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Con una flor robada |
| Paulino Soria era montevideano. Le encantaba decir que lo era. Y no mentía. Nació... casi entre terrones, cuando su madre - contrariada - no pudo terminar de carpir la melga de zapallitos de tronco... Se crió haciendo changas en las pequeñísimas chacras que las constantes subdivisiones vienen matando en las zonas rururbanas de los departamentos de Montevideo y Canelones. Aporcado, recolección de fruta, carpidas... Los escasos pesos sudados por Ramona frente a la pileta de lavar, ayudaron los malpagos trabajos ocasionales de Paulino para que - a duras penas y con grandes carencias - pudieran criar a Braulio y Ana. Años duró la relativa dicha de los Soria. Humilde felicidad a que ayudaba, en grado sumo, la bondad del vasco Jorajuría que les permitía ocupar un rancho elemental - a los fondos de su mediana extensión de chacra - donde una prolija huerta hacía un poco más fácil parar la olla. Fue poco antes de la enfermedad de Ramona que la inercia de un día igual al otro comenzó a deteriorarse. El negrito Vargas -bayano pícaro que estiraba las "s" denotando su condición fronteriza- llegó... sin poder explicar muy bien por qué y mucho menos de dónde. Hizo, en pocos meses, un montón de amigos dudosos, muchos acreedores... y una novia. Con lo puesto, más un bolsito de pobres pertenencias y una flamante barriga de tres meses, le siguió "la Ana" cuando antes del año - con tan pocas explicaciones como las que diera a su llegada - se fue del pago el negro Vargas. Iban para... treinta meses... y casi no habían tenido noticias de la pareja... ni del nieto. Aunque nunca lo confesaran, era un alivio. Podían continuar soñando que estaban disfrutando una existencia mejor que la que ellos hubieran podido proporcionarles. Ya aparecida la enfermedad de Ramona - ya comenzadas las intermitentes internaciones - todavía continuaba Braulio viviendo en la casa paterna. Viajaba a la ciudad cada vez más seguido y durante períodos más largos quedaba en ella, en procura de changas un poco más rendidoras que las que pudiera conseguir en las chacras vecinas. Allí, en Montevideo, conoció a Mabel. Tras unos pocos meses de noviazgo y antes de los consabidos nueve de gestación, hubo de procurarse la locación de su propio hogar. "Por de mientra"...y hasta que apareciera un trabajo estable, con torcidos varejones y chapas de enésima clavada, levantó - en el mismo asentamiento donde vivía el zurdo Beto, tío de Mabel - una precarísima vivienda. Cada vez aparecía menos por el pago. Cada vez que lo hacía, encontraba a su madre más delgada, más vencida, más resignada. La última vez que estuvo fue la tarde desapacible, fría y lluviosa en que unos pocos parientes (entre los que no se encontraba Ana) y un reducido grupo de incondicionales vecinos, acompañaron a Ramona hacia el fin de sus tormentos. En esas pocas horas que, durante el velatorio, compartieron con su padre, se enteró Braulio de la situación realmente precaria en la que estaba Paulino. Hacía más de un año que había muerto el viejo Jorajuría. La nueva subdivisión de la escasa chacra hacía necesario contar con todas las tierras - aun con las más pobres y pedregosas - y, sin dudas, con todas las "poblaciones", por carentes que fueran... -"No se priocupe, Don Soria, no lo vamo a apurar pa'nada. Usté arregle lo suyo y, cuando pueda, nos avisa...y el Abel se muda p´aya" De esto hacía... casi año y medio... No hay problemas, Viejo, ya te dije que es una simple casiyita´e lata pero, lugar pa vos va a tener... ; y si no hay, lo hacemo...". Pocos días más vivió Soria en el viejo rancho que se le venía haciendo enorme... por vacío... (como - por lo mismo - se le venía haciendo enorme la vida). Casi con gusto lo abandonó. Hasta se animó a mirar para atrás... La chacra de Gome...; el campito de Basile... Ya volvería - de visita - cuando hubiera logrado una posición estable... Se bajó del ómnibus a seis o siete cuadras del asentamiento. Desde la parada se alcanzaban a ver las casillas de lata, los gurises panzones por desnutrición, la pobreza... Hasta el hambre se alcanzaba a ver... Caminó, chapoteando barro, de acuerdo a las indicaciones que le diera el hijo. Había pensado preguntar a algún vecino o a algunos de los tantos gurises mal abrigados, de caritas tapizadas de moco y barro, pero no fue necesario. Conoció, de lejos, la bicicleta del Braulio recostada contra las chapas del frente. -Pase... Pase don Paulino. Braulio enseguida viene. Fue hasta ai nomá, a la güelta...". Con mucha buena voluntad, otros varejones torcidos y otras chapas oxidadas, Braulio había hecho - a la casilla - la extensión que pasaría a ser la "pieza del viejo". El mate y el termo eran propios. La yerba también... durante los primeros días. A Paulino se le estaban terminando los pocos pesos que había juntado con la venta de sus escasas, viejas y gastadas pilchas y herramientas. Fue dos o tres veces al "centro". Averiguó por algún trabajo, por alguna changa... y comenzó a invadirlo la desesperación. Hacía poco más de medio mes que venía aumentando la apretada promiscuidad de la elemental vivienda. Sólo tres días había podido trabajar Braulio aquella semana. Se notaba en su cara de mal humor; en la cara de resignación de Mabel...; en la cara de hambre de todos... Aquel mediodía, como -por la razón del artillero- la sobremesa se les vino tan rápido, se hizo especialmente propicio para presentar la "novedad" que Paulino venía pergeñando desde hacía días: -Se acuerdan que les conté, muchachos, que en una de esas vueltas por el centro me encontré con el rengo Mauro. Asintieron ambos (pensando por dónde se les venía el viejo). -El loco se defiende lindaso con la venta´e leña. Ta medio como asociado con los dueños de la barraca y me decía que ahora que se vienen los fríos en serio, iba a precisar un ayudante. Como a él también "el rancho " le queda grande desde que está solo, me ofreció que me acomode por allá. Probar no cuesta nada... ¿No?. La verdad es que "los muchachos" no creyeron demasiado... pero no podemos criticarles la fingida alegría: -Nos alegramos mucho, viejo... Vas a estar echao p´atrá... Con la misma alegría fingida lo despidieron cuando, con los dos bolsos y la matera - todas sus pertenencias - se largó a esperar el ómnibus que le llevaría al centro. Caídos la noche y el silencio, caminaba Paulino por las calles que se iban despoblando más y más a cada hora transcurrida. No por remordimiento (sabía que la mentira había sido enteramente piadosa), vaya a saber por qué, volvían a su mente - a cada rato- las verdaderas palabras del rengo Mauro: "...ta tan jodida la cosa, hermano, que es como pa´blarles de tomar otro. Cualquier momento me echan a la mierda a mí también..." Entró en uno de los pocos boliches todavía abiertos a aquellas horas y contando las monedas -ahora sí con algún remordimiento- se tomó una caña despacito, aprovechando al máximo la pequeña dosis de irrealidad, el calor del pobrísimo licor y el del ambiente saturado de olor a frituras rancias. Poco, y en forma intermitente, durmió Paulino, arrollado en un banco de plaza, aquella, su primera noche a la intemperie. Alcanzaron las monedas, a la tarde siguiente, para el refuerzo de salame que, por único alimento del día, le supo a manjares. Fue una de las últimas comidas que compró... Cuando el hambre realmente le apretó, con asco (por lo que debía comer pero mucho más por aquello en lo que se estaba convirtiendo) revolvió su primer tarro de basura. ¡Sobras!!... (como las que alguna vez hubo en su hogar; como las que - tantas veces - le tiró al chancho que, cada año, engordaban para la infaltable carneada...) ... ¡Otras épocas... ! (Jate' joder, Paulino...no penses pavadas) Sin conocimientos arquitectónicos - ni intención de tenerlos - comenzó a buscar aquellas construcciones para acceder a las cuales se deben trasponer imponentes escalinatas. Debajo de la que creyó más propicia, fijó su residencia. Todos tenemos tendencia al: "A mí no me pasaría". Paulino no había sido la excepción. Siempre se había preguntado qué avatares tan funestos podían llevar a un hombre a la total marginación... a la aceptación sumisa de la pérdida casi total de su calidad humana... Hoy lo sabía. Cada vez que permitía a su mente descansar de los cotidianos tormentos recordando el rancho acogedor... el calor de la cocina a leña... la risa de los gurises... retornaba - burlona - la imagen del chiquero (sin dudas más caliente que la escalinata que habitaba... con bateas repletas...). ...(Jate'joder, Paulino...) Ya lo habían ablandado tres durísimos inviernos y la merma en la calidad de los residuos (que le indicaba - con la inmediatez a que no llega ninguna estadística - el avance general de la miseria) cuando llegó Juancho. No pasaría de los quince, a lo sumo, dieciséis años. Una familia que - sin dudas - no era tal y vaya a saber cuantas penurias sufridas bajo techo, le llevaron a la calle. A la total intemperie como contrapartida de una muy dudosa libertad. -Don... ¿No lo molesto si me echo debajo de este escalón? Lejos de molestarle, a Paulino le despertó dentro la caricatura de alguno de esos aletargados y tiernos sentimientos habidos en sus años de "chacrero" (así los definía). -No m´ijo, no me molestás. Pero mejor vení, te dejo mi lugar... es más calentito. Se volvió a sentir "padre", Paulino. Es capaz que hasta "hombre" se sintió... Fue, sin dudas, una de las noches más crudas de aquel invierno. Si mal pasó Juancho debajo del escalón de privilegio, el cuerpo de Soria - mucho más expuesto... y mucho más gastado - se fue convirtiendo en blanco e inmóvil monumento a aquellas cualidades humanas que, por profundas, no mueren de frío ni las mata el hambre. La silueta de cantero en desuso, de cantos redondeados y cubierto de gramilla, en que ha quedado convertida la tumba de Paulino, tiene siempre encima alguna flor fresca. ¡Claro que puede haber sido robada a alguna de las otras tumbas! Claro, también, que cada vez que va al cementerio, el muchacho aprovecha a hacer algunos pesos hilvanando pobrísimas changas (arrimar un balde de agua; subir las flores hasta el nicho que a la viejita le queda demasiado alto) pero lo cierto es que Juancho demuestra y agradece, siempre que puede - con alguna palabra que no necesita respuesta o alguna flor que no pretende halagos - el gesto enorme que quedó entre ellos, sin testigos... y los unió con lazos que no mueren de frío, no los mata el tiempo, no decrecen por inanición y pueden demostrarse... ... con una flor robada. |
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