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La orilla cercana |
| Escuché hace muchos años -más de los que desearía- que cerca de las nacientes de este enorme río a cuya vera he nacido, existen tierras de promisión. Mejores paisajes para la vista, tierras más feraces para el laboreo, aguas más puras, aires más limpios... Construí mi canoa con la premura de la adolescencia; forjé los remos con la obligada mesura de la juventud... y salí a remar. Contra la corriente... Siempre contra la corriente. No quiero mirar atrás. No quiero siquiera calcular cuanto he avanzado. No lo soportaría. ¡Cómo me duelen los brazos...! Esos pequeños puntos que, a fuer de sincero, no me animaría a identificar en una primera visión son, lo sé, amigos, conocidos o desconocidos que han salido junto conmigo (o aun más tarde). Pequeños puntitos que, en breve, estarán fuera de mi vista devorados por un recodo, una bruma o - simplemente - fuera de mi capacidad de percepción. Pienso en mis padres, de pie junto a la orilla (esa orilla tan cercana a la desembocadura) despidiendo - colmados de orgullo - a quien creían destinado a cumplir el sueño que un día, golpe sobre golpe, supieron inalcanzable. ¡Cómo me duelen los brazos...! Llevo en mi canoa lo necesario para ser feliz. Una mujer que me miente - lo sabemos ambos - que la imposibilidad de mi avanzar es debida a las veleidades del río. Hijos que respetan y admiran... Nunca supe qué... (creo que ellos tampoco). Sólo me falta llegar... Pero... ¡Cómo me duelen los brazos... ! Como en el más moderno cuento interactivo, pueden ustedes, lectores, dar a esta historia el final que más se avenga a vuestro gusto... o a vuestra afectividad. Murió remando - el desgraciado - dejando al garete, expuesta a la corriente, la canoa cargada con lo que más quería o, apeado de su irrealidaad, consciente al fin de sus carencias (¡Cómo le dolían los brazos... !) gastó las pocas energías restantes en llegar a la orilla, construyó allí ("Al final, no es tan mala esta tierra") el hogar donde disfrutar sin la preocupación de mirar puntitos inalcanzables, sin dolor de brazos, todo lo que llevaba en su canoa. Si están por el final feliz, agreguen que ayudó a construir - con la experiencia de sus innumerables golpes - unos remos mucho mejores a los que usara y con los cuales sus hijos remontarán el río, por qué no, hasta la naciente. |
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