Fin de jornada

 
Si Rómulo tenía "capacidades diferentes", estas debían ser tan, pero tan diferentes que a nadie se le ocurriría tildarlas de "capacidades".

Simpático, querible, Rómulo era la desgracia que le surgió a una muy acomodada familia, hace no menos de cincuenta y muchos años. 
Su incapacidad (Para los trogloditas como uno) no le impedía alternar, casi en pie de igualdad, con integrantes de grupos de laburantes que, como él, utilizaban su fuerza física - de mayor o menor cuantía - para procurarse el peso del día.

La calidad de "acomodada familia" comenzó a tambalear en cuanto murió su padre. No, sin dudas, porque el viejo no hubiera sido previsor. Conocedor de las cualidades de Rómulo (Y de su madre de quien hubiera heredado sus chuecos genes), había calculado al milímetro la colocación de sus bienes, la distribución de sus rentas. Lo que no calculó (Su bonhomía no se lo había indicado) era la acción de sus cercanos parientes que, en lapsos dignos del Guiness, fueron arrimando la pequeña fortuna de Rómulo y su madre a sus insaciables odres.

Habitando aun la excelente casa del balneario, Romulito y su madre comenzaron a comprender que - por razones que afortunadamente nunca entendieron - sus rentas habían decrecido hasta un punto en que se hacía claro, hasta para ellos, que deberían trabajar para procurar el diario sustento.

La carretilla - único vehículo de su exclusiva propiedad - lejos de denigrarle, fue, durante años, el orgullo de Rómulo.
-"Die peso Doña... le traigo la leña de lo del Cholo y se la apilo..."

Míseros "fletes", la limpieza - imperfecta como todo lo suyo - de algún terreno, Rómulo iba agregando a las rentas familiares que, si no hubieran mediado los parientes "vivos", hubieran alcanzado para treinta Romulitos, los pesos que faltaban para comer bien y fumar (Era su único vicio).

El rengo Gómez, laburante sin grupo, reconocido en el balneario por su seriedad y calidad de trabajos, requería, en muchas oportunidades, la ayuda de Rómulo que era - a no dudarlo - un peón tenaz, comprometido con su trabajo.

Cuando el viejo Krieg le contrató para limpiar el aljibe - fastuoso - de su fastuosa casa, Gómez pensó, enseguida, en la ayuda de Rómulo.

-"Tenemos pa todo el día... Desagotar, a balde, los sesenta centímetros que quedan por debajo del chupón, limpiar con hipoclorito y cepillo, enjuagar...
-¿Te animás, Romulito...?
-"Ej´una pasadita..."

No digamos que demasiado temprano, pero sí desde las nueve de la mañana comenzaron - Gómez y Rómulo - a desagotar, limpiar, enjuagar, el enorme aljibe del viejo Krieg.

A las cinco y pico de la tarde, cansado (Con dolores en todo el cuerpo que no sentía cuando, a los treinta años, realizaba iguales tareas), Gómez estaba dando por terminado el "aljibe de Krieg" - por grande y complicado,. un hito en su carrera de pocero- que, después de horas, había quedado limpio, totalmente desinfectado, enjuagado...
-"¡Que lo parió!...¡ Quedó com´un vaso...!"

Apoyado en el brocal, mirando al interior - donde todavía permanecía Romulito - Gómez , feliz por el fin de la tarea, casi gritó de arriba para abajo: 
-"Tamo, Rómulo...subí..." 

Silencio... varios segundos - acaso algún minuto - antes de que, de abajo para arriba, le llegara el esperado:
-"Voy...".

En cuanto pisó fuera del pozo, preguntó Gómez::
-"¿Por qué demoraste tanto, Romulito...?

-"Taba echando una miadita..."

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