Noche de Paz

 
El año anterior había pasado la Navidad totalmente sola. Se había jurado - en húmedos insomnios - que no volvería a hacerlo.
La relación con Marcelo se estaba deteriorando. Posiblemente sería más exacto decir "se había deteriorado". La convivencia se hacía casi imposible, las discusiones cada vez lo eran más por cuestiones triviales demostrando -humana paradoja - que su motivo estaba más allá de lo casual, de lo coyuntural. Cada discusión era otra escaramuza de la guerra que ya ambos habían perdido. Guerra común en el inicio de la convivencia de cada pareja que, la más de las veces, termina en el verdadero armisticio en que cada parte pierde y gana, concede y reclama... equilibra.
No resultó, en este caso, un ejercicio inútil rememorar paso a paso, con precisión temporal y emocional, el momento exacto en que Marcelo comenzó a hacerse intransigente, intolerante con su pareja (Con "las carencias de su pareja", si lo quieren expresar así). Fue cuando nació su sobrino ...
Con manos torpes y enormes temores le levantaba de su cuna (soportando las recriminaciones cargadas de orgullo de Matilde, su hermana). Él - siempre tan serio, tan dueño de sí - se deshacía en toda la gama de pueriles acciones con que los mayores pretendemos acceder al desconocido y hermético mundo de los bebés. Se transformaba. En un ser tierno, amante y emotivo, se transformaba...
Lo intuyó en un principio, lo supo después de meditarlo. Porque nunca podría darle un hijo... lo perdería. 
La congoja se transformaba en rabia, en impotencia. Se sentía defraudada. Él conocía desde el principio de su relación su imposibilidad de ser madre... Lo había aceptado, lo había minimizado como problema ante sus requerimientos de una aceptación intelectual más que afectiva... ¡Le había mentido!.

¡No...!... No pasaría sola esta nueva Navidad.

En aquel pueblito del interior , agonizante ante el cierre de las puertas de sus pocas industrias y el "entorne" de las restantes, al borde de una calle de balasto que la tierra greda iba invadiendo, estaba la casa mísera (plano del "banco", por el cual algún Arquitecto cobró no poco y condenó a muchos) donde estaba el viejo - siempre serio...hosco - capaz de las mayores ternuras y la viejita que, entre consuetudinarias aquiescencias, forjaba su imagen de mártir que sustituía la que nunca, por cobardía o comodidad, se animó a postular.
En ese pueblito, con sus padres, pasaría la Navidad.

No le costó demasiado convencer a Marcelo:
-Quiero pasarlo bien... en paz... El año pasado - cuando tu creíste tu obligación pasar con tus padres, quienes no me aceptan - quedé sola, triste, cuestionándome cada cosa... No volverá a pasar.
-Lamentablemente, cada vez me cuesta menos entenderte en esas actitudes. Yo también creo que el pasarlo separados - sin tener que fingir - es lo mejor que podemos hacer. Pasaré con mis padres, con mi hermana, con mi sobrino...sin la preocupación de controlar lo que haces, lo que dices...

Pensó en llamar al flamante teléfono de sus padres y comunicarles la feliz noticia de que habría de acompañarles pero no... aparecería de improviso... ¡Qué sorpresa...!!... 
Se la merecían los pobres viejos...

El veinticuatro amaneció radiante.
Ella también. Trató de hacer intrascendente la presencia de Marcelo en su cama (borró de su mente otros despertares) y alegre, como hacía tiempo no lo estaba, fue al baño, se vistió y maquilló someramente (una blusa, una discreta pollera oscura...), revisó la presencia en su cartera de las tarjetas de crédito y salió procurando no hacer ruido con la puerta del frente.

La elección de los pequeños obsequios (las "pavaditas") para cada integrante supuestamente sentado a la lejana - territorial y temporalmente - mesa familiar, la fue llenando de gozo.

El pasaje también estuvo entre sus compras. Doscientos treinta kilómetros hasta la ciudad más cercana a sus "pagos" y, después, algún ómnibus secundario o, si era imprescindible, algún taxi.

Tras algunas horas de viaje y muchas de espera - ya caído el sol - se hallaba caminando por las calles cargadas de recuerdos. Hubiera deseado detenerse en varias oportunidades para obligar a su memoria a hacer presentes cosas felices apenas intuidas:
-Mañana... Mañana me levantaré temprano y recorreré el pueblo recordando cada esquina, cada pared, cada árbol...

La casa paterna -después de tantos años-continuaba inconfundible. La misma estructura, la misma pintura (desvanecida por innúmeras lluvias ) la misma miseria que - desde que los viejos entraron en el túnel de la aceptación - nadie había procurado mitigar.
Traspuso la puerta que separaba el "porche" (de lámparas siempre quemadas) con el "estar"... :
-¡Hola...!... ¡Soy yo...!

Si no hubiera sido porque el viejo Mieres avaló con su infarto la realidad del disgusto, hasta hoy se podría estar discutiendo la veracidad del enorme trauma que le causó la presencia de su hijo:
-Por tu madre, Juancito, te pedí que no vinieras nunca más... y menos vestido de mujer...

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