El españolista exergo de "Día de la Raza"
Santiago Dossetti

Estas consideraciones sobre el "Día de la Raza" fueron leídas, por su autor, Santiago Dossetti, el jueves 12 de octubre de 1944, en el teatro Escudero de la ciudad de Minas, con motiva de conmemorarse el doble aniversario del llamado Descubrimiento de América y de la batalla de Sarandí, y de la puesta en escena de la comedia "La amarga verdad", del dramaturgo, poeta y novelista noruego Björnstjerne Björnson (Premio Nobel de Literatura en 1903), por el "Conjunto Aficionados Teatrales".

El tiempo, ese fino cernidor de acontecimientos y decantador de conceptos, nos permite celebrar, el mismo día y a la misma hora, los hechos más dispares y hasta opuestos. Lo hacemos y vemos que no se pierden el equilibrio armónico, el ordenamiento de la marcha, la fuerza espontánea de los acontecimientos. Si algo es forzado a desviaciones, sin salir de quicio, es por la presión de nuevas claridades críticas. Se viene recomponiendo un panorama histórico, casi por gravedad -porque la historia actúa desde lo alto- y hay urgencia en ubicar algunos valores.

Circula una moneda que luce el vanidoso y españolista exergo de "Día de la Raza". Y la misma pieza contiene, en el reverso, la réplica de Sarandí", que es como decir que también proclama el pensamiento artiguista, el pensamiento caminador que rebasa el tiempo, remonta los ríos y se fija en el corazón geográfico y humano de América. 1825 es instancia de un proceso inconcluso, que se mantiene abierto por la pertinencia visionaria de los Martí, los Arciniegas, los Teja Zabre, los Alfonso Reyes, los Haya de la Torre. Felizmente, la moneda tiene cara y cruz y por eso duele menos el metal y la sangre que contiene.

"Día de la Raza" como reconocimiento y prestigio de vencedores -acatado y proclamado por los vencidos- es una implicación penosa en el nomenclátor de América. Palaciego y obsecuente, servidor de una clase sin escrúpulos, el tributo es el antecedente vernáculo del colaboracionismo.

Hernán Cortés -semidiós para los historiadores mancos del encuentro que han hecho cojear a varias generaciones- se confrontó a un pueblo que vivía su vida, dentro de un alto standard de cultura. El "calpulli" azteca es una perfecta organización social, donde el derecho público y el privado se contrapesan cómodamente, la familia es institución respetable y la propiedad una obligación social. La posesión de la tierra implica la obligación de trabajarla. El cristianismo económico, por cuya implantación las sociedades modernas han derramado tinta y sangre, era norma vital en la sociedad precortesiana. Describiendo el movimiento industrial y comercial, centrado en el mercado de México, dice Bernal Díaz del Castillo: "La gran plaza de México y la multitud de gente que en ella había, unos comprando y otros vendiendo, que

solamente el rumor y el zumbido de las voces y sonido de las palabras que allí había, sonaba más que de una legua, y entre nosotros hubo soldados que habían estado en muchas partes del mundo y en Constantinopla y en toda Italia y en Roma y dijeron que plaza tan bien acompasada y con tanto concierto y tamaño, y llena de tanta gente, no la habían visto". La ciudad de México se alzaba en medio de un lago "como una inmensa flor de piedra, comunicada a tierra firme por cuatro puertas y tres calzadas, anchas de dos largas jinetas".

Paul Morand, escritor y sociólogo francés contemporáneo, dice cuando trata el desarrollo de las artes indias; "Prodigiosos escultores, duros y realistas en las épocas azteca y preaztcca, más graciosos y decorativos en la época maya. Llegaron a la simplificación de planos y volúmenes que buscan los artistas modernos. Disponían de los más bellos materiales del mundo".

Entre los regalos que Hernán Cortes recibió de Moctezuma, los cuales fueron enviados al soberano español, encontrábase un pescado que Carlos V remitió al Papa, Benvenuto Cellini lo vio y lo calificó como una gran obra de arte, porque el cuerpo hecho de plata y de escamas de oro, estaba vaciado en un molde que le parecía inexplicable.

El español llevó el oro y mató la esperanza. Legó mitas y encomiendas, que subyugaron al pueblo azteca, le molieron los huesos, lo fundieron en las tiendas de raya, lo hicieron matrero de tierra plana, hasta 1917.

Las civilizaciones del altiplano gimen aun bajo la herencia de Pizarro –rudo, analfabeto, bastardo y marqués-en espera de su Emiliano Zapata.

El porquerizo de Extremadura depreda, asesina judicialmente al Inca y cumple su misión: llegar al hartazgo, la riqueza y la fama.

En la competencia sale gananciosa la perfidia, el solape, la avaricia sangrienta. En los cónclaves europeos se plantea una interrogante, que tiene algo de marcha atrás en la secuela de crímenes: ¿el indio es persona humana o bestia? Pero, los españoles sabían que los indios tenían alma, eran cosa sensible y moral. "Cuando la voracidad europea –dice Arciniegas- torturaba al último de los zaques paro arrancarle el secreto de donde se hallaban escondidos sus tesoros, el zaque dijo estas palabras, cuya elocuencia todavía penetra las entrañas de nuestro tiempo: "Podéis hacer de mi cuerpo lo que queráis, pero en mi voluntad nadie manda".

El indio es limpio, sobrio, vive un régimen semicomunista. Por sobre ser industriosos -dice un cronista español de la época- los indios son notablemente limpios y aliñados, y en aquella pobreza en que viven no se ve cosa desaliñada". Don Baldomero Sanin Cano arguye que la zanja entre conquistadores y conquistados se ahondó porque los indios eran aseados y los españoles desconocían el baño... Pero estas son intimidades de la historia, que peor es meneallas, como diría el escudero del manchego.

Bernal Díaz del Castillo, el minucioso y veraz, cronista de Hernán Cortés, ha escrito esto para la piedra y para los cielos, para hoy y para siempre: "El éxito de la conquista, después de Dios, se debe a los caballos".

En la interpretación corriente, que diremos clásica, esos son los extremos de la escala del hombre. Lo que está más arriba de su cabeza y de sus sueños y lo que tiene bajo los pies. El mito y el barro, el éxtasis y la presencia.

La conciencia humana estuvo ausencia de la Conquista. Galoparon caballos sombríos por las sabanas, montados por fantasmas fanáticos, que asustaban a los indios agricultores y alfareros. Muertas las civilizaciones indias, el caballo siguió galopando, desenfrenado, por más de tres siglos.

Los albores del 1800 le dan jinete de brazo viril y conciencia despierta. El hueco entre Dios y los caballos se ha llenado. Ahora, hay soldados y legisladores. También profetas, como lo atestiguan las Instrucciones dei año XIII. La moneda tiene un reverso glorioso, que proclama los derechos del pueblo y su conciencia de la libertad, ejercida en el comercio sin cortapisas ni retrancas, en la aspiración republicana y federalista.

No es el Conquistador el español con derecho a este homenaje prestigiante que entraña el "Día de la Raza". Ya hemos visto -y 1936 está muy cerca- que hay dos Españas, que la figura tiene dos carátulas, que es moneda de cara y cruz, que se juega cada día su lado de sol. De todos modos, hay una sola moneda, fabricada con sustancia desleída en nuestros crisoles, y frente a ella tenemos la obligación del cuidado, del buen empleo, de la conservación, de la circulación fecundante y hasta de la reacuñación.

Hay un episodio, que viene al caso, pues es cosa de teatro y la velada de hoy viene de mano de Tespis, bajo la inspiración de un núcleo de personas con el alma recién amanecida. Digamos, entre paréntesis, que estos Aficionados Teatrales tienen el corazón como los pélalos en la mañana: cargado de rocío, pues solo así pueden tentarse en piezas de tan puro desinterés. El episodio se refiere a la instalación de la Casa de la Comedia de Montevideo, y data del año 1793, en que el gobernador Olaguer Feliú "a su arbitrio y sin consulta, acuerdo o noticia del Cabildo, dispuso establecer diversión pública de comedias, cuando hasta entonces no las había habido" y "sí de títeres o volatines". ¿Sabéis para qué fue instalada la casa de la Comedia? Para evitar la difusión de las ideas emancipadoras, para mantener el pueblo en la ignorancia. Son los estertores del espíritu de la Conquista, "La fundación de nuestro Coliseo -decía El Universal- fue sugerida al finado don Manuel Cipriano de Melo, por el señor gobernador de esta plaza, con objeto de distraer al pueblo de las ideas de libertad, del principio de la Revolución Francesa". Pero, el espíritu de la Revolución Francesa y las ideas de la Revolución Americana se salvan por la actitud de un hombre, esteta de la libertad, que a poco andar reclama a Buenos Aires la devolución de una imprenta, herramienta elemental para trabajar a su pueblo y dotarlo de la conciencia de la que está imbuido. Ese hombre pudo sentarse a la diestra de Jorge Washington ya en mármol, pero prefirió entregar la cal de sus huesos a la hospitalaria tierra paraguaya. Fue el hombre y la conciencia, que omitió el conquistador en el primer acto del drama de América. Llenó el claro que había entre Dios y los caballos.

 

Santiago Dossetti
Boletín de la Academia Nacional de Letras
Tercera época - Número 11 - Enero - Junio de 2002

 

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