Las vidas noveladas y la historia

por  Jules Bertrand

Henri Béraud

Alphonse de Lamartine

Alejandro Dumas

Alejandro Dumas hijo

Desde hace diez años, los editores franceses vienen colocando en el mercado del libro colecciones de VIDAS noveladas. El hecho de haber sido imitados por concurrentes nacionales o extranjeros confirmaría, si fuera necesario, el carácter de explotación comercial y el éxito financiero de un género, del que el público parece no cansarse, aún mismo siendo la incauta y complaciente víctima.

La empresa, no obstante ser concebida con vistas al grueso rendimiento de librería, podía dar y ha dado una prueba del renovado interés en torno a las cuestiones históricas.

La biografía a la que la nueva manera se emparentaba y se confundía, es un elemento de valor capaz de ayudar al conocimiento y a la valorización de los movimientos religiosos, políticos y sociales que jalonan la historia de los hombres y constituyen su vida colectiva.

Conocer bien a un gran hombre de letras, conduce a la apreciación de las corrientes literarias, de las costumbres de la época, de sus preocupaciones morales y estéticas. Acercarse a una fuerte individualidad que haya desempeñado importante papel en el escenario de la historia, permite encontrar a través del hombre las aspiraciones de una sociedad, su necesario impulso de transformación y de evolución o el accidente de su revolución. .

Que nos inclinemos a la concepción materialista histórica de Marx o a la puramente idealista de Michelet o a una compuesta con elementos de esos dos órdenes, como Jaurés lo hiciera en una síntesis impresionante y sólida, queda sentado que la historia de los héroes, permite al lector, ciudadano o simple sujeto, encontrar bajo la criatura excepcional llamada a realizar una tarea, a veces sobrehumana, sus propias grandezas desconocidas o sus miserias ignoradas. Por allí el individuo actual experimenta la sensación de asociarse al pasado, a lo acontecido; puede sentir todo lo dramático y lo sagrado, lo feliz y lo infausto, lo grande y lo mezquino.

Que el héroe sea el resultado de una época o bien su determinante, permanece hombre; por él y a través de él los hechos, las ideas, los sistemas se nos hacen más accesibles y más comprensibles: se reduce a nuestra talla, afina con nuestros sentimientos por la común fibra humana impresionada y vibrante.

Nuestros Plutarcos modernos, aquellos que por lo menos podrían tener la pretensión de haber seguido la misma tendencia, pierden a menudo el filón; los otros, los fabricantes, han dado vuelta en el vacío vanamente. Todo parece haber respondido al consejo de Guizot: “Queréis novela, leed historia”.

Excelente de por sí, la retorcida opinión del político y del historiador fecundo, ha sido más bien tenida en cuenta para una provechosa explotación de la historia por la novela.

Antes de la propagación de las vidas noveladas, los Lamartines y los Alejandro Dumas, para no citar más que a éstos, recortaron trozos de historia y los acomodaron al gusto del día, condimentándolos con sus invenciones. Walter Scott los había precedido, también él, mucho más preocupado del exterior novelesco atrayente que del fondo histórico.

Es de lamentar que nuestros autores contemporáneos hayan condescendido a su vez ante su fantasía de novelistas, reteniendo sólo de la verdad de los hechos, la parte susceptible de concordar con sus elucubraciones, o los hayan desnaturalizado sin escrúpulos, tejiendo sobre ellos el error manifiesto o la mentira evidente.

Los editores son igualmente culpables. Ellos también han prestado oído y puesto en práctica otro consejo del mismo Guizot: “Enriqueceos”. Y con esto hacen el negocio en perfectos comerciantes de papel impreso. Pero los autores prostituyen su talento —cuando lo tienen— o sus plumas de periodistas adocenados para todo oficio, trucando la historia, falsificando los hechos, adulterando las acciones o si no reduciendo a odiosa caricatura la fisonomía de un héroe, que merecería por lo menos respeto y exigiría por sus sacrificios un mínimum de verdad. El prurito de la “escena a realizar”, de la página a “componer” los lleva a cometer alteraciones tontas e infelices.

Resulta sugestivo que para la presentación de vidas pertenecientes a la historia, se haya utilizado a los literatos más que a los historiadores. Se temió sin duda que estos últimos sometidos a métodos severos, celosos de la interpretación —cuando consienten en interpretar— basados sobre documentos, hubieran rehusado los “acomodos” tendientes a “fabricar” obra vidente y truculenta, para asombrar a los burgueses.

Se creyó que la historia verdadera no podía por sí misma y en su brutal franqueza, ser suficiente para colmar el interés dramático del género. ¡Qué error!

En este dominio la imaginación está por debajo de la realidad.

Los escritores que proveen las colecciones de grandes tirajes, afirman sin vergüenza alguna, que han seguido la historia. Hubiera sido más prudente confesar que han saqueado a gusto en los historiadores o en los que pretenden serlo. Han extraído de la inventiva de los otros, exagerándola, todo lo que su fantasía, multiplica y agranda la de ellos. Su primer deber de narradores debió haber sido no aceptar sin comprobación personal, las anécdotas, las citas, las frases de efecto, los gestos y los tic de su selección. Hubiera sido ésta una señal de elemental probidad; pero no parecen haberse inquietado seriamente por ello. Y sin embargo, las reglas del género prohibiéndoles citar fuentes y referencias, hubiera debido obligarlos a una severidad mayor en sus consultas de obras documentales dedicadas al héroe, de quien pretenden dar el trazado de sus ideas, los hechos y su influencia sobre los acontecimientos.

Sus lectores un poco prevenidos notan sin dificultad la ausencia de orientación y el desconocimiento de las disciplinas indispensables. Sobre bases tan frágiles, con una información reducida y arbitrariamente localizada, muchos de ellos pretenden volver a encontrar la vida interior del personaje presentado. La audacia es grande y la pena se da por perdida. El examen rápido de cartas y memorias, por preciosas que sean, pueden servir de guía, pero no confortar totalmente para una tentativa de este orden. El que se aventuró a ello, pudo darnos páginas elocuentes; pero a pesar de todo su brillo y por la misma razón de su atractivo, será siempre prudente abstenerse en intensa reserva y no admitir imposición alguna. Hay mucho de fugaz en el hombre para pretender reconstruir una imagen total y viviente. En esto el fracaso resulta verdadero. Por lo menos en el orden de los hechos, pudiérase contar con alcanzar la verdad, pese a la audacia de la pretensión. Hay numerosos descontentos que anotar y muchos eran inevitables. La sentencia no podría ser más severa.

Si “para muestra basta un botón” vamos a limitarnos a la novela de una gran existencia: la de Robespierre publicada por Henri Beraud. La elegimos deliberadamente, primero, porque es atractiva y porque ha sido tratada con cierta preocupación cercana de la verdad. El mérito no es pequeño tratándose de un asunto todavía hoy enredado por la ignorancia y mil persistentes prejuicios. Beraud se ha esforzado por comprender a su personaje y su simpatía está declarada sin ambages, desde el título mismo del libro: MI AMIGO ROBESPIERRE.

Sin embargo, nosotros siempre hemos puesto en guardia a los estudiantes decididos a la lectura de esta obra de título seductor. El autor no ha sabido resistir a la tentación de la escena y del trozo a fabricar. Ha cedido ante la atracción de lo dramático y de la anécdota consistente.

En las jornadas de setiembre nos muestra a Robespierre y a Saint Just dialogando acerca de las masacres, a pesar de la falsedad evidente de la entrevista. Aquí, Beraud, no inventó nada, copió simplemente o desgajó a Lamartine y la referencia es imperdonable. Demasiados errores, voluntarios o involuntarios, salpican La Historia de los Girondinos para que se pueda consultarla decentemente.

De este modo, Lamartine primero y después Beraud, reúnen al Incorruptible y a Saint Just en París, en la pieza del flemático joven. El toque de rebato suena, las masacres alcanzan su máximum. Saint Just, agotado después de una recorrida por la ciudad enloquecida, se extiende sobre su lecho.

—Disculpadme, dice, la fatiga, el viaje...

—El toque de alarma, murmura Robespierre ¿es posible pensar en dormir en semejante noche?

—Bah!, replica pausadamente el joven patriota, ¿podríamos moderar las convulsiones de una sociedad que se debate entre la libertad y la muerte? ¿Es en vos Robespierre, en quien yo debo comprobar estas debilidades? Bah! Voy a levantarme y a llevaros de nuevo. No? Se hace tarde. . .

—Dormir?, dice Maximiliano, sin moverse.

Miraba a lo lejos en el cielo, las nubes ardientes. Saint Just, acostado, cerraba los ojos y sonreía. En ese momento sus fuerzas cedieron, su cabeza de arcangel resbaló sobre la almohada y deshecho por el cansancio se durmió. Durmió toda la noche en un sueño. Al despertar ve a Robespierre de pie, frente a la ventana abierta entre los cortinajes floreados.

—Que! sois vos? Tan pronto! ¿Qué es lo que os ha traído?

Robespierre gira:

—Creéis entonces, que yo he vuelto?

Era como un hombre que acabase de salir de un sueño y que tuviese frío. Dió un paso en el cuarto y tomó su sombrero.

—No, dijo, no me he movido de mi sitio, no he dormido. Hasta luego, amigo mío. Partid. Deseo que vuestros conciudadanos rindan justicia a vuestro patriotismo. Volved entre los nuestros, nos hacen falta hombres puros.

—Sí, adiós, respondió Saint Just.

He aquí “lo patético” como para un drama a lo Sardou. . .

La lástima es que si Robespierre estaba en la capital trabajando por su elección a la Convención, Saint Just no estaba, estaba en Soissons y por idénticas razones. Al mismo tiempo sus conciudadanos “rendían justicia a su patriotismo”, eligiéndolo diputado.

Es inconcebible la ignorancia de Beraud.

Desde el año 1852 M. Eduardo Fleury en sus dos volúmenes sobre Saint Just, a quien considera, “como uno de esos miserables que a veces la humanidad engendra en un día nefasto”. . . refutó, sin réplica posible el relato de Lamartine.

“Durante la noche del dos de setiembre, escribe, Saint Just, que no poseía el don de ubicuidad no podía entrar a su modesto cuarto de la calle Saint Anne, en París, porque el dos de setiembre intervenía en las primeras deliberaciones de la Asamblea Electoral del Aisne, reunida en la iglesia de Soissons, pues, detalle por detalle, ambiente por ambiente, asistía a la misa pontifical celebrada por el obispo de Marolle.

Elegido en ese día, y en razón de su edad como secretario del comité provisorio, era un instante después nombrado presidente del primer comité. . .”

Ernest Hamel y muchos otros han denunciado todo el absurdo de esa fábula que “parece tan bien”, pero que es irremediablemente falsa.

En el curso de nuestros trabajos sobre Saint Just, consultamos personalmente en los archivos nacionales de París, los procesos verbales de las elecciones de Soissons.

Saint Just estaba allí, habló, actuó y resultó elegido diputado a la Convención.

El nueve de setiembre estaba todavía en Soissons donde pronunció acalorados discursos tendientes al enrolamiento voluntario y en esta misma fecha escribía a su cuñado Adrien Bayard:

“Hermano, le comunico que el lunes último fui electo diputado a la Convención. Hágame el servicio de decirme en el correr de esta semana, si puedo disponer por una quincena de su alojamiento, hasta que encuentre otro. En el caso que esto sea posible sírvase darme una carta para el conserje”. Estamos muy lejos de la escena que se desarrolla en el cuarto de la casa de la calle Saint Anne, donde efectivamente Saint Just viviría mas tarde.

El joven diputado llegó a París el 18 de setiembre para asistir el veinte a los trabajos de la inauguración de la Asamblea. Todo esto está comprobado por documentos oficiales irrefutables. Se puede, pues, constatar la ligereza o la inescrupulosa audacia de esos autores que manipulan sobre el error, adornando todavía lo falso.

Es del caso recordar lo dicho a propósito de Salambó:

“La historia perjudica a la novela y la novela a la historia”.

Las vidas malogradas o bien realizadas por los novelistas que extraen de la historia el asunto de sus libros deben ser leídas con mucha desconfianza y sin concedérseles más atención que la de un simple esparcimiento.

 

por Jules Bertrand

 

Publicado, originalmente, en: Anales de la Enseñanza Secundaria Tomo II Entrega 2ª

Montevideo marzo y abril de 1937 

Link del texto: https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/62886

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

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