La batalla que nunca se peleó

 
Se juntó con la gurisa cuando ambos entendieron que sería bueno compartir momentos felices, momentos malos, miserias y... la ilusión de que algún día no las pasarían.

Treinta o cuarenta años atrás, sus mayores les habrían hecho notar las condiciones adversas para el casamiento (palabra cada vez menos usada) y - posiblemente - les habrían inducido a esperar a tener "una situación"... 

¡Treinta o cuarenta años atrás...!

Hoy... Carlitos acordó con Mariela que, si ella continuaba cuidando el trabajo en la fábrica de dulces (es decir, soportando - calladamente - una explotación de $9 la hora...) con lo que él pudiera ganar en la empresa de construcciones que recientemente hubiera ganado una licitación (algunos decían que "trucha") para trabajar para la empresa estatal que monopolizaba la generación y distribución de energía eléctrica, podrían comenzar una nueva vida.
En la esquina noroeste del campo de los viejos, contra la calle - sin divisiones ni mensuras - marcó los cincuenta por sesenta que serían su terreno. Bloques de hormigón y "techo liviano" (chapas de zinc casi transparentes), hicieron realidad las dos piezas y un "baño aparte" (ya quedaba feo llamarle "letrina") que fueron el comienzo territorial de la elemental familia.

A menos de dos meses de los festejos del nuevo "matrimonio" llevado a cabo con un asado y algunas achuras para los veintisiete más allegados, comenzaron los problemas.
Pequeños y presentidos problemas. 
Como la instalación del cable subterráneo de alta tensión ya se encontraba a más de quince kilómetros de pueblo Paz, la empresa determinó que su personal pasara a alojarse en Estación Darwin. Al efecto, alquiló una de las pocas propiedades alquilables en el decrépito pueblito, una vieja casona - de las buenas épocas del ferrocarril - que constaba de cuatro dormitorios, cocina y baño.
Esquivando las goteras en cada lluvia, los murciélagos cuando no llovía, procurando no usar la cocina más que lo estrictamente necesario - cuando no podían hacer el "fogón" de leña - y usando el baño... normalmente, los ocho empleados estables de la empresa convivían, las pocas horas que no estaban dedicadas al trabajo, en la casi tapera.
Cuatro de ellos habían sido reclutados en pueblo Paz . Cada fin de semana (cada sábado a las once y media) se apresuraban a llegar a la casona, levantar los bolsos que hubieran aprontado en la mañana, antes de ir a trabajar, y salir a esperar el ómnibus de las once cincuenta... que, en ocasiones, pasaba después de las doce y cuarto y, en otras especiales, casi a la una.
Los otros cuatro los despedían con los brazos levantados y, a los pocos minutos, cada uno por separado - jamás se les hubiera ocurrido comentarlo - añoraban sus pagos, sus hogares, sus vidas...a las cuales podían retornar, en largos y carísimos viajes, cada mes...mes y pico...

El sábado de tarde era para ponerse al tanto de las novedades, reparar alguna rotura de la novel vivienda y sentir - en vivo - el acierto de haber juntado su vida a la de Mariela.
La noche del sábado no es comentable, pertenecía a la "intimidad de la pareja"...

El domingo se estiraba entre un "amanecer" a media mañana, el almuerzo que la más de las veces era en lo de los viejos (De él o ella, alternativamente) y una tarde en la que ya empezaba a pesar la despedida.
El lunes de madrugada, Carlitos se arrimaba a la parada del ómnibus - acompañado por Mariela - y se encontraba, indefectiblemente, con sus otros tres compañeros cargados de igual o parecida manera, de la "antisoledad" que les alcanzaba - apenas - para llegar hasta el sábado siguiente.

El trabajo progresaba. A la cuadrilla estable se le unían, mañana a mañana, los camioneros, los técnicos, los conductores de las retroexcavadoras...
Tanto progresaba que se estaba haciendo demasiado extenso el camino que debían recorrer para llegar desde Darwin al obrador.
¡Estaba clavado!.
Aquel viernes, el capataz les anunció lo que todos suponían:
-Muchachos... desde el lunes pasarán a quedarse en una vivienda que la empresa alquiló en Rosales...levanten los "monos " en la mañana...
Cada uno de los hasta ahora agraciados, llegó, el sábado, con la funesta novedad.

-¡No es el fin del mundo, Marielita...! Cada do...tre fines de semana, podré venir...
-Estoy sola, Carlos. Vos estás con tus compañeros... pero yo estoy...¡Sola !!

A cientosesenta kilómetros de su casa - los cuales aun no le habían dolido para nada - Carlos terminó, a las once y media, la media jornada sabatina.
-Nosotro tamos tan acostumbrado que casi no sentimos la diferiencia... ¡Vamo pal boliche...! - Julio Gómez era uno de aquellos a los que hacía meses que la casa, el pago, la familia, le habían quedado demasiado lejos.

-¡Primero pal "pul"...! - Gritó el negro Matías .

Los ocho peones de la empresa, recién bañados y luciendo sus "pilchas informales" más formales, cayeron a lo del Becho a las doce y poco.
Pocas camisas. Era lógico que los pobres y sufridos peones pretendieran lucir sus bronceados cuerpos usando "musculosas" (No importaba que el "bronceado" fuera logrado por eternidades de soles implacables pagados a veinte pesos la hora).

Cuatro cervezas sobre el mostrador - que después serían muchas más - abastecían los ocho vasos que parecían agujereados.

-¡La bola roja en la esquina...!

-¡Dejate de joder zurdo! metés alguna de pedo y todavía pretendés cantarla...

A medida que los tiros se sucedían y las bolas se mantenían en la mesa, crecía la expectativa, las bromas de todos y la intolerancia de la otra pareja que esperaba...

-¿Tan arreglados pa jugar toda la tarde...?

-Vení, chueco, vamo jugar un truco... Lo terminamo mucho antes que estos baguales la mesa...

Entre tiros errados por milagro (¡Animal capacitao pa´l trabajo en campo abierto...!) y brutas mentiras al truco, el bolichero iba haciendo su negocio.
A las dos de la tarde, tras varias cuádruples baterías de cerveza sobre el mostrador, se comenzó a sentir un olorcito... ¡Achuras...!
-No es pa que almuercen, muchachos, es pa entretener las tripas...
El bolichero sabía que los pocos pesos gastados en las achuras que, sobre una tablita, presentaba a sus clientes, se reproducirían en oleadas de:
-¡Traé un tinto, Becho! Estas tripas rellenas merecen un marco di´oro...
-Pa mi, otra cerveza, patrón... pa no entreverar...

Mal comido... y muy pero muy bien bebido... Carlitos se tiró en su catre aquel primer sábado de lejanía...
Se levantó a las cuatro y pico... La cabeza hecha un lío... un sabor espantoso en la boca... Aprontó un mate destinado a quedar casi intacto y continuó lo que parecía su rutina de sábado...

Como el domingo no los acompañó al boliche, se quedó sólo y, después de comer casi un paquete entero de galletitas - "aire forrao de pan" - se sintió mal. De adentro se sintió mal.
-¡Ta que lo parió... ! Es jodido, mismo, estar solo...

-¿No vino Carlito...?
-No... Ta en Rosale...Vendrá cada dos o tres semanas...

El negrito Vera había campeado la intimidad de la flamante pareja desde que surgiera. No podemos criticarle. Mariela había sido desde siempre -desde la escuela... - con aquella túnica tableada que se agrandaba en sus recuerdos hasta estirar las tablitas en el pecho... su sueño dorado... Y ahora sin compañero...¡Pobre Mariela...!

-Si no lo tomaj´a mal, Mariela, quiero que sepas que estoy al firme pa cualquier cosa que me precisés... Hay cosas que son pa hombres... No dudés en pedirme ayuda...
Con toda buena intención, Verita se ofrecía a hacer más llevadera su soledad.

-Vera...perdoná que te joda... Se me cortó la cadena y se me cayó al pozo.
-¡Qué te dije...! ¡ Avisá...!

Con un alambre largo - con un doblez en la punta - Vera rastrilló el fondo del poco profundo pozo hasta que logró enganchar la cadena.

-Ta pronto, Mariela.
¿Te puedo decir una cosa sin que te enojés? - sin esperar asentimiento, continuó Verita - :
¡M´ialegro que te ayás acordao de mí!...

Aquel sábado, después de tres interminables semanas - como a las cuatro de la tarde - llegó Carlitos.
Encontrar la mesa pronta, con las hamburguesas calientes y las ensaladas bien frías, le sonó a gloria... (¡Qué distinto a las comidas "chatarra" soportadas durante veinte días!).

Después de la siesta... incontable siesta... Carlos preguntó:
-Marielita, ¿Qué precisas que t´iarregle?...

-Nada... El lune de la otra semana se me cortó la cadena del pozo y, en la noche del jueve pasao me quedé sin lú en la cosina... pero me lo arregló Verita...

-Bueno... Ma mejor...

Como ya hemos dicho, la noche del sábado no es comentable.

En los momentos en que - durante el domingo - Carlos quedó sólo con sus pensamientos (muy pocos) se le empezó a atravesar Verita...
La noche del lunes, sobre el solitario y duro catre, se le agrandaron el negro Vera y sus reparaciones...
Cuando, el miércoles, casi no pudo dormir suponiendo alguna otra rotura en la "lú" de la cocina arreglada por el negro Vera, tomó la decisión...
Pasó el jueves como sobre ascuas y el viernes a la tarde enfrentó al capataz con la noticia que - sabía - le haría centro de las conversaciones y las críticas de los demás peones durante varios días:
-Trabajo hasta el sábado...Dispué me voy...

La alegría inicial de verle aparecer en un momento inesperado se le comenzó a convertir en temores... en negros presagios:
-¿Qué te pasó Carlo...?
-Mira, Mariela, yo aprendí que en la vida hay que otar...Yo oté...
Acetando el trabajo en el tambo del gringo Bili y las changas de los Arrechavaleta, si no empardo ando raspando con el sueldo de la "empresa". Ya sé que son muchas más horas de trabajo... pero acá...

Alguna vez había oído comentar, y casi no había entendido, que la historia enaltece y recuerda a quienes ganan grandes batallas... y muy poco - o nada - a quienes las evitan...

¡Un verdadero filósofo, Carlitos...!

¿Su premio...?

Una vida común, peleando el hambre quincena a quincena... junto al amor y la - casi inevitable - fidelidad mutua...

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