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Ni rifles ni vacunas |
| Por primera vez en su vida - y sin dudas sin ser consciente de la enorme paradoja - Liborio se alegró de ser muy pobre. -Tamo echaos pa tras, Vieja, nos pagan las do vacas que nos mataron con el "Winche sanitario" y sacamo mucho má de lo que podíamos sacar criándolas... El norte del país estaba viviendo una verdadera calamidad. País netamente ganadero, después de varios años de disfrutar el estatus de "libre de aftosa" que le permitía vender sus carnes a buenos precios en regiones del mundo en las cuales esta condición es imprescindible, sobrevino un brote de la enfermedad. Enormemente contagiosa, una de las formas más efectivas y drásticas de control de focos consiste en sacrificar ("rifle sanitario") los animales enfermos, aislarlos y cremarlos. El Estado paga a cada productor los animales que sacrifica (existe un fondo con ese destino). Dos vacas "del medio". Nada destacable en la prosapia de las dos lecheras que LiIborio - día a día - ordeñaba para el sustento de su familia y, en época de buenas pasturas, ayudaban a completar los seis tarros que el gringo "Casey" remitía para cubrir la cuota. Queda muy mal decirlo pero, para Liborio, los brotes de Aftosa habían llegado como una bendición. Aunque no tuviera idea de lo que era, Liborio cobró, además, el "lucro cesante". La enorme epidemia de aftosa - enfermedad vacuna que hacía años se había dado por derrotada - no golpeaba por igual a todos los afectados. Cientos de productores veían sumamente comprometida su permanencia en ese área de la explotación agropecuaria... Unos pocos - tal el caso de Liborio - se obnubilaban ante la posibilidad de una ganancia superior a sus expectativas. Después de la enorme sequía que había llevado al límite las más favorables y optimistas esperanzas, Liborio se encontraba - tras la aftosa - con una cifra de dinero contante y sonante que le hacía sentirse un verdadero productor rural en vías de definir su explotación (continuar con el tambo o, en su lugar, encarar algunas de los "rubros alternativos"). Fue conservador. Con el dinero cobrado por el "rifle" más el "lucro", una vez contenidos los brotes de la enfermedad, compró tres vacas en ordeñe. Como el gringo aceptó el "plus" de producción, la elemental economía de Liborio estaba en ascenso... Hasta el desborde del "Cuaró"... El río no se amedrenta ante rifles; no hay vacunas contra la inundación. El "lucro" cesa y las pocas propiedades se pierden; todo en cuestión de horas, todo en el casi silencio donde sólo se escucha el ruido sordo del agua dominante... -Mirá, Vieja, ayá...pal lao de lo Lucindo... -¡Lo parió...!!! Se viene l´agua nomá... Ruido sordo... reflejos casi metálicos y miedo, mucho miedo... Se venía el agua, nomás... Como nunca lo vieran antes -en sus casi cincuenta años de vida- el Cuaró se asomó por lo de Lucindo Sierra, llegó al alambrado lindero... entró tapando la praderita que el año antes hubieran sembrado bajo el rastrojo del maíz... Las tres vacas se amontonaron a la entrada del galpón de ordeñe (apenas un tinglado) pecharon los portones cuando vieron que el agua les daba bastante más arriba de las verijas... La "Rosita" -nombre que le hubiera dado Liborio- fue la primera que debió comenzar a nadar... Hacia la nada, hacia más agua... hacia la muerte fueron nadando Rosita, Jazmín, Azucena... El agua lamía la puerta del rancho grande. Cuando vieron que a las trojes, el galpón de ordeñe y el rancho chico -que oficiaba de cocina- se les veían solamente las chorreantes melenas de resecas pajas, a Liborio y Eudocia comenzó a invadirlos el miedo... Verdadero miedo...: -¡Lo parió, Vieja...! Vamo tener qu´irnos... -Pará, Liborio... Un redepente para y empieza a bajar... No paró... A la caída del sol continuaba lloviendo. Una lluvia fina, persistente, que podía hacer suponer un escampe nocturno, caía sobre la desembocadura del Cuaró. En sus nacientes, parecía que el temporal recién hubiera empezado; chaparrones increíbles se escurrían - casi sin tocar tierra - hacia el río. Habría de ser, sin dudas, una inundación memorable... -¿Nos vamo, Vieja...? - Liborio se había sacado las botas de goma porque ya la creciente - dentro del rancho - superaba la altura de sus cañas. -Vamo tener qu´irnos... Prendió el moro al charret; apuró a Eudocia que demoraba, entre llantos, calculando la poca capacidad de la elemental locomoción en comparación con todo lo que debía dejar. La maceta de la violeta africana defendía su prioridad de "cosa viva" frente a la inerte porcelana de Bavaría heredada de la abuela Clota; frente al retrato del Coronel Saldías (su admirado padrino) que parecía no poder competir con el utilitario valor del acolchado nuevo (lo había comprado el invierno pasado)... Mujer al fin... subió al charret con el bolsito en el que hubiera acomodado los dos batones, la bombacha y el soutien "sin pecar" (por si tenía que consultar a un médico), la radio "Spica" que le aseguraba las novelas de Isolina Nuñes, un frasco de hongos en conserva y el pote de Dr.Selby...(nunca se animó a preguntar a Liborio - después de treinta años de casados - si valía la pena el sacrificio de mantener la "piel tersa"...) En el estadio cerrado del club "Remeros" (Después de haber desprendido el charret y ubicado al moro en un buen lugar) recibieron de la bondad pública un colchón, una frazada seca, algunos paquetes de fideos y un techo. Pocas veces, en sus muchos años de pobres, se habían sentido tan pobres. La "Spica" le permitió ser una de las primeras en escuchar el pronóstico: "... mejorando por el sudoeste, con nubosidad variable...". La tormenta arreció. Parecía que había escuchado la radio y se solazaba dando un catastrófico mentís a los bien intencionados - si que carentes - predictores. Conciliar... no lo concilió. El sueño lo venció de a ratos durante aquella primera noche pasada en el "Remeros". Veintidós o veintitrés familias evacuadas se acomodaban como podían bajo la bóveda de zinc. Niños que lloraban, madres que - a los gritos - les consolaban... padres que puteaban...(tanto por gritos como por consuelos). Liborio se levantó de la improvisada cama a las cinco y poco. Molido. Cansado. Sólo al loco Gómez se le habría ocurrido, en aquella debacle de la "evacuación", salvar el mate, el termo y la yerba. Se alegraba, Lucio, de que hubieran locos. Mientras la vieja Gómez roncaba - casi enroscada con los dos gurises, en el colchón de dos plazas - matearon en un casi silencio roto, apenas, por algunos diálogos casi murmurados: -¿No te parece qu´está más claro ayá pal´este? -¡Mismo!... Capá que mejora y, en unas cuantas horas, empieza a bajar... Después de dos noches y de varias cebaduras de mate (ahora con yerba comprada por Liborio) el escampe se hizo realidad. El oriente se iluminó con un azul limpio, presagio del celeste anhelado desde hacía tantas jornadas. Otro día esquivando colchones, comiendo los bienvenidos fideos con salsa de tomate aportados por la solidaridad pública, durmiendo a los saltos entre gritos, ronquidos y altisonantes arengas educativas (¡Cayate, abombao, no ves que despertás a la gente...!!!).....permitieron que el Cuaró bajara lo suficiente. Lucio y Eudocia volvieron a prender el morito al charret y, despacio, como procurando - inconfesadamente - no llegar, se fueron arrimado a lo que durante años fuera su hogar... A escasos doscientos metros de la tranquera, en el portón del campo de los Borges, tuvieron que detenerse para dejar pasar el cortejo. Al frente, el charret en que "Demo" Borges y su señora - demacrados, transidos de dolor - llevaban al medio la pequeña caja de madera. A continuación - en absoluto silencio - algún jinete de cabeza gacha y otro charret, el de los hermanitos. Con resignación de oveja lo explicaba Demo: -Taba tratando de salvar las lecheras cuando el agua llegó al rancho. Cuando me di por vencido y volví... el agua estaba a la altura de la mesa... maginate la cuna... El agua había retrocedido sólo lo necesario para permitirles llegar al rancho. Sólo lo necesario para que pudieran ver los ordinarios muebles de madera compensada hinchados como sapos, la batarasa flotando, inerte; el cuerpo de "Sultán" sobre la máxima circunferencia de su cautiverio, tensando la cadena...Los pequeños logros materiales de tantos años desfigurados por el barro, destacando su carácter perecedero (hasta el retrato del padrino...). Cuando alguna imagen parecía querer alienarlos con su cruda realidad, aparecía la otra, enorme, húmeda de lágrimas, con marco de caras demacradas, del cajoncito de madera natural en el asiento del charret de los Borges... y vencía... -Esplicame como haces pa´ resar, vieja...Le quiero dar gracias a tu Dios por habernos ayudado a perder tan poco... Ni rifles ni vacunas... Realismo y resignación... |
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