Mujer de Batoví  
Imagine una calle angosta de tierra. Casas bajas, descoloridas, con revoque agrietado y manchado por la humedad; muy de tanto en tanto, encontrará la excepción de una fachada decorosa. Tres o cuatro almacenes se desparraman cercanos y no disimulan la sala que antes fueron: sólo uno, con la apretada inclusión de una vieja mesa de billar, alienta una cierta vocación de bar. Entre ellos sobrevive una inesperada peluquería, cuyo improvisado espejo tiene todas las trazas de haber sido extraído de un ropero: dos sillas comunes, un banco cuyo respaldo es la descascarada pared celeste, un almanaque brasilero, una foto del Nacional del 70, un taburete en el que el peluquero deposita su ínfimo instrumental y un inmenso sillón que tal vez haya llegado a conocer el Centro, allá por el 1900. Al lado se ve una casita de frente mínimo que, casi agazapada dos o tres metros detrás de un murito de tacuaras secas y envejecidas, no llega a esconder la clandestinidad de su construcción. Después de todo, el frente
no es tan chico; su superficie le alcanza para contener una ventanita que apenas da para asomar la cara y, a su costado, una puerta que esta tarde permanece, como desde hace tiempo, cerrada con candado. Ninguno de los tres que acabamos de amontonarnos en su diminuto patio, llega a ella con agrado; a cada uno lo trae su propia obligación, pero yo sé que los otros dos me responsabilizan a mí, de interrumpir la tranquila rutina de sus tardes, con un cometido tan banal.
Hoy, a pesar del sol, hace frío. Dos meses atrás, anochecía lloviendo. Los dos hombres que estaban en la peluquería, el dueño y su cliente, declararon haber oído gritos. Sólo gritos y de mujer; alaridos. Creen no haber oído ninguna palabra. Sólo alaridos y gemidos, pero la cuestión no tiene, en verdad, relevancia alguna: todo está suficientemente claro en el expediente; lo que pudo haber dicho la mujer, si hubiese llegado viva al hospital, no modificaría en nada la situación.
Cuando los dos hombres salieron a la vereda, la encontraron ya en el suelo, caída sobre un charco de agua que se enturbiaba. Jadeaba. Agrandados, los pequeños ojos se desorbitaban y dibujaban una mirada incrédula. Las manos se crispaban en el barro intentando vanamente reincorporarla. De improviso, su cabeza se desplomó de costado. Recién entonces se dieron cuenta que el hombre (Vega) con camisa arremangada, apenas manchada en un costado, los miraba desde el estrecho umbral, facón en mano. Le abrieron paso, pero Vega tardó en advertirlo. Después de acomodar el arma tras el cinto, cruzó con dos pasos el patio y al llegar a la vereda de pasto se perdió calle arriba, trotando bajo la lluvia mansa. Un perro lo persiguió, ladrándole en los talones.
Nosotros, el Alguacil, el policía y yo, ya hemos entrado en la casita. Nos ha recibido, como esperábamos, un olor oscuro y húmedo, a pobreza encerrada. Hemos resuelto empezar de atrás hacia adelante. Mientras Gutiérrez abre su libretón y comienza a trabajar, el policía y yo nos quedamos mirando, por la ventana de la cocina, el patio trasero. A la derecha, se ve una letrina, no mayor que un ropero de un solo cuerpo. En el fondo, un cantero invadido por los yuyos, se arrima contra la pared medianera. Semiescondido en el matorral formado por el resto de unas calas, nos contempla huraño, recién despertado, oscilando entre la curiosidad y el miedo, un gato flaco y gris.
El policía acaba de decirme:
—Yo era el que estaba en la baranda cuando Vega llegó empapado. Entró y me dijo tartamudeando: "Baraibar, maté a la patrona". Dejó el facón encima del mostrador. Recuerdo que la punta estaba bien torcida.

Baraibar tiene un diente de oro que impresiona como recién hecho y, no sé si por eso, siempre sonríe mientras habla, diga lo que diga. Con ese aire falluto o socarrón, me describe a Vega: un mulato gigantón, bueno para el trabajo, que estando fresco era muy callado y manso, aunque todas las noches se emborrachaba.
—Aunque, fíjese usted, siempre solo, aquí en las casas; nunca afuera.
Le pregunto si esa noche también estaba borracho. Me mira extrañado por mi pregunta.
—¡Claro que no! —me está respondiendo— entró de la calle como una tromba y le dio con el facón sin decir agua va. Clavado que ella murió sin saber por qué Vega se había puesto así.
Quedamos callados.
Me saca al patio trasero, me lleva hasta el corredor que va hacia el frente de la casita, y me muestra su propia casa, recién pintada de un amarillo demasiado intenso, con un cartel de Coca Cola al lado de la puerta.
—Ahí tenemos con mi señora un bolichito.
Mientras Baraibar me cuenta que la mujer cruzaba todas las tardes a comprar dos litros de tinto, poco antes de que Vega llegara de la Tabacalera, me viene a la cabeza la fotografía que acabo de ver de pasada en el dormitorio, cuando íbamos hacia la cocina. Un rostro de mujer común, de ojos chicos pero serenos, de sonrisa lánguida, que pervivía sobre el cartón que ya amarilleaba, tras el vidrio cubierto de polvo. El cuadrito estaba fuertemente ladeado hacia un costado, como si uno de los dos, en su carrera hacia la salita, lo hubiese rozado sin tirarlo. Ese detalle me grabó ese rostro sin rasgos excepcionales. Creo que tampoco me olvidaría que la mujer tenía en su cuello un collar de perlas, supongo que falsas, y en él había enredado delicadamente los dedos de su pequeña mano derecha, en una pose que remedaba, deliberada o casualmente, un retrato clásico de Juana de Ibarbourou. ¿Lo habría ella visto alguna vez? De todos modos, su actitud denunciaba, fuese natural o artificiosa, un espíritu ajeno a la miseria de la casa. Algo sobre ella le habré preguntado a Baraibar porque ha comenzado a describírmela. Está diciendo que era una mujer chiquita y palidona, oponiéndola a Vega con simetría tal vez inconsciente.
—Pero tampoco miraba a nadie. Nunca la saqué de un saludo.
Apareció un día alquilando sola una casita. Poco tiempo después alguien comentó que trabajaba como doméstica en una casa del centro y que había estado casada con un chacarero de Batoví, al que dejó plantado con dos o tres hijos. Ese dato no me sorprende. Al tiempo vino un viejo a la casa y así como vino se fue, antes de terminar el año. Habrá sido un tío, como decía ella, pero al año, alborotó al barrio con su embarazo, porque ya no se le conocía, ni se le podía suponer "macho alguno". Nació un varón que ahora tendrá tres años y que yo ya sabía que está en la Casa Cuna.
—Lindo gurí, el pobrecito —comenta sonriendo con su diente de oro, Baraibar, mientras volvemos hacia la cocina.— Ella siempre se arregló para tenerlo limpito. ¿Sabe cómo lloraba cuando llegamos con el Oficial?

La casa es una hilera con tres piezas muy angostas. Entrando por el fondo, la primera hizo las veces de cocina. Todavía queda en ella un taburete con un primus encima.
Fui yo el que lo apagué, —me informa Baraibar y no le asquea bordear con el índice la olla que todavía veo sobre el primus, con una cuchara sumergida en una pasta uniforme y ya sin olor.
Casi al pie del taburete, sobre el suelo de portland, se percibe una mancha que, al observador no advertido, le parecería de herrumbre. Otras cuantas se esparcen por la cocina y se acumulan en las proximidades de la puerta del dormitorio.
—Aqui empezó. Entró por ahí —dice Baraibar, señalando la puerta del fondo— y empezó a darle sin contar. Fíjese que cuando se lo preguntamos, habló de cuatro o cinco y el forense contó catorce puñaladas.
Pasamos al dormitorio. Un colchón de dos plazas, mal cubierto por dos sábanas y una frazada polvorienta, entorpece el paso. Uno de ellos, en la fuga o en la persecución, tropezó en él, desacomodando las cobijas que, salvo en ese sector, todavía se hallan bien tendidas, tal como las dejó la mujer. Tenían, sin embargo, una mesa de luz. Encima de ella puede verse aún un paquetito de Evanol y un tejido empezado, con el ovillo de lana amarilla ensartado en la punta de una aguja: terminado, supongo que hubiera sido la manga de un buzo para el niño. En el estrecho camino que deja el colchón se alarga un reguero idénticamente herrumbroso, hasta penetrar en lo que era el comedor. Baraibar, como si fuera el guía de un museo, acaba de señalar manchas salpicadas en la pared donde se encuentra el retrato.
Prescindiendo del imperturbable Gutiérrez, ensimismado en su inventario, casi todo el espacio del comedor es ocupado por una mesa en buen estado, con cuatro sillas. A un costado, entre las sillas y la pared, hay parada, pero mal cerrada, una valija con ropa de mujer. Así lo indica lo que se ve: una bombacha amarilla, vieja y manchada por el uso, una sandalia de suela desgastada, un buzo de lana violeta.
En un rincón, encima de una mesita de luz, melliza de la que existe en el dormitorio, está casi nuevo, un polvoriento televisor brasilero.
Sobre la mesa, una capa de hongos cubre una rosca de pan que, debiéndose comer en aquella cena, aún está entera. También se distingue, entre una serie de objetos nimios, una radio Philco que se habrá caído más de una vez; un termo destapado; un cenicero con cuatro o cinco puchos adentro, una botella de cerveza con un líquido entre lechoso y transparente, cuya apariencia actual se aproxima a la del vinagre, y un vaso que hacía las veces de mate, con yerba adentro, también cubierta arriba por hongos.
Me sorprende Baraibar:
—¡La pila de penicilina que debe de haber ahí!
Me malinterpreta y se sonríe, esta vez de veras:
—¿No sabe de qué se hacen los antibióticos?
Yo sigo mirando, en el suelo, una mancha bastante más copiosa.
—Sí —comenta Baraibar—. Aquí la acorraló y la remató.
Gutiérrez resopla aliviado.
—... y cinco tenedores. ¡Al fin! ¿Y dónde van a depositar estos trastos? ¿Quién le va a hacer la pierna a su cliente, doctor?
Hemos salido afuera mientras Gutiérrez cierra el acta.
—Aquí cayó —me indica Baraibar, señalando un pedazo de tierra en el cual la lluvia y el viento, purificadores, han borrado todo rastro de sangre.
Desde la vereda, cinco o seis personas nos miran. El muchacho que está al centro, sostiene una radio desde la que nos llega el segundo tiempo entre Italia y Francia.
A Gutiérrez le ha costado trancar la puerta con el candado. Durante todo este tiempo Baraibar ha tenido en una de sus manos un manojo de quiebrapiedras, que debe haber recogido en el fondo, junto a las paredes del retrete. Ahora ha avistado en el patiecito delantero, en un ángulo del murito de cañas, otro poco del mismo yuyo. Mientras lo arranca, sigue hablando. Vega vivía con la mujer, desde hacía ocho meses.
—La mató al cohete... De loco, de imbécil... Hacía días que lo habían agarrado de punto en la Tabacalera. ¿Es cierto que ahora está internado en el Vilardebó?
Cuando le contesto que no sé, se olvida del quiebrapiedras y me mira largamente.
—Bueno ¿vamos? —pregunta, impaciente, Gutiérrez.
Baraibar se endereza con cuidado y me pregunta si
Vega cambió de defensor. Le respondo que no y le explico que asisto a la dueña de casa; para que ella recupere la tenencia es necesario que el Juzgado declare extinguido el arrendamiento y ordene el depósito de los muebles.
—¿No tiene ningún heredero? —ha preguntado Baraibar, contestándose él mismo:
—¡Claro, el gurisito!
Gutiérrez, callado, deposita la llave del candado en manos de Baraibar y se dirige hacia el auto. Yo le he aclarado al policía que también están los otros hijos, los de Batoví, pero que éstos han dicho que no quieren saber nada de su madre y sus muebles.
Baraibar me sigue, pensativo, mientras abre su puerta.
—Prenda la radio, doctor —pide Gutiérrez, insólitamente interesado por un partido que no le va ni le viene—. ¿Quién le dice que no haya empatado Italia?
—Mérito taba haciendo —opina Baraibar mientras se sienta a mi lado.
Y mira la pequeña llave del candado, como si fuera misteriosa. Pero enseguida se disipa toda curiosidad de su rostro y mientras reaparece tan inoportuno como otras veces su diente de oro, comenta:
—Fue como matar una gallina.
—Un poquito más —responde desde atrás Gutiérrez.— Una gallina no deja muebles que joroben.

Tomás de Mattos
32 narradores del Sur
Editorial Don Bosco
Asunción, 1998.

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