La geografía humana y literaria en El Danubio de Claudio Magris

ensayo de ensayo de María del Sagrario Díaz - Pinés Prieto

aguatierrafuego@gmail.com

 Departamento de Lengua y Literatura españolas del Instituto de Idiomas Pleven (ГПЧЕ) Bulgaria

Resumen: Este estudio parte de la exploración de los ensayos contenidos en El Danubio, del germanista Claudio Magris con el objeto de extraer los principales argumentos de la civilización europea y su geografía humana literaria. El recorrido danubiano incluye las causas y repercusiones de diversas personalidades y literatos circunscritos en sus propias civilizaciones y fronteras y que, a su vez, proporcionan claves identitarias e históricas para comprender el complejo espacio europeo.

Palabras clave: Fronteras, Danubio, Identidad europea, Historia, Literatura

1. Introducción

El Danubio (1986), de Claudio Magris (1939-) es la concreción pormenorizada del viaje fluvial de un flaneur, que se sirve de la geografía simbólica para observar y describir la cultura de la civilización europea. Este es un viaje por el pasado cultural pero también un recorrido intelectual de una geografía asimilada a un ideal. El Danubio visita el concepto de libertad y sus contrarios, el de la necesidad de actuación y el del orden de la naturaleza; asimismo, revisa las leyes humanas y los valores morales, sociales y culturales, las circunstancias particulares de los pueblos a su paso, sin olvidar las costumbres, las opiniones, los prejuicios y los movimientos de conciencia.

Las principales líneas planteadas en el recorrido ensayístico pueden sintetizarse de la siguiente manera:

-La preocupación por la identidad de las naciones, los pueblos minoritarios, las lindes y fronteras y los cambios sustanciales europeos, en algún momento concreto de su historia.

-La recreación histórico-literaria de diversos personajes y sus obras, influidos por la historia personal que les atañe.

-La presentación de lugares: ciudades vivas y gloriosas, pueblos con encanto o en estado ruinoso y, las aldeas históricas, hasta recalar en personajes o anécdotas que dejan huella en las ondas danubianas.

Este viaje danubiano al mismo tiempo es un viaje interior. Un viaje comprensivo para el caminante que, como un filósofo, un pintor o un poeta, trasvasa sus reflexiones e inquietudes, sus conmociones y tormentos. Así, no es extraño hallar en el camino temas apenas esbozados, dudas razonables, textos incompletos o simple ironía porque, el yo que informa, no anhela encontrar en sus paradas realidades fijas, limitadoras e impalpables del pasado; muy al contrario, quien narra se sabe en terreno movedizo y, como tal, recurre a los pormenores, lanzando datos informativos acerca de las singularidades de cada uno de los pasos del río. El narrador conoce el viaje y su navegación y comprende que no es posible asimilar ni abarcar en la mente el total de las infinitas realidades danubianas en su transcurso en movimiento hacia el mar. En suma, el río es aquí y, por excelencia, la figura interrogativa de la identidad (Magris, 1997: 21).

Según el escritor austríaco Franz Tumler (1912-1998), “el río fluye continuo e indiferenciado, ignorando las proposiciones y el lenguaje, que articula y escinde la unidad de lo vivido” (258). En la misma línea, “El Danubio [...] no abandona, corre fiel y verificable; no conoce el azar de la teología, las perversiones ideológicas, las desilusiones del amor. Está ahí, tangible y verídico y quien le dedica su existencia (Neweklowsky y Quine), la sienten fluir en armoniosa e indisoluble unión con el fluir del río” (59).

El viaje danubiano es un camino de peregrinación y aprendizaje a través de la mirada atenta de lo cotidiano. El trasiego por la civilización europea es espiritual, complejo y desglosa la cultura europea pero también la violencia mientras va desgranando su geografía simbólica. En este transcurrir se encuentra el tópico del hombre viajero e itinerante, el homo Viator, y también la peregrinatio vitae, una vida pasajera que debe recorrerse.

Este compendio de ensayos recibe al Danubio como expresión de la vida, fundándose en tópicos enraizados en la tradición literaria secular[1]. Particularmente, pueden encontrarse pasajes en los que la vida es concebida como un viaje fluvial -el vita-flumen-, y, en los que el hombre es un navegante con una enclenque embarcación; pero también se observa la vida como camino, siendo habituales los paralelismos de esta como senda recorrida desde el nacimiento hasta la muerte, de la misma manera que a un río se le atribuye un origen, un comienzo y una desembocadura. Este aspecto se muestra sintetizado en una cita de Biagio Marin, “Fa che la morte mia, Signor la sia como ‘l score di un Fiume in t’ el mar grande[2].”

Durante el discurso son frecuentes las imágenes alegóricas del río. Se evidencia la del río como maestro, un “viejo maestro taoísta [...] da clases sobre la gran rueda y sobre los intersticios entre sus radios” (16). Pero también cabe entender al río como padre que, “sin preocuparse por los huérfanos de sus orillas, [...] corre hacia el mar, hacia la persuasión” (16). Al mismo tiempo destaca el río como símbolo del genio, de la energía vital y creadora del progreso. Franz Grillparzer (1791-1872), poeta austríaco decimonónico, contrapone esta visión, manteniendo la creencia de que, cuando el río crece, se extravía en la historia y pierde la paz mientras se convierte en nada, en su disolución marítima. En contraposición, se encuentra la visión del Danubio como barrera simbólica de la tradición, una barrera arrasada por la modernidad actualmente (73). En “Manuscritos en el Danubio” (315), nos encontramos con una imagen similar en Vidin. A Petko Slavejkov (1827-1895), el primer poeta búlgaro moderno, un Danubio humanizado le ha robado sus papeles poéticos “como benévolo dios del transcurrir y del olvido, convendría ofrecer en sacrificio todos los libros fluviales”. Este poeta cantaba al amor, a la patria y a la desilusión. Su hijo Penco, poeta nietzschiano, es un “poeta de la vida y del devenir que todo lo arrastra”, como el propio río.

El autor nos sumerge en su narración fluvial, subjetiva y autobiográfica, aderezando detalles históricos. En otras ocasiones, muestra curiosidades metafísicas o de índole cotidiana, entre lo superfluo y lo revelador, lo vital. Revuelve las aguas con sus letras, realiza el recorrido danubiano a conciencia porque persigue unos ecos definidos: los que resultan significativos para él. En síntesis, la realidad muestra una pluralidad del yo en su devenir y, por este motivo, la dirección del viaje admite bifurcaciones. Una de estas surge, por ejemplo, en Szeged, la tierra del húngaro Endre Ady (1877-1919), un destino impuesto para presentar la decadencia europea y acudir a la peculiaridad local del maquiavelismo de la alta política en una Budapest que rezuma a muerte (262).

2. La civilización europea y su geografía humana

2.1. Occidente versus Oriente

El mayor poeta del Danubio, según el autor de esta obra, es el poeta alemán Friedrich Holderlin (1770-1843) que concibe al río como un viaje-encuentro entre Oriente y Occidente, la síntesis del Cáucaso y Alemania (257). Este siente nostalgia del acercamiento a la Hélade, el auténtico nacimiento. El Danubio, entonces, es el medio para conseguir la redención y el renacimiento de Europa. Sin embargo Magris contempla el origen más allá del Mar Negro, en las fuentes y, mediante la personificación del río, continúa con la idea de la búsqueda de su origen como un niño ingenuo (258).

El ensayo Un caballo verde (270-273), cuestiona si ese pensar en varios pueblos es una síntesis unitaria o, por el contrario, un hacinamiento heterogéneo, una suma o una resta, un modo de ser más rico o de ser nadie. En relación con esto, es preciso recordar que Occidente consiste en el poder y la vida fascinante pero violenta. Del oriente comunista se esperaba el anclaje de la justicia y la igualdad, pero ya el filósofo y crítico literario húngaro Georg Lukács (1885-1971) advirtió la clasicidad del marxismo; de este sistema habsbúrguico de tinte soviético nace también la nostalgia por la Mitteleuropa y su estilo ético-político.

George Steiner (1929-) también revisa su mirada al Oriente. Es reseñable el ejemplo concreto del encuentro entre Europa y el Imperio Otomano logrando enriquecerse recíprocamente tras siglos de enfrentamiento. La hermandad entre el Imperio Habsburgo y el Otomano durante la Primera Guerra Mundial, en otro tiempo enemigos, fue un hecho. Basta reseñar al yugoslavo premio Nobel de Literatura Ivo Andric (1892-1975), que plasmó este vínculo entre dos mundos divergentes con la imagen del puente, la vía de comunicación entre barreras religiosas y sociales en su narrativa de un mundo unitario.

2.2. La idea mítica de la Mitteleuropa

Europa es esta mezcla de sustratos en un espacio reducido, sirvan de ejemplo las diferentes nomenclaturas que encontramos atribuidas a la ciudad de Bratislava, Pressburg y Pozsony en alemán y húngaro, respectivamente. Naturalmente, esto es síntoma de una historia vasta, intrincada y plurinacional. Así es, la Mitteleuropa es la mediadora entre la diversidad de culturas y es terrícola, es una civilización no acostumbrada al mar ni a las aguas de sus orígenes; entiende de fronteras, de clasificaciones y distinciones, manejándose en un terreno conocido, cómodo y paseable. Es, en palabras del autor, “la civilización de la defensa, de las barreras levantadas ante la vida [...] de las trincheras y de los hoyos excavados para protegerse de los asaltos externos. La cultura danubiana es una fortaleza que proporciona un refugio excelente cuando nos sentimos amenazados por el mundo, agredidos por la vida y temerosos de perdernos en la falaz realidad, de modo que nos encerramos en casa” (142).

A decir de Magris, el mitteleuropeo se confina entre las cuatro paredes al modo de los austríacos Adalbert Stifter (1805-1868) y Joseph Kyselak (1799-1831); sin embargo, el mar es todo lo contrario, es abandonarse a lo desconocido y dejarse moldear por el agua y por el mismo viento: “El continente mitteleuropeo es analítico, el mar es épico; por sus rutas aprendemos a liberarnos del ansia de Kyselak, obsesionado por confirmar continuamente su propia identidad” (142). Tras la alabanza al ser humano autónomo y, con la comprensión tranquila del sentido común, Magris precisa: “el viento sopla hacia donde quiere y nadie puede estar nunca seguro de que, en ese momento o un instante después, no le abandone el viento del espíritu” (143).

Por otro lado, Magris se cuestiona pensativo: “¿a lo largo del Danubio se desciende a una ecumene carolingia?”. Curiosamente, ya se había contestado a sí mismo, “el Danubio es la Mitteleuropa alemana-magiar-eslava-romano-hebraica”; contraria al Reich, a la ecumene “Hinternacional” (26). El escritor húngaro Gyorgy Konrád (1933- ) rechaza la política totalitaria defendiendo los particularismos: “Mitteleuropa es el nombre que Konrád da a su concepción o esperanza de una Europa unida y autónoma de los dos bloques” (248).

La palabra Mitteleuropa se convierte, así, en vaga y genérica, una utopía en principio de indeterminación, más que un destino. Y es que, preguntarse acerca de Europa atendiendo a una idea unitaria y unificadora es interrogarse, a su vez, acerca de la relación con Alemania (29). En el tiempo de escritura del discurso, con esta cita se señalaba la dependencia del sistema económico; años más tarde, tras la europeización y la instalación de la UE, el tiempo parece haberse detenido en el año de la publicación de la obra objeto de estudio, en 1986. La unión político-económica y la modernización han causado un mayor escepticismo y cuestionado la idea de Europa en los últimos años. La principal razón puede ser la comprobación de la falta de efectividad de los presupuestos económicos y políticos vigentes, lo que deviene en una pérdida total de entusiasmo del individuo europeo en ciertas naciones y, por ende, este razonamiento incidiría una vez más en el cuestionamiento acerca de la condición del ser europeo en la actualidad. Así, Magris, retoma la noción de ese sujeto social y culturalmente diverso con respecto de los otros que habita el viejo continente de una manera plácida, paseando sin fronteras territoriales, pero también de manera delicada y aun de puntillas, con el temor a sepultar y dejar de atesorar tanta historia.

3. La geografía humana y literaria

3.1. Literatura y Escritura literaria

Magris afronta en su diario narrativo el tema de la sociedad literaria, el acto de escribir y el de los poetas y escritores europeos. En primer lugar, revisaremos su visión de la literatura: “[. ] cualquier fragmento de realidad necesita de un arqueólogo o geólogo que lo descifre, y puede que la literatura no sea más que esta arqueología de la vida” (234). Avanzado el discurso, su concepto de literatura es nítido: “es un espejo cóncavo, apoyado en la tierra como una cúpula, como para proteger nuestra incapacidad de expresar directamente las cosas y los sentimientos” (276). Y, añade que, un buen epígono, no escribe sobre la soledad o las migraciones de las tierras; un novelista mediocre o un poeta riguroso, sí evoca estos sentimientos: “Así la literatura se posa sobre el mundo como un hemisferio apoyado en otro, dos espejos que se reflejan recíprocamente como en el barbero y se envían mutuamente la inaprehensibilidad de la vida o nuestra incapacidad para aprehenderla” (277).

En “Desde el otro lado. Consideraciones fronterizas”, Magris perfila de nuevo esta idea y la transmite acertadamente:

La escritura trabaja en las fronteras y en su deslizamiento, en el momento en que se desdibujan y atraviesan. El compromiso moral, la buena lucha de cada día, que impregna también a la literatura, exige instituir y defender fronteras continuamente; abatir las que parecen falsas y levantar otras, obstruir el camino al mal. Un mundo sin fronteras, sin distinciones, sería el horrible mundo del "todo está permitido".

La literatura es también un análisis del transcurso de los sentimientos y las pasiones, de ese proceso continuo y ambivalente en el que un sentimiento se atenúa convirtiéndose en otro contiguo, hasta acabar por transformarse a veces en el sentimiento opuesto -también en este caso se trata de un cruce de fronteras, del descubrimiento de su necesidad y precariedad al mismo tiempo.

La literatura enseña a trasponer los límites, pero consiste en trazar límites, sin los que no puede existir ni siquiera la tensión de superarlos para alcanzar algo más alto y más humano (2001: 32-33).

Acerca de la escritura se sugiere que “el espíritu europeo se alimenta de libros, como los demonios en los relatos de Singer, mordisquea los volúmenes de historiografía en las bibliotecas” (244-245). En “Tristemente magiar” (236-238), se expone el concepto de literatura húngara, una literatura que denuncia la pobreza y la negrura del destino húngaro. Sándor Petofi (1823-1849) o Endre Ady son hondos y melancólicos porque la literatura magiar escribe sobre el dolor, el abandono y el sentir solitario de la nación y, porque ellos se sienten, como afirma poéticamente el poeta húngaro Attila József (1905-1937), “sentados en el borde del universo”, en condiciones de agonía permanente y honda desilusión sobre su propia historia.

Descendiendo en el viaje danubiano hacia Bucarest, se expresa que “la literatura se siente atraída por las bajezas y por los desechos [. ] como rincón en el que se ha refugiado un encanto desvanecido” (349). En relación con esta atracción, el autor manifiesta su filosofía de la escritura después de exponer a Franz Kafka (1883-1924) como representante de la literatura menor y marginada: “El escritor no es un padre de familia sino un hijo, que debe salir de casa y seguir su camino; es fiel a su pequeña patria oprimida si testimonia su verdad, o sea si sufre hasta el fondo su opresión asumiéndola sobre sí mismo, y si al mismo tiempo la trasciende, con la dura distancia necesaria a todo arte y a toda experiencia liberadora” (209).

El escritor alemán Alfred Kittner (1906-1991), amigo de Celan, exponía su concepto de perpetuidad de la poesía en el ambiente de la periferia de los emigrados. Por eso, cuando conversa con el traductor y ensayista Gerhardt Csejka (1945-), manifiesta que escribirá para nadie. Magris entonces defiende que quizás escribir para nadie, y no para un lector, puede ser ventajoso. Efectivamente, “la auténtica literatura no es la que halaga al lector, confirmándole en sus prejuicios y sus seguridades, sino la que le acosa y le pone en dificultades, la que le obliga a ajustar las cuentas con su mundo y con sus certidumbres” (144).

Magris nos revela su visión de la escritura ante la desolación, el horror y la privación. Explica que la literatura escribe sobre estos temas, porque “después de las dos Guerras Mundiales ni la literatura, ha escrito Stefano Jacomuzzi, puede amar a los desfiles” (130). Muy en la línea del filósofo alemán Theodor Adorno (1903-1969) se recuerda la anulación del individuo, de su individualidad, ante la contemplación de Mauthausen:

La literatura y la poesía nunca han conseguido representar de manera adecuada este horror; hasta las mejores páginas palidecen ante el desnudo documento de esta realidad, que sobrepasa cualquier imaginación. Ningún escritor, ni el más grande, puede competir desde su mesa con el testimonio, con la transcripción fiel y material de los hechos ocurridos ante los barracones y las cámaras de gas (131).

3.2. Las fronteras y las barreras

Acerca de los fenómenos fronterizos, el autor otorga en las páginas “Desde el otro lado. Consideraciones fronterizas” (1993), de su Utopía y Desencanto, ciertas claves que arrojan luz a las principales consideraciones expuestas en El Danubio:

La frontera es doble, ambigua; en unas ocasiones es un puente para encontrar al otro y en otras una barrera para rechazarlo. A menudo es la obsesión de poner a alguien o algo al otro lado; la literatura, entre otras cosas, es también un viaje en busca de la refutación de ese mito del otro lado, para comprender que cada uno se encuentra ora de este lado ora del otro -que cada uno, como en un misterio medieval, es el Otro (2001: 25).

Y, además, aclara que

la frontera es puente o barrera; estimula el diálogo o lo ahoga. Mi educación sentimental ha estado marcada por la odisea de las fronteras, por su arbitrariedad e inevitabilidad. A ello pertenece por ejemplo la definición, que en aquellos años podía oírse con frecuencia, de Trieste como una "pequeña Berlín"; el Telón de Acero [...] Se tenía a veces la sensación no sólo de vivir en una frontera, sino de ser una frontera. [.] Hay ciudades que se hallan en la frontera y otras que tienen las fronteras dentro y están constituidas por ellas. Son ciudades a las que las vicisitudes políticas les sustraen parte de su realidad (2001: 26).

Avanzado este ensayo se comprende esta arbitrariedad característica de la frontera y sus desplazamientos: “Las fronteras se trasladan, desaparecen y de improviso vuelven a aparecer; con ellas se transforma de manera errabunda el concepto de lo que hemos dado en llamar Heimat, patria” (Magris, 2001: 28). En contraposición, comprobamos las consecuencias: “La experiencia de estos desbarajustes comportaba un desencanto precoz, un desilusionado escepticismo respecto a toda fe en el progreso rectilíneo de la historia” (Magris, 2001: 28).

Para definir esta noción, cabe reseñar la frontera militar disuelta por Francisco José donde se encontraban los Grenzer, los soldados de la frontera militar. Esta frontera es una “larga franja autónoma que se extendía a lo largo de los 1.000 km, en defensa del imperio” (300), era una frontera acuática autónoma que abarcaba nacionalidades complejas e indefinidas, pero, además, se erigió como frontera contra la peste, como historia del desorden y, a su vez, historia de la disciplina, del vínculo fuerte entre gentes sin tierra y en patrias ajenas. Es, entonces, el concepto de frontera un punto ambivalente de ferocidad y violencia pero también de fidelidad, esfuerzo y valor (301).

Ante la idea de la pérdida de la identidad que bien reconoce el autor por ser triestino, añade que “las líneas de frontera son también líneas que atraviesan y cortan un cuerpo, lo marcan como cicatrices o como arrugas, separan a alguien no sólo de su vecino sino también de sí mismo” (2001: 26), para referirse a los sujetos marcados por el deslinde fronterizo, los habitantes e individuos que viven el desconcierto que generan los cambios de fronteras. Magris, en el capítulo mencionado de su Utopía y Desencanto, define su propia experiencia de frontera, que es imprescindible citar:

Todo el Danubio es un libro de frontera, un viaje en busca de la superación y el atravesamiento de lindes no sólo nacionales, sino también culturales, lingüísticas, psicológicas; fronteras de la realidad externa, pero también del interior del individuo, fronteras que separan las zonas recónditas y oscuras de la personalidad que deben ser atravesadas también, si se quieren conocer y aceptar igualmente los componentes más inquietantes y difíciles del archipiélago que compone la identidad.

Se trata de un viaje difícil, que conoce puertos felices pero también naufragios y fracasos; [.] el viajero danubiano a veces es capaz de superar la frontera, de dominar el temor y el rechazo del otro -premisa de la violencia contra el otro- e ir a su encuentro; otras veces, en cambio, no es capaz de dar este paso y se encierra en sí mismo, víctima de sus propios prejuicios, de sus propias fobias e inseguridades. [...]

Toda frontera tiene que ver con la inseguridad y con la necesidad de seguridad. La frontera es una necesidad, porque sin ella, es decir sin distinción, no hay identidad, no hay forma, no hay individualidad y no hay siquiera una existencia real, porque ésta queda absorbida en lo informe y lo indistinto. La frontera conforma una realidad, proporciona contornos y rasgos, construye la individualidad, personal y colectiva, existencial y cultural.

Frontera es forma y es por consiguiente también arte (Magris, 2001: 29-30).

En el desenlace de estas consideraciones Magris reclama apertura al ciudadano: “tendríamos que ser capaces de sentirnos del otro lado y de ir al otro lado. Sería necesario que todos nos avergonzáramos del nacionalismo de nuestro país, del que cada uno es siempre un poco culpable” (2001: 33). Porque, de lo contrario, como expresa Steiner, “un europeo culto queda atrapado en la telaraña de un in memoriam a la vez luminoso y asfixiante” (2005: 51). Respecto de las fronteras, insta a que los ciudadanos europeos sean “capaces de verlas, cualesquiera que sean las fronteras de las que se trate [...], igual que cúmulos de ruinas, y saber que nuestra tarea es barrer y amontonar esas ruinas allí donde menos molesten [...]” (2001: 33).

Por último cavila sobre sí mismo, se considera un germanista especializado en la literatura danubiana y dice no envidiar a Kafka ni a Musil, sino a Fabre o Maeterlinck, los escritores de la vida y la naturaleza (361). Un escritor conocido mundialmente le sirve para apoyar la explicación:

Kafka es súbdito del Austrohúngaro, que comprendía numerosas nacionalidades diversas. Los dos se ponen a hablar; en un momento dado, el oficial le pregunta de dónde viene y luego de qué nacionalidad es. Kafka responde, pero el otro no llega realmente a entender cuál es su nacionalidad. Kafka ha nacido en Praga, pero no es checo; es ciudadano austríaco, pero el oficial no lo puede identificar simplemente como austríaco; es judío, pero un judío desarraigado de los orígenes del judaísmo. La identidad de Kafka desorienta al militar, ocasional compañero de viaje. Kafka es en sí mismo una frontera: su cuerpo es un lugar en el que se encuentran, se cruzan y se superponen, como cicatrices, muchas fronteras diversas (2007: 5).

En concreto, el Danubio ha estado involucrado en las fronteras a lo largo de los siglos como punto estratégico de ataque y primera línea de defensa: “Es posible que la cultura danubiana, que parece tan abierta y cosmopolita, eduque también en esta cerrazón y en esta ansia; es una cultura que, durante demasiados siglos, ha estado obsesionada con la contención, por el baluarte contra los turcos, eslavos, contra los demás” (359). Por tanto, es indudable que ciudades como Subótica o Novi Sad, la Atenas servia o, el mismo Trieste italiano, se conviertan con el tiempo en ciudades vitales, plurilingües, sincréticas y multiculturales. En última instancia, la frontera se revisa desde un punto de vista positivo que obsequia un puente a la riqueza de matices y la pluralidad.

3.3. La identidad disuelta en la carencia de patria

Para el autor, la identidad se moldea en los lugares en cuales se ha vivido a través de las percepciones sensoriales. Son numerosas las presentaciones de personas que, como el poeta y periodista eslovaco Ladislav Novomesky (1904-1976), se sienten privados de un referente identitario que les provea de cierta seguridad ante el mundo. La inexistencia de una identidad eslovaca lleva a Novomesky a poetizar sobre las contradicciones culturales y políticas con desgarro melancólico. A pesar de ello, este poeta alcanza una epicidad positiva, alejada de la occidental con propensión a la desilusión, y representa, a su modo, a una nación dueña de su destino que mira hacia el futuro (213-214). El escritor y ensayista eslovaco Vladimir Minác (1922-1996) manifiesta que el eslovaco no tiene historia propia, así, no es de extrañar que los eslovacos sientan su identidad negada, como también su lengua y su posición social, y que esta situación les invite a emigrar sobre todo a Estados Unidos. Parece, pues, interesante prestar atención a la lengua: los checos imponían la suya con afán de someter a la lengua eslovaca como mero dialecto, por lo menos hasta la aparición de Ján Kollár. Por su parte, los eslovacos, sometidos a la magiarización y escindidos, muestran una literatura que ahonda en esta opresión y se cimenta en el aniquilamiento y la anulación. Por citar uno, Eudovít Stúr (1815-1856) fue un poeta eslovaco que vaticinó en una de sus obras el fin del Imperio de los Habsburgo (206-207). En contraste, el pueblo judío no tiene patria, esta solamente se asienta en un libro y en una ley pero, pese a ello, se siente como en casa en todas partes porque el mundo es su lugar natal (176).

En “Los sacristanes de Msskirch”, busca la Kirchplatz donde vivía Heidegger. Este filósofo le da pie a introducir el tema de la seguridad que da saberse de una tradición para encontrarse a sí mismo. Magris reprocha a Heidegger haber puesto su filosofía al servicio del Tercer Reich aunque por poco tiempo. En contraposición, alaba en él la visión del desarraigo, el extrañamiento (42), para escucharse a uno mismo después de concebir la desorientación y la pérdida como único camino hacia la verdad y el amor; entre el arraigo de su Selva Negra y el desarraigo de raigambre kafkiana. Tal vez concibiendo este fenómeno pueda comprenderse a Paul Celan (1920-1970), poeta judío afectado por el exterminio nazi y el desierto del mundo, que hoy sería ucraniano de nacimiento. Esta idea del retorno del exiliado con la memoria a cuestas la recoge el teórico Robin Cohen, atendiendo a las diásporas globales en un entorno poscolonial. En este sentido, la dominación nazi en Centroeuropa y más allá conllevó movimientos migratorios de interés de estudio incluso en la actualidad.

A este respecto, en “Desde el otro lado. Consideraciones fronterizas”, el autor incide:

Ha sido sobre todo la civilización hebrea de la diáspora la que ha unido en una sanguínea simbiosis arraigo y lejanía, amor a la casa y huida nómada que encuentra una casa provisional sólo en una anónima habitación de hotel, en el vestíbulo de una estación, en un mísero cafetín, etapas del exilio y del camino hacia la Tierra Prometida y por consiguiente fronteras concretas, aunque fugaces, de una verdadera patria (2001: 31).

En último término, sentencia que de la manera en que se responda a los desplazamientos migratorios masivos, dependerá la dignidad de Europa (2001: 33). A este respecto, George Steiner (1929-) fue más incisivo, esperando que la idea de Europa “no se hunda y vaya a parar a ese gran museo de los pasados sueños que llamamos historia” (2005: 70). Y lo sentencia a sabiendas de que “los odios étnicos, los nacionalismos chovinistas, reivindicaciones regionalistas o la limpieza étnica, la expansión mundial de la lengua angloamericana, la uniformización tecnológica, la universalidad de Internet, abren paso a la supresión de fronteras y antiguos odios” (2005: 71). La razón es que Europa debe luchar por sus lenguas, sus autonomías sociales y sus tradiciones. Europa, añade, no puede olvidarse de que “Dios está en el detalle” (2005: 73).

3.4. La opresión, la dominación y el sufrimiento humanos

“En apreciaciones a Céline”, se muestra la caracterización de este dramaturgo como “enemigo del hombre”, calificándolo de traidor y cómplice de los nazis. Según Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), el Danubio “con sus meandros formados por los siglos y con su tradición imperial, le parecía el pútrido río de la historia, o sea de la suciedad y de la violencia universal”. Para Magris, el gran río inspira horror acompañado de personajes malévolos, los gángsters danubianos y, consciente del mal causado, etiqueta a todos los agentes de este mal como “beneficiarios del favor de las masas y poseedores del poder” (45). En efecto, Céline vive su desconexión, ha visto el rostro de la Medusa, la nada detrás de la confusión.

En este ámbito, Magris presenta testimonios paradójicos como la lucha de dos hermanos contra el régimen hitleriano en “Con las manos desnudas contra el tercer Reich”, en fuerte contraposición al episodio “Un funeral”, que narra la paradoja de la interioridad alemana mediante dos posiciones ilustrativas. En este ambiente se habla de la fidelidad alemana a la patria enfrentada a la fidelidad a lo universal de la humanidad; el terreno entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, como decía Max Weber. La disertación se cierra acusando al nazismo de pervertir esta interioridad alemana y cambiar la identidad del pueblo en el transcurso de la barbarie que hubo de dejar huella durante largos años: “El nazismo es la inolvidable lección de perversión de la presencia alemana en la Europa central” (29).

Pese a lo expuesto, no es necesario acudir a este régimen para encontrar rastros de dolor. La historia completa de Europa se encuentra tiznada de atroces sentimientos y, durante los años de entreguerras, ya se fraguaba Viena como el escenario de la caída de las certezas ideológicas y la irrupción de las revoluciones comunistas. Comprensiblemente, los hombres se sentían huérfanos de la totalidad en una suerte de tierra de nadie ajena a la sociedad, anulados de la vida misma (183). Estos nómadas de ayer afrontaron el vacío desde la defensa de los valores, eran “extraterritoriales respecto a la historia”; como afirmaba Manes Sperber, vivían en la añoranza del pasado y en los sueños de futuro, nunca en el presente: “este destino era también un destino austríaco: en los cafés y en los hoteles de exilio, añadía Sperber, moría otra vez y definitivamente, la vieja Austria” (184).

“Una instantánea en un lager” recoge el triunfo de la Humanidad que se rebela ante la opresión de individuos de diversas naciones, alienados en el sinsentido de la Segunda Guerra Mundial dentro de campos de exterminio. Los pormenores descriptivos de uno de estos individuos representan a todos y cada uno: un europeo sudoriental con el rostro golpeado pero con expresión tranquila y férrea, que viste una chaqueta desgastada y unos pantalones con parches cosidos con máximo cuidado y atención. Y, así se manifiesta: “este respeto de sí mismo y de la propia dignidad, mantenido en el corazón del infierno y dirigido incluso hacia sus pantalones andrajosos, hace que los uniformes de los SS [...] se perciban en todo su miserable travestismo carnavalesco” (133-134). En relación a estas brutales situaciones, años más tarde, el gobierno húngaro reprimió a la minoría alemana porque se la identificó con el nazismo y, en consecuencia, hubo además un éxodo de alemanes del Banato y de la Backa (260).

Frente a cualquier realidad violenta del opresor sobre el oprimido, del dominado en su resistencia al poder represor, existe la incomprensión y el deseo de fuga. Por este motivo, la cavilación y la meditación parecen necesarias para quien ha sentido su esencia minada y, su dignidad y su futuro, confinados. La propuesta de Magris es no obviar las naciones menores pues “en un comienzo, todas lo son y, en todas, existe la hora del ascenso, pero también la de la caída, pero el pueblo pequeño debe liberarse del desprecio o del olvido de los grandes, debe liberarse también del mismo complejo de ser pequeño [...]” (208). El razonamiento es sencillo: quien ha estado sometido durante un tiempo suele prolongar la actitud de defensa incluso hasta cuando ya no es necesaria, gastando sus energías en la reafirmación identitaria y en la búsqueda de reconocimiento. Así, Ivan Vazov (1850-1921), en su novela-epopeya de Bulgaria, muestra la opresión convertida en alegría posterior para el pueblo porque la sociedad busca el aliento en los placeres más inmediatos de la vida. Así es como este se reconcilia con la vida y, esta reconciliación, paradójicamente, nace de la misma opresión recibida (316).

El desarrollo del proceso del trauma, su contagio y la dependencia del horror se revisan con acierto en la visita emocional y cultural narrada en Necrópolis (2010) de Boris Pahor. En la narración aparecen hombres estigmatizados por el sufrimiento de esa otra dimensión inabarcable donde los relojes carecían de sentido y el tiempo parecía detenerse. En ella se desvela la carencia de valores humanos como la compasión o la humanidad, pero también se trata la noción de imposibilidad de transmisión de la realidad vivida. La fuerza surrealista -casi onírica- del horror repercute en los individuos perneándolos con una huella imborrable de pasado y, obviamente, cambian en su ser. En esta actitud, se empobrece el horizonte de la existencia, se limita sin remedio.

La reflexión de Magris expone que en los absurdos prejuicios existe quizás un poco de realidad, puesto que ningún pueblo, cultura o individuo está libre de culpas de orden histórico. Insta a la reflexión y a la autocrítica, a profundizar en las oscuridades de todos para conseguir una convivencia tolerante entre los pueblos.

En “Los turcos antes de Viena” (165), se destaca la vanidad de vencidos y victoriosos, rasgo que se repite en todos los pueblos. Magris vuelve a hacer hincapié en el respeto entre los pueblos para no desarrollar actitudes xenófobas y concienciar al lector. Además, apunta a que las diversidades actuales -históricas, culturales, sociales-dificultan la convivencia y añade que nuestro futuro depende de no avivar el odio, no buscar la guerra entre extranjeros, y no buscar enemigos y sembrar la paz (165). Observa también que cada nación sufre de historia, vive la identidad y sus propias pluralidades étnicas y culturales.

3.5. Los poetas y escritores de lo efímero

Desde esta perspectiva, el continente se percibe como una prisión temporal que sueña con la libertad marina de lo eterno (126). Estos escritores son hombres, “Ulises continentales de la biblioteca” (126), sometidos al vivir en el pasado y no en la libertad de un mar épico. Y es que, en la ciudad de Passau, se muestra al río como deseo de mar, “nostalgia de la felicidad marina”, con la carencia de la plenitud vital (109).

En “El idilio alemán”, se habla de la interiorización del inmovilismo del individuo apolítico que se asila socialmente. Como ejemplo, destaca el alemán Thomas Mann (1975-1955), aunque también se recuerda al dramaturgo vienés Grillparzer, proclamado el primer hombre sin atributos -un hombre de baja autoestima y autoconsideración-, el clásico del tiempo austríaco ochocentista de la literatura habsbúrguica. Grillparzer es, en palabras de Magris, “capciosamente reacio a la alegría y dividido entre excitadas pasiones y autolesivas arideces (...) es un individuo escindido y doble, pero imbuido de un profundo sentido del respeto por esa unidad de la persona que se le escapa y que él considera de valor superior. Hipocondríaco y tortuoso” (73). La vida así es tomada como deese, carencia y privación. La respuesta de estas escrituras es la automarginación y la negación a participar. La civilización danubiana se defiende con esta estrategia defensiva que descompensa al individuo y a la totalidad. De esta idea surgen, en parte, las pinceladas sobre el mito habsbúrguico: la incapacidad de actuar, la vacilación y la contradicción, una especie de repugnancia por la acción. Como resultado, los alemanes de Bohemia poseen una identidad indefinida, fronteriza, herida y dividida.

La tradición conservadora austríaca es Grillparzer, es Adalbert Stifter y es Robert Musil (1880-1942): “Estos personajes aman la vida, el simple, presente [...] no quieren ser protagonistas de grandes y excepcionales acontecimientos, ni heroicos ni providencias [...] son hombres sin historia”, (120) sin atributos. Así fueron los hombres que asimilan intelectualmente, pero que van en una carrera hacia la nada desprovistos de experiencias y decisión. En las novelas La marcha Radetzky (1932) y en El busto del emperador (1935) del austríaco Josep Roth reconocemos estos rasgos de los seres desubicados y en declive que pierden su lugar espiritual, su patria. A su paso por Viena, Magris visita la casa de Roth. Considera que es un experto en melancolía, idea que, igualmente, domina a Viena y que convierte la idea de la Mitteleuropa en una especie de tristeza de la fugacidad y la desilusión. La Viena de Canetti es, también, el “bajo vientre del mundo, familiar incluso en la degradación” (179), porque sus escritos no son más que continua proyección del pasado en el futuro y en el presente.

Como resultado se comprueba que la resistencia de estos sujetos genera una ansiedad defensiva y autodestructiva de imposible dominación, hecho magníficamente expresado en Kafka y del que hoy hubiera nacido búlgaro, Elias Canetti (1905-1994) pues las ataduras no permiten fluir libremente, confiar en la corriente o drenar pensamientos.

En “Una necrológica en Linz”, se presenta al escritor Stifter disfrutando de la monotonía y de la repetición cotidianas, fijándose en los acontecimientos insignificantes. Amaba el presente, pero estaba arraigado a la tradición conservadora austríaca, fiel a su secularidad, a atarse a lo cotidiano y familiar con el objetivo de sufrir en menor grado. El austrohúngaro Joseph Alois Schumpeter (1883-1950), contemporáneo de Hugo von Hofmannsthal (1874-1929) y Musil, pertenece como Wittgenstein al estilo de vida y manera de pensar de racionalidad y permanencia que no explican las grandes interrogantes de la existencia y que, a su vez, se sume en una mirada nostálgica.

El sujeto femenino también es considerado en Elisabeth -Sissi o Isabel de Baviera-, que escribía poemas sobre la lejanía y el sufrimiento intenso. Desprovista de persuasión, nunca vivía en el presente ni en el instante. Magris no alaba su obra por su calidad, pero destaca la expresión de sus particulares laceraciones y tensiones solitarias como reflejo de su insatisfacción y, representan una verdadera crítica al sistema habsbúrguico (193).

En la novela de Stoker se habla de la proximidad de la frontera con Bucovina, zona de la que se esperaba una fructífera literatura nutrida de tantas civilizaciones en esta especie de Babel. Magris nos cuenta que este mundo políglota ha desaparecido y que este detalle lo trata oportunamente Celan. Su lírica, denominada órfica, lo sume en el mal de la existencia. Dada su biografía ante el exterminio, no pudo asentarse en la civilización occidental y su figura representa el siglo de poesía que nace de la laceración propia, de la realidad de la pérdida y el escepticismo de los sueños que llevan al individuo a su autodestrucción: “Su lírica se asoma a la orilla del silencio, es una palabra arrancada al callar y florecida al del callar, del rechazo y de la imposibilidad de comunicación [que es] falsa y alienada [. ] rechazos en los que se expresa la única posibilidad auténtica del sentimiento” (295). Vivía esta laceración de modo tan extremo que no deja lugar a la reflexión, sino al sufrimiento total en busca de la resistencia a la alienación social, a la cual renuncia de manera radical cerrando toda una tradición. Su imposibilidad de persuadirse lo llevó al silencio y, poco después, a su muerte. Uno de sus versos dice: “yo alumbro detrás de mí mismo”. La poesía, según Magris, es ese resplandor “que indica dónde él, con sus versos, desapareció” (296).

El escritor rumano de lengua alemana Andreas A. Lillin (1915-1985) fue otro ser vulnerable al paso del tiempo y a las transformaciones del mundo. Buscaba el absoluto inmutable para su tranquilidad, aislándose ante los cambios y, así murió, también olvidado, este germanista del Banato (303-304).

Los cuentos de Herta Müller (1953-) manifiestan el extrañamiento del mundo de esta escritora rumano-alemana con un fuerte sentimiento de amenaza, de ahí su crisis identitaria. Este mismo destino llevó al suicidio al poeta en lengua alemana Rolf Bossert (1952-1986). Hacia mediados del siglo XIX, tanto los alemanes de Budapest como los sajones de Transilvania eran leales al águila de los Habsburgo pero ante la magiarización se sintieron amenazados. También Esteban Széchenyi (1791-1860), el conde y patriarca del resurgimiento húngaro, había vivido una época en el pathos del acabar, porque, “la muerte devuelve a la vida, tan imprecisa, la dignidad del orden” (360).

3.6. La persuasión: el ser fascinado

Concebida dentro del imparable fenómeno del paso del tiempo, la persuasión, es “posesión presente de la vida y de la propia persona”, frente a la retórica del vivir engañado (60). Magris se cuestiona si la persuasión es faustiana o sifteriana, si resulta mejor detener el instante o desgranarlo aceptando el gotear del tiempo, pero, inmediatamente, se contesta: “la persuasión consiste en saber identificarse con este fluir, con el infinito presente del verbo, movimiento y permanencia, tiempo y eternidad” (135).

El Danubio ahonda en hombres repletos de fascinación y conocimiento, entendiendo estos parámetros como maneras de enfrentarse al mundo y de comprender la vida. Así, baste como ejemplo, la visita a la biblioteca de Lukács sobre el Danubio. Lukács se esforzaba en dar sentido a su vida y en conocer las particulares conexiones en el devenir histórico del mundo. Era un hombre de razón comunista que confiaba en comprender creando unidades de sentido y se detalla que: “la grandeza del Lukács maduro consiste en la fuerza con que combatió este perderse de la vida en la nada indiferenciada” (250-254).

Dentro del aspecto de la persuasión se muestran virtudes como la paciencia, la esperanza o la fe, que ayudan al Hombre en su deambular diario y, “quien no tiene fe, enseña Singer, puede comportarse como si creyera; la fe vendrá después” (53). A este respecto, “la fe [...] confiere la tranquila certidumbre vital que permite atravesar el mundo sin que el corazón se turbe. No es necesaria la fe en Dios, basta fe en las cosas creadas, que permite moverse entre los objetos persuadido de su existencia” (53). Actuar a sabiendas de que las certezas no existen y con aplomo da vida mientras se cree en uno mismo.

Magris describe las obras literarias sobre la navegación fluvial y resalta las incongruencias e inexactitudes en su búsqueda de la verdad. La clave otorgada en estas letras es la de la misteriosa armonía y apacibilidad del insondable discurrir de la vida. Aun así, la Historia como tal, “adquiere su realidad un poco más tarde, cuando ya ha pasado y las conexiones generales, instituidas y escritas años después de los anales, confieren a un acontecimiento su alcance y su papel” (36). Esto es así porque en el presente no se vive la dimensión de la historia; es después, con los añadidos historiográficos y la distancia temporal precisa y, en perspectiva, cuando se aprecia.

En relación a esto, Kierkegaard observaba que “la vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, aunque deba ser vivida hacia adelante; o sea, hacia algo que no existe” (37). Esta última cita descubre en el hombre la paradoja, la fatalidad que lo concibe, irremediablemente, como un ser limitado persiguiendo la persuasión una vez conocida. Así se reconoce en la siguiente cita: “Toda nuestra imperfección perceptiva, sentidos atrofiados desde hace milenios, olfato y oído inferior [...] el coro inmenso del delta, su bajo continuo y profundo, es para nuestros oídos un susurro, una voz que no consigue aprehender el murmullo de la vida que se desvanece sin ser escuchada dejándonos atrás en nuestra hipoacusia” (362). Ante el pasado, según Magris, el ser humano posee esta profunda sordera. La zona rumana de Braila y de Galati nos servirá de ejemplo: allí se palpa la modernización que parece olvidar el exterminio del ayer; allí, el pathos[3] fronterizo “no es más que inseguridad, miedo a ser alcanzado, como el que acecha a los personajes de Canetti, oscuro temor del otro” (359). Asimismo, la torre del reloj de Sighi§oara sirve a Magris para reflexionar acerca del paso del tiempo en esta ciudad ambivalente que le recuerda a Praga, pero también se la reconoce como una ciudad testigo de mucho dolor. Sin embargo, se matiza que esta limitación sensorial es natural en quien se pierde en vaguedades acerca de los orígenes y el pasado sin apenas estar persuadido porque sin estarlo, el presente se esfuma, no se disfruta el canto del río, se vive dentro del miedo al cambio.

En resumen, el autor entiende el tiempo como una máquina perecedera y arguye que, quien ama la vida, debe entusiasmarse con el vacío y la carencia. Así entendida, “la persuasión, reacia a la movilización general cotidiana, es amor de algo diferente, que es más que la vida y se percibe únicamente en la pausa, en la interrupción [...]” (293).

3. 7. Los personajes con varias nacionalidades. La mentalidad supranacional

Para Friedrich Nietzsche, los orígenes son insignificantes (320-321) y, en esta línea, el novelista búlgaro Angel Wagenstein (1922-), también cineasta documental y guionista afincado en Paris, en El Pentateuco de Isaac (2009), muestra a un sastre judío de Galitzia con cinco patrias: tras la Primera Guerra Mundial fue austríaco; después del cambio de organización política, polaco; luego habitante del nuevo sueño nacional dorado de la Unión Soviética; tras ser mandado a Siberia, se siente como un buen judío sin patria. Todo ello tomado desde una técnica narrativa irónica. Pero no solo existen expuestas en estas páginas personas con varias nacionalidades, también encontramos ciudades que han sufrido cambios de nacionalidad. Por ejemplo, Bucovina, la patria de Celan, el gran núcleo de la cultura alemana, hoy pertenece a Rusia y, en este cambio, se ha transformado en Czernowitz (282).

Para el ensayista, el emperador Marco Aurelio es un personaje que fluye y que acepta su destino tal y como le viene, sin dejarse dominar por el pathos; se dice, también, que gustaba de lo esencial y que era consciente de los valores. No temía el paso del tiempo ni sus cambios, ya que sabía que eran inevitables. En estrecha relación, el profesor triestino Josef Breu (1914-1998), con su pathos hegeliano y goethiano del cambio, nos brinda una nueva cita: “El mundo está en perenne movimiento, si todo tuviera que permanecer siempre igual, hoy tendríamos que seguir hablando celta.” (198).

El ambiente cultural húngaro de las primeras décadas del siglo XX fue de importante magnitud. Hungría ha sido un país de publicaciones: diarios, revistas, editoriales que ensalzan una conciencia autóctona vivaz. La época de Georg Lukács, Endre Ady y del músico Béla Bartók fue próspera. Lenav Miklós es un húngaro de ciudad natal rumana actualmente y que escribió en alemán; como el austrohúngaro Ferenc Herczeg (1863-1954), que aun expresándose en esta lengua, revela tendencias antialemanas. Escriben envueltos en una melancolía que es sensación de vacío, un sopor panónico que lleva a la nostalgia y a la exigencia de valores y significados (278).

Magris rastrea también la historia del poeta vanguardista Reiter Róbert (18991989) de Timisoara en Rumanía, con el nombre de Franz Liebhand, pero escribía en alemán: había cambiado de nacionalidad, de nombre y estilo literario. Y lo que es más destacable, hoy se presenta como el padre de los escritores en lengua alemana del Banato -la minoría en Rumanía-, aunque también escribía en dialecto suevo. Reconoció que había aprendido “a pensar con la mentalidad de varios pueblos” (270). Su identidad era triple: un suevo que daba voz a los alemanes del Banato, a los antiguos súbditos de Viena y, después de Budapest, a aquellos relegados como minoría en Rumanía. Magris se pregunta la razón del cambio de lengua del húngaro al alemán y el porqué del silencio posterior de este poeta.

El Banato, región “histórico universal”, se presenta como “un mosaico de pueblos, una superposición y estratificación de gentes, de poderes, de jurisdicciones; una tierra en la que se encontraron y enfrentaron el imperio otomano, la autoridad habsbúrguica, la recalcitrante voluntad de independencia húngara, el renacimiento servio y el rumano” (272). Sin lugar a dudas, el Banato agrupaba una gran diversidad de grupos étnicos - búlgaros, húngaros, serbios, franceses, españoles, italianos, colonos alemanes, judíos, griegos.-. No es de extrañar, entonces, que este mosaico se tambaleara como sucede con las ciudades, las nacionalidades y las religiones; en todas ellas, la amalgama aún perduraba en el momento de emisión de este discurso danubiano: 1985, pues la presencia principal en esta zona era de serbios, eslovacos, rumanos, húngaros y rutenios, pero también de las minorías alemanas, la búlgara, la zíngara y unos pocos Bunjewatzi y Schokatzi procedentes de la Dalmacia meridional, de Bosnia o de Herzegovina (272).

Merece la pena rescatar un último personaje por su particularidad. Christo Botev (1848-1989), poeta romántico, héroe nacional y revolucionario búlgaro, mientras navegaba por el Danubio, cavilaba acerca de las libertades nacionales y sociales, la hermandad de todos los pueblos balcánicos y la religión de la Humanidad (321).

En resumen, este tipo de personajes recuerdan el concepto supranacional de patria, de una nación colectiva y sin fronteras de mentalidad aperturista.

Referencias bibliográficas

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AZAUSTRE A. y CASAS, J., Manual de Retórica española. Barcelona, Ariel, 1997, pp. 67-68.

COHEN, R., GlobalDiasporas: An Introduction. London, UCL Press, 1997.

MAGRIS, C., El Danubio. Barcelona, Anagrama, 1997.

MAGRIS, C., «Desde el otro lado. Consideraciones fronterizas», en: Utopía y desencanto: Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad. Barcelona, Anagrama, 2001, pp. 55-70.

              -«Escrituras de frontera», en Revista de Occidente n° 316, 2007, pp. 5-24.

PAHOR, B., Necrópolis. Barcelona, Anagrama, 2010.

ROTH, J., La cripta de los capuchinos. Barcelona, Quaderns Crema, Alcantilado, 2002.

             -El busto del emperador. Barcelona, Quaderns Crema, Alcantilado, 2009.

             -La marcha Radetzky. Madrid, Edhasa, 2010.

SEHLINK, B., El lector. Barcelona, Anagrama, 2003.

STEINER, G., La idea de Europa. Madrid, Siruela, 2005.

WAGENSTEIN, A., El Pentateuco de Isaac. Barcelona, Libros del Asteroide, 2008.

Notas:

[1] El desarrollo de este apartado hace alusión a los extendidos tópicos del locus a comparatione, entre dos realidades, dichos tópicos se desglosan en Antonio Azaustre y Juan Casas, Manual de Retórica española. Barcelona, Ed. Ariel, pp. 67-68, 1997.

 

[2] La traducción integrada en la edición consultada, es la siguiente: “Haz que mi muerte, Señor, sea como el discurrir de un río en el mar grande.”, en MAGRIS, C., El Danubio. Barcelona, Anagrama, 1997, p. 474.

 

[3] Pathos: “designa la expresión de emociones, pasiones o alteraciones extremas» (Fatás y Borrás, 1997: 106).

Claudio Magris. Entre el Danubio y el mar. Itinerario de un escritor

19 jul. 2016
Fundación César Manrique
Claudio Magris pronunciaba una conferencia en la sede de la Fundación César Manrique en Taro de Tahíche, con la que la FCM inauguraba la actividad cultural del 2010.

Claudio Magris, Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2014

10 jun. 2015

9/6/15. Encuentro con el escritor italiano Claudio Magris, con ocasión del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2014. Participantes: -Dulce María Zúñiga, coordinadora de la cátedra latinoamericana Julio Cortázar. -Conversación entre Claudio Magris, escritor, y Mercedes Monmany, crítica literaria y ensayista.

 

ensayo de María del Sagrario Díaz - Pinés Prieto

aguatierrafuego@gmail.com

Departamento de Lengua y Literatura españolas del Instituto de Idiomas Pleven (ГПЧЕ) Bulgaria

 

Publicado, originalmente, en: Espéculo Revista de Estudios Literarios Nº 56 enero-junio 2016

Espéculo (del lat. speculum): espejo. Nombre aplicado en la Edad Media a ciertas obras de carácter didáctico, moral, ascético o científico

Facultad de Ciencias de la Información - Universidad Complutense de Madrid

Link del texto: http://webs.ucm.es/info/especulo/Europa_Especulo_56_UCM.pdf

 

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