La trampa de barro

 
Esa vez si que me ganó el cuero. No lo esperaba a esa hora, ni a ninguna. Nunca creí que se le ocurriera meterse en mi boliche. Además, vino totalmente cambiado. Me bastó verle la cara para darme cuenta que ya no era el "amigo" de la otra vez, el que terminó por pedirme perdón y por decirme, lagrimeando, que no se imaginaba cómo habían podido hacerme eso. No olvidaré, sobretodo, la locura de su mirada. Esa mañana yo estaba solo: la gurisa ya había ido al Colegio y las cosas no se habían dado, para que la mujer volviera.
Entró de golpe, uniformado; así que iba o venia de la Comisaría. No había sacado el revólver de la canana pero tenía la mano en la culata. Despacito, como cachando, pero mordiendo también la bronca, me dijo: "¿Y vos, guampudo?, ¿estás todavía por aquí? ¿Cuándo te vas a ir?" Yo tuve que quedarme quieto detrás del mostrador. Mi revólver estaba guardado debajo de la caja, a tres metros de distancia. Tal vez, miré hacia allí, porque él se rió:
"Quedáte tranquilo, petiso. Si lo pensás te darás cuenta que aquí no puedo hacerte nada. Sólo vengo a avisarte. O te las tomás o te limpio en el primer lugar en el que nos encontramos". Seguí callado. Y él agregó: " Te las picás ¿sabés? Porque a esto, vos y yo tenemos que ponerle fin". Y se fue.
Esto pasó unas tres o cuatro semanas antes del final. Aunque no lo pueda probar, porque estábamos solos, para mí esta amenaza fue decisiva. Recién ahí quedamos obligados.
¿Cómo cambió tanto? ¿Por qué lo hizo? Ahora sé que el Toro se desesperó cuando la Eva no sólo siguió decidida a cortar, sino que además le dijo que volverla conmigo, si yo la aceptaba.
Pero eso recién lo sé. Esa mañana quedé asombrado. Y furioso. Ya se había ido cuando me di cuenta que me había pescado con la escoba en la mano, y eso me embroncó aún más. Tiré la escoba contra la pared y fui a revisar el revólver. Tenía sólo tres balas. Tuve que ir al dormitorio para completar la carga. Tomé doce balas más y las envolví en un pañuelo. Desde entonces ese bultito fue como un yesquero o un llavero más; siempre lo llevé conmigo.
Después salí a la puerta y no lo vi en la calle. Si por una de esas casualidades aún anduviera por allí, le aseguro que nos trenzábamos en ese mismo momento. Nunca me descontrolé más que esa vez. Ayer no le dije que estuviera frío pero pude calcular, medirme... jugarme, pero pensando siempre. Ayer no quería destrozarlo, no quería hacerle nada. Pero la mañana aquella, si lo veo, no lo perdono. Lo mato como a un perro.
Volví al boliche, deshecho. Yo me estimo ¿sabe? Me respeto. Y fijese que el Toro me había dicho "guampudo" y me había amenazado. Y con eso, había vuelto a complicarme la vida y estúpidamente, al cohete, porque sí nomás. Me había destrozado la familia y yo me había quedado quieto. Y después, cuando yo por lo menos, ya había comenzado a saber qué hacer, se le ocurría amenazarme. Yo pensaba irme para el Sur; a Montevideo o alguna ciudad cercana. Tenía que empezar de nuevo, pero no importaba. Perdía el trabajo en la fábrica y debía vender el boliche y la casa, darle la mitad a la Eva y con lo que me quedara comprarme algo en el Sur. Pero, con esa amenaza, era claro que ya no podía irme. La ida quedaba como un raje. Así, el me ató y se ató. Yo tenía que quedarme, tampoco me hacía ninguna gracia. Tarde o temprano terminaríamos encontrándonos. Yo no movería un dedo para atacarlo, como no lo hice ayer, pero ¿quién me aseguraba lo qué haría él? Si él empezaba ¿qué podía hacer yo? con revólveres los dos, la cosa no podía ser chica. El que ganase, siempre perdería mucho.
Desde entonces, me vine al piso. Fue ahí que volví a tomar en serio. Es cierto que desde que eché a la Eva, yo empecé a mandarme una que otra copa. Pero era sólo de noche, cuando la cosa apretaba de veras. Ya esa misma mañana, apenas regresé al boliche, necesité dos cañas seguidas. Yo sabia que eso no me convenía, que debía atender bien al público, que la gurisita se iba a dar cuenta y que, cuando nos topáramos con el Toro, el cuerpo tenía que responderme al máximo. Me lleva unos cuarenta centímetros. Es un peso pesado. Por algo lo llaman como lo llaman ¿no? ¡Si tendría que estar en forma! Yo veía claro eso, pero no podía contenerme. Resistía hasta que no diera más pero terminaba bebiendo a cualquier hora del día. Perdí la voluntad. Vivía permanentemente angustiado. No era dueño de salir tranquilo a la calle o de atender bien el comercio o de dormir la noche corrida. Por supuesto, jamás pasaba nada, pero nunca podía olvidarme del "por las dudas". No me separaba, ni de día ni de noche, del revólver. No sé hasta, cuándo sentiré en la nuca el bulto del revólver debajo de mi almohada.
Mire.., a usted se lo voy a contar. Cuando la Eva pidió para volver, yo la acepté, pero puse por condición que durmiéramos aparte. Y le hablaba sólo lo necesario y la trataba mal. Una noche, no hace mucho, la mujer quiso entrar a mi cuarto; clavado que para lograr un arreglo. Cuando prendió la luz, yo ya había descorrido el seguro. Todavía la veo: casi desnuda, descalza. Y yo me recuerdo sentado, tieso en la cama, sosteniendo con las dos manos el revólver que le apuntaba al corazón. Se le heló la sonrisa. Me imagino la cara que me vio. Apagó la luz y se fue. No sé si por el rencor que todavía tenía o por la vergüenza que pasé en esos segundos, no atiné a hacer nada. Pasé horas a oscuras, con los ojos abiertos, escuchándola llorar en su cuarto. Hasta hoy no sabia qué pensó esa noche. Recién esta mañana pudimos explicarnos. ¡En fin! Ya pasó...
Ahora que todo terminó, estoy seguro que no voy a tomar más. Yo sé que no me creen que entré al bar de la calle Soriano, porque necesitaba tomar de apuro una vaso de vino, pero le juro que no hubo otra intención. No me quedé allí a esperarlo. ¡Ni soñaba que iba a pasar a esa hora por allí! Ahora es verdadero lo que anoche me dijo el Juez. Seria por la medianoche.., miró el reloj y me dijo: "Usted está muy tranquilo. ¡Qué raro que ahora no necesita tomar una copita!" Y bueno, ahora son las dos de la tarde, pasaron veinte horas. Si usted hiciese el mismo comentario, le contestaría lo mismo, pese a que pasó mucho más tiempo. Le diría que no necesito ni caña, ni vino, ni grappa, porque ahora estoy tranquilo. Casi le diría que soy el de antes. No se terminaron los problemas, pero se acabó la pesadilla. Ya no vivo el infierno de la espera. Ya no hay peligro de que nos encontremos en cualquier momento, cuando a él se le antoje... Mire: es como salir de una enfermedad. Yo ya no creía que algún día volviera a sentirme así.
Pero esto que le estoy diciendo, no podrá hacerlo pensar que entré al bar para esperar al Toro. Se lo juro; no le hice ninguna emboscada. Es verdad que nos encontramos a tres cuadras de la casa de su madre, pero yo sabía que la pobre vieja estaba internada en el Hospital, ¿cómo me iba a imaginar que él iba a andar, a esas horas, por la zona?
Nunca quise líos con él. Eso tiene que quedar claro. Fíjese que los descubrí y me quedé en el molde. Porque era lo razonable, no porque le tuviera miedo. Eso también tiene que quedar claro. Pero sea como sea, me quedé en el molde. Más aún: después de eso, y hasta el momento de la amenaza, yo ni siquiera sospechaba que pudiéramos terminar como terminamos. Yo me hubiera ido con la gurisa y no sé qué hubiera pasado entre él, su mujer y la Eva. Pero al amenazarme, se ató y me até. Quedamos enredados; yo, sin quererlo; él, tal vez sin pensarlo mucho. Yo no quedé seguro de lo que él haría y supongo que él tampoco de lo que yo podría hacer. Por eso digo que quedamos entrampados.
Jamás pensé, en toda mi vida, que tendría que pasar por una situación así. Fíjese que vine a descubrir el asunto que tenían con mi mujer, de golpe, de pura casualidad, y sin que antes sospechara absolutamente nada.
¡Todo iba tan bien, pero tan bien! Jamás discutíamos, coincidíamos en todo. Íbamos creciendo de a poquito. La casita, el boliche, el autito usado: que es un Austin 46, al que lo tengo hecho un chichecito. ¡Pensar que yo me sentía seguro! Creía que sabía vivir. Me estaba creyendo la receta que le gustaba repetir al finado, mi suegro. Primero, no pretender demasiado y proponerse cosas alcanzables; segundo, trabajar para conseguirlas.
Hoy pienso que no es tan así; que falta algo. Tal vez más adelante me dé cuenta, pero todavía no sé dónde está la falla...
Bueno, el viejo mi suegro decía otra cosa, y yo, que creía entenderla, recién terminé de comprenderla hace poco: "Un pendejo de mujer ata más que cuatro coyundas". ¡ Si será...!
¿Usted se va dando cuenta qué golpe me dieron? Lo vine a descubrir de pura buena o mala suene. Para ir a la Fábrica siempre me desperté antes de que sonara el despertador. Esa madrugada pasaron dos cosas: me dormí, porque había pasado mala noche, y el reloj se atrasó. Salí corriendo hacia la Ruta (son seis cuadras) pero cuando llegué, acababa de pasar el ómnibus. Por más que grité, Danubio siguió.
Volví corriendo a casa, en busca de la motito de la Eva. Cuando abrí la puerta de la cocina, lo primero que vi fue un gorro de policía arriba de la mesa, junto a una linterna.. Necesité un poco más: el silencio, la oscuridad del resto de la casa. Entendí todo. El milico no podía ser otro que el Toro.
Yo venía sin aliento: acababa de correr doce cuadras.
Toda la noche la había pasado con dolor de estómago. Se me cayó de la mano un bolso que llevaba y los de adentro, que ya me habrían oído llegar, deben haberse alarmado aún más. Lo único que pude hacer fue sentarme en un taburete, y me tapé la cara.
La primera que vino fue la Eva: sentí su mano en mi hombro. Después se tiró al suelo y me abrazó las rodillas. No me decía nada, sólo lloraba y bajito, ahogándose, apenas respirando. ¡Cualquiera que nos viera a los dos, pensaría en una muerte o algo así, menos en lo que acababa de pasar!. Y, la verdad, yo hubiera preferido morirme.
La muerte me hubiera quitado todo de otro modo. Usted va a creer que soy un guampudo pero creo, así lo sentí en ese momento, que la mujer no estaba haciendo teatro, que ése era su modo de pedirme perdón. No me asqueé ¿entiende? Pero igual sentí que debía rechazarla. Me paré y estuve a punto de patearla. No fue un impulso que me brotara de adentro; era una idea fría, odiosa, que me venía a la cabeza.., yo qué se... como si fuera una orden. Apenas me dio para mover las piernas, rompiendo el abrazo, y para empujarla, después de haberla tomado de los hombros, contra la mesa de la cocina. Ese fue el único ruido fuerte que hicimos cualquiera de los tres. Cayó una silla; rodó hasta el suelo la linterna del Toro. La mujer no intentó volver hacia mí, ni se levantó. Quedó allí llorando como le dije antes: bajito y ahogándose, apenas respirando.
Ahí me di cuenta que encima de la mesa, al lado del maldito gorro, el Toro acababa de abandonar el revólver. Levanté los ojos y lo vi en la puerta. Descalzo, con el pantalón sin cinto y sin abotonar todavía en la cintura, clavaba su mirada en el revólver que, quietito, sin seguro y hasta amartillado, estaba en la mitad de la distancia que nos separaba. Un poco, muy poco, más cerca de mí, que de él. El primero que llegara.., ganaba.
Comprendí que había salido del cuarto, dispuesto a todo. Y cuando vio cómo había reaccionado yo, consideró que no era necesario el revólver y se sintió mal con él en la mano. Pero casi enseguida, al verme empujar a la Eva, se arrepintió. Fue en ese instante que lo miré y lo vi con la duda en los ojos y con los ojos en el revólver.
Tuve que medir las posibilidades; no tanto porque creyera necesario defenderme, sino porque, la verdad sea dicha, me vino muy fuerte la tentación de matarlo. El era tan ágil como yo, y mucho más largo de brazos. Pero eso casi no importaba; siendo tan corta la distancia, decidía la iniciativa. El que se lanzara primero, llegaba antes por más alerte que estuviese el otro. Es cierto que algo jugaba en mi contra: de mi lado estaba el caño; de su lado la culata. Por lo que, al hacerme del revólver, tenía que hacer todavía otra maniobra y si no la hacía con la rapidez necesaria, él podría trabarme. Pero eso, estaría por verse. Todo depende de cómo se dieran las cosas.
Mire que ahora tardo mucho más en contarlo que entonces en vivirlo. Fue una fracción de segundo. Si me quedé quieto no fue, como se puede pensar, porque no me diera el cuero. Mire que estoy más que acostumbrado a madrugar en las largadas a quienes eso mismo querrían hacer conmigo. Y aquello, después de todo, era una situación parecida; cuestión de reflejos y, más que nada, de decisión. 
¡Cuántas veces pensé y repensé lo que pudo haber pasado en ese momento! No sé si siempre me he engañado, pero todas las veces llegué a la misma conclusión: creo que me daba el tiempo para adueñarme del revólver y liquidarlo. Sólo perdía, y perdía feo, si fallaba en ese primer momento. Pero, le repito, pienso que no fallaba.
¿Por qué no me decidí, entonces? No sé... Cuando él apartó los ojos del revólver y me miró, reconocí al Toro de siempre. No estaba asustado, lo supe dispuesto a enfrentarme pero, al mismo tiempo, lo vi desconcertado, mucho más que yo y sin saber qué hacer. Me estaba dando la iniciativa. El iría por el lado que fuese yo. Pasaría lo que yo quisiese que pasara. Si no ataqué, no fue porque no quisiera destrozarlo, ni porque tuviera miedo, ya que no me importaba lo que pudiera pasarme, ni porque me pareciera absurdo pelear... todo me hubiera dado lo mismo. Yo también vacilé y al final me encontré diciendo:
"Vestite y andate, por favor". De ese "por favor" que se me escapó por costumbre de hablar así, no me olvidaré más. Casi hubo una sonrisa de burla en el Toro que, haciéndose el distraído, y como si me obedeciera, se cuidó de recoger enseguida su revólver.
Sentí que me ahogaba en la cocina. No resistía quedarme a solas con la Eva, ni oír los ruidos que hacía el Toro al terminar de vestirse en mi cuarto, ni imaginármelo sentado en nuestra cama, seguro que de mi lado, poniéndose las medias y los zapatos, abotonándose la camisa, corriéndose el cierre de su pantalón. Me repugnó el olor, no sé si real o imaginado, que les sentía a ellos y al ambiente. Salí al patio a respirar aire puro y me vinieron náuseas que no cesaron hasta que vomité junto al aljibe.
No tardó en salir el Toro. Fue ahí que se me acercó, lagrimeando, me pidió perdón y me dijo que no podía explicar cómo había llegado a hacerme eso. Le di la espalda y me dejó en paz.
Cuando entré, Eva estaba sentada junto a la mesa de la cocina, fumaba y estaba muy nerviosa. Yo sabía que los dos estuvimos pensando todo el tiempo en la misma persona. Con la cara, señalé en dirección al cuarto de la gurisita y le pregunté: "¿Se despertó?". Ella estaba esperando otra cosa; vi que la pregunta la alivió aunque se mordió los labios. Le juro que me dio pena verla así. "No", me contestó; y me quedé mirando. No hice ningún gesto. Creo que nunca pasé un momento más triste. Jamás tuve más lástima por alguien en mi vida, que por la gurisa, por la Eva y por mí, en esa madrugada. Como si estuviese tranquilo, recogí del suelo mi bolso y lo puse arriba de la mesa. Comencé a llenar de agua, la caldera. La mujer intentó levantarse en busca del mate. "Deje", le ordené. Cuando puse la caldera encima de la garrafa, me di vuelta y le dije: "Después que la gurisa se vaya al Colegio, junte sus cosas que la voy a llevar a casa de su madre". Se puso a llorar allí mismo, acodada en la mesa. Y yo, que había comenzado a preparar el mate, me tuve que quedar en la cocina. ¿Se da cuenta de lo que me hizo el Toro?
Anoche, cuando supe que no me iba a poder dormir, me puse a pensar no sólo en lo que acababa de ocurrir, sino que volví a la causa de todo, a la que más me duele. De nuevo me pregunté por qué la Eva me engañó con el Toro.
Nunca sospeché nada. Cuando encendí la luz de la cocina y aparecieron el gorro de policía y la linterna encima de la mesa, más bien quedé sorprendido. La sospecha es mala cosa pero, cuando es cierta, al menos prepara.
Usted no sabe lo que fue Eva para mí. Mucho más que una esposa. Fue la única familia que tuve. Mi padre jamás vivió con nosotros; no lo dejaron casarse con mi madre. No tuve hermanos y mamá murió cuando yo todavía no había cumplido los tres años. Como mi abuelo estaba enfermo, me tuvo que recoger mi único tío, un tipo muy borracho y muy timbero, que me llevó a vivir con él y la mujer, en la Pedrera. Nunca me quisieron demasiado. Sólo recibí cariño del maestro, el que después fue mi suegro. Yo crecí envidiando a la Eva y a José Pedro, el hermano. Me crié más en la escuela que en mi casa. No tengo idea de cuándo Eva pasó a ser para mi algo más que una hermana. Éramos gurises y nos ennoviamos. Cuando terminamos el Liceo (todos los días íbamos y veníamos en bicicleta de la Pedrera) quisimos casarnos. Creo que lo disgustamos al viejo, pero no dijo nada.
La Eva fue siempre muy cinchadora, muy sacrificada, de esas que siempre empujan a ir adelante y nunca quieren nada. Parecida a la madre. Era muy cariñosa, sabía siempre lo que yo sentía o precisaba antes de que yo mismo me diera cuenta. Todo lo que tenemos, lo hicimos despacito, sin que ninguno de los dos aflojase nunca.
Yo trabajaba en la Fábrica y me rebuscaba también como jockey; y con mi tío aprendí, por lo menos, que sólo ganan con la timba los que trabajan en ella. Pusimos un boliche que la Eva atendía de mañana, y los dos, de tarde.
Como no pudimos tener hijos, adoptamos la gurisa y nos respondió. La Eva, hace poco más de un año, quiso adoptar otro para darle un hermano. Yo le había pedido que esperara un poco, porque el boliche, con el asunto de Brasil se había estancado primero y después había empezado a desmejorar feo. ¡Medio barrio, de clientes que eran, se nos convirtieron en competencia! Tuvimos que bagayear también nosotros y de ahí debe de haber empezado el asunto con el Toro. Como yo no podía faltar al trabajo, él iba manejando el Austin cuando estaba de día franco.
Yo creía que todo marchaba bien; que la Eva no estaba desconforme en nada conmigo. Tampoco le había notado ningún cambio. Y como no le conocía amistad con ningún otro hombre, que no fuesen José Pedro, el hermano, y el Toro, ¿cómo me iba a imaginar lo que estaba pasando?
Usted se preguntará por qué el Toro estaba tan fuera de sospecha. Mire: no hay una sino un montón de razones... Vea para qué sirven las razones...
Fíjese que el Toro es primo de la Eva, porque las madres son hermanas. Ya sé que me va a decir que también hay entrevero entre primos. No me lo diga a mí que soy hijo, no muy bien recibido, de uno de esos entreveros. Pero usted tendrá que reconocer que el parentesco enfría alguna calentura que pueda aparecer, sobre todo cuando la mujer es decente, hasta bastante atada... ¿me entiende?, como yo creí que era, como yo sé que en el fondo es la Eva.
Además, el Toro es casi diez años menor que nosotros. Es verdad que la edad tampoco hace barrera entre hombre y mujer, pero también pesó para que yo no sospechase.
Hay más aún: el Toro era, para nosotros, una especie de hermano menor. Llegó a vivir en casa un poco más de dos años, desde que vino de Curtina hasta que se casó, poco después de entrar en la Policía.
Era un muchachote bruto, puro cuerpo, que apenas sabía leer y escribir, pero enseguida le vimos condiciones. Era entrador, siempre tuvo mucha chispa y, lo que para nosotros fue lo más importante, quería salir adelante.
Lo asustaba tanto la idea de tener que regresar a Curtina, que estaba dispuesto a hacer cualquier esfuerzo. Sabía cinchar, pero por calentón, siempre le faltó disciplina para el trabajo, y un encontronazo con un capataz le costó el empleo que yo le había conseguido en la fábrica. Otro defecto: le gustaba demasiado el pueblo. Era putañero y ya en ese entonces le daba al chupe y a las cartas. "Los únicos libros que me gusta leer -decía- son los de dos hojas y el de cuarenta y ocho". Soñaba con irse a Montevideo; quería que en el Frigorífico lo ocupasen como camionero. Pero, poco tiempo después que lo despidieran, entró acá en la Policía y, a los meses, de buenas a primeras, sin que estuviera obligado ni mucho menos, decidió casarse.
El empleo y el matrimonio lo sosegaron bastante aunque no del todo. La mujer, una chiquilina muy lindona, era demasiado buena y mansa. Un lujo de mujer, si se quiere, pero yo siempre supuse que el Toro terminaría aburriéndose con ella. Les fueron viniendo los hijos. Cuatro. ¿Y quiere saber una cosa? La Eva y yo somos padrinos de la segunda gurisa. Así que el lío fue entre compadres ¿se da cuenta?
Creo ya haberle dicho que, si me hubiesen dado a elegir, preferiría estar muerto. Le di la razón: la muerte me hubiera quitado todo de otro modo. Muriéndome yo, o muriéndose la mujer, el que quedase perdería sólo lo que vendría más adelante. La traición me quitó mucho más: sentado en el taburete yo ya estuve pensando que la Eva nunca había llegado a valer todo lo que yo pensaba. Y mi vida entera giraba alrededor de ella. Todo lo que habíamos hecho, en realidad, nunca había tenido sentido. Hasta la gurisa... ¿entiende? La habíamos adoptado para darle una familia; a los ocho años ¿qué hogar le quedaba?
Yo por un tiempo me dije que si no me mataba era sólo por la gurisa. Bueno, anoche terminé de comprender que eso, más que una verdad a medias, era sólo una excusa. Tuve deseos de morir, pero jamás me pasó por la cabeza la idea de matarme, y eso lo entiendo ahora, porque nunca me puse a elegir la forma y el momento, ni siquiera a imaginármelos. Y para eso, veo que hubo razones menos nobles. Mire, no sé si es un defecto o una virtud; me cuesta muchísimo perder. Y creo saber lo que valgo; ni me agrando, ni me achico. Por eso, aparte de la traición en sí, me dolió mucho que la Eva lo hubiese preferido al Toro. Desde que lo conocí hasta hoy, siempre me he considerado más que el Toro. Para mí, al menos, el saber vivir no se medía por la alegría que se le saca a la vida, sino por los frutos. Creía saber vivir mirando el futuro. ¡Saber vivir! ¡Futuro! Mire a los días que he llegado... Por eso la Eva se me vino tan abajo. Si valiera lo que yo creía, no se hubiese encandilado con el Toro. Y si en realidad tan poco valía ¿por qué matarme por ella? O ¿por qué matar por ella? Matar a un hombre no es matar a un perro, aunque ese hombre valga menos que un perro. Y matar, complica; complica para siempre; y no me refiero sólo a la Justicia. En esto insisto: si cuando lo descubrí, si cuando quedé solo, nunca me pasó por la cabeza matar al Toro ¿por qué vienen a decir que ayer, ya con la Eva en casa, yo quería matarlo?
Por supuesto que deseé vengarme. Pero enseguida me di cuenta que la revancha vendría sola. De los dos, quien más quería la casa era, lógicamente, la Eva. Fue ella quien la planeó. Jamás sería lo mismo volver a vivir en casa, que recibir la mitad de su precio. Por eso, resolví, desde el comienzo, oponerme a cualquier reparto. Decidí que todo se vendiera.
Yo seguí tomando, lo necesitaba interiormente, no me podía contener; pero esa era también una forma que tenía de agredir a la Eva. No me ocultaba, tampoco la miraba. Hacía como si ella no estuviera delante. Lo mismo hacía con el revólver, del cual no me separaba ni cuando me encerraba en el baño.
Pero las tensiones mayores me las creaba el Toro. Vuelvo a decirle que yo creí enteramente su amenaza. No me olvidaré nunca de su mirada de loco. Me fui convenciendo que, al final, para el Toro, por razones que todavía no tengo del todo claras, la Eva no fue un lance más. Yo creo que recién con ella se enamoró por primera vez. Pero ¿por qué?, ¿qué pensaba hacer con su familia?, ¿qué futuro podía suponer ese imbécil que tuviera con la Eva, aunque yo me borrara de Tacuarembó?
Fue natural que los primeros días siguientes a la amenaza me resultaron los más peligrosos. Lo vi tan fuera de sí que creí que forzaría, de cualquier modo, un encuentro. Pero, como le dije, a la semana volvió la Eva a casa, por lo que consideré que el peligro se había redoblado. A los cuatro días del regreso de la Eva, tuve que reintegrarme al trabajo, porque se terminó mi licencia. Decidí ir y volver en la moto de ella. Me pareció que me expondría menos que yendo a pie. Aún así, usted no se puede imaginar lo que sentía al salir de casa en noche cerrada. Nunca olvidé que el Toro estaba acostumbrado a esperar que yo saliera sin que yo jamás lo hubiera visto. Guardaba la moto en el interior del boliche y la encendía y calentaba adentro. Reducía entonces al mínimo el tiempo que debía detenerme afuera, pero igual daba la espalda a la calle, al cerrar la puerta del almacén. Recuerde que mi casa está en una calle de pobres, y que la única iluminación con que cuenta es una lamparita en la cocina, casi a media cuadra. Menos mal que no eran muchos los árboles.
Pero todo lo que le estoy contando, se dará cuenta que hora que pasaba, era hora en la que odiaba más al Toro. Pero si le admito esto, también tendrá que creerme que nunca me propuse matarlo, si no me veía absolutamente forzado a ello. Ya no tenía más consideraciones con él, pero no me convenía. ¿Qué ganaba con balearlo? Problemas con la Justicia; más problemas, eso pensaba, con la mujer. En lo segundo me equivocaba: nunca me imaginé que la Eva, de pronto, odiase al Toro como yo. Recién hoy lo he comprobado. No sé si usted la ha visto. Está deshecha, abochornada; sabe que estamos en la boca de todo el pueblo; se siente culpable, pero sólo ante ml. "¡Qué te hicimos!", dijo. Y también se refirió a él, diciendo "ese animal".
Yo no siento bochorno; con lo que pasó, estoy limpio de toda humillación. Lamento, por supuesto, todo lo que ocurrió.., no he dormido en toda la noche. Ahora que me desahogué, me dan lástima todos los familiares de él: la madre, los hijitos, la mujer. Y él, también. No puedo olvidarlo. No puedo. Pero igual, lo que más siento es alivio. Alivio, eso es lo que tengo. Me parece mentira vivir. Usted no sabe todo lo que fue esta espera, sin poder olvidarme nunca del Toro. Pero no busqué el encuentro; créame que no me metí en el bar para esperarlo. Más aún, nos vinimos a encontrar cuando ya había entrado a tranquilizarme un poco y casi estaba empezando a bajar la guardia.
Porque uno no puede vivir días y días con una tensión tan excepcional; de a poco, se va creando una especie de nueva rutina, algo así como una costumbre. Si usted se pasa cuidando las esquinas, los baldíos, los árboles; escuchando los pasos de los que vienen entrando al boliche; cerrando la puerta de su casa y no sabiendo si vuelve; andando por calles oscuras; distinguiendo y explicándose todos los ruidos de la noche... y ve que van pasando los días, y las semanas, y nunca ocurre nada, ¿qué comienza a pensar de todas esas precauciones? ¿Cómo empieza a verse a usted mismo?
Por eso fue que busqué el atajo a mi casa por Soriano, a pesar de que en esa calle, al fondo, vive la madre. Pero yo pensaba doblar dos cuadras antes y seguir por Rincón hasta llegar a los baldíos y cortar por ellos, en línea recta, en dirección a mi barrio que es, como usted sabe, el San Fructuoso. Si no hacía eso, tenía que irme casi hasta el Centro, llegar hasta Lorenzo Carnelli, ir hasta el Trébol y de ahí al barrio. O subir hasta la Ruta, y tomar por ella, seguirle todas las curvas, llegar a la entrada de COTRITAL y por ahí, bajar las seis cuadras que quedan hasta casa. En los dos casos tenía que caminar diez o doce cuadras de más, bajo la lluvia y el frío de ayer. Agregue a eso que el Toro no vive en Soriano, que la que allí tiene casa es la madre y que yo sabía que ella, que es tía de mi mujer como ya le dije, estaba internada en el Hospital. Las posibilidades de toparnos eran mínimas. Usted, en mi caso, ¿qué hubiera hecho? Mire: lo único que sé es que a mí, en ese momento, no ir por el atajo me pareció algo más que estupidez; ya sería cobardía. Y yo, que jamás busqué los líos, tampoco nunca fui un gallina.
Además, esta fue la tercera vez que tanteé a suerte de un modo parecido; aceptando, nunca porque sí, siempre por una y otra razón, algún riesgo. Y antes, no había pasado absolutamente nada. Como, después de todo, era previsible, ni sombra del Toro.
En realidad, nosotros en estas últimas semanas, habíamos llegado a vernos en cuatro ocasiones. Pero ninguna sirvió para que me diera cuenta si la situación había cambiado en algo o no. Aunque hubiera querido, él nunca podría haberme atacado. En dos de esas veces, en la primera y en la... tercera, nos vimos, de día, en el centro, de lejos y de pasada. En la primera, él estaba de guardia en la puerta de la Jefatura; y yo venia de la Intendencia, adonde había ido a pagar la planilla de la casa. Recién lo vi cuando yo pasaba por la Catedral. No me intranquilicé. Hice como si no lo viera y seguí por Dieciocho hacia abajo, en dirección al Banco República. Pienso que él también me vio.
En la tercera, él iba por Dr. Robledo hacia el Barrio Don Marcos, con otro policía, los dos uniformados. Yo venía hacia el Centro, en el Austin, y aquí hice también como si no lo viera. Miré por el retrovisor y él, aunque seguía caminando, había vuelto la cabeza hacia el auto.
Las otras dos ocasiones fueron más raras. Al domingo siguiente del regreso de Eva, yo tenía una monta en la Pista de Salvo: una yegua de Cardozo, a la que siempre corrí yo. El fue igual y con su mujer, quien hasta me saludó y me obligó a responder el saludo y mirar hacia donde estaba él. Había llevado con ellos a los dos gurisitos mayores. La mirada que le vi bien de cerca, desde el centro del picadero a la primera fila de curiosos, me pareció hostil. Tal vez haya habido mucha imaginación mía, no sé si al ver o al ir después recordando, pero creo que quiso tapar el disgusto de su derrota, con una capa de burla.
Yo podría mandarme la parte y hacerle presente que toda esa tarde anduve desarmado porque, por supuesto, no iba a correr con el revólver en la cintura. Pero no sería honesto y, además, usted no me creería. Con la familia al lado, el Toro no podía armar lío. Pero la presencia de él, igual me incomodaba, ¿entiende?
Esa tarde no ganamos, robamos. Llegué en pose, sin castigar, con casi cuatro cuerpos de ventaja, sacados en seiscientos metros. Es ridículo, no interesa mayormente, pero ¿sabe de lo que me acuerdo? Vengo regresando con la yegua y lo veo ¿dónde?, haciendo ya cola para cobrar, y mire que en lo previo la cosa no parecía ser tan fácil como resultó. Allí fue él, el que se hizo el que no me veía.
Y la última vez, también fue un domingo. No este último, que recién pasó, sino el otro. Yo venía por Dr. Robledo, solo en el Austin con la gurisa y, al pasar por la Parroquia de la Inmaculada, lo veo entre los canteros, con toda la gente de él: la mujer, los hijos, la madre, los hermanos, las cuñadas, los sobrinos. Tenía en brazos a la gurisita más chica y posaba para Arbelo, el fotógrafo. Seguro que esa fue su última foto: o una de las últimas. Me gustaría verla. Apostaría que salió mirando a lo lejos. Porque no dejó de mirarme, a mí o al auto, ni un solo segundo, lo sé por el movimiento de la cabeza. Yo tampoco, por gusto, le separé los ojos. En esa foto deben haber detalles que la distancia no me dejó ver: la mirada, sobre todo ¿Qué habría en ella?, ¿seguiría la locura de aquella mañana? ¿Se mantendría el odio o se rastrearía también el miedo? ¿O sólo desconcierto e incomodidad? Anoche, se me clavó una espina: ¿Era en realidad a mí a quien buscaba con la mirada?
Y le voy a decir una cosa más: si esa gurisa hubiese sido varón, se hubiese llamado Ulises, como yo. Pero sé que no se animó a ponerle el nombre de Eva. Me cuidé de averiguarlo como quien no quiere, y me dijeron el nombre que eligió la mujer. Es medio raro, ahora no lo recuerdo. No es Adriana pero suena parecido.
Anoche pasé pensando en esa foto. Imaginándola y volviéndola a imaginar. Usted no sabe lo que deseo verla. Es sólo una suposición, quizás una locura, pero tengo la idea de que, a lo mejor, si se da la casualidad de que yo hubiera visto la foto antes de encontrarnos, tal vez ayer no ocurre lo que terminó sucediendo. Hubo mucha mala suerte; pero, para mi, una de las cosas que más nos liquidó fue el dejar de vernos, el no poder seguirnos de cerca las reacciones. Entonces cada uno tuvo que pensar lo peor del otro. Anoche terminé diciéndome que si el Toro seguía en la actitud que mostró cuando me amenazó, entonces lo que pasó ayer, aunque en el fondo no tenga pies ni cabeza, al menos en algo se justifica. Por más lamentable que haya sido, me puedo tranquilizar diciéndome que fue necesario. Pero ¿si el Toro había cambiado?
Mire que eso es posible: el Toro es muy impulsivo, muy atropellado, no es como yo, que soy mucho más tranquilo y más frío, que tardo mucho más en tomar una decisión, pero que luego lo mantengo, cueste lo que cueste. Yo no descarto que el Toro se metiera en el boliche, sin darse demasiada cuenta de lo que hacía. Y si esa amenaza fue cuestión de la desesperación de un día... yo ni quiero pensar más en lo que terminó pasando. Por eso, quiero y no quiero ver esa foto.
Bueno, la quinta vez fue ayer y fue la vencida. Por qué elegí ese camino, ya se lo expliqué, pero antes de contarle el incidente, quiero que tenga en cuenta dos cosas más.
Primera: yo ayer, a las tres de ¡a tarde, llevé el Austin al taller de don Alejandro Martínez, no sé si usted lo conoce, queda en Las Piedras casi Asencio. Tenía un problema de arranque: arrastraba ¿sabe? Tardaba un poquito y eso no me gustaba. Además, estaba para cambiar las bujías. Lo revisaron y le encontraron más de lo que yo pensaba. Fui después a lo de López y Bengoechea y compré los repuestos que me pidieron. Volví al taller y de allí, me fui hasta la pista a varear el zaino de Escobar. No le voy a preguntar si todo lo que hice lo haría un hombre que está dispuesto a balear a otro esa misma tarde, porque supongo que me contestará como el Juez y me dirá: "A lo mejor, si es inteligente, haría todo eso para después defenderse como usted acaba de hacerlo". Acepto que las cosas pueden ser miradas desde ese punto de vista, pero conviene ir a todos esos lugares y preguntarles a los que hablaron conmigo, si me vieron nervioso. Porque si yo fuese tan vivo como dice el Juez, ¿tendré también tanto dominio de mis nervios? ¿Seré tan tranquilo, tan insensible?.
Pero lo que me importa más, es esto que le voy a comentar ahora. La Eva acaba de contarme que en el pueblo andan diciendo que yo entré al bar, únicamente para esperar al Toro. Le juro que eso no es cierto y que es muy fácil de probar que digo la verdad. Primero, si lo estuviera esperando, tendría que haberme comportado de una manera rara; me habría demorado, me mostraría nervioso, miraría para afuera. Ya sé lo que me dijo el Juez: "Tal vez, el que no se demoró fue Valenzuela". Pero igual conviene preguntarle al dueño del bar. El me conoce, yo he ido seguido por ahí, sobre todo en los últimos tiempos. Aunque en esto último no conviene insistir; porque cuando lo dije, el Juez no pudo frenar una sonrisa. Yo me detendría sólo en estos dos puntos: primero ¿cómo sabía yo que esta tarde el Toro pasaría por allí? Porque no trabaja ni vive en Soriano y la madre estaba internada, como ya le dije, en el Hospital. Pero lo decisivo es esto último. El Toro venía por Soriano hacia Dr. Robledo. Cuando lo vi, le quedarían dos cuadras para llegar a Dr. Robledo. El bar queda en la primera cuadra y su única ventana da para la transversal, que ni sé cómo se llama. Entonces ¿cómo podía yo verlo venir desde el interior del bar?, ¿cómo yo podía salir del bar sabiendo que el Toro se venía acercando?, ¿por qué ventana, por qué puerta podía yo verlo? Silo estuviese esperando en el bar, no nos hubiéramos encontrado donde nos topamos. Hubiera sido muy distinto; yo le hubiera salido de atrás y tendría que haberlo atajado a media cuadra de Dr. Robledo. Por eso todo lo que le digo, va a quedar bien claro cuando se haga la reconstrucción. Es así ¿verdad?.
El incidente en si fue muy breve. Todo ocurrió de golpe. Casi ni tiempo de pensar tuvimos ninguno de los dos.
Al salir del bar me encasqueté la gorra y recuerdo que tuve unos segundos de vacilación. Porque la lluvia había arreciado en vez de amainar. Si hubiera tenido dinero suficiente en el bolsillo, tal vez hubiera vuelto a entrar para pedir otro vaso y, entonces, no hubiera pasado nada. Pero a mí siempre me gustó salir con pocos pesos; así por más que me tentase, no podía gastar nada.
Dudé, le decía, y al fin me decidí. Estaba todavía en la puerta cuando me resolví ir por el centro de la calle; porque en la vereda, que es de tierra y pasto, y aún en los costados de la calzada, había un inmenso barrial de esos que uno pisa y se hunde hasta más allá del tobillo. Incluso estuve eligiendo si iba una cuadra más por Lavalleja o ya tomaría por la transversal hacia Rincón. Pero no había duda posible. La transversal era un lago.
La lluvia me había sorprendido desprevenido. Recuerde que había salido enseguida de comer, cuando parecía que el tiempo, después de tres días de agua, iba a escampar. Hasta el sol había asomado. Por eso, y porque andaba en el Austin y me distraje y no me di cuenta que tendría que volver a pie. no me puse ni la capa ni las botas de lluvia, ni llevé el paraguas. Me conformaba con tener, al menos, la gorra: siempre me hizo mal mojarme la cabeza. La tormenta casi consiguió que me olvidara del Toro.
Saltando entre el barro, calculando sin mayor suerte dónde podría haber una piedra, fui llegando al centro de la calle. Y esto se lo voy a describir con detalle, porque tiene una importancia fundamental. Esa zona era la única por la que se podía caminar. Tendría de ancho unos dos metros, más o menos; tal vez, ni alcanzaba. El piso era casi firme, de piedras apenas cubiertas, aquí y allá, por una capita de greda. Toda la cuadra estaba así: a la derecha y a la izquierda, sólo barro, charcos y pastizales donde uno no sabía hasta dónde poner el pie. En el centro, ese caminito resbaladizo, de piedras y greda, que era igual a la vía de un tren.
Yo, pensando en la gripe que estaba pescando, me venía cerrando el saco con una mano y apretándome la gorra con la otra; caminaba contra el viento, por lo que la lluvia me castigaba más y me obligaba a ir agachado. Habré andado unos diez metros cuando, no sé por qué, si por una corazonada, o por la casualidad nomás, levanto los ojos y lo veo venir, en bicicleta, también penando con la lluvia y con el pésimo estado de la calle; zigzagueante. Miré de nuevo y se me fue toda la esperanza. Era él, en persona. Estaría en ese entonces a unos cincuenta metros, aproximadamente.
Recuerdo que lo primero que pensé fue que este encuentro iba a ser mucho más peligroso que los otros. Estábamos como encerrados por el barro: si los dos seguíamos por las piedras, pasaríamos casi rozándonos. Y no había nadie en la calle. Se lo aseguro, porque miré a los costados. Por un instante pensé en meterme de nuevo en el boliche. Después llegué a dudar sobre si podría tomar por la vereda. Pero, ¿usted se da cuenta cómo quedaba yo? El Toro se me agrandaba sólo con que yo cambiase el rumbo; y mucho más con ver-me chapoteando en el barro, hundiéndome y hundiéndome hasta los tobillos.
Me sentí encerrado. Como si yo mismo me hubiera metido en una trampa que sólo tenía dos salidas, ninguna de las cuales me gustaba. Ahí supe que por un tiempo, o nunca más, volvería a casa. Pero igual me vino a la cabeza una tercera posibilidad y me pareció tan superior a las otras, que me aferré a ella, por más que supiese que era casi imposible que se me diera. Deseé que nos fuéramos acercando, que nos cruzáramos y que al final, como si ocurriese un milagro, no pasara nada. ¿Ya no habíamos estado frente a frente, con un revólver amartillado entre nosotros dos, sin que ninguno se decidiese a atacar al otro? Anoche me pregunté si en ese momento llegué a imaginar que podíamos detenernos a hablar. Estoy seguro que eso no me paso por la cabeza y que, silo hubiera pensado, lo hubiera desechado como un disparate.
Resolví, por supuesto, no atacarlo. Pero, ¿cómo conseguía que el Toro no me atacara? También anoche llegué a pensar que queriendo lograr eso, tal vez me excedí, quizás me equivoqué. Saqué el revólver del cinto y lo dejé bajo el saco. Le quité el seguro y le tanteé el gatillo. Eso lo hice, más que nada, para preparar mi defensa; pero lo hice sin disimulo, para que se diera cuenta que yo venía armado. Yo sólo quería pasar junto a él, como si no lo viera. No lo iba a mirar. Si él se hubiera quedado quieto, no hubiera ocurrido nada.
Lo que tardamos en recorrer esos metros, debe haber durado una eternidad. El, en bicicleta, marchaba casi más despacio que yo. Los dos no dejamos de mirarnos. Yo, por debajo de la visera de la gorra, y él tampoco quitándome los ojos de encima, pero sin disimulo.
Todo vino a suceder en un segundo. Se bajó de la bicicleta y, sin soltarla, me la puso enfrente, impidiéndome el paso. Ahí ocurrieron, al mismo tiempo, dos cosas. Le oigo decir: "Pará, pará" y me encuentro con el puño de él, casi encima de mi ojo izquierdo. Se me encandilé esa vista. Dolor no sentí nunca, pero me fui trastabillando hacia atrás y aún no sé cómo no caí de espaldas. Apenas, pero apenas, conservé el equilibrio. Quedé casi sentado sobre mi tobillo izquierdo. Ahí me lo torcí, todavía me duele; por eso rengueo. Pero también fue ahí que salvé la vida. En el suelo estaría completamente perdido.
La vista izquierda me quedó nublada. Aferré el revólver con las dos manos y apunté. Hubo un instante en que no lo vi bien: un poco, la niebla del ojo, y un mucho, que lo veía casi doble. Como en la televisión, cuando hay fantasmas. Durante ese mismo instante, él quedó quieto. No debe haber pasado un segundo. Tal vez, tres quintos.., el tiempo que demora un caballo en sacar tres cuerpos de ventaja. En seguida, volvieron a ocurrir dos cosas casi simultáneas: él recién solté la bicicleta (aún no entiendo por qué no lo hizo antes) y yo apreté el gatillo, dos veces. Creo que cuando sonó el primer disparo, la bicicleta no había terminado de caer.
Quedó quieto, creí no haberle dado. Ahora lo sé, porque me lo dijo el Juez cuando yo ya había terminado de declarar, que uno de los dos balazos hizo impacto. Lo herí en el costado izquierdo de refilón, la bala rozó no sé cuál costilla; entró y salió. Como él conservó todos sus movimientos y no se llevó la mano a ninguna parte, creí que le había errado. Tal vez creyó lo mismo; quizás tampoco se dio cuenta que estaba herido.
Yo tiré esos dos disparos, a matar. Eso declaré, porque esa es la verdad. Pienso que si intento acomodar las cosas a mi favor, me perjudico. Si diciendo la verdad, les cuesta creerme ¡cuánto más si me pongo a mentir!
Yo ya tiré a matar, porque me consideré en peligro de muerte. Fíjese que le había dado a entender que venía armado y él igual me atacó. No se olvide, además, que me había amenazado y yo creía que él también estaba armado.
No sé explicar por que, pero después de esos dos disparos volvimos a quedarnos quietos por un instante. Se agazapó como un arquero y abrió los brazos, pero no hizo ningún movimiento. Yo seguía apuntándolo; pasé mi mano izquierda a aferrar la muñeca de la derecha, pero no apreté el gatillo. No nos dijimos nada, sólo nos miramos. La lluvia me chicoteaba en la cara. Los dos jadeábamos. Nos separarían unos tres metros y en el medio, tirada en el suelo, estaba su bicicleta.
De pronto, se abalanzó hacia mí. Pero, antes, para acortar la distancia, dio un gran paso, que casi lo hizo pisar la bicicleta, y eso me alertó aún más. Y cuando se me venía, saltando en el aire, yo tuve tiempo no sólo de apretar el gatillo sino hasta de apuntar. Y ahí sí le acerté. Al principio no supe exactamente dónde, pero vi que cuando alcanzaba la mayor altura del salto, se desplomó y cayó de pico. Dio de cabeza contra el suelo de piedra; de ahí tal vez las raspaduras que tenía en la frente. También hizo con el cuerpo una especie de vuelta cambota. No fue él quien la decidió, sino que la provocó el impulso.
Recién ahí pensé que iba ganando y que ya era difícil que perdiera. Habremos quedado a un metro de distancia. Por un instante, quedó inmóvil en el suelo. Le vi la herida en el hombro izquierdo, muy cerca del cuello. También sangraba por una herida en la cintura. Ahora sé, porque me lo dijeron en el Juzgado, que esa última era el orificio de salida.
Cuando yo terminaba de apuntarlo nuevamente, amagó reincorporarse, pero le estorbaba la bicicleta. Porque el pie izquierdo se le quedó enredado entre los rayos de la rueda delantera. Si en ese instante no hubiera querido llevarse la mano derecha a la cintura, ahí mismo terminaba la cosa. Pero ese movimiento me asustó; creí que estaba tanteándose en busca de su revólver y no esperé más. Volví a apretar el gatillo, por última vez.
Le destrocé la sien izquierda. Quedó boca abajo, con la cabeza torcida hacia atrás y recostada sobre la otra sien, la derecha. Por allí, por debajo de la cabeza, comenzó a salir mucha sangre, bastante más que por la herida que yo veía. En ella la sangre asomaba y se escondía, volvía a asomarse y a esconderse, resbalando de a poco por la frente y agitando cada vez menos un grumo rosado, un pedazo de cerebro, que se había atascado en el orificio.
Comprendí que todo estaba terminado y bajé el revólver. Aún huelo el olor a la pólvora y siento a la lluvia empapándome la ropa y corriendo por mi cara y mis manos.
Todo sucedió más rápido de lo que se demora en contarlo. Sé que nadie nos vio, pero los que escucharon los tiros, deben haberlos oído casi de corrido. Los dos primeros, muy juntos; el tercero, apenas separado y el cuarto, igual. Así: pam... pam... pam... pam. ¿Qué se puede pensar en un tiempo tan breve? Mire: lo único que yo quería era no darle ventaja. Deseaba que no pasara nada; que nos cruzáramos, como si no nos hubiéramos visto. Pero, después que me pegó, yo tenía que matarlo. Si no, me mataba con mi propio revólver. Ni hablar después que le tiré los primeros balazos.
Sé que está jugando contra mi el hecho de que él, al final, como usted ya sabe, no estaba armado... Pero apenas se piense un poco, eso no puede ser decisivo. Porque ¿qué podía esperar yo de un hombre que me había amenazado y que, pese a haberle demostrado que tenía un revólver entre mi ropa igual me atacó?
Mire, no necesita decírmelo. Ya lo sé por las preguntas de la policía y del Juzgado. ¿Cómo pruebo la amenaza, si estábamos solos? ¿Cómo pruebo que él fue quien atacó primero, si nadie nos vio? El Juez fue bien sincero. En determinado momento me dijo algo así: "Ulises, todo lo que usted me cuenta es bastante creíble; y hasta deseo que sea verdad. Pero apenas me pongo en el punto de vista de Valenzuela me empiezan las dudas. Por ejemplo.., yo soy el Toro como usted lo llama. Vengo desarmado: entonces ¿cómo se me va a ocurrir atacarlo a piñazos a usted, que desde hace rato me viene mostrando que tiene un revólver en la mano? Y si le he pegado ¿por qué me quedo quieto, como usted mismo me ha dicho, aunque sólo sean sus tres quintos de segundo, dándole tiempo a recuperarse? ¿Por qué cuando usted me apunta, después de haberse casi caído, yo todavía tengo la bicicleta en mis manos?"
Lo único que atiné a responderle, al principio, fue esto: "Si yo le estuviera mintiendo no le daría tantos detalles, o por lo menos callaría esos que usted ha mencionado". Entonces, él me contestó: "Exacto. Eso es lo que yo pienso y, por eso, quisiera creerle... Pero no puedo. ¿Sabe lo que llego a sospechar? Que esos detallecitos que usted me ha ido dando, son el precio que paga para que nosotros le creamos". Yo me enojé, creo que eso se notó en la cara y en la voz con que le dije: "Así que ahora yo no sólo tengo que explicar lo mío sino también lo del Toro. ¡Lindo negocio! ¿Y qué va a pasar si nadie consigue explicar las cosas que hizo el Toro?" Me quedó mirando; al final se sonrió, pero fue una sonrisa fría, bastante burlona: "Y bueno, Ulises, yo le diría que esas son las desventajas de que Valenzuela ya no puede hablar". Ahí se atascó la conversación y nos quedamos callados. Por más que busqué y busqué algo que contestar, no se me ocurrió en el momento nada. La comparación que le voy a hacer dentro de un ratito, recién anoche me vino a al cabeza. El Juez me quedó esperando. Al final, yo le mostré mi ojo y le dije: "¿Usted cree que esto pudo hacérmelo al final?" El me contestó: "Evidentemente, no. Pero ¿cómo me asegura que fue antes, y no después, de los dos primeros disparos?" Y así, nos fuimos enredando en cuestiones de detalle y terminamos en preguntas que me parecieron sin mayor importancia. Todo esto me pareció que no quedó suficientemente claro.
Y, por supuesto, me preocupa, porque está en juego mi libertad. Pero, sin embargo, por encima de todo remordimiento o de todo miedo a estar aquí mucho tiempo, me siento aliviado. Mire que también a mi este alivio, esta tranquilidad, me asombran. Es que... se terminó la pesadilla. Y salí de ella, no sólo sano y salvo, sino además, de una manera que me conserva el respeto por mí mismo. Maté a un hombre; sí; maté a un compadre; maté al Toro... pero yo sé, aunque nadie más me crea, que no pude hacer otra cosa; que no tuve más remedio; que no soy un asesino. Y esto, ahora me sirve de mucho. La conversación con la Eva, también me sirve. Ayer andaba por la calle y ahora estoy preso y no se sabe por cuánto tiempo; pero ayer yo no era una persona, era un animal con miedo. Hoy, aunque quisiese lo contrario, me siento mucho mejor que ayer. Y eso, a pesar de que maté a un hombre ¿se da cuenta?
No crea que no lamento lo que pasó. Anoche no dormí; no dejé de pensar en el Toro, tratando de entender qué sintió en esos últimos minutos.
A esta altura, estoy seguro o al menos casi seguro de que no manejé bien la situación.
Ya le dije que creo que esa ostentación que hice, de que estaba armado, produjo un efecto contrario al que yo quería. Pero estoy mucho más seguro que el Toro manejó peor esta situación y que por eso, sucedió lo que sucedió.
Mi suegro, que siempre temió que mi raza y mi oficio me convirtieran en timbero, tal vez por eso, me insistió mucho con una idea: la de que la suerte no tiene la importancia que le damos. Decía que sólo adelanta o atrasa lo que tiene que pasar. Hasta ayer de tarde, fue para mi una gran verdad. Ahora me pregunto: ¿Será tan así? Quisiera creerlo... Quisiera creerlo como el Juez quiere creerme a ml. Quiere pero no puede.
Anoche, pensando en esto, se me representó clarito lo que ayer nos pasó al Toro y a mi. A mí me gusta hablar y pensar en comparaciones; sólo así puedo explicarme muchas veces. Empiezo a pensar en una cosa y al final me sale la comparación y encuentro la forma de decir que hasta ese momento se me escapaba. A veces, demoro; por eso quedé callado frente al Juez. Pero lo que quise decir está en esta comparación.
A mi siempre me encantó el circo y no sé por qué, mientras a otros gurises les gustaban los leones, los payasos, los chimpancés o los magos, yo me quedaba, por lejos, con los equilibristas. No sé si será porque sufro vértigos pero ese andar sobre una cuerda, siempre me dijo mucho. Pues bien, con equilibristas es la comparación.
Usted pone a dos hombres, que nunca hicieron esa prueba, a uno en una punta de la cuerda y al otro, en la otra; y les dice que tienen que atravesarla al mismo tiempo y que cada uno debe llegar al otro lado... Cuando se encuentren en la mitad, lo más probable es que uno o los dos caigan, porque no son equilibristas y porque nunca han trabajado juntos. Las decisiones de uno tendrían que coincidir con las del otro y cada uno sospechará lo peor. El que haga el primer movimiento y permita que el otro, para defenderse, aproveche para empujarlo, ese caerá.
Yo, con este ejemplo, me animaría a contestarle al Juez. El Toro y yo nunca pasamos por un trance como el de ayer. Es natural, entonces, que los dos nos hayamos equivocado, no una sino varias veces, y que hayamos hecho cosas que no tienen explicación. ¿Por qué, entonces, pedir explicación a todo lo que haya hecho o dejado de hacer el Toro? Si él era, justamente, el menos inteligente de los dos, el más impulsivo, el más atolondrado.
Pero, además, le diría otra cosa, que tiene relación con lo que comentaba mi suegro. ¿Por qué pensar que a uno de los dos, al Toro o a mí, le corresponde toda la culpa de lo que pasó? ¿Por qué buscar un culpable? ¿Por qué yo tengo que defenderme, culpando al Toro de todo lo que ocurrió?
¿Por qué no se puede hablar de mala suerte? ¿Por qué los equilibristas se encontraron, de pronto, frente a frente, en la cuerda floja? ¿Entiende por dónde voy?
Anoche he pensado muchas cosas por el estilo. Si yo hubiera demorado un día el arreglo del auto, si hubiese decidido no ir por el atajo, si no hubiese entrado al bar a tomar un vaso de vino, si me hubiese quedado a tomar otro, si hubiese elegido ir por la transversal por más inundada que estuviese... déjeme decirle una última: si no hubiese sido tan abundante la lluvia, y la vereda estuviese más o menos seca, como para que yo fuese por ella y no por el centro de la calzada ¿igual me hubiese atajado el Toro?
Sólo estaría tranquilo y pensaría que pasó lo que era absolutamente inevitable, si pudiera asegurar que esa maldita lluvia adelantó lo que igual hubiera ocurrido mañana, o la semana que viene, o dentro de un mes. Ahí tendría razón mi suegro; ahí sólo habría que buscar culpas.
Y entonces me contestaría sin dudar, por más que no me creyesen, que el Toro se mató al amenazarme.
Pero eso, no lo puedo asegurar. Más aún, si me aprieta, tendría que confesárselo: desde anoche, no puedo dejar de suponer que, más adelante, ya no ocurriría lo que ocurrió. ¿Por qué? Porque el Toro habría terminado de cambiar. Sí; yo creo ahora que él había empezado a cambiar.
Por eso es que le hablé de esa última foto que se sacó cuando el bautismo de su gurisa. Por eso es que quiero y no quiero verla.
"A esto hay que ponerle un fin" me dijo y hasta me propuso dos, que no me gustaron: "o te las tomás o te liquido". ¿Ayer todavía pensaba lo mismo?
Quisiera decir que si; pero no puedo. Casi tengo que decir que no. Tanto insistió el Juez en esos detalles, que me puse a pensar en ellos y ahora veo, casi clara, la explicación.
Gané yo, es cierto, porque yo estaba armado y él no. Pero esa ventaja enorme, esconde otra que me parece de igual importancia. Yo estaba decidido; el Toro, no. Yo quise pasar como si no nos viéramos; pero, de igual modo, estaba dispuesto a matarlo, apenas él me atacara. Lo hizo, no vacilé en tirar. Mis únicas dudas, si así se las puede llamar, se dieron al comienzo, cuando él estaba todavía lejos. Pero, después, no dudé más. Superado ese piñazo, que no esperaba, nunca le di tiempo para que se recuperara. Fíjese en el último tiro: mirado de afuera, tal vez fue innecesario; desde mi punto de vista, no. No podía darle la posibilidad de que sacara el revólver.
En cambio, él nunca supo bien qué hacer; ni al comienzo, ni por la mitad, ni al final.
Lo que me dijo el Juez, me quedó dando vueltas en la cabeza.
Por eso, anoche reviví todo el incidente como si yo fuera el Toro. Fue ahí que se me aclararon las cosas.
Lo primero que me doy cuenta es que el Toro tuvo que sufrir muchísimo más que yo esa eternidad que hubo desde que nos vimos hasta que él me detuvo. No pase por alto el hecho de que yo al ser amenazado, estaba mucho mejor preparado que él para un encuentro casual, no querido por ninguno de los dos. Yo pensaba que en cualquier momento podía ser atacado; supongo que él descartaba que yo tomara la iniciativa. De otro modo, no se explica que ayer anduviese desarmado. Tampoco olvide que sentir el bulto del revólver en la cintura, da cierta tranquilidad, que sólo se puede apreciar, se lo digo por experiencia, cuando se necesita el arma y no se la tiene. Añádale a todo esto el error que cometí. Apenas me vio, se debe haber dado cuenta, por mis movimientos, que ayer no se iba a dar lo de aquella mañana en el boliche, porque yo ya no tenía, precisamente, una escoba en la mano. Estoy seguro que, en ese momento, me malinterpretó; no dudo que pensó que yo estaba dispuesto a matarlo.
Cuando me vio sacar el revólver, y ponerlo debajo del saco, tenía sus dos manos en el manubrio. Y allí necesité dejarlas hasta el mismo momento en que se bajó de la bicicleta y me la puso delante. ¿Se da cuenta? El, que estaba desarmado, habrá pensado que cualquier ademán que hiciese de llevar una mano al cuerpo, motivaría que yo empezase a disparar. Por eso, no apartó sus manos del manubrio; por eso no hizo ningún movimiento raro. Así fue porque siempre lo estuve mirando por debajo de la visera de la gorra. Mientras yo caminaba relativamente tranquilo porque le llevaba la ventaja de ya tener el revólver en la mano ¿qué habrá sentido él con cada paso mío, con cada pedalazo suyo? Si a mí esa aproximación me pareció una eternidad, ¿cómo la habrá visto él?
Pero fíjese en esto. El veía que yo tenía el revólver en la mano y que no disparaba, pese a que le constaba, porque cazamos juntos, que tengo buena puntería. Póngase en su lugar: pregúntese por qué yo no tiraba; para él habrá existido una sola respuesta: yo me seguía arrimando para asegurarme y reasegurarme que no erraría. Cada metro que nos acercábamos era un metro más que me daba para matarlo mejor. Y pese a que ya estábamos suficientemente cerca como para volarle la cabeza a una perdiz, yo siempre encontraba tiempo, según él, para un paso más; y para otro; y para otro...
Esa angustia, si la vivió así, descontrola a cualquiera. Porque lo peor es que no tenía nada que hacer. Estaba desarmado; montado en una bicicleta. Cualquier movimiento que hiciese, desencadenaría mis disparos. Estaba en descampado; antes que, chapoteando, llegara a un árbol o alcanzara el murito de una casa, tendría en el cuerpo, de acuerdo a lo que pensaba, tres o cuatro balas. No creo que esa posibilidad, de tirar la bicicleta y buscar algún refugio, le haya cruzado siquiera por la cabeza. Era absurda. Además, él jamás se achicaría de ese modo.
Estaba más entrampado que yo. No tendría ninguna otra alternativa aparte de hacer lo que hizo: seguir avanzando y no dejar de mirarme. Estoy seguro que si en ese momento yo saco o amago sacar el revólver, él se arroja de ¡a bicicleta y empieza a tirarse a un lado ya otro, intentando esquivar las balas e irse acercando hasta desarmarme. Era la única salida, por más desesperada que fuese, que le quedaba.
Pero, de pronto, en el tiempo que yo demoro en dar un paso, comienza a suceder algo que lo sorprende. La situación cambia: ya no es tan sin salida; y cada vez lo es menos. Paso a paso, pedalazo a pedalazo, mejora. Ese petiso que él tiene enfrente, no se ha demorado en tirar por puro cálculo, como él creía, sino por otra razón muy distinta. Ese petiso no ha tirado, y está perdiendo esta oportunidad increíble de matarlo, porque es un jodido. ¡Un jodido! O porque no tiene revólver. Jamás pensó, estoy seguro, que yo quería cruzar sin atacarlo, pasar como si no lo hubiera visto.
Siga pensando como él. ¿Cómo se explica que ese petiso guampudo siga acercándose tanto? ¿No se da cuenta que está posibilitando cada vez más el manotazo salvador, la lucha cuerpo a cuerpo que a él en nada lo favorece? O no se anima o en realidad no tiene revólver. O quiere... balearlo a quemarropa.
Pienso que todo eso pudo haber pensado el Toro en ese momento. Entonces ocurrió una de dos: o se envalentonó, porque me creyó cobarde o sin revólver, o resolvió jugársela, si supuso que yo quería matarlo a quemarropa. Fuere cual fuese el motivo, siguiendo un primer impulso se bajó de la bicicleta, me la interpuso y me dijo ese "Pará, pará" que también me preocupa.
Fíjese que ese "Pará, pará" puede significar muchas cosas. Por un lado, puede ser una orden, ¿no?: un mandato para que deje de caminar. La bicicleta, que me pone enfrente, sería un gesto que acompaña a esas palabras. Pero, por otro lado, puede ser un pedido: para que detenga un ataque que he iniciado. Y enseguida me tira la bicicleta para obstaculizarme. Al Juez, tampoco se le pasó por alto esa posibilidad.
Por eso quiero que quede bien claro que no fue un pedido. Yo no lo estaba atacando. Era clarísimo que yo estaba pasando junto a él, como si no lo viera. Pero tampoco el grito me sonó como una orden. ¿Qué le digo?... No sé si los nervios de entonces o la memoria de ahora me engañan. Me sonó, por un lado, a cachada; por otro lado a fanfarronada... ¿Quiere otra comparación? Para mi, ese "Pará, pará" me sonó como si en una mano de truco, en la última baza, cuando usted es pie, le han echado el retruco y tiene miedo que le tiren el dos de muestra, le salen jugando un naipe inferior a su cuatro. Entonces usted, levanta despacito su cuatro hasta el techo, sin mostrarlo todavía, y le dice al gil que está enfrente: "¡Pará, pará che! ¡Aflojé la mano! ¡Valecuatro!". Bueno, así, o muy parecido, me sonó entonces, o me suena ahora ese "¡Pará, pará!" del Toro. Había alegría, una especie de festejo en ese grito.
Yo ya se lo dije: la única manera que tenía el Toro de salvarse era que me dejara pasar, como si no nos hubiéramos visto. Al gritarme y al ponerme la bicicleta enfrente, él mismo se firmé, dentro de lo que de mí dependía, su certificado de defunción.
Entonces, o llegó a ver que sacaba el revólver de debajo del saco, lo que no recuerdo si en ese instante empecé a hacer, o me leyó la intención en la cara y, en un segundo impulso, me dio ese piñazo un poquito arriba de este ojo, del izquierdo.
Que fue un impulso, no tengo la más mínima duda. A pesar de haber sido un golpe de mucha fuerza (fíjese ahora, si no... ) fue una pésima decisión. O me pegaba en otro lado, por ejemplo en el estómago, que me desacomodaba totalmente y me dejaba ahí mismo a su disposición, o en la mandíbula, que me tiraba del todo al suelo y tal vez me noqueaba, o se abalanzaba sobre mí y empezaba a luchar imponiendo la diferencia de peso, pero nunca debió pegarme aquí en el ojo, porque podía suceder lo que justamente sucedió. El propio golpe me llevó lejos y me hizo recuperar la distancia que, en el intento de pasar sin pelear, había perdido. Así salvé la vida. Por eso estoy seguro que ese golpe no lo pensó. Fue además, demasiado rápido, demasiado sorpresivo; fíjese que me dio de lleno y de quieto, pese a que yo estaba alerta. No alcancé a verlo sacar el puño; cuando quise acordar tenía la mano sobre el ojo.
Para mi, el golpe lo sorprendió hasta él mismo, como esas frases que uno se encuentra de repente diciendo mientras discute, cuando cree que recién empieza a pensarlas. Sea como sea, lo cierto fíe que en ese instante perdió la última y la única oportunidad que tuvo de salvarse. La bicicleta quedó en sus manos, porque no tenía absolutamente nada planeado. Tardó un instante en reaccionar y esa demora también le fue fatal. Cometió tres errores, uno detrás de otro: pararme, pegarme, dudar. Li demás, usted ya lo sabe.
Me queda una sola cosa por explicarle. Parece que hay un testigo que se asomó a la ventana, después de oír los cuatro tiros, y que declara que me vio tirarle el revólver en la cara, cuando él ya estaba en el suelo.
Dicen que el cuerpo tiene un tajo grande en la ceja izquierda, que confirmaría lo declarado por el testigo.
Me dio rabia que dieran tantas vueltas; diciéndome primero lo del testigo y lo de la herida, como si yo, si me lo preguntaran de entrada no fuera a admitirlo de plano. Sí, es cierto. Lo hice, y no lo niego.
Mire, cuando vi que se estaba muriendo me descontrolé. Bajé la guardia ¿entiende? Por un lado, sentí una alegría animal, como jamás tuve en la vida. Creo que fue algo muy natural: esa alegría que me vino es el alivio que tengo todavía.
Por otro lado, al darme cuenta que esa tarde ya no volvería a casa, que corría el peligro de quedarme varios años preso y que todavía no había hecho las paces con la Eva, sentí que el Toro, después de todo había conseguido joderme la vida.
Lo miré y aún estaba vivo. No quiero recordar aquélla cara cubierta de barro y sangre. Había abierto la boca y respiraba con inmensa dificultad. En realidad, boqueaba. También movía una mano; a duras penas, la abría y la cerraba. Daba lástima, parecía estar tanteando la vida que le quedaba, el dominio que aún le restaba sobre el cuerpo. Yo estaba parado junto a su cabeza. En eso, movió lo ojos y pareció clavarlos en mis zapatos y oí un sonido, que escuché, o recuerdo, como una "e" arrastrada.
Ahora quiero pensar que era un ruido sin sentido; nada más que un estertor. Pero, en ese momento, le miré la boca y creí ver lo que temía: los dientes, unidos por hilos de saliva enrojecida, quisieron morder el labio inferior. No me contuve; no le di más tiempo; le tiré el revólver en la cara. Ahora me digo que fue imaginación mía; que me apuré demasiado. Que ya a esa altura, con el cerebro destrozado era imposible que pensase.
No puedo creer que quisiera tanto a la Eva como para morir con el nombre de ella en la boca.

Tomás de Mattos
Publicado en el volumen Trampas de barro. Lectores de la Banda Oriental
Reroducido en Cuadernos de Marcha Nº 111 Enero 1996

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