Federico García Lorca

El poeta y el pueblo [1]

por Arturo Barea

Tardará mucho en nacer, si es que nace,

un andaluz tan claro, tan rico en aventura.

                                      F. García Lorca.

Los que nacimos en España en los noventa del siglo pasado y comenzamos a enterarnos del mundo a principios del siglo presente, nos encontramos lanzados en el vórtice de una sociedad en estado de crisis permanente. Niños aún, sentíamos indirectamente el impacto de todos los choques que sacudían a nuestros padres y sus amigos, a muchos de los cuales derrota y pobreza habían hecho amargos y malhumorados. Crecimos en un país que estaba peleándose contra la miseria, la podredumbre social interna y la inferioridad internacional; precisamente cuando otras naciones europeas parecían marchar firmemente por el camino de la seguridad y la prosperidad duraderas.

Hacia 1898 España había perdido todo: había perdido su corta esperanza de una República que la incorporara al movimiento democrático de Europa, y más tarde había perdido los restos de su Imperio en la catastrófica guerra de Cuba. Esta España tullida vivía de préstamos usurarios extranjeros por los cuales pagaba con su cobre y su hierro, del empeño de sus ferrocarriles o de la venta de sus saltos de agua a propietarios extraños. España no tenía industria cuando las grandes industrias modernas florecían en el Occidente de Europa y en Norteamérica. Sus tierras fértiles pero mal manejadas estaban exhaustas; y mientras se discutían fútilmente proyectos de riego y nuevos sistemas de explotación agrícola, sus cosechas se reducían por sequías pertinaces. El pan era escaso. En cambio se volcaban sobre ella plagas, terremotos, epidemias e inundaciones, que parecían anunciar el Apocalipsis a las masas aterrorizadas. La Monarquía, mantenida por generales vocingleros, nuncios papales y flojos políticos liberales, tenía hedor de depósito de cadáveres infestados por todos los gérmenes imaginables. Sí, la Monarquía olía a muerto.

Los mejores poetas y pensadores de este período luchaban por dar forma a su alucinante experiencia de derrota, explicándola, tratando de sobreponerse a ella. Unamuno, Valle Inclán, Baroja, Azorín, Machado, se convirtieron en líderes del movimiento de auto-crítica social e intelectual conocido como “la generación del 98”. Este movimiento ha dejado hondas huellas en la vida espiritual de España que nada ha borrado aún y que casi nada aún ha superado. Este grupo estableció contacto con el mundo exterior a España para revertir al problema que la poseía: el problema de la vida interna de su país.

Cuando llegaron a la adolescencia los que entonces habían nacido, la amargura y la inquietud eran más hondas; se habían reducido más aún los cimientos de la vida y la obra crítica de los viejos rebeldes no bastaba ya para llenar el vacío creado. Hubo un período, desde el principio de la Gran Guerra hasta el final de los veintes, en el que los jóvenes de esta generación —la generación de Lorca y la mía— trataban de vivir su propia vida, y de que ésta fuera luminosa contra el fondo oscuro que les rodeaba, sin enfrentarse con el problema de España como los otros habían hecho.

El solitario poeta Antonio Machado que pertenecía a la generación del 98 por su preocupación por España pero a ninguna por su poesía, creía en nuestra misión revolucionaria. Pensaba que nuestra generación ganaría esta “vida clara” con la cual él sólo había podido soñar. En 1914, cuando Federico García Lorca era aún un muchacho en el borde de la adolescencia, Machado escribió un poema titulado, Una España Joven, en el que hablaba de las dos juventudes, la suya y la nuestra:

Fue un tiempo de mentira, de infamia. A España toda,

la malherida España, de Carnaval vestida

nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda,

para que no acertara la mano con la herida.

 

Fue ayer; éramos casi adolescentes; era

con tiempo malo, encinta de lúgubres presagios,

cuando montar quisimos en pelo una quimera,

mientras la mar dormía ahita de naufragios.

 

Dejamos en el puerto la sórdida galera

y en una nave de oro nos plugo navegar

hacia los altos mares, sin aguardar ribera,

lanzando velas y anclas y gobernalle al mar.

 

Ya entonces, por el fondo de nuestro sueño —herencia

de un siglo que vencido sin gloria se alejaba

un alba entrar quería; con nuestra turbulencia

la luz de las divinas ideas batallaba.

 

Mas cada cual el rumbo siguió de su locura;

agilitó su brazo, acreditó su brío;

dejó como un espejo bruñido su armadura

y dijo: “El hoy es malo, pero el mañana... es mío".

 

Y es hoy aquel mañana de ayer... Y España toda,

con sucios oropeles de Carnaval vestida

aún la tenemos; pobre y escuálida y beoda;

mas hoy de un vino malo: la sangre de su herida.

 

Tú, juventud más joven, si de más alta cumbre

la voluntad te llega, irás a tu aventura

despierta y transparente a la divina lumbre,

como el diamante clara, como el diamante pura[2].

El poeta de esta “juventud más joven” iba a ser Federico García Lorca en cuya poesía apenas ocurre la palabra España y que nunca intervino activamente en lucha alguna social o política; pero que fue un recipiente y un transmisor tan sensitivo de las emociones españolas que su obra adquirió una vida propia después de su asesinato por unos desconocidos falangistas al principio de la Guerra Civil en la cual no tuvo una parte consciente.

En la obra de Lorca no se encuentra doctrina política determinada. Él mismo infinitas veces recalcó, y con razón, que él no era político. Más aún: cuando sus escritos contienen un mensaje social, es —al menos aparentemente— todo menos revolucionario y más bien uno de tipo conservador. Sin embargo, pertenecía y pertenece al movimiento popular español por razones más hondas que el haber alcanzado la fama dentro y a través de la intelectualidad progresiva de su país. Y así, curiosamente, aunque vivió una vida privilegiada dentro del círculo cerrado de la aristocracia de las letras españolas, aunque leyó primero sus poemas y sus comedias a jóvenes procedentes de su misma categoría social, aunque jugó con las formas más esotéricas del arte moderno, se convirtió, no en el poeta de la secta intelectual, sino en el poeta del pueblo español.

La razón es que una gran parte de su trabajo es “popular” en el sentido de que toca a su pueblo con toda la violencia de sus propios semi-conscientes sentimientos, intensificados y transformados a través de su arte. Las fuerzas emocionales que él liberó pasaron a formar parte, aun sin forma concreta, del vago movimiento revolucionario de España, aunque ésta no fuera su intención. Y así tenía que ser inevitable, a mi juicio, que fuera asesinado por la sombría brutalidad del fascismo y que su obra se convirtiera en una bandera.

De este Lorca es del que quiero hablar primero.

Todos los intelectuales españoles que han escrito sobre él pueden decir: “El Federico con quien yo conviví en la Residencia de Estudiantes... “El amigo Federico, mi amigo Federico. . “Cuando nos leyó este poema. .Yo, no. Yo no he conocido a Federico García Lorca, aunque fue de mi generación; tampoco he pertenecido a su clase, a su grupo; pero pertenezco a su público, a su pueblo. Y es de éste, del Lorca del pueblo, el que yo conozco, del que puedo hablar.

Cuando la Guerra Civil se había ya convertido en guerra de trincheras en el otoño de 1936, ya se sabía en Madrid que Lorca había sido fusilado en Granada. Milicianos que no sabían leer ni escribir aprendían sus romances de memoria y las melodías y los versos de las viejas canciones que él resucitó se convertían en cantos de guerra republicanos. La famosa frase: “no pasarán” se usaba en mítines y en la prensa de cada día, pero los soldados en las trincheras que rodeaban a Madrid preferían canturrear:

Por Cuatro Caminos,

¡Mamita mía!,

no pasa nadie...

Cuatro Caminos es un barrio obrero de Madrid. Lorca había escrito una canción, Los Cuatro Muleros y la transposición era fácil. Los milicianos cantaban los versos alegres con que Lorca había resucitado una vieja canción e interpolaban sus propias invenciones:

De los cuatro muleros

que van al agua,

el de la muía torda

me roba el alma.

 

De los cuatro muleros

que van al río

el de la muía torda

es mi marío.

 

A qué buscas la lumbre

la calle arriba

si de tu cara sale

la brasa viva.

Yo tenía un amigo, casi analfabeto, de cuarenta y seis años, que estaba en las Milicias Republicanas desde los primeros días del conflicto; de vez en cuando lograba un permiso y venía a hacerme una visita a Madrid desde su trinchera en Carabanchel, a nueve kilómetros de marcha.

Sacaba del bolsillo un ejemplar manoseado, sucio de grasa y barro de la trinchera, del Romancero Gitano de Lorca, y me decía:

—Anda, explícame esto. Yo siento aquí dentro lo que quiere decir —y se golpeaba el pecho—, pero no puedo explicarlo. Y comenzaba a recitar de memoria los primeros versos del Romance de la Guardia Civil Española:

Los caballos negros son.

Las herraduras son negras.

Sobre las capas relucen

manchas de tinta y de cera.

Tienen, por eso no lloran,

de plomo las calaveras.

Con el alma de charol

vienen por la carretera.

Jorobados y nocturnos,

por donde animan ordenan

silencios de goma obscura

y miedos de fina arena.

Pasan, si quieren pasar,

y ocultan en la cabeza

una vaga astronomía

de pistolas inconcretas.

Yo trataba de explicarle:

—Mira, esto es España, un enorme cuartel de Guardias Civiles. Son negros; ellos, sus caballos, las herraduras de sus caballos. El negro es luto. Toda España está de luto. La Guardia Civil son los guardianes de la España que tiene el alma negra. Sus capas se les manchan con tinta, la tinta de esos tinteros de cuerno que usan para llenar los atestados judiciales que luego inundan España y alimentan sus cárceles. Sus capas tienen manchas de cera, la cera que gotea sobre ellas de todos los cirios de todas las procesiones en las que la Guardia Civil va en formación para proteger las alhajas de las imágenes famosas. Son asesinos. Su oficio es encararse el fusil y matar españoles. Tienen el cráneo relleno de plomo. ¿Cómo pueden llorar por la muerte de un español a quien ellos mismos han matado con el plomo que llena su cabeza día y noche? Tienen el alma negra, dura y brillante como el charol de sus tricornios y cabalgan por la carretera de dos en dos, subiendo y bajando cerros, la calavera atiborrada de plomo, la espalda jorobada por sus mochilas pesadas. En estas mochilas llevan el tintero de cuerno para poder escribir el parte del muerto; y llevan un cabo de vela para, cuando no hay luz de luna, mirar la cara del que acaban de matar. Porque cazan en la noche. Son nocturnos. Se esconden en lo obscuro con su tintero, su cabo de vela y su fusil preparados y acechan en silencio. Apuntan a la silueta del hombre contra la luz de la luna y disparan. Por eso, cuando las gentes encuentran a la Guardia Civil, andan en puntillas, en silencio, como si fueran sobre ruedas de goma; y les rechinan los dientes y se les estremece el espinazo como si fueran pisando arena sobre losas de piedra.

—Tú sabes —me decía Ángel, mi amigo—, cuando yo era aún un chiquillo trabajaba en Carabanchel, no muy lejos de donde ahora está el frente. En invierno mi hermano y yo volvíamos del trabajo cuando ya era noche y la carretera estaba desierta. Algunas veces oíamos los caballos de la Guardia Civil y nos tirábamos boca abajo en la cuneta hasta que pasaban y ya no los oíamos más; y entonces corríamos hasta casa medio muertos de miedo y le contábamos a nuestro padre que nos habíamos encontrado con la Guardia Civil. . .

_Pero lo que yo no entiendo es por qué después de estos

versos, cuando crees que este hombre va a hablar de la Guardia Civil y de los trabajadores o los campesinos a quienes la Guardia Civil apalea o fusila, de repente cambia los versos y dice:

¡Oh, ciudad de los gitanos!

y te cuenta una historia de Jerez de la Frontera en una noche de fiesta cuando la Guardia Civil hace una redada. ¿Es que la Guardia Civil no ha dado palos más que a los gitanos?

Sí. El romance de Lorca continúa con la evocación de unas Navidades de ensueño infantil en un bari'io gitano de Jerez: gentes alegres e inofensivas jugando a los milagros en una ciudad irreal, en una noche mágica, plateada de luna, lejos de las crudas leyes de violencia y miseria. Nada puede ser más “antipolítico”, ni más “antisocial” con arreglo a las normas convencionales. Nada parece estar más lejos de la realidad sórdida de las luchas entre Guardias Civiles y obreros que surgen inevitablemente en la mente del español simple cuando lee la despiadada descripción de los hombres con “calaveras de plomo”. Esta misma incongruencia desconcierta al lector que esperaba en vano por la gran denuncia social que le sacudiera en un sentimiento de rebeldía humana.

Un día le pedí a mi amigo Ángel que volviera a leer en alta voz los versos que le hacían protestar. Comenzó a trompicones, murmurando entre las estrofas:

Cuando llegaba la noche

noche que noche nochera,

los gitanos en sus fraguas

forjaban soles y flechas.

—Todo esto son pamplinas buenas para los chicos y pueda ser para los gitanos. Pero, vamos, nosotros ya somos mayorcitos...

La Virgen y San José

perdieron sus castañuelas,

y buscan a los gitanos

para ver si las encuentran.

La Virgen viene vestida

con un traje de alcaldesa,

de papel de chocolate

con los collares de almendras.

San José mueve los brazos

bajo una capa de seda.

—Esto está muy bonito, pero, ¿a mí qué me importa?

Agua y sombra, sombra y agua

por Jerez de la Frontera.

—Sí. Y me sé de memoria lo que viene después: la Guardia Civil se lía a palos con ellos y mata unos cuantos; porque sí, sin ningún motivo. Pero ¿qué tiene esto que ver con nosotros? Han hecho otras muchas cosas a la gente que pedía pan...

¡Oh, ciudad de los gitanos

En las esquinas, banderas.

Apaga tus verdes luces

que viene la benemérita.

....................................

Avanzan de dos en fondo

a la ciudad de la fiesta.

Un rumor de siemprevivas

invade las cartucheras.

Avanzan de dos en fondo.

Doble nocturno de tela.

El cielo, se les antoja

una vitrina de espuelas.

 

La ciudad libre de miedo,

multiplicaba sus puertas.

Cuarenta guardias civiles

entran a saco por ellas.

Los relojes se pararon

y el coñac de las botellas

se disfrazó de noviembre

para no infundir sospechas.

Un vuelo de gritos largos

se levantó en las veletas.

Los sables cortan las brisas

que los cascos atropellan.

Por las calles de penumbra

huyen las gitanas viejas

con los caballos dormidos

y las orzas de monedas.

—Parece que se está viendo una carga de la Guardia Civil, ¿no? Me acuerdo cuando la huelga —pero, al fin y al cabo, nosotros sabíamos lo que nos podía pasar... —Siguió leyendo torpemente, prendido a pesar suyo por el verso:

Pero la Guardia Civil

avanza sembrando hogueras,

donde joven y desnuda

la imaginación se quema.

Rosa la de los Camborios

gime sentada en su puerta

con sus dos pechos cortados

puestos en una bandeja.

....................................

... Cuando todos los tejados

eran surcos en la tierra,

el alba meció sus hombros

en largo perfil de piedra.

 

¡Oh, ciudad de los gitanos!

La Guardia Civil se aleja

por un túnel de silencio

mientras las llamas te cercan.

 

¡Oh, ciudad de los gitanos!

¿Quién te vio y no te recuerda?

Que te busquen en mi frente.

Juego de luna y arena.

.—¿Yes lo que pasa? —dijo Ángel tras un silencio—. No puede ser que esto lo haya escrito sólo por lo que pasó a los gitanos en Jerez. Estás viendo y oliendo la Guardia Civil —maldita sea su estampa— pero, no lo entiendo. ..

Le contesté: —Pero ¿no te reconoces tú mismo y no reconoces a todos los españoles en esos gitanos a quienes la Guardia Civil asalta y tortura?

Tímidamente comenzó a decir: ¿Te acuerdas del domingo aquel de julio, el año pasado? Debía ser el 18, o el 19, un día o dos después que Franco se levantó en Marruecos. Nos fuimos todos de campo como si no pasara nada porque hacía mucho calor y el día era espléndido y lo pasamos jugando como crios. Yo fui a bañarme al Jarama y tú te fuiste a la Sierra y por poco te cogen en San Rafael; aunque entonces no lo sabías. Éramos como los gitanos —aunque yo no creo que los gitanos son como él los pinta—. Pero de todas maneras, me ha hecho recordar cómo los falangistas tiraron sobre nosotros desde el Cuartel de la Montaña cuando volvíamos tan contentos y sin meternos con nadie. Desde entonces es como si estuviéramos todo el tiempo batiéndonos contra la Guardia Civil, volviéndonos casi tan malos como ellos son y... Bueno, me armo un lío y no sé explicarme.

Ésta, creo yo, era la razón por la cual este poema hizo una impresión tan profunda y tan duradera en las masas españolas. Superficialmente, el Romance de la Guardia Civil Española no es más que la descripción de un choque brutal entre un grupo de guardias civiles y unos gitanos celebrando alegremente su fiesta de Nochebuena en las calles de Jerez de la Frontera. —¡Oh, ciudad de los gitanos! El español simple, en su odio y su miedo de los negros jinetes que siempre cazan en pareja, se sentía sorprendido y hasta herido de que el poeta, después de sus primeros versos recargados de asociaciones siniestras, se escapara al mundo de los gitanos. Pero después de esta sorpresa, él —el lector simple—, se identificaba de súbito con estos gitanos, soñadores e infantiles, a quienes en plena alegría asaltaba la brutalidad desnuda y fría del Estado. Los versos le hacían sentir el choque en su propio cuerpo, aunque considerara a los gitanos gentes inferiores, inútiles y holgazanas. Y el romance apolítico con su nuevo uso de viejas palabras y ritmos tradicionales revolvía en él todas sus rebeldías emocionales.

No es fácil para los que no son españoles el apreciar por qué y hasta qué grado la Guardia Civil Española se ha convertido en el símbolo de la fuerza opresiva de un régimen odiado.

Y así, debe ser difícil entender hasta qué punto Lorca habla desde lo más hondo del sentimiento popular cuando los tricornios de la “Benemérita” proyectan su sombra sobre sus versos.

La Guardia Civil se creó como el arma de la Administración civil en los distritos rurales, para mantener el orden en pueblos remotos y para limpiar los caminos de los bandidos que entonces los infestaban. Sus miembros se elegían entre soldados veteranos o sargentos licenciados que habían estado en campaña y que estuvieran dispuestos a vivir en cuarteles, aunque con sus mujeres y sus hijos. Oficialmente, el cuerpo se encontraba bajo las órdenes del Ministerio de la Gobernación, pero en la práctica bajo las órdenes de los gobernadores civiles de las provincias y sus protegidos locales. Por generaciones, las gentes de las aldeas y los pueblos han conocido la Guardia Civil únicamente como el instrumento todopoderoso y sin escrúpulos de los caciques, de los jefes políticos, de los ricos propietarios y de los usureros. Durante la Monarquía se daba por hecho que en tiempos de elecciones, el Comandante de la Guardia Civil de cada pueblo arrestara a los hombres conocidos por sus ideas opuestas al grupo en el poder; después, el Secretario del Ayuntamiento hacía una lista electoral comprendiendo los nombres de todos los habitantes, incluso muchos que ya estaban en el cementerio, y el total de esta lista se computaba como votos favorables. Al día siguiente a las elecciones la Guardia Civil ponía en libertad a los presos. Las víctimas raramente protestaban. Conocían de sobra el poder detrás del Cabo de la Guardia Civil y no tenían maldita la gana de probar la dureza de la culata de su fusil. Pero de esta forma desarrollaron un odio a la Guardia Civil, ese odio amargo e íntimo que nunca se llega a sentir por un “sistema” abstracto e impersonal. Para ellos la Guardia Civil era el “sistema” que los hacía trabajar por 1,50 pesetas al día en los olivares; eran los hombres de la Guardia Civil los que disparaban contra ellos cuando se atrevían a protestar; y eran estos mismos hombres los que los dejaban inútiles de una paliza si tenían la desgracia de ser detenidos durante una huelga. A la vez aprendían a ser bárbaros bajo el ejemplo de las Fuerzas de la Ley y el Orden.

La “pareja”, es decir los dos guardias locales patrullando por las carreteras, se movía en esta nube de odio y violencia y donde aparecía, las gentes sellaban sus labios y volvían la mirada. La República trató de crear su propia fuerza policíaca libre de estas asociaciones, pero la Guardia Civil sobrevivió como un fantasma siniestro, hasta que más tarde se incorporó a la España de Franco.

Fiel a su propio modo de expresión, Lorca nunca presentó la Guardia Civil como un mecanismo político-social; al menos no conscientemente. Sin embargo, aparte del Romance de la Guardia Civil Española, todas sus referencias incidentales a la Benemérita surgen del mismo pozo oscuro del miedo popular. Su tema es sólo el tradicional duelo entre guardias y contrabandistas, entre el Orden público y los vagabundos; pero cada encuentro entre sus gitanos, eternamente ingenuos, aventureros y valientes hasta en sus más pequeñas vanidades y la autoridad encarnada en la Guardia Civil, se convierte en un choque entre la sombría violencia organizada y la libertad humana, generosa y alegre. Ésta es precisamente la cualidad que los lectores más simples de Lorca sentían mucho más clara y concretamente que su público sofisticado.

He aquí un trozo de su romance Reyerta:

El Juez, con Guardia Civil,

por los olivares viene.

Sangre resbalada gime

muda canción de serpiente.

 

—Señores Guardias Civiles:

aquí pasó lo de siempre.

Han muerto cuatro romanos

y cinco cartagineses.

Hasta muchos españoles no llegaban a entender las líneas finales con su referencia a los disfraces tradicionales de las procesiones religiosas de Andalucía, judíos, romanos, cartagineses, con sus trajes fantásticos y anacrónicos. Sus portadores son miembros de Cofradías rivales que frecuentemente terminan a golpes en reyerta de borrachera. Pero todos reconocían el acento áspero del Juez: “Señores Guardias Civiles, aquí pasó lo de siempre..

He aquí también el Romance Sonámbulo del contrabandista mortalmente herido a quien persiguen en su último refugio:

La noche se puso íntima

como una pequeña plaza.

Guardias civiles borrachos

en la puerta golpeaban.

En El Poema del Cante Jondo, que Lorca escribió en 1921 y publicó en 1931, figura la Canción del Gitano Apaleado:

Veinticuatro bofetadas.

Veinticinco bofetadas;

después, mi madre, a la noche,

me pondrá en papel de plata.

 

Guardia Civil caminera,

dadme unos sorbitos de agua.

Agua con peces y barcos.

Agua, agua, agua, agua.

 

¡Ay, mandor de los civiles

que estás arriba en tu sala!

¡No habrá pañuelos de seda

para limpiarme la cara!

Para los mineros asturianos que escaparon vivos de las Comisarías durante el “bienio negro” de 1934 y 35, este grito del muchacho torturado por la sed que sueña con beberse el mar con sus peces y sus barcos, que piensa en la frescura del papel de plata y la seda contra su piel lacerada y ardiente, era puro realismo y una llamada a la acción, no lírica simbolista inspirada en el folklore gitano.

Durante la primera mitad de la Guerra Civil los hombres y mujeres corrientes que vivieron y lucharon en Madrid se sentían arrastrados por una multitud de emociones semejantes mucho más que por fríos razonamientos. Muchos de ellos no querían oír de sus propias miserias y sufrimientos, sus buenas o sus malas acciones, pero disfrutaban en descubrirse a sí mismos, en explorar sus sentimientos, sus facultades y sus gustos. Esto convirtió las trincheras y las fábricas de Madrid en un venero riquísimo de actos creativos individuales, de iniciativas heroicas y absurdas. Esto hizo a Lorca tan querido: sus versos tienen el poder de hacer al pueblo sentir y ver las cosas familiares con una luz más nueva y más clara.

Mi amigo Ángel trajo un día un amigo suyo, soldado de su misma Compañía en el frente de Carabanchel, para que me conociera. Era un hombre joven, de Jaén, que había escapado de los fascistas a través de los interminables olivares y después a través de media España hasta llegar a Madrid y lograr un fusil. Nunca me explicó por qué hizo aquello; sólo decía: “tenía que hacerlo”. Era un trabajador del campo, medio andaluz, medio gitano; tenía la piel del mismo color dorado de sus aceitunas.

—Me lo he traído para que le leas algo de Lorca. No sabe leer.

Le leí Paisaje, el poema del olivar.

El campo

de olivos

se abre y se cierra

como un abanico.

Sobre el olivar

hay un cielo hundido

y una lluvia obscura

de luceros fríos.

Tiembla junco y penumbra

a la orilla del río.

Se riza el aire gris.

Los olivos

están cargados

de gritos.

Una bandada

de pájaros cautivos,

que mueven sus larguísimas

colas en lo sombrío.

—Eso es verdad. Mira: si te quedas en medio del olivar entre dos árboles y miras a lo largo de una hilera, lo ves todo como un abanico cerrado. Si te vas detrás de un árbol se abren todas las hileras como las varillas de un abanico. Y si andas entre los árboles, todo es un gran abanico que se cierra y se abre. Y los olivares están llenos de gritos y llamadas. Los zorzales vienen en bandadas y hacen un ruido tremendo, hasta durante la noche cuando los piílla allí la oscuridad y tienen que quedarse en los olivos. Sigue, anda.

Este hombre, casi muchacho, había pasado hambre trabajando en los olivares. Había luchado a vida o muerte entre los olivos. Pero eran sus árboles, y los versos de Lorca le movían en lo más hondo de su puro amor físico por los árboles que habían constituido toda su vida. Quizá le hubiera impresionado y exaltado menos una descripción de la tragedia social de los olivares —de la cual no hay una huella en Lorca— que la descripción del gigantesco abanico de hojas verde-plata. Yo sé que volvió a su trinchera convencido de que Lorca era su poeta y por tanto, un poeta revolucionario. La verdad es que este poema de los olivares fue concebido por Lorca cuando era aún muy joven, en 1921, cuando trabajaba con el compositor Manuel de Falla y con el pintor Ignacio de Zuloaga en un empeño de revivir el arte popular y tradicional andaluz en la “Fiesta del Cante Hondo”.

Notas:

[1] Estas páginas integran el capítulo primero de una obra, inédita en español, de la que se han publicado ya dos ediciones (Faber and Faber de Londres, Harcourt Brace and Co. de New York) en la traducción inglesa de Ilsa Barea. Existe, también, una versión al danés y se prepara la edición en francés para la casa Gallimard.

[2] Una España Joven. Antonio Machado, 1914. Obras, México, Editorial Séneca, 1940.

Instituto Cervantes

462 visualizaciones 21 mar 2018

por Arturo Barea


Publicado, originalmente, en: Número Año 3 Nº 15 - 16 - 17 Montevideo, Julio, Diciembre de 1951

Link del texto: https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/112

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

Ver, además:

 

                              Federico García Lorca en Letras Uruguay

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

Email: echinope@gmail.com

Twitter: https://twitter.com/echinope

facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

Linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

 

Ir a índice de ensayo

Ir a índice de Arturo Barea

Ir a página inicio

Ir a índice de autores