Sobre la contradicción - Notas para una lectura de Antonio Machado

ensayo de Miguel Casado

Antes de hacer ninguna otra consideración, quería proponerles la lectura de dos poemas de Antonio Machado. Se trata del I y el IV de Soledades, galerías y otros poemas; por tanto, aparecen nada más abrir su poesía completa. Quizá por eso los he elegido, aunque no cuenten entre los más citados de su autor o los más significativos: porque marcan un tono, porque introducen las cuestiones que me gustaría abordar esta tarde.

(Leer “El viajero”, O.C., p. 427.)
 

Es el reencuentro con la familia de un emigrante que retorna tras una larga ausencia. La rima consonante, la adjetivación, las interrogaciones, algunas metáforas tópicas imponen su peso por encima del esfuerzo que hace Machado para crear una atmósfera, para evocar una emoción con el poema. Si bien busca cierta sobriedad y rechaza las tentaciones ornamentales, la retórica ahoga la singularidad del momento. Se diría que es un ejemplo de cómo el modernismo de los jóvenes del cambio de siglo tiene aún puntos de contacto con la inerte poesía realista y costumbrista que había ya agotado la voz del siglo XIX. Estoy pensando, por ejemplo, en Campoamor.

(Leer “En el entierro de un amigo”, O.C., p. 429.)
 

Quizá se trate de un texto más desigual, de construcción menos redonda que el anterior. Hay en él también tópicos notables, como “el sol de fuego” del principio, y las esperables frases del final, tan de educado pésame en un entierro. Sin embargo, hay momentos del poema donde se trasluce una poética de otro orden. Así, en la descripción que sigue a los versos iniciales sobre el calor de la tarde: “A un paso de la abierta sepultura, / había rosas de podridos pétalos, / entre geranios de áspera fragancia / y roja flor”: si las rosas –pese a su carga aquí barroca y aun expresionista– se inscribirían en los tópicos de lo efímero, los geranios asumen, en cambio, un efecto de realidad, por utilizar la fórmula barthesiana. Por comunes y populares, estas plantas no han entrado en ningún repertorio simbólico; la sequedad del tono, apoyada en el encabalgamiento, el adjetivo que –aplicándose de forma casi feísta a la fragancia delmodernismo– evoca el tacto de la planta, la precisión del detalle, hacen presente la aspereza de esas flores, su color que es olor. Los dos adjetivos que se le dan después al aire –fuerte y seco– se suman a la misma sensación, resultan nítidamente sensoriales; ahora el calor del principio se advierte en la piel. Del mismo modo se podrían contemplar los elementos de la narración inmediata: la textura de las cuerdas, su grosor, la lentitud y esfuerzo de los movimientos, el golpe de la madera en el fondo de la fosa. Incluso entre lo forzado de algunos adjetivos y construcciones, toda esta zona ofrece una emoción penetrada de realidad, una emoción que se asocia por contacto a las cosas evocadas, a su experiencia perceptiva y su concreta materia, cargándose mutuamente una y otras de sentido: el sentido de un aquí, ahora, de un dolor que no remite tanto al amigo muerto como a la textura de la vida.

Con el ataúd ya en la sepultura, encuentra tope luego la acumulación de intensidad, se crea una pequeña distancia, caben el desdoblamiento y la ironía, como si se quisiera suavizar la aspereza de lo real. Vuelve aún, sin embargo, la breve descripción y se puede ver la caída de una tierra reseca, agostada, la nube de polvo, se recuperan las marcas de la vista y el tacto, y la metáfora tardorromántica –ese aliento– se contagia de inquietud, como si se tratara de una respiración de la propia tierra.

Cuando Edgado Dobry me pidió, hace ya tiempo, que diera un título para esta conferencia, dije: Sobre la contradicción. Y tenía mi respuesta algo de intuitivo, casi un sondeo, una forma de darse pistas a uno mismo. Ahora no recuerdo bien qué me pasó por la cabeza cuando lo dije.

Son, desde luego, mis contradicciones cuando leo a Antonio Machado: porque sé que ha sido muy importante en mi formación como poeta; primero, con el descubrimiento del núcleo que constituye la lírica: una emoción de realidad capaz también de pensar; luego, por el peso de su actitud moral a lo largo de la vida y su compromiso político en los momentos más difíciles. Pero, aunque lo valoro en extremo; siempre acabo quedándome con una docena de poemas y con el sabor de una obra tal vez desigual y frustrada.

Creo que son también sus propias contradicciones: en sus poemas y en sus textos en prosa encontramos dispersos rasgos y propuestas que se anularían a sí mismos, haciendo imposible la elaboración de una poética unitaria, o distinguir una evolución clara, que los contenga todos; quizá uno de los problemas de la crítica que se ha ocupado de Machado ha sido presumir una coherencia en él, y me parece que sólo podemos leerle de verdad si prescindimos de ella y no queremos forzarle a coincidir consigo mismo.

No en vano el propio Machado nos enseña a no tomar la obra y el valor de los clásicos como dogmas ajenos a crítica: “Yo creo que la lírica española –con excepción de las coplas de Jorge Manrique– vale muy poco, poquísimo; vive no más por el calor que le prestan literatos, eruditos y profesores de retórica –calor bien menguado”. Y, más allá de la justicia o no de su juicio, saca de modo rotundo las conclusiones: “La tradición, tal como ha llegado a nosotros, no es un valor poético; con ella no se puede construir nada. Que la poesía es siempre agua que corre, actual, de esa actualidad que tiene su raíz en lo interno”. Es decir: que los clásicos sólo pueden seguir siéndolo en la medida en que podamos acercarnos a ellos como poetas vivos.

Las contradicciones de Antonio Machado se inscriben en el difícil proceso de asimilación de la modernidad poética en España; él mismo se refirió, en varias ocasiones, a la inevitable dependencia de todo poeta respecto al mundo que le rodea; en su caso, ese país sombrío y mediocre de la Restauración y la Dictadura de Primo de Rivera, que sólo se abrió fugazmente a otro aire en abril de 1931. Aunque eso sea cierto –y hay que recordarlo–, no todo puede justificarse así: mientras los hermanos Machado escribían su teatro neotradicionalista, tratando de hablar de Freud en el verso de Lope de Vega, Valle-Inclán se arriesgaba a una propuesta de absoluta radicalidad; la distancia que separa La Lola se va a los puertos de Luces de bohemia no se explica por razones de época.

Hoy Antonio Machado, a despecho de la cronología, parece un poeta anterior a la ruptura decisiva que significó Rimbaud en la década de 1870; desde este punto de vista, sería Machado un poeta bisagra, como lo fue su admirado Verlaine: con textos que miran hacia atrás, que nacen ya fósiles, y con otros que abren caminos, que sueñan caminos aún no recorridos, de un modo semejante a como contrastan los dos poemas que he leído para empezar. Quizá sea la falla que existe en la raíz de la poesía española moderna –tal vez no en el conjunto de la poesía en castellano, donde poetas como Huidobro o Vallejo la colmaron–, quizá sea esa falla la que le ha conferido a Machado una responsabilidad histórica excesiva, un papel que no parece el suyo. Sin embargo, y en parte por todo ello, su lectura seguramente guarda las claves de ese proceso y tiene el mayor interés para tratar de entenderlo: el papel que asumió formula una pregunta en sí mismo.

En lo que sigue, querría simplemente asomarme a algunos de esos caminos que dejó abiertos, anotar sus pasos en ellos.

Una de las Canciones a Guiomar, recuperando el tono popular de la copla, dice: “Te mandaré mi canción: / ‘Se canta lo que se pierde’, / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”. Si volvemos por un momento a la escena de la llegada del emigrante, veremos que nada tiene de celebración, sino que su atmósfera es de aguda melancolía: el haberse reencontrado no se sitúa en el centro, sino que prevalece la conciencia casi insoportable de lo perdido –el tiempo, las ilusiones, la vida que se han escapado sin que se pudieran retener. Se canta lo que se pierde. Con este punto de vista se empieza a hablar, se abre la obra, ausente cada sujeto de sí mismo, con un espesor de tiempo que pesa sobre el presente volviéndolo casi imposible.

Aunque, al comentar la escena del entierro, he subrayado lo que tiene de aquí, ahora, las manifestaciones de un tiempo presente son problemáticas en Machado. En Soledades resultan muy numerosos los poemas en que el presente se descarta como imposibilidad: “La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano, / un sueño lejano mi canto presente? / Fue una tarde lenta del lento verano. / Respondí a la fuente: / No recuerdo, hermana, / mas sé que tu copla presente es lejana”. Es la sensación estática de lo ya vivido, de una temporalidad que no tiene etapas, cortes, cambios, sino que compone un solo tiemposin divisiones, marcado por la noria de la repetición. La estructura reiterativa de la vida condiciona al yo cuando observa la experiencia hasta hacer que se equiparen las valoraciones negativas (“Dice la monotonía / del agua clara al caer: / un día es como otro día; / hoy es lo mismo que ayer”) y las que podrían resultar positivas (“‘¿Qué es amor?’, me preguntaba / una niña. Contesté: / ‘Verte una vez y pensar / haberte visto otra vez’”), y es en ella, en esa estructura reiterativa, donde se concentrapara Antonio Machado el spleen, ese viejo malestar de los escritores del XIX, aquel mal del siglo; su spleen es una sensación de vacío, de que todo está ya de antemano jugado.

Aunque tonalmente la pérdida y la reiteración pueden confundirse, en su sentido resultan contradictorias, pues, si nunca se ha tenido nada en presente, ¿qué se ha podido perder? Y hay, sin embargo, en los poemas una intensa emoción de finitud, la herida de lo irrecuperable: “La tarde de abril sonrió: La alegría / pasó por tu puerta –y luego, sombría: / Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa”. No se ha perdido nada que se tuviera, pero se ha vivido con una sensación de permanente aplazamiento, de expectativa cuyo momento nunca acababa de llegar; es, como acuñaba Vicente Núñez, “la consistencia de la ausencia”. Esto es la angustia en Antonio Machado: el modo en que fluye el conflicto entre su conciencia de estancamiento y de absoluta reiteración, por un lado, y, por otro, la conciencia de fin; la angustia es el modo en que fluye ese conflicto y se hace único tacto de la vida propia.

Por eso, la angustia no remite nunca a hechos concretos, a un dolor que se mencione o sienta en particular; los alumnos de Mairena decían que su maestro se había adelantado a Heidegger y es cierto que hay una notable coincidencia en este punto: “El ante-qué de la angustia –escribe el filósofo alemán– se caracteriza por el hecho de que lo amenazante no está en ninguna parte. La angustia ‘no sabe’ qué es aquello ante lo que se angustia. […] Aquello ante lo cual la angustia se angustia es el estar-en-el-mundo mismo”. Es verdad que en Heidegger, la angustia aparece como conciencia de ser-para-la-muerte, es decir, en función de un final que llegará, y que en Machado parece más bien una forma de ocupación (en el sentido militar, bélico, de la palabra o en el actual sentido de okupa), ocupación de la vida por el pasado, una metamorfosis en que el final adopta el rostro de lo que ya ha ocurrido; pero el análisis heideggeriano ayuda a entender la constitución en Machado de la angustia como punto de vista, como lugar de la voz: “No es un estado de ánimo cualquiera, ni una accidental ‘flaqueza’ del individuo, sino una disposición afectiva fundamental”.

Por eso, cuando nos acercamos con asentimiento a la consagrada fórmula machadiana para definir la poesía, palabra en el tiempo, habría que resistir a toda idealización y entender que palabra en el tiempo querrá decir más o menos: palabra que da cuenta de la temporalidad como tejido de la tortura existencial. Es muy significativo el pasaje en que Mairena explica su idea del infierno cristiano, un lugar –dice– en que “se renuncia a la esperanza”, “pero no al tiempo y a la espera de una infinita serie de desdichas. Es el Infierno la espeluznante mansión del tiempo, en cuyo círculo más hondo está Satanás dando cuerda a un reloj gigantesco por su propia mano”. Me parece clave esta reducción existencial del sentimiento del tiempo, sobre todo para acostumbrarse a no despegar la lectura de los poemas de una determinada realidad en la que se escriben, y para no dejarse arrastrar por la transparencia solemne y engañosa de las grandes palabras. En el memorable “Poema de un día”, se leen estos versos, precisos en su aparente tono menor: “Tic-tic, tic-tic, el latido / de un corazón de metal. / En estos pueblos, ¿se escucha / el latir del tiempo? No. / En estos pueblos se lucha / sin tregua con el reló, / con esa monotonía, / que mide un tiempo vacío”: no es el latir del tiempo, sino la resonancia hueca de la falta de vida.

Esta concepción de la angustia sin un referente concreto, de la vida como vacío reiterativo, acaba ofreciendo obstáculos considerables para constituir una poética personal. Como dice un conocido poema de Soledades: “las canciones llevan / confusa la historia / y clara la pena”, y el spleen se convierte, así, en enemigo del efecto de realidad: se apropia de los elementos materiales, los vuelve simbólicos dentro de un campo limitado de valores, los sentimentaliza, los lleva a un plano genérico. Y el poema se pierde en atmósfera, se acerca a un mantra doloroso sin relieve particular; lo que es peor: quizá deja de servir para combatir ese vacío. Hay en ello una lucha que se desarrolla sordamente en la propia mesa de escritura, una pugna por tocar el mundo allí donde sólo parece caber un espacio simbólico, por aislar un momento de historia allí donde sólo se oye la pena, por nombrar algo vivo donde apenas lo hay.

En esos atardeceres una y otra vez repetidos, de pronto se dibuja un violento contraste de color: “En el camino blanco / algunos yertos árboles negrean”. O, en el paisaje más conocido, una mirada táctil devuelve las sensaciones de aspereza y falta de color como materias que están ahí: “¡Colinas plateadas, / grises alcores, cárdenas roquedas / […] oscuros encinares, / ariscos pedregales, calvas sierras…!”: matices de una sola gama, piel. O, en un momento de Campos de Castilla, se traslada esta clase de sensaciones al sentimiento: “Agria melancolía / como asperón de hierro / que raspa el corazón”, y de pronto en ellas se podría percibir –a través de lo ingrato y lo duro– la existencia. Como cuando Lenz, en la cristalina y sombría novela de Büchner, experimentaba la irrealidad hasta un punto tan insoportable que se lanzaba a darse cabezazos contra el brocal del pozo, sólo para sentir que estaba vivo.

De este modo, realidad e irrealidad, materia concreta y retórica genérica, no se manifiestan en su relación con el poema como un más o menos discutible asunto de estilo, sino que se inscriben en el mismo campo en el que se juega la vida, el modo de estar en ella, de percibir su relieve y su daño, de oponerse a la dictadura del tiempo. Y obsérvese que si, tomando como punto de partida esa fórmula, “confusa la historia / y clara la pena”, algo se moviera en la dirección de perfilar poco a poco la historia, para entender la pena, si se intentara hacerle así frente con más fortuna, no estaríamos en esa tarea muy lejos de Freud. Más allá de la anécdota de que el psicoanálisis sea clave en el argumento de Las adelfas, una de las obras teatrales que escribió Antonio Machado con su hermano Manuel, creo que tener esto en cuenta puede ser útil para seguir en la línea planteada.

En Machado, las palabras sueño, soñar son muy frecuentes, con valores variables: sinónimo de memoria, recurso retórico, mundo onírico de inquietante densidad. Juan de Mairena niega que los sueños ofrezcan mejor material poético que la vigilia, pero reconoce que antes había estado “muchos años de su vida pensando lo contrario”. Así, los encontramos desde los poemas iniciales que, por su carácter primerizo, no fueron incluidos en Soledades (“sueños bermejos, que en el alma brotan / de lo inmenso inconsciente, / cual de región caótica y sombría”), hasta los poemas atribuidos a los apócrifos, como los “Recuerdos de sueño, fiebre y duermivela”, de Abel Martín, donde se reelabora –dentro de lo sugerido por el título– una larga pesadilla anotada ya en los cuadernos de Baeza, en la que el personaje sueña una kafkiana ejecución sin juicio previo, a cargo de un verdugo peluquero y ante un público enfervorecido y discutidor, que ha agotado las entradas puestas a la reventa por los curas; es, sin duda, uno de los grandes textos oníricos en castellano.

Sin embargo, lo que más me interesa es hasta qué punto –del modo que he ido mostrando respecto a su proceso temporal– Machado pone en escena una percepción de la realidad que, en numerosas ocasiones, no se distingue apenas de los sueños. De hecho –y esto se ha estudiado mucho– esa palabra se hace en él sinónimo de recuerdo o de imaginación o de percepción condicionada por el pasado, casi tanto como se usa en su valor onírico. Cuando en un poema de Soledades se lee: “Yo voy soñando caminos de la tarde”, y las texturas de la luz y del campo son tan vívidas, su paseo tan real, nos damos cuenta de que no hay límite entre los dos mundos, de que la frontera se había borrado quizá cuando el poeta decidió empezar a escribir, allá en el París del cambio de siglo, en contacto con los últimos restos de la energía verlainiana. Así leemos en otro lugar que las sombras del crepúsculo “copiaban el fantasma de un grave sueño mío”, y con frecuencia el sueño invade la vigilia tiñendo las percepciones de algo fantasmal: hay muchas veces “sombras blancas”, o la metáfora adquiere un tono inquietante y turbio en el que se funden muerte y vida: “Primavera / viene –su veste blanca / flota en el aire de la plaza muerta”.

Entre los poemas del llamado “ciclo de Leonor” [hace un mínimo paréntesis biográfico], al que luego volveré, hay uno en que se reflexiona sobre la memoria, distinguiendo en ella dos tipos opuestos: por un lado, evoca esa Soria que tiene tan presente en su pérdida y que no le parece pertenecer a otro tiempo distinto del que ahora fluye, pues se inscribe bergsonianamente en la duración indivisible de la vida; son recuerdos vivos, que permanecen conectados sentimentalmente al corazón. Pero el estar residiendo de nuevo en Andalucía, en Baeza, hace también que evoque su infancia en Sevilla, lo que de allí recuerda tan lejano; enumera algunas de las imágenes que conserva, pero estima que este otro tipo de memoria no es verdadera memoria, sino una especie de retentiva vana, muerta. Y describe así sus características: “falta el hilo que el recuerdo anuda / al corazón, el ancla en su ribera, / o estas memorias no son alma. Tienen / en sus abigarradas vestimentas, / señal de ser despojos del recuerdo, / la carga bruta que el recuerdo lleva”. Sin alma, despojos: esta memoria remota parece separada de la vida, ajena a ella, como si se tratara de un saber que se refiere a otro.

Me he ocupado de la primera clase de memoria al referirme al modo en que la experiencia personal se inserta en el tiempo, a sus estructuras reiterativas y su ambiguo sabor; pero la descripción de esta segunda clase –aun con el aparente desprecio que merece del poeta– se adentra en un espacio de frontera afín al de los sueños. Los rasgos que se le atribuyen (“abigarradas vestimentas”, “despojos del recuerdo”) se asemejan mucho a los que Antonio Machado suele atribuir a las llamadas galerías, que componen, con sus variables profundidades, la vida interior; además, al leer “la carga bruta que el recuerdo lleva” y su desconexión con el sentimiento, es imposible que no pensemos que esos recuerdos anecdóticos y no vividos, su presunta banalidad, se están caracterizando como el inconsciente freudiano: carga bruta, sin asimilar, sin elaborar. Y, como he dicho, parece que esos recuerdos le pertenecieran a otro, del mismo modo que ocurre con las voces de ese inconsciente. La menospreciada memoria segunda se transforma así en una vía de acceso a otra clase de materias personales, a otro escalón de la intimidad.

Almacén disforme de objetos conservados en polvorientos estantes, las galerías del recuerdo suponen quizá una de las imágenes más consistentes y densas de la poesía de Machado. Aunque su presumible modelo sea el patio de la infancia sevillana: “soñé la galería / al huerto de ciprés y limonero; / tibias palomas en la piedra fría”, las galerías se despliegan a la manera de las que van ahondado una mina, pasillos horizontales en ocasiones, directamente verticales hacia el centro de la tierra en otras. Como en Freud, son almacén y a la vez taller: “En esas galerías, / sin fondo, del recuerdo / donde las pobres gentes / colgaron cual trofeo / el traje de una fiesta / apolillado y viejo, / allí el poeta sabe / el laborar eterno / mirar de las doradas / abejas de los sueños”. Es, pues, el sueño el que trabaja con esos materiales y la cualidad distintiva del poeta reside, sencillamente, en su capacidad de observación de ese trabajo, el que el sueño hace con la memoria inconsciente. “¡Oh cámaras del tiempo y galerías / del alma! ¡tan desnudas!, / dijo el poeta”: y así exclama en el último texto recogido en su poesía completa, el que la cierra.

Cámaras, galerías, hondas bóvedas, honda gruta: las imágenes espaciales son numerosas, pero inciden siempre en ese mismo orden de referencias; algunas de ellas remiten inequívocamente a una cripta: los recuerdos muertos, el lugar donde silenciosos reposan y conviven los difuntos. En determinada ocasión, una pesadilla pone en manos de un guía ambiguo: “Y era el demonio de mi sueño, el ángel / más hermoso”; éste, con ojos de brillo amenazador, le va arrastrando a un lugar que ya creíamos conocer: “las sangrientas llamas / de su antorcha alumbraron / la honda cripta del alma”. Pero el personaje del poema se resiste, intenta soltarse de la mano que lo atenaza, y alega: “las tumbas / y los muertos me espantan”; como no conseguirá librarse, desemboca efectivamente en ese mundo: “Y en la cripta sentí sonar cadenas, / y rebullir de fieras enjauladas”. Las galerías interiores son, pues, cementerio, casa de la muerte; las habitan fantasmas espantosos. Y, sin embargo, puede verse cómo el poeta –o su personaje–, en otro sueño, se adentra hacia allá “por una larga, escueta galería”, con la intención de ir “a ver al alma”. Lugar deseado, también de íntimo conocimiento.

La experiencia repetida es, con todo, que ese objetivo no se llega a cumplir, nunca se alcanza: “las galerías del alma que espera están / desiertas, mudas, vacías”. Emana de allí una poderosa energía, pero se tiene la certeza de que no es posible acceder a su fuente: “En nuestras almas todo / por misteriosa mano se gobierna. / Incomprensibles, mudas, / nada sabemos de las almas nuestras”. Alienados de la vida, rebotando contra el espesor de su silencio, creeríamos que sigue algún designio en su ruta, pero en todo caso no es el nuestro.

En un largo diálogo mantenido con la noche, cuando el poeta trata ansiosamente de averiguar algo acerca de sus propios sueños, las respuestas que recibe le llevan a reconocer como desembocadura forzosa de ese mundo la quiebra de su identidad: “Yo nunca supe, amado, / si eras tú ese fantasma de tu sueño, / ni averigüé si era su voz la tuya, / o era la voz de un histrión grotesco”. Y luego, como consecuencia, “en las hondas bóvedas del alma / no sé si el llanto es una voz o un eco”. No puede desoírse este análisis implacable, cuya conciencia le sitúa a Machado en el corazón de los problemas de la poesía moderna; algunas de sus propuestas –la muy singular de los apócrifos, sobre todo– supieron sostenerle el pulso a la dificultad del desafío; sin embargo, quizá su lengua no fue tan permeable a estas sustancias, se fue haciendo rígida, como defensiva, como un refugio de certezas (rima pesante, estrofas estructuradas, retórica, sentenciosidad) frente al derrumbe de los fundamentos subjetivos que su itinerario temporal y nocturno había descubierto.

Vida interior, lugar de fantasmas –del inconsciente, de la memoria–, donde el poeta trabaja sus palabras. Como el pasado ocupaba la vida presente, sus fantasmas ocupan la realidad, la hacen sede indistinta de sus apariciones y de sus pérdidas. Allí es donde se pierde lo que nunca se tuvo, donde sólo lo real crudo puede hacer que se recuperen los límites, devolver la vida.

¿Sólo lo real crudo? Tras este recorrido por la experiencia del tiempo, por la memoria y el sueño, por la incertidumbre de una vida que se vacía y borra, parece que habríamos de volver al principio: al color y el tacto del geranio y de la cuerda, al viento seco de verano y las nubes de polvo terroso. Me acompañan en este regreso dos pasajes de la obra en prosa de Machado, que pueden situar sus objetivos, su propósito.

Procede el primero de un texto quizá entre los más importantes suyos sobre poesía, el artículo titulado “Reflexiones sobre la lírica”, que escribió como reseña de un libro de Moreno Villa: “El cielo rojo y el prado amarillo son momentos de un cielo y un prado que es preciso ver o recordar que se han visto; son imágenes en el tiempo que han conmovido el alma del poeta; no están en la región intemporal de la lógica –sólo la lógica está fuera del tiempo– sino en la zona sensible y vibrante de la conciencia inmediata”. No parece preciso comentar mucho: las imágenes fuertes, singulares, de un poema proceden de la realidad y han formado parte del fluir del tiempo; ahí adquirieron singularidad.

El segundo pasaje, hallado en Juan de Mairena, precisa cuál habría de ser el vínculo entre la percepción y su inscripción en el tiempo: “Todos hemos oído alguna vez que es el poeta quien suele ver más claro en lo futuro, into the seeds of time, que dijo Shakespeare. Esto se afirma generalmente pensando en Goethe, cuya prognosis sobre lo  humano y lo divino ya fatiga de puro certera. Pero no es Goethe el único poeta; otros mayores que Goethe han sido, sobre todo, grandes videntes de lo pasado. En verdad, lo poético es ver, y como toda visión requiere distancia, sólo hemos de perdonar al poeta, atento a lo que viene y a lo que se va, que no vea casi nunca lo que pasa, las imágenes que le azotan los ojos y que nosotros quisiéramos coger con las manos. Es el viento en los ojos de Homero, la mar multisonora en sus oídos”. No es, por tanto, lo que propone un rasgo habitual de la poesía, sino el carácter de una poética deseable, a la que se ha de aspirar: ver el presente, lo material de la percepción en el instante en que ocurre.

Este último razonamiento asume, sobre todo, la dificultad en que el poema se encuentra para llevarlo a cabo: por el peso de la tradición; por la naturaleza misma de la lengua, con el desdoblamiento que supone hablar, nombrar; por los complejos problemas que plantea la referencialidad del lenguaje, sobre todo en una práctica que no pretende ser informativa, como es la del poema. Es indudable que no basta con decir geranio, para que en el verso brille su color. Machado probó muchas vías para conseguirlo, y es quizá en algunas formas indirectas donde sus aportaciones fueron más eficaces y más personales.

Menciono brevemente dos poemas como ejemplo. En primer lugar, el que empieza “Crear fiestas de amores / en nuestro amor pensamos”, y evoca un ambiente de fiesta galante, en la estela de Verlaine, aunque con un equilibrio ambiguo entre el licor espumoso de la fiesta y las copas vacías de la vida. El cuadro se interrumpe bruscamente en una línea de puntos, y aparecen luego estos siete versos finales: “Un pájaro escondido entre las ramas / del parque solitario, / silba burlón… / Nosotros exprimimos / la penumbra de un sueño en nuestro vaso… / Y algo, que es tierra en nuestra carne, siente / la humedad del jardín como un halago”. Lo que cambia el curso del poema es el pájaro: silba desde su posición oculta, fuera de campo, y su comportamiento cotidiano, natural, se convierte en ironía al permitir un punto de vista alejado, desdoblado, trasladado al exterior; sólo con introducir distancia, un poco de distancia, actúa como si fuera el puro existir del mundo transformado en juicio. El sueño de vivir muestra su vacío: la materialidad de la metáfora –esa penumbra exprimida en el cuenco del vaso– evoca la ausencia de materia por causa de una idealización, y en ella se oscurece la fiesta. Pero aún hay un tercer paso, un giro inesperado –“y algo, que es tierra en nuestra carne, siente / la humedad del jardín como un halago”–: fuera ya de la escena primera, la percepción ha recobrado su filo y el frescor húmedo que se nota entonces hace revivir, se vuelve a sentir el cuerpo, se recobra la conexión –por un momento suspendida en la toma de conciencia– con el mundo. Ser tierra es ahora estar vivo, como lo está el pájaro que silba.

El otro poema es el ya aludido antes, que empieza “Yo voy soñando caminos de la tarde”, y ofrece un trabajo de collage con raíz en Rosalía de Castro y en Bécquer, logrando a la vez la expresión sentimental de un dolor sin anécdota, y la expresión de la vida de las cosas del mundo, una realidad que parpadea.

(Leer XI,  O.C., p. 436.)

El paseo a través del paisaje y la letra de la canción que evoca desdichas amorosas no llegan a cruzarse, sólo son tangentes, circulan por separado; únicamente la melancolía del atardecer, ese desaparecer los caminos poco a poco en la falta de luz, funde los dos hilos del poema. No hay historia, pero sí se deja sentir la consistencia de las cosas, la entidad física de un ahora. Así, ese momento en que, antes de que lo haga la oscuridad, cae el silencio sobre el camino y se escucha el frotar del viento en los álamos.

Fue quizá Claudio Guillén el primero que señaló el papel determinante que el silencio tiene en la poética de Machado, el modo en que un callar se carga de fuerza expresiva y articula todo el proceso del sentido. No ocurre esto en los poemas que despliegan un razonamiento o exponen ideas; tampoco, en los textos simbolizantes de carácter genérico, sino en aquellos donde se hace presente el mundo, donde el presente de la vida está inscrito, y el silencio se pone a vibrar. Estoy pensando, sobre todo, en los poemas del “ciclo de Leonor”, en la segunda edición de Campos de Castilla; fueron escritos hace 96 años, en abril de 1913, cuando la primera primavera vivida en el exilio de Baeza le hizo a Machado trasladarse emocionalmente a la lejana primavera soriana,  que había compartido con su esposa Leonor los cuatro años anteriores, hasta que ella murió.

No importa que sean poemas bien conocidos, porque resultan inagotables. De todos los que se podrían incluir en ese abierto “ciclo”, voy a leer dos que quizá son los más consecuentes en su planteamiento: parquedad de medios; no declaración directa del motivo del dolor que sufre el yo, evitando lo patético;intervención decisiva del silencio, de lo que se calla; sentido que brota indirectamente de un sistema de choque entre diferentes espacios evocados, o entre diferentes zonas del texto; densidad temporal; efecto de realidad nítido en los pequeños detalles.


(Leer CXXI, O.C., p. 546, y “A José María Palacio”, p. 549.)
 

Respetaré el trabajo del silencio y de la expresión indirecta que hace Machado, y no diré más. Sólo fijarme, por un momento, en la sencillez con que conviven la vida y la muerte: mueren las violetas, a la vez que los ciruelos empiezan a florecer. A la tumba de los difuntos no se llevan las fúnebres flores de noviembre, las dalias y crisantemos, sino las primeras flores de abril, las de la vida naciente. Son, sin postular ninguna trascendencia, los ciclos de la naturaleza y en ellos brilla la vida, incluso cuando es muerte.

Es verdad que, como propone Philip Silver en un ensayo imprescindible, “Las máquinas escribientes de Antonio Machado”, la invocación de la realidad que se hace en “A José María Palacio” es siempre una invocación de lo que no está, de lo que falta: “son paisajes lo suficientemente reales como para que destaque el hecho de que están  escasamente anclados en el ‘presente’. No pierden sustancia, no son ilusiones, su ‘presencia’ tenue es una declaración tácita de que son como ausencia”, y por eso, añade, resultan “tan misteriosos e inquietantes”. Forman parte estas palabras de un análisis que trata de explorar, sobre todo en el último Machado, una metafísica de la nada, una concepción negativa del procedimiento creativo, que tiene gran interés y que se fundamenta en buena parte de los textos atribuidos a Abel Martín y Juan de Mairena. Pero no era éste el camino que hoy quería seguir yo, y creo que sus juicios no le quitan peso a lo que he venido señalando; como él mismo dice: esos paisajes “no pierden sustancia, no son ilusiones”; su voluntad de expresar la ausencia –el silencio, decíamos antes– no prescinde de, sino que se articula en su efecto de realidad. La individualidad de su modo de estar ausentes. “Te mandaré mi canción: / ‘Se canta lo que se pierde’”.

De muerte y vida, pero aplicadas a la poética, habla una imagen recurrente en Antonio Machado: la de los peces. El punto de partida sería, por ejemplo, éste: “La realidad es la vida, fugaz, funambulesca, / el cigarrón voltario, el pez que nadie pesca”. Un elogio de lo que se mueve y cambia, de lo que termina y vuelve a empezar, de lo que no se somete ni fija. Pero, a continuación, vendría la pregunta de cómo un poema puede dar cuenta de esa móvil realidad, y se formula casi como un acertijo: “Dime tú: ¿Cuál es mejor? / Conciencia de visionario / que mira en el hondo acuario / peces vivos, / fugitivos, / que no se pueden pescar, / o esa maldita faena / de ir arrojando a la arena, / muertos, los peces del mar”. Del razonamiento de Machado se desprende que esta segunda tarea es la del filósofo, la producción de conceptos, que son, en su abstracción, cadáveres de realidades, mientras que el primero, el que sólo mira la vida, respetándola, dejándole seguir su curso, sería el poeta.

Pero ¿poesía es sólo mirar? Un fragmento de Juan de Mairena intenta dar un paso más, tratando de sostenerse en la paradoja: “El poeta es un pescador, no de peces, sino de pescados vivos; entendámonos: de peces que puedan vivir después de pescados”. Ésta podría ser también la razón de que se hable de un acuario y no de las aguas naturales del mar o de un río, un lago. Y, según nos inclinemos un poco más hacia un lado o hacia el otro al leer, esas frases esconden una concesión, un prudente lugar intermedio para la poesía entre la realidad y el concepto, suspendido en esa ambigüedad no demasiado grata entre el pescado y el pez; o, por el contrario, podrían tomarse como una propuesta imposible en lo literal que, al situar la poética en un espacio utópico, le marca la dirección en que debería trabajar, en que debería buscar su sitio. La dirección de la vida. La de la realidad viva. El cantante Tom Waits, en una entrevista publicada en mayo de 2007, lo veía también así: “Algunas de mis canciones son como acuarios: aparecen cosas detrás de otras cosas, todo se mueve. Realmente buscas capturar algo vivo. Y las canciones están vivas”.

Es en este sentido en el que la contradicción, las numerosas y plurales contradicciones, pueden formar parte del espacio que pretendía dibujar, porque si las ideas y las tomas de postura fueran unívocas, se acercarían a los cadáveres de los peces sobre la arena. Quizá el prescindir de la presunción de coherencia no sea sino mirar en esta dirección que se propone. El continuo elogio de la duda que hace Mairena, la defensa de una primacía de las preguntas sobre las respuestas, la invitación a desconfiar de uno mismo se inscriben en ella.

En una definición clásica de la contradicción, en las páginas de su legendario Anti-Dühring, decía Friedrich Engels: “mientras consideramos las cosas en reposo y como sin vida, cada una aparte y una al lado de otra, no tropezamos con ninguna contradicción […]; pero cuando consideramos las cosas en el movimiento, en el cambio, el caso es muy diferente, y entonces caemos al punto en las contradicciones”. Y añade: “La vida consiste ante todo en que un ser, en cada instante, es el mismo y no obstante es otro”.

Así, también, se entiende en este resumen de poética que hace Machado en “Poema de un día”: “Agua del buen manantial, / siempre viva, / fugitiva; / poesía, cosa cordial. / ¿Constructora? / –No hay cimiento / ni en el agua ni en el viento”. El propósito de preservar vivo lo que entra al poema se radicaliza aquí, como si cayeran las paredes del acuario y sólo quedara el fluir del agua. Nomadismo. No debe ofrecer el poeta un mundo, sino sólo un modo de moverse, de ir moviéndose.

Termino ya. Como me ha ocurrido otras veces, las contradicciones se han ido abriendo, haciéndose camino; ha acabado imponiéndose una cualidad de la poesía de Machado que no consigo precisar, pero que siempre actúa. Y eso, sin haberme ocupado de otros muchos Machados que están ahí: el que se plantea las relaciones entre pensamiento y poesía de forma variada y profunda, el que reflexiona sobre modernismo y simbolismo, el que observa los problemas sociales y políticos de su entorno y toma postura ante ellos, el que genera los personajes apócrifos y les entrega el relevo de su obra… En todos sería posible detenerse, detectar conexiones con lo que aquí se ha venido mencionando. Pero hay una estampa, al menos, como venida de la juventud, que no me resisto a evocar a modo de viñeta de cierre.

Remite a la penúltima noche que Antonio Machado pasó en España, el 27 de enero de 1939. Sucede en Mas Faixat, en L’Empordá. Con el sonido no muy lejano de los bombardeos, en vela, sin apenas fuego con que calentarse, están juntos en aquella noche Antonio Machado, el poeta Carles Riba, el rector de la Universidad de Barcelona Joaquim Xirau, el filólogo y director de la Biblioteca Nacional Tomás Navarro Tomás, el escritor Corpus Barga, el director del Observatorio Astronómico de Madrid Pedro Carrasco, el psiquiatra Emilio Mira, el presidente del Instituto Catalán de Literatura Pous i Pagés, el naturalista Enrique Rioja, el geólogo José Royo Gómez, el neurólogo José Sacristán, algunas personas más que han llegado allí en diversos coches, al borde del exilio. Hablan poco. Machado le pide a Carles Riba que improvise unos versos; son éstos: “Tristes banderes / del crepuscle! Contra elles / sóc porpra viva. / Seré un cor dins la fosca; / porpra de nou amb l’alba”.

La última noche la pasarán entre la multitud, en la carretera de la costa, bajo la lluvia helada.

 

ensayo de Miguel Casado
Publicado, originalmente, en Periódico de Poesía, Número 43, Octubre- Noviembre 2011

Publicación mensual editada por la Universidad Nacional Autónoma de México http://periodicodepoesia.unam.mx  

Link del texto: http://www.archivopdp.unam.mx/index.php/2021

 

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