Larra, peregrino en su patria.

(1837-1937) El antifaz, el espejo y el tiro  

por José Bergamín 

Mariano José de Larra (hacia 1835),
pintado por José Gutiérrez de la Vega
(Museo del Romanticismo, Madrid).
 

Huella en la arena

Cuando decimos Larra, se despierta en nosotros, como un eco, todo un viejo mundo de melancólica evocación romántica. Estamos como el personaje de Lope al iniciar su peregrinación por su patria, si no recuerdo mal, interrogantes ante la huella sobre la arena de la playa de un cuerpo humano desaparecido, invisible. Tal vez ante una sombra. Como una sombra de palabra evocamos hoy el nombre de Fígaro. Como el antifaz de un rostro humano: antifaz de ironía. No sé si alguien ha dicho que es la ironía un antifaz del pensamiento. O del sentimiento. ¿Qué pensaba, qué sentía Larra? Como una sombra de palabra, digo, acaricia la arena hendida por el peso invisible de su cuerpo, melancólicamente, el dejo irónico de su voz empañada por la muerte. Como su «nube de melancolía» deshecha en un sollozo el día de difuntos de 1836. Aquel Fígaro en el cementerio de Madrid no filosofaba a lo Hamlet. No encaraba su rostro, frente a frente, con la calavera del clown. Mas nos parece oirle hablar ahora como a la calavera misma, subrayando su faz de muerte con el antifaz de la ironía.

Han pasado cien años. «No hay bien ni mal que cien años dure.» ¿Dónde está, buena o mala, la España de Larra? ¿Dónde está, bueno o malo, el pensamiento, tan español, de Fígaro?

«¿Qué es un aniversario?», pensaba Larra, «Acaso un error de fecha.» Las fechas de Larra, es decir, aquellas que señalan los años en que su palabra nos dibuja en el tiempo lo que llamaba Calderón «la forma de las horas», son las de 1833, 1834, 1835, 1836, 1837. En la forma de esas horas «que son cristales del tiempo» como dice el poeta, percibimos, de nuevo, la voz de Fígaro, por nuestras fechas coincidentes de 1933 hasta 1937. Al cabo de cien años, el bien y el mal de España ¿dura todavía? ¿O estamos más allá de aquel bien y de aquel mal, que Larra subrayara irónicamente con la sombra de su palabra?

* * *

Fechas

No hace muchos años la llamada generación del 98 levantaba el nombre de Larra como una bandera. Un grupo de escritores de aquella época, capitaneados por Pío Baroja y Azorín, visitaban, románticamente enmascarados, el cementerio de San Nicolás donde estaba la tumba del escritor suicida. En aquel acto se reconoce y proclama a Larra maestro de aquella juventud. Años más tarde, el propio Azorín, promotor de aquel acto, recogía en un libro algunos trabajos suyos referentes a Fígaro. El enunciado titular de ese libro nos sorprende ahora, quizá como excesivamente pretencioso. Dice así: «Razón social del romanticismo en España.» En el libro va el nombre de Larra precedido del del Duque de Rivas. Parece que el crítico trataba de polarizar con estos dos nombres: Rivas y Larra, esa razón social del romanticismo español. Dedica especial atención Azorín a las ideas de Larra; las clasifica recogiéndolas como en un diccionario por orden alfabético. La fina sensibilidad de Azorín escoge muy certeramente sus textos. Mas acaso le escape, en cierto modo, la unidad que los determina. Acaso, también, echemos de menos en su crítica las ideas más peregrinas de nuestro romántico escritor.

¡Ideas peregrinas! El mismo Larra nos lo dice. Y es natural que quien peregrinaba por su patria tuviese de ella o se hiciese de ella «ideas peregrinas».

Aquellos escritores del 98, y aun diríamos que sus sucesores inmediatos, peregrinos de Larra, fueron también con él y como él, «peregrinos en su patria». No solamente Baroja y Azorín, Valle Inclán mismo, Antonio Machado y, en gran parte Unamuno, como Ganivet, peregrinaron por España. La idearon o idealizaron peregrinamente como Larra. Como después de ellos algunos de sus sucesores inmediatos: el más característico, José Ortega y Gasset.

¿Pero qué es eso, o mejor, aquello de peregrinar por la patria? ¿Qué es un «peregrino en su patria»? Ciertamente que el libro de Lope que este nombre nos presta es, para nosotros, un libro eminentemente romántico. Pero también es cierto que su romanticismo no parece que tenga relación alguna con aquel otro que evocamos en Larra. «El peregrino en su patria» de Lope, es un peregrino de amor, es un enamorado. Y no de su patria. Su historia no es historia española. O no es historia de España. Es un español enamorado el peregrino de Lope; no es un enamorado de lo español, un enamorado de España. La peregrinación de Larra, la de aquellos otros escritores que digo, es una peregrinación distinta. Quizá también de enamorados. Enamorados de las cosas, de las palabras. ¿Recordaremos que el enamorarse, según Sthendal, es un proceso de cristalización? ¿Recordaremos, aún, como al principio indicábamos, que lo que el escritor persigue es una forma de cristalización del tiempo, según decía Calderón, «la forma de las horas»?

Enamorarse de la historia es algo verdaderamente peregrino. ¿Pues no es idea peregrina vivir enamorado de una España repetida en historia? La historia, sin embargo, según el decir popular, no se repite. Lo que se repite, lo que se sucede, es el hombre. «Yo me sucedo a mí mismo», había dicho Lope, peregrino en su patria, pero no por su amor. España se sucede a sí misma, sin repetirse. El suceso español de Lope, suceso romántico, no es lo mismo que el suceso romántico de Larra, suceso español; de Larra que, por no poderse suceder a sí mismo, se suicida. Por no poderse suceder y no quererse repetir.

Ya había dicho Kierkeegard que el que no sabe repetir es un esteta, y que solamente el que sabe repetir es un hombre. Se diría, sin embargo, que es un hombre, no aquel que sabe repetir o repetirse sino el que sabe suceder o sucederse. El que sabe lo que sucede y lo que le sucede—cuando nada—o todo—le pasa. El que sabe, como Lope, de amor. Porque hay hombres de repetición como los relojes: que dicen y hacen la misma cosa cuantas veces se quiera. Y aun los hay, como los relojes, de cuco. No son hombres, son máquinas.

Y el reloj que nos mide el tiempo, no nos lo dice, no nos lo transparenta como el cristal vivo del poeta, no nos lo da a entender. Porque no nos lo da, nos lo quita. El reloj no nos da las horas, nos las quita. Es ladrón del tiempo. «Ladrón del tiempo con disfraz le llamo», nos dirá Lope.

La historia no es historia, como el reloj, porque se repite, sino como el hombre, porque se sucede. La historia no nos quita el tiempo: nos lo da.

El prestigio romántico de aquellas fechas que hemos empezado por evocar en Larra: 1833, 1834, 1835, 1836, 1837, no debe tomarse supersticiosamente como repetición histórica en las que venimos viviendo, de 1933, 1934, 1935, 1936, 1937. Para que la forma de aquellas horas, dibujada vivamente por Larra, se transparente a través de las nuestras, ahora, debemos pensar y sentir aquel suceso Larra como este otro suceso, humano, español, nuestro, el que pensamos y sentimos hoy. Y preguntarnos, hoy, como ayer: ¿Por qué se suicidó Larra? ¿Qué se suicidó en Larra? O, de otro modo, ¿quién suicidó a Larra? ¿A quién suicidó Larra?

***

«Triste como de costumbre»

«Todo el que se suicida, se suicida por falta de imaginación», decía Sthendal.

Además del gesto imaginativo, de la decisión real de suicidarse, ¿qué nos queda de Larra?

No tenemos por qué abrumar su recuerdo con la tremenda prueba acusatoria que podría formársele como novelista y autor dramático fracasado, suicidado, «por falta de imaginación». No intentemos siquiera releer las páginas de «El Doncel de Don Enrique el Doliente». Sería una falsa pista. El atestado que formásemos con esos ensayos imaginativos frustrados no probarían mucho más de lo que prueba, afirmativamente, su obra y su vida.

Lo que hoy tenemos de Larra ante los ojos es su colección variada de artículos periodísticos. Artículos de crítica literaria, política y social. Artículos satíricos y, como entonces se decía, «de costumbres». Critica de costumbres políticas y sociales. Crítica literaria de eminente carácter moral; cuando no crítica moral de preeminente carácter literario.

Estos artículos de Larra son harto conocidos y leídos para que tratemos ahora de descubrirlos. Son claros, evidentes, transparentes; y hasta diríamos que mediterráneos, pues andamos en época de tener que hacer tales descubrimientos todavía.

Los críticos de Larra han debatido suficientemente sobre la originalidad de su ingenio. No insistamos en ello. Larra, como todo escritor verdadero, no es original por aquello en que no se parece a otros, sino por aquello en que se diferencia de todos. La originalidad de Larra, es, en este sentido, indiscutible; y una de las más poderosas, de las más agudas y resaltadas del romanticismo español.

Lo que interesa precisar de Larra es aquello que constituye la cualidad esencial de su estilo. Es aquello, que, en la sucesión de las letras españolas, nos lo ofrece como escritor peculiar y único. Tratemos, pues, de estrechar el cerco a su pensamiento, y, aun respetando el antifaz de su ironía, de escuchar, silenciosamente, su propia voz.

Mas antes de hacerlo, preguntémonos qué significan estas dos palabras con las cuales parece como sí la crítica hubiera podido rimar el latido vivo de su pulso: romanticismo y costumbrismo.

Es Larra un escritor romántico. Es Larra un escritor costumbrista. A él corresponden, en gran parte si no en todo, las primicias de iniciador del género. Costumbrismo romántico. Otros escritores, tan faltos de imaginación como él, Mesonero Romanos y Estébanez Calderón, forman con Larra esa «non santa» trinidad costumbrista del romanticismo español. ¿Qué costumbrismo es éste?

El Pobrecito hablador, El Solitario, El Curioso parlante, son tres escritores peregrinos; peregrinos en España. Son espectadores del paisaje, de la vida popular, de las ciudades y de las cosas acostumbradas; en suma, de toda clase de costumbres. Tratan de reflejarlas en sus escritos. Su ambición es la del espejo. Ambición acaso inhumana, superficial y fría. En El Solitario, en Mesonero, la impasibilidad del espejo de que nos habla Fígaro no se empaña jamás con un ¡diento humano. En Fígaro se empaña mortalmente. La antigua costumbre popular de acercar un espejo a los labios de los agonizantes para ver si alentaban aún, al empañarlo, nos revela el recóndito sentido que al suicidio legendario de Larra le da el espejo ante el cual reflejaba, por última vez, el rostro acongojado de su agonía. Tan «triste como de costumbre». ¿Por qué esa tristeza acostumbrada? «¿Por qué ese color pálido, ese rostro deshecho, esas hondas y verdes ojeras...?»

Romanticismo y costumbrismo no pueden separarse vivamente del ritmo que pulsa esta agonía.

***

Palabras espejos

El romanticismo más verdaderamente peregrino es aquel que inventa las costumbres. El de los románticos franceses en el XIX. El de los españoles en el XVII. Los románticos franceses, Víctor Hugo, Gautier, Merimée... inventaban costumbres españolas. Como Lope, Calderón, Tirso, Moreto... inventaban costumbres peregrinas, exóticas, extrañas. En países reales o figurados. Cuando Cervantes vuelve a España, después de recorrer imaginativamente aquellas regiones septentrionales, hiperbóreas, de sus «Trabajos de Persíles y Segismunda», la España que imagina, ¿es la misma que la imaginada en el «Quijote»? ¿Acaso es más real ésta o aquélla? Según la realidad que se imagine. Larra, de vuelta de París, es como el héroe cervantino de vuelta de la Isla de Tule. Pues cuando el escritor romántico se imagina o inventa las costumbres, el escritor llamado «costumbrista» se cree que, al reflejarlas, inventa su romanticismo. El costumbrismo más verdaderamente peregrino acaba por creer que imaginativamente no inventa nada. Y se suicida. Y se suicida como Larra, ante su espejo.

La verdadera situación crítica del hombre ante el espejo no es la de contemplarse a sí mismo tan superficialmente reflejado en una imagen inexistente, es la de contemplar a los demás de ese mismo modo. Hay palabras-espejos decía Lope: son «cristales del tiempo». Los artículos literarios, políticos, satíricos y de costumbres del romántico Larra, son «cristales del tiempo» que relampaguean aquí y allá luminosamente «la forma de las horas» en vivas palabras-espejos. Son estas palabras-espejos las que expresan en Larra ¡deas más peregrinas.

Moral, literatura, civilización, progreso, ciencia, libertad... ¿Son palabras-espejos para Larra? ¿A qué ideas o a qué cosas corresponden? ¿O a qué ideas y cosas a la vez? ¿Qué realidad es la suya? ¿La realidad del escritor? ¿La realidad de España? ¿Qué de lo que pasaba o sucedía en España, se refleja por tales palabras espejado? ¿Qué sucedió o pasó por Larra al espejarlo? Pasar y suceder, dije otras veces, son diferente cosa. Y aun creo que añadí que en España donde no pasa o donde no pasaba nada nunca, sucede siempre todo. Lo que queda de Larra fue el suceso humano de un ser temporal dramatizado por la muerte. Lo que queda de España no es lo pasado de ella o lo pasado en ella, sino lo que en ella está siempre sucediendo. El suceso dramático de un pueblo atemperado mortalmente por la vida. La vida popular de España, ¿será tan sólo el reflejo superficial de una imagen viva empañada por un aliento humano? ¿Costumbrismo y romanticismo? Pues, el costumbrismo de Larra, ¿no fue tan sólo el pretexto de su ironía? El romanticismo de Larra, ¿no fue tan sólo el pretexto de su agonía?

***

«Vestida de blanco y negro, día y noche»

¿Estamos ante Larra en el caso que pensaba Pascal de habernos encontrado con un hombre, cuando buscábamos solamente al escritor?

El escritor es hombre de palabras, de palabras-espejos. Mas por ellas se refleja el hombre de palabra, es decir, el verdadero hombre; pues eso entiende el pueblo por hombre de palabra, hombre de verdad. El cumplimiento de la palabra humana es lo que le da al hombre la entereza de la verdad. Y la palabra humana no se cumple sino cuando se da, cuando se entrega, como la sangre. Y así vemos siempre cumplirse la palabra en el hombre, por la sangre, cuando esta palabra le populariza como tal. Es decir, que del mismo modo que pensaba Pascal que el verdadero escritor es aquel en quien se encuentra siempre al hombre, podríamos decir (sobre todo, nosotros, los españoles) que el verdadero hombre, el hombre entero y verdadero, es aquel en quien se encuentra siempre al pueblo; es aquel en el que cuando esperamos encontrar a un hombre, encontramos a un pueblo (Lope, Cervantes, Santa Teresa, Quevedo, Calderón).

Y un pueblo no cabe en un espejo. El espejismo costumbrista para ser verdadero reflejo popular tiene que mentir ; porque tiene que ofrecernos tan sólo del pueblo que refleja una imagen pardal y rota. No es entereza verdadera la de Narciso suicida. Y un pueblo no puede ser Narciso, no puede suicidarse. Puede ser suicidado por otro, o por otros. Como Numancia. Mas no olvidemos el eco que a este nombre le diera Cervantes al gritarlo: Numancia es Libertad.

Quizás no fuera justo decir que la libertad de los románticos, la libertad del siglo XIX, vivió y murió prisionera del liberalismo. Pero tal vez sería exacto decir que la palabra libertad durante el siglo XIX vivió y murió prisionera de la palabra liberalismo. Como dos espejos, dos palabras-espejos, frente a frente y acaso espantosamente vacías de contenido humano; como dos espejos sin imágenes que reflejar. Como dos palabras incumplidas. Esa nada entre dos espejos mortales ¿fue la angustia de Larra? El espejo es siempre mortal porque aísla, separa al hombre de sí mismo. La imagen humana en el espejo es siempre «imagen espantosa de la muerte». Así lo vio y entendió Larra al suicidarse. O, mejor dicho, al dejarse suicidar por el espejo, que es mentiroso acusador humano. El espejo que nos aísla, que nos separa de nosotros mismos y de los demás, dándonos una imagen mentirosa de nuestro ser, nos mata, nos suicida, porque nos miente de verdad. Nos miente la verdad. Es una verdadera mentira la que nos ofrece de nosotros mismos; una «mala verdad», como diría nuestro viejo poeta en su sentencia: una deslealtad imaginativa. «No hay flaco portillo como la mala verdad»—decía el sentencioso Rabino—. El Espejo de Larra fue su mala- verdad, el «flaco portillo» de su muerte. Larra jugó con las palabras-espejos como un malabarista con sus afilados cuchillos; y encontró, genialmente, «la forma de sus horas», «el cristal de su tiempo», en una palabra especular por excelencia, la palabra casi. Y encontró, con ella, su muerte: el balazo que le atravesó la cabeza y el corazón.

«La gran palabra, la nuestra, la de nuestra época, que lo coge y atruena todo... es la palabra CASI. Ese es todo el siglo XIX. Obsérvala: a cada una de sus facciones le falta algo; no es más que un perfil; ni está de pié ni sentada. Vestida de blanco y negro, día y noche. Más breve: palabra-casi, casi-palabra...». «En España, primera de las dos naciones de la Península (es decir de la casi-ínsula), unas casi instituciones reconocidas por casi toda la nación...; conmociones aquí y allí casi parciales; un odio casi general o unos casi hombres que casi sólo existen ya en España, casi siempre regida por un Gobierno de casi medianías. Una esperanza casi segura de ser casi libres algún día. Por desgracia, muchos hombres casi ineptos. Una casi ilustración repartida por todas partes...

El casi, en fin, en las cosas más pequeñas. Canales no acabados; teatro empezado; palacio sin concluir; museo incompleto; hospital fragmento; todo a medio hacer...; hasta en los edificios el casi...». «Época de transición—añadía—y Gobiernos de transición y de transacción; representaciones casi nacionales, déspotas casi populares; por todas partes un justo medio que no es otra cosa que un gran casi mal disfrazado».

España vista en el espejo del costumbrismo romántico de Larra se nos aparece, en efecto, como si fuera de verdad, como «un gran CASI mal disfrazado». Así parécenos tocar con el dedo la llaga dolorosa del romanticismo costumbrista que suicidó a Fígaro. Nombre fatal Fígaro, en quien tiene que ejercer por oficio su más característica actividad delante del espejo como el peluquero famoso. Pero el peluquero de Baumarchais no se suicida, se casa. Cosa que si para un chistoso vulgar sería fácilmente equivalente, no debe sérnoslo a nosotros; pues, sin chiste, podemos y debemos observar que si todo el que se suicida se suicida por falta de imaginación, como dijo Sthendal, todo el que se casa ¿no lo hace, tal vez, sino por exceso ? Y Fígaro, el auténtico y popular Fígaro, se casaba con todos y con todo: por eso sus bodas fueron la pantomima heroica de la revolución francesa. Y es que el barbero de Baumarchais estaba acostumbrado, por serlo, a no mirarse él en la cara del espejo sino a mirar al hombre en la cara. Cara a cara. De espaldas al espejo. Y sin antifaz. Sin ironía. Alegre o dolorosamente. Con entereza, con verdad.

El CASI de Larra, asesino de Fígaro ¿ no es palabra-espejo sobre todas las otras, palabra-antifaz? Pues el antifaz es un casi como el espejo mismo. El antifaz no tapa el rostro del todo, sino casi. Por eso no engaña a los ojos del todo, como la máscara de verdad, sino casi engaña dando al rostro humano una casi verdad más mentirosa que la mentira misma verdadera, que la máscara que lo oculta o lo tapa o lo escamotea completamente. Si arrancamos al pensamiento de Larra el antifaz de la ironía, su casi inmortal, ¿qué nos quedará ante los ojos? ¿Un muerto ante un espejo? ¿Un casi poeta, casi hombre, casi escritor, casi popular? ¿Una casi voz, casi humana? ¿Una casi palabra casi cumplida? ¿Un casi suicidado, en fin? ¿Un gran CASI al desnudo? Al desnudo o descarnado, en los huesos, en el esqueleto. ¿Un esqueleto disponible para casi resucitar?

Todo es casi lo mismo.

¡Cementerio de San Nicolás, en Madrid! ¡Claros de luna entre cipreses!

«El escritor satírico—escribía Larra—es por lo común como la luna, un cuerpo opaco destinado a dar luz, y es acaso el único de quien con razón se puede decir que da lo que no tiene.»

También la luna del espejo le dio a Larra lo que no tenía: la mentira, la muerte.

Apenas si escuchamos hoy, ya, los ladridos mortales que a la luna del espejo de Larra dieron siempre como homenaje costumbrista y romántico los mismos perros literarios, aunque con diferentes collares.

Hoy sabemos y conmemoramos el suicidio de Larra como fin mortal del gran casi español.

Para nosotros ya no hay casi que valga. Hay todo o nada.

Todo es casi y lo mismo para Larra suicida. Todo le fue casi lo mismo, sin copulativa conjunción. Para nosotros no.

Madrid fue cementerio para Larra de «un gran cosí mal disfrazado». Lo es para nosotros de un suicidado casi, totalmente al desnudo. Es la tumba vacía que espera a una gran muerte definitiva. Por eso, al volver los ojos a nuestro corazón, como hizo Larra, encontramos trocado su epitafio en este otro : «Aquí nace la esperanza».

Toda Europa es la que hoy nos aparece, al contrario que a Larra, como «un gran casi mal disfrazado». Toda Europa con su casi-no-intervención con su casi-Sociedad de Naciones.

Muchos de aquellos peregrinos de Larra o perros ladradores a su luna, son hoy escapados del «Todo o Nada» español, peregrinos en el vacío. Fue metamorfosis curiosa la de aquéllos que, huyendo del espejo mortal, prefirieron sobre vivirse a su propio suicidio humano. Fué peregrina cobardía. Y hoy no sabemos ya si sus voces muertas, apagadas por el trueno internacional del Casi, son voces peregrinas o silencios atortugados. Que también al galápago, como al peregrino, se le conoce por sus conchas. Mas no sabemos si el casi animal que su caparazón protege está vivo o muerto del todo. Es un casi o una casi putrefacción o viscosidad, muerta o viva.

Y es que hay algo peor que el suicidio: el casi suicidio del ex-suicida.

Cuando nuestra voz pueda gritarles a esos peregrinantes galápagos, a esos ex-suicidas internacionales: ya el casi ha muerto en España, suicidado ; esta voz nuestra sólo encontrará el eco silencioso de la nada, el «vagabundeo en el vacío»—que dijo Unamuno—de los muertos de miedo; de aquellas sombras enjuiciadas en las postrimerías españolas del liberalismo romántico, sin infierno y sin gloria. El espejo roto que no empaña siquiera el aliento del agonizante.

***

La verdad más hermosa

Los periódicos de la época dieron poca importancia al suicidio de Fígaro. Apenas si le dedicaron comentario alguno. Casi no se dieron por enterados. Azorín se escandaliza de ello. La llamada generación del 98 y la siguiente revisaron aquel silencio como un proceso de insensibilidad española o de mal gusto. Así nos reaparece Larra, a principios de nuestro siglo, como un espectro más, despertado de entre los muertos. Como fantasma o sombra. Aquellos escritores señalados recibían su visita nocturna como si Madrid, como si España entera, hubiese sido el triste cementerio soñado por Fígaro el día de difuntos de 1836. Los nuevos peregrinos en España absorbían el silencio sepulcral de las palabras románticas del suicida como si todo lo demás no fuese ya otra cosa.—¡Silencio! ¡Silencio!, clama Larra. «Todo lo demás es silencio», decía Hamlet al morir. Su melancólico hamletismo evocaba «las armas maldecidas» del gran cronista español: «el frac elegante, la media de seda, el chaleco de tisú de oro». Y peregrinaban por el cementerio advirtiendo como fuegos fatuos el reflejo de aquellas palabras-espejos, ideas peregrinas, del romántico y melancólico escritor.

Hombres liberales, hombres libres—o liebres—, hombres peregrinos, pasearon su hastío entre claras lunáticas de ilusión. Porque de ilusiones se vive. Porque de ilusiones se vive cuando no se vive de verdad; cuando se vive de verdad, de ilusiones se muere. Las ideas más peregrinas, las más libres, o liebres, las ideas que corren sobre ellos, como sobre todas las cosas, no les alcanzarán. Los pasaron sin verles. Los pasaron de listos. Evoquemos por ellas al hombre libre o liebre, peregrino en su patria: Larra. Han pasado cien años. Volvemos a leer en él palabras como éstas:

«Medítese aquí que estar parado cuando los demás andan, no es sólo estar parado, es quedarse atrás, es perder terreno...». «En el día numerosa juventud nacida como el cedro del Líbano en medio de la tempestad se abalanza ansiosa a las fuentes del saber. ¿Y en qué momentos?...». ¡ En qué momentos ! «La literatura ha de resentirse de esta prodigiosa revolución, de este inmenso progreso. En política el hombre no ve más que intereses y derechos, es decir, verdades. En literatura no puede buscar, por consiguiente, sino verdades. Y no se nos diga que la tendencia del siglo y el espíritu de él, analizados y positivos, lleva en sí mismo la muerte- de la literatura, no. Porque las pasiones en el hombre siempre serán verdades, porque la imaginación misma, ¿qué es sino una verdad más hermosa? ¡Idea peregrina! La imaginación, «la verdad más hermosa», le fue infiel a Larra. Le abandonó al suicidio y al culto lunático de los ex-suicidas.

«Si nuestra antigua literatura fue en nuestro Siglo de Oro más brillante que sólida, sí murió después a manos de la intolerancia religiosa y de la tiranía política, si no pudo renacer sino en andadores franceses, y si se vio atajada por las desgracias de la patria, ese mismo impulso extraño, esperamos que dentro de poco podamos echar los cimientos de una literatura nueva, expresión de la sociedad nueva que comprendemos, toda de verdad, como es de verdad nuestra sociedad, sin más regla que esa verdad misma, sin más maestro que la naturaleza joven, en fin, como la España que constituimos. Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia...» «Rehusamos, pues, lo que se llama en el día literatura entre nosotros; no queremos esa literatura reducida a las galas del decir, al son de la rima, a entonar sonetos y odas de circunstancias, que concede todo a la expresión y nada a la idea; sino una literatura hija de la experiencia y de la historia, y faro, por tanto, del porvenir, estudiosa, analizadora, filosófica, profunda, pensándolo todo, diciéndolo todo en prosa, en verso, al alcance de la multitud ignorante aún; apostólica y de propaganda; enseñando verdades a aquellos a quienes interesa saberlas, mostrando al hombre, no como debe ser, sino como es, para conocerle; literatura, en fin, expresión toda de la ciencia de la época, del progreso intelectual del siglo...»

Han pasado cien años, y estas palabras claras y sencillas de Larra toman ahora, para nosotros, sabor de profecía. No sonriamos irónicamente al repetirlas, con frívolo remilgo de desdén estético ante la ingenuidad de sus expresiones: «faro del porvenir», «ciencia de la época», «progreso intelectual del siglo...». Ahondemos, por el contrario, en ellas, hasta encontrarles la raíz del humano aliento que borra en la luna del espejo la imagen suicida empañándola de verdad. «Porque las pasiones en el hombre siempre serán verdades. Porque la imaginación misma, ¿qué es sino una verdad más hermosa?».

Traicionado, abandonado por la imaginación, decimos, su «verdad más hermosa», Larra cumplía el destino de su juventud suicidándose. Como otros, aquellos otros, peregrinos suyos, antecesores nuestros en la vida intelectual española, lo cumplían suicidándose a medias o medio suicidándose, ¡Fuerte sino el de Larra ! ¡Débil el de los ex suicidas! Prefirieron, como dije antes, «al salto en las tinieblas el vagabundeo en el vacío»—según decía Unamuno. Pues hay algo peor que un fuerte destino para el hombre: un destino débil. «Fortalecer la vida es fortalecer la muerte», cantó Walt Wittman. Recordemos la lección clásica de nuestros poetas, que es como la de Shakespeare, como la de los griegos, la lección trágica del mundo: sólo un destino fuerte puede hacer fuerte nuestra libertad.

«Por el placer o por la pena es el destino de cada escritor, de cada artista, el que arranca sus gritos; pero es el destino del mundo el que elige el lenguaje de sus gritos.»

Así nos decía André Malraux, días antes de nuestra lucha viva, días antes de que el destino del mundo nos reuniese en Madrid. ¿En el Madrid de Larra? Madrid es ya del mundo. Por haber sabido cumplir con fuerza trágica su destino; por saber conquistar con fuerza trágica, día y noche, su fuerte libertad.

André Malraux, este escritor amigo que unió con tanta fuerza su destino al nuestro, nos decía :

«El destino total del arte, el destino total de todo lo que los hombres expresan en la palabra cultura, está contenido en una sola idea: transformar el destino en conciencia. Por eso el destino, en sus varias formas, debe ser primero concebido, para poder ser luego dominado.»

«De día en día, de pensamiento en pensamiento, los hombres rehacen el mundo a imagen de su más elevado destino. La Revolución les da sólo la posibilidad de su dignidad; y cada uno de ellos ha de transformar esa posibilidad en una posesión. En cuanto a nosotros, intelectuales— cristianos, liberales, socialistas, comunistas—, a pesar de la ideología que nos divide, indaguemos un propósito común. Cualquier pensamiento sublime, cualquier obra de arte, pueden ser reencarnados en un millón de formas. Y nuestro antiguo mundo puede derivar su significado tan sólo de la voluntad actual del hombre.»

Mariano José de Larra o la desesperación creadora

11 nov 2013

Mariano José de Larra o la desesperación creadora Fecha de emisión: 20-03-2009 Programa TV - El Programa Uned ha querido reparar en la figura de Mariano José de Larra, escritor y periodista español, en el segundo centenario de su muerte. La vida de Larra, sesgada, en la palabra de sus biógrafos, por un suicidio plenamente comprometido con sus ideales, nos descubre a un autor que avanza concienzudamente por varias etapas: desde sus primeros escritos costumbristas, hasta su declarado romanticismo engarzado con la suerte de la época, y a su inmersión en el ensayo y el periodismo, géneros que supo elevar a su máxima expresión - en su vertiente más crítica y satírica-, como vía de expresión con un pueblo históricamente vapuleado por las injusticias sociales. Participantes: Jesús Miranda de larra, descendiente y biógrafo de Larra; José Luis Abellán, Presidente del Ateneo de Madrid e Historiador. Ana Suárez Miramón, Profesora (UNED) Vídeo disponible en: http://canal.uned.es/mmobj/index/id/1...

 

por José Bergamín 
Valencia, 1 de octubre de 1937.

 

Publicado, originalmente, en: Hora de España revista mensual XI

Valencia (España) noviembre de 1937

Gentileza de de los fondos de la Biblioteca Nacional de España

 

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