Mis recuerdos de Francisco Espínola


Santiago Dossetti

Conocimos a Paco Espínola enseguida de aparecer “Sombras sobre la tierra”, en plena incertidumbre cívica, creada por los acontecimientos del 31 de marzo de 1933.

Vinimos a invitarlo para intervenir en un ciclo organizado por el Centro Democrático de Minas, ciclo a cargo de figuras esenciales del pensamiento y las artes.

Lo convocamos por mediación de José Flores Sánchez, secretario del diario “El País”, situado en Ciudadela y Rincón. Allí o en el café “La Noche”, ubicado enfrente, esquina cruzada, nos seguimos encontrando, sistemática o esporádicamente, en los primeros tiempos. Y después, durante más de 30 años, en todo lugar posible, previsto o imprevisto.

La rueda de Ciudadela y Rincón era amplia y diversa, como era amplia y diversa la tarea de orientación popular —política, estética, social, deportiva— que se cumplía, diaria y obstinadamente, desde el papel impreso.

Recordamos a Carlos Reyes Lerena —promotor del profesionalismo en el fútbol— a Dionisio A. Vera, a los Montecoral, a Julio Suárez, a Juan José Scarone, a Servando Cuadro, a Luis P. Bonavita, a Juan José Severino, a don Carlos Schek. Don Carlos, pulso regulador, inspiración motora y ojo aquilino del diario como institución intelectual y económica. Estantes y pasantes, sedentarios y trashumantes, todo un mundo caliente de vida y de sueños, que hervía en proyectos, monólogos y controversias. Los monólogos estaban siempre a cargo de Paco.

Servando Cuadro popularizó a Freud y sus vericuetos mentales, utilizando el seudónimo de “Luz y Fer”. Era cronista policial y en sus noticias y comentarios relampagueaban las alegorías y premoniciones freudianas, el análisis sociológico, un estilo particular. Fue poeta y ensayista a partir de la crónica policial.

El historiador Aníbal Barrios Pintos dedica espacio (algo avaro) al café “La Noche”, en su reciente obra “Pulperías y cafés, instituciones sustanciales del vivir oriental”. No menciona a los Tabárez, sus propietarios, que eran minuanos. Y uno de ellos, Ramón, ampliamente conocido en el ambiente deportivo, pues había dado y recibido duro en las lides del boxeo.

El mundo restricto e inolvidable de Ciudadela y Rincón tenía los matices y particularidades de un mundo grande. Con los naturales ingredientes temperamentales, culturales, ideológicos y espirituales de su población. Paco, en su centro, era la llama cordial, atrayente, aglutinante, concertante. Había una armonía recóndita y cálida, originada en la gravedad espaciada de su voz, en la claridad de su pensamiento. Mantenida como dinámica y programa, en tanto se ideaba y realizaba el diario, y después, en el café, cuando la palabra, fresca de tinta y de luz, hendía la madrugada de las calles.

La normalidad es que el escritor sea atrayente sólo como tal. Y salido de sus páginas pierde atracción. La gracia entrevista por el lector se desvanece. Es cisne en el espejo de los lagos, ingrávido y celeste. Después resulta un pato vulgar, que se hamaca dificultosamente, en vaivén gordo y fofo. Creo que fue Molnar, Frank Molnar, quien lo vio así, fuera de su centro espectacular, sin la ayuda mágica de las aguas.

En Espínola había una tensa continuidad entre el escritor y el hombre fuera del libro. Fuera del libro, que es como si dijéramos el escritor “de particular”.

La primera vez que Paco fue a Minas y narró sus emociones de niño, bárbaramente removidas por la muerte de unas ratas cautivas, bajo chorros de agua caliente, regresó a nuestra casa, donde se hospedaba, ya día claro. Había estado contando sus experiencias humanas, mostrando las criaturas de su pueblo natal, a un auditorio que se improvisó después de la conferencia. Y sobre el medio día, repuesto de la vigilia inmediata, disponía de otro auditorio, muy reducido y desparejo, es cierto, al que mantenía en el aire con el giro objetivo, casi visual, de su palabra. Eran mis dos hijos pequeños y su paloma mensajera. Mientras armaba el cigarro y cebaba, moroso, el mate, Paco refería intimidades de Saltoncito, esas intimidades que subyacen en el mundo impreso o lo sobrevuelan en giros de mariposa.

Pensando en el Paco Espínola que no está en los libros, porque estos tienen mundo propio, viven tiempo sin medida; pensando en el Paco de sangre y hueso, que se movió fuera del mito y la alegoría, que tenemos la obligación de documentar globalmente, para fijarlo y entregarlo en toda su verdad, de cuerpo entero, a las generaciones, recordé a mis hijos y su pequeña paloma. Creo haberle dicho a Celia Mieres que la paloma oía tan atenta y conmovida como los niños. Es una hipérbole, pero define la situación y a sus protagonistas.

Cuando se me convocó para integrar este panel, contesté a mis distinguidos compañeros de la Academia Nacional de Letras que aceptaba el compromiso. Y me hice el propósito de referir algunos hechos menores, inseparables y complementarios del hombre y el artista que evocamos esta noche.

La primera vez que Paco fue a Minas no regresó en la fecha prevista. Debió quedarse un día más. ¿Para dictar otra conferencia? No, para seguir conversando con los amigos logrados en la víspera.

Su pueblo natal, San José, recibió la constante migratoria, comenzada a partir de Masoller, en 1904. El campesino perdió el abrigo de la estancia, porque el hacendado había perdido su vigencia como combatiente armado. Se desentendió de capitanes y soldados, a los que había sostenido siempre económicamente y con el arma al brazo. Las grandes crecientes de 1916 acusaron el trasiego humano. En la orilla de pueblos y ciudades o en el sobreancho de los caminos, se detuvieron los fugitivos, que habían emprendido una imposible fuga de la soledad y la miseria.

La valorización vertical de los productos del campo —carne, cueros, lana— determinada por la primera guerra mundial y la crisis económica de 1919, hicieron más urgente y dramático el deslizamiento silencioso y masivo hacia el abrigo presentido.

Espínola, que se empinaba con el siglo, sintió y comprendió el drama de sus paisanos —sus hermanos, a partir de ahí— muchos de los cuales habían sido soldados de su padre. Los vio llegar, miserables y fraternos, asistió a su aquietamiento fatalista, a la vegetalización de su sangre, al enfriamiento de la esperanza. El campesino estaba derrotado e inerme, pero en lo hondo, mientras resbalaba vacío hasta los pueblos y allí se aqueresaba, siguió siendo lo que era: un terrón angélico, ansioso de tomar el rumbo de las nubes y de la milicia.

Paco fijó con nitidez esos seres y ese tiempo, en cuentos, ensayos y novelas. Pero, sobre todo, los sembró con pensamiento redentor, en el aire, en las ruedas de café, en las reducciones periodísticas, en las almas receptivas de pueblos y ciudades. Sin documentarlos en el libro, el diario o la revista. Mundos y seres, reales o posibles, se formalizaron en el metal de su pensamiento y circularon en la pana grave y caliente de su voz. Se vertía en los seres de su amor, en un desdoblamiento simultáneo, que le permitía la paradoja de ser protagonista y espectador de sus propios relatos.

Relator oral, motor conversacional sin esquema ni plan previo, Espínola prolongaba noblemente al escritor. Era manantial de esencias humanas y formas testimoniales. Las gentes de su memoria —que eran siempre de su amor— aparecían generosamente desnudas, mostrando toda su verdad —de sangre o de mármol— como las estatuas griegas.

El relator oral competía con el escritor apartado y riguroso, y hasta lo doblegaba, ya en el terciopelo de un silencio, ya en el relámpago de una acotación definitoria.

El escritor se muestra en los resultados conseguidos, en las consecuencias de su soledad germinal. Ha luchado y ha vencido. La palabra escrita, el texto, proclama su victoria.

El narrador confidencial crea ante testigos, se arriesga. Muestra los materiales de su manualidad, sus presentimientos, sus dudas. Vive al descampado y muestra la agonía de la creación.

Muchas de las piezas resultantes de encuentros conflictuales en el orden ético o estético — de conversaciones o controversias protagonizadas por Espínola, se habrán perdido. Otras, andarán por ahí, en el aire o subyacentes en la conciencia popular. Algún día saltarán desde memorias recónditas hasta la luz. Y Paco sus dichos, sus relatos, sus gentes, las gentes de su intimidad— caminarán en hombros unánimes, impersonales y mostrencos, confundidos con las raíces y los cantos y los huesos, también unánimes.

Paco anduvo a campo traviesa, con un fusil al hombro, en 1935, en la revolución de enero. Cuando el país se pacificó y Paco regresó a Montevideo, fuimos a su encuentro con Morosoli y el doctor Valeriano Magri. Magri era médico fisiólogo y poeta, dos caminos con un solo rumbo: el hombre.

Espínola contó sus andanzas, la experiencia mayor de enfrentarse al riesgo, al temor, a la noche, a los bichos y las gentes de los matorrales. Magri le reprochó haber expuesto la vida. La lucha tenía muchos frentes y aquel no era el suyo. Tirar y dar en el blanco podía hacerlo cualquier analfabeto. La idea de Magri era la misma de Aparicio Saravia respecto de Carlos Roxlo. El hombre de pensamiento debía estar en otro lugar y disparar con otros proyectiles.

Paco se disgustó inicialmente, defendiendo su actitud. Después, ingresó en un silencio sombrío. Finalmente se marchó, hosco, frustrando un encuentro que habíamos concebido como bello y fraterno.

Volvimos a Montevideo, a los pocos días, con planes de acercamiento entre las partes desavenidas. Fuimos derecho a lo de Magri, en la calle Yí, y en ella encontramos a Espínola pitando, tomando mate y conversando, ancho y contento. Feliz de ser como era y de cómo eran sus amigos, a los que envolvía con su ternura.

¿Qué había pasado?

Paco no había ido a la guerra a matar a nadie. Ni a que lo mataran. Tiraba, si había que tirar, por compañerismo. Se había producido una fractura en las instituciones de derecho. Era necesario evitar que esa fractura se extendiera y produjera la quiebra de las almas; No era él quien se había alzado en armas. Era su corazón.

Poco antes, César Vallejo definía el combate como una instancia momentánea, olvidable: “La sustancia primera de la revolución —decía— es el amor universal. Su forma necesaria e ineludible es hoy la lucha. Pero mañana, cuando la lucha cese —puesto que pasará, puesto que esa es la ley de la historia— la forma del amor será el abrazo definitivo entre todos los hombres”.

Por el mismo impulso de compañerismo Espínola regresó a Magri, que había escrito versos y había luchado toda la vida por los pobres y los infelices. Primero, en el Preventorio Antituberculoso del Cerro y después en el Preventorio Central de la calle Maldonado. Abandonarlo —que era una forma de no comprender y amar su lucha— hubiera sido una injusticia. Una injusticia que pesaría sobre todos los hombres buenos.

En el aire de la casa de Magri, azulado y movedizo en el humo de los cigarros, vibraban —tendrían que vibrar— las constantes y los símbolos de Hoelderlin: “Pronto, cuando el corazón de la tierra se duela a solas, y recordando la antigua unidad, la tenebrosa Madre tienda hacia el éter sus brazos de fuego y el soberano llegue a su rayo, nosotros le seguiremos, en señal de que somos sus semejantes, y descenderemos con él a las sagradas llamas”.

 

Santiago Dossetti
Revista de la Biblioteca Nacional Nº 8
Montevideo, Diciembre de 1974

 

Ver, además: El "Paco" (Espínola) que yo conocí, por Enrique Estrázulas

 

                         Sobre Francisco Espínola en Letras Uruguay
 

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