Los primeros relatos de Tomás de Mattos

A mediados de la fermental década del 60, conozco a Tomás de Mattos. Venía del colegio jesuita San Javier, donde ya escribía relatos, alentado por el sacerdote y poeta argentino Osvaldo Pol. Creo que por encima de la relación profesor-alumno, el amor común por algunos escritores nos reunió en amistad profunda. Por ejemplo: las lecturas bíblicas (El Libro de Job), la poesía de Juan de Yepes, la narrativa de Dostoyevski, las paradojas de Chesterton, la prosa impecable de Jorge Luis Borges. Las lecturas nos proponían mundos nuevos. Junto a Tomás y Ariel Villa, intercambiábamos humoradas y libros.
Creo que me aceptaron siempre como un condiscípulo. Eso es todo mi orgullo.
Pido disculpas por abundar en detalles biográficos que me incluyen. Pero la creación de Tomás de Mattos me movió a su lectura primero y a su divulgación después. Era un adolescente, acababa de ganar el Premio Shakespeare de Enseñanza Secundaria, pero seguía (y sigue) siendo un muchacho de pelo claro, llovido; de cuerpo robusto, y de una mirada clara, limpia. Pese a su temprana erudición, no había perdido el buen humor y su franqueza. Escribía mucho y borraba más. Siempre lo he visto como un escritor de austeridad flaubertiana. Profundamente cristiano (él acotará: católico). Sus breves relatos de adolescente fueron enviados por quien esto escribe a "Marcha": "Te envío dos cuentos de Tomás de Mattos: acaba de cumplir 17 años, escribe desde la escuela. Un narrador de pasmosa técnica, alejado de los carriles de la narrativa campesina propia del interior, del caballo y los pastos, del hombre pintoresco y los horizontes lindos. Lector que digiere bien y muchacho admirable en su modestia, creo que dará formas impecables en la narración. Estas muestras —fijate el sabor áspero y genuino— acaso justifiquen mis palabras". Transcribo parte de una carta que le envié a mi amigo, el inolvidable Ángel Rama, quien dirigía la página literaria de Marcha. Este, rápidamente, advirtió la capacidad de Tomás de Mattos y no sólo publicó dos cuentos, sino que luego lo incluye en su recopilación de "raros" en "Cien años de raros" (Ed. ARCA, 1966). La misma tarea de difusión cumplo con Mario Benedetti para su página "Al pie de las letras", en el diario "La Mañana". En la breve presentación Benedetti subraya que el joven narrador confiesa su admiración por Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Juan Rulfo. Allí (1965) se publicaron: "Mi hermano", "Los tres viejos" y "La creación".
En su prólogo para la última publicación de De Mattos (Ed. Banda Oriental, 1983) Ariel Villa, su amigo y coetáneo, dice de estos breves trabajos: "Son cuentos estos de temática cambiante (van de lo metafísico a lo casi trivial), pero denuncian ya algunos rasgos fundamentales de su obra posterior: el uso del símbolo y la metáfora, la precisión en el uso de sustantivos y adjetivos, la ajustadísima percepción de ambientes y psicologías". Juicio que compartimos, y que podríamos ampliar señalando que son relatos (cuentos breves, mejor dicho) que entroncan, en su justeza y en la leve poesía que los envuelve como una atmósfera, con la prosa de algunos poetas (Baudelaire, acaso Gaspar de la Nuit, seguramente Chaucer). Algunos de sus brevísimos cuentos son poemas en prosa, sin duda alguna (reléase "La creación" o "La tortura de Satanás"). Pensamos que la búsqueda del vocablo justo, del armónico flujo oracional, crean esa sensación poética a la que damos singular importancia en la obra de De Mattos.
En su Postfacio a "Diez relatos y un epílogo", libro colectivo de diez narradores uruguayos, Armonía Somers dice refiriéndose al cuento de Tomás de Mattos: "En un viraje sensible de la rosa náutica, y frente al despliegue de la invención asumida por los narradores itinerantes de lo creativo, Tomás de Mattos ha abierto la Biblia marcando un capítulo para su glosa". Sin ánimo de controversia, podría asegurarle a la narradora-prologuista que Tomás de Mattos no ha cerrado nunca la Biblia, desde que yo lo conozco. Lector demorado del Libro, pero sin la aridez dogmática de otros lectores, Tomás descubre maestros de la precisión y la agudeza en los anónimos redactores, sus inigualados modelos, aún por encima de Dickens, o Flaubert (la afectuosidad en uno, la rigurosidad en el otro).
Cuando en plena adolescencia, De Mattos decide cambiar de doctorado (de Medicina a Leyes), mucho de su destino de escritor se decide en ese cambio. Porque los que conozcan su narrativa saben cómo el mundo del abogado penalista penetra en sus cuentos (recuérdese "La trampa de barro", "Mujer de Batovi" y "De puro buena que soy" de su último libro: "Trampas de barro", 1983). El indagador pueblerino (o capitalino) y a estaba, vivito y coleando, en su primera etapa de narrador; léase: "Simón Navarro"; permanece en su primer libro "Libros y perros" (ed. Banda Oriental, 1975) en el cuento epónimo y en "No era Hipólito"; se acrecienta en su última publicación, en ese relato admirable "Padres del pueblo". La frecuentación bíblica, las preocupaciones católicas sobre el pecado, surgen tempranamente: "La creación" (1965), "La tortura de Satanás" (1965), "Los jueces prejuzgados" (Ed. Arca. "Los más jóvenes cuentan"), "El hermano Ángel" (1975), "La gran sequía" (Ed. F. de Cultura Universitaria. 1979). Y adelanto su permanencia en la novela que, morosamente, escribe De Mattos en su Tacuarembó. Pero sería bueno agregar en esta publicación, que cubre la primera etapa creadora de De Mattos, algunos otros presupuestos que se han desdibujado, o permanecen muy encubiertos en sus preocupaciones artísticas actuales. Me refiero, principalmente, a un tipo de narración surrealista, pero de un surrealismo muy particular. Un surrealismo que se enmascara en sicologías de niños egocéntricos o autístas; o se apoya en la desproporcionada imagen de situaciones reales (véase "El hecho" o "Los tres viejos" o "Mi hermano"). Creemos que, más aún que las confesadas admiraciones por Fuentes o Rulfo o Cortázar, planteadas a Mario Benedetti, pesa en estos primeros trabajos la presencia imponente de Kafka. Como en el gran narrador checo-judío la relación familiar se entrelaza con lo religioso. Y como una fórmula piadosa o pudorosa, lo que Villa observaba en esos trabajos juveniles: "el uso del símbolo o la metáfora", define la válvula de escape, la espita de un alma adolescente sometida a presiones insostenibles. Y no sé si poner aquí que muchos de sus temas giran sobre el eterno conflicto del cuerpo y el alma, insoslayable controversia de "El hermano Ángel" (en lo sagrado) y en "La trampa de barro" (en lo profano). Aunque me vienen ganas de decir que es hora que no separemos más estas cosas, que olvidemos los límites de lo sagrado y lo profano, para situarlo en su verdadero espacio: lo humano. Para un creador tan riguroso y tan parco en publicar, creemos que es ésta una oportunidad estupenda para conocer sus "años de aprendizaje" y sus peregrinaciones. La imagen que desprende este libro no es solamente la de su "rareza" ya declarada, pensamos que nos sale al paso una presencia humana y cordial, un narrador genuino y preocupado (por éste y el otro mundo).

Washington Benavides
Montevideo, 1984
Prólogo de Tomás de Mattos "La gran sequía"
Lectores de Banda Oriental
Octubre de 1984

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