel cielo que era ya como un lienzo regado por los
restos rojizos de un sol que empezaba a marchitarse. A nuestra izquierda
quedaba ahora el embarcadero de un hotel al que se accedía por una senda
perfilada por balaustres de madera, un lugar envuelto por la calma de un día
consumido, entre trinos desperdigados de pájaros y esa especie de rumor
de vida oculta, tan propio de las tardes de verano. Mamá miró con
disimulo hacia los ventanales de la fachada y con un silencio prolongado
nos descubrió por primera vez y sin quererlo que todo había terminado. La
sombra de añoranza que le cruzo la mirada nos confirmó que nada volvería
a ser como antes, no volveríamos a pisar hoteles lujosos ni desayunaríamos
en las cafeterías de cristaleras ampulosas con vistas a paisajes de ensueño.
Por un momento mamá me pareció una mujer enjaulada en una interminable
farsa. Aquel gesto huidizo de sus ojos me hizo pensar que tal vez la
irracionalidad de sus actos, el desdén de sus observaciones, aquel
proceder superficial con que parecía encarar los problemas no fuesen más
que puro teatro para hacernos la vida más fácil. Volví
la vista a papá y de nuevo le descubrí perdido en algún lugar entre
aquellos abetos que parecían querer arañar el cielo con los vértices de
sus ramas y me pregunté si la actitud desencantada que desde el accidente
manifestaba sin recato, no estuviese ya en lo más hondo de su ser y que
su enfermedad había sido una especie de coartada que le daba argumentos
para mostrarse tal como era, un ser errabundo, perdido en un desconcierto
antiguo que ahora desvelaba sin tapujos. Sentí que las escasas distancias
que nos separaban en el interior de aquel bote a pedales eran desiertos
imposibles de atravesar, una lejanía que nos hacía extraños. Cada uno
de nosotros sucumbía al balanceo de la barca encerrándose en su propio
mundo y hasta Sofía tenía el semblante adormecido por la música lejana
de la orquestina, una música que nos llegaba a espasmos, con los soplos
intermitentes de la brisa sin fuerza. Retrepada en su asiento, entornaba
los ojos como queriendo aislarse de todo y me di cuenta de que no éramos
nada, apenas un remedo de familia que se esforzaba por parecerlo. Fue otra
palmada de mamá la que de nuevo nos devolvió a la realidad del lago, a
nuestra verdadera condición de navegantes solitarios en un bote a pedales
obligado a colmar nuestras ansias de aventura. Extendió una mano señalando
al frente, como hacía en las iglesias cuando se empeñaba en guiarnos
hacia la sabiduría, y reemprendimos el pedaleo en busca de la estela que
un barco para turistas había dibujado en el agua.
Retomamos
el camino de vuelta, subiendo la cuesta perfilada de terrazas casi vacías.
La luz del día apenas si era ya un rescoldo emergiendo tras los árboles
y mamá tomó la delantera animándonos a darnos prisa. Papá ascendía en
silencio cerrando la comitiva, resoplaba en el empeño por ajustarse al
paso de mamá y Sofía gritaba desde atrás pidiéndole que contuviese la
marcha. Cruzamos otra vez ante los mismos hoteles y terrazas, pero ya no
quedaban turistas y en el interior de los locales las sillas descansaban
apiladas sobre las mesas. Algunas casas tenían las ventanas abiertas y se
oían las conversaciones de los comensales y los ruidos de los cubiertos
entrechocando, colándose entre el murmullo de las voces. Miré
de nuevo hacia el lago y me encontré a papá detenido en el camino,
mirando hacia alguna parte por encima de su cabeza, con los brazos en
jarras y respirando con dificultad. A su espalda quedaban los brillos
atornasolados del agua deformando la palidez del cielo que tardaría poco
en salpicarse de estrellas. Mi hermana le esperaba unos metros por delante
y mamá iba a la cabeza jugueteando con las hojas de unos aligustres que
definían una finca. Me pareció que éramos una familia desgajada, sin
nada en común con los que comían animadamente en el interior de las
casas. No
sabía qué hacíamos en aquel lugar, qué sentido teníamos nosotros
cuatro en aquel rincón de Alemania, tan lejos de casa y tan solos, ni
siquiera estaba convencido de que ninguno de nosotros quisiera estar allí,
esperando un amanecer animado por cánticos de pájaros y la paz de una mañana
que no era la nuestra. El
hotel, por la noche, era una casa siniestra revoloteada por insectos atraídos
por las luces de la fachada. El latón de la campanilla brillaba animándome
a hacerla sonar, pero mamá introdujo una llave en la cerradura que me
descubrió un olor de tristeza ascendiendo por las mismas escaleras que
nos conducían a la habitación. Otra
vez remontamos las escaleras, ahora sin la compañía del anciano con
soriasis, escuchando los mismos quejidos del piso en los mismos lugares de
la primera vez. Nos acostamos en las dos camas, con la vista puesta en
aquella ventana apenas cubierta por unos visillos que tamizaban la luz plácida
de una luna estancada. Por
la mañana, como mamá había predicho, el sol estival y el canto de los pájaros
irrumpieron en el cuarto haciendo menos dramáticas las paredes renegridas
y desnudas. Me levanté con la ilusión de que la luz disiparía la amarga
sensación de la noche anterior. Sofía y mamá celebraron también el
amanecer azul por el que despuntaba el brillo cereza del sol. Papá permaneció inmóvil en su lado de la cama, con el cuerpo encogido sobre el somier abarquillado y los ojos abiertos encarados a la ventana, esperando durante la noche la llegada del día, como sabiendo que aquel sería su último amanecer. |
José Luis Espina
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