Los jueces prejuzgados  
Las dos mujeres lo miraron sin esperanzas. Cuando desapareció, continuaron ignorándonos. Recostados al tronco de una misma higuera (en esta rastrera sombra nos ha encerrado la cabra) aún no sabemos qué hacer con nuestras reas o con nosotros, porque el Resucitado nos ha advertido: "Hijos que fuisteis de Abraham, ya se os dijo de qué se las acusa. Juzgadlas. Y según haya sido vuestro fallo (no dijo: sea), así será vuestra suerte".
Mientras yo me entregaba a trivialidades casi consoladoras, Elifaz meditaba y Sofar nos miraba suplicante. El Ángel, dejando de pacer, nos miraba de tanto en tanto, con una hostilidad que afila sus cuernos y una agudeza que transforma sus estúpidos ojos de cabra.
Fue Elifaz el primero en hablar: "Ángel que has sido de El-Que-Es ¿la sentencia ha de ser de todos? o ¿cada uno ha de fallar por sí, Siervo de Sadday?"
Nada respondió la cabra. Terció Sofar: "Así deberá ser: si siempre hemos sido amigos y común ha sido nuestra vida, pareja ha de ser nuestra suerte. El fallo ha de ser uno y de los tres, como Uno y Tres ha resultado ser El-Que-Es". Dijo Elifaz: "Quiero lo contrario, cada uno ha de fallar a su criterio; cosechar lo que siembre a su parecer. Así como a cada una de estas desdichadas les recaerá lo que sólo es consecuencia de sus actos, caiga sobre cada uno de nosotros la salvación, si acertó, o la perdición, si fue injusto".
Por mi parte (creo que no necesito deciros que para siempre se me ha de llamar Bildad aunque hoy el fuego me consuma) nada esperaba ni espero de El-Que-Es. Por eso no compadezco a las mujeres; su situación no ha sido peor que la nuestra. Ni las desprecio: no puedo considerarnos, aunque lo fuéramos, mejores que ellas. Me callé cuando la cabra apuntó hacia mí sus cuernos: "Y tú, Bildad, el que fue de Suab ¿ qué te dicen tus padres? ¿qué máxima te han legado las generaciones abolidas? ¿no existe más la halaka?". Agregó, irritada dijo: "¿Es que ha fenecido tu esperanza? ¿Es solamente un hilo tu confianza? Tu seguridad ¿una tela de araña?" Comprendí que no era dado amar a Sadday y sólo, como en mis días, pensar en El. Volví a callar.
Enfrentando a Elifaz dijo la cabra: "Hijo que fuiste de Temán ¿habrá quien te responda? ¿a cuál de los santos te habrás de dirigir? No ha de ser a mí, vuestro maldito sentenciante; no ha de ser a mí, lejano ya de toda salvación; no ha de ser a esta cabra viva y muerta, que hace mucho y ahora y siempre será hollada en el mismo umbral de la Puerta". Y dijo a Sofar: "Y tú, que ya no conoces a Naamat ¡quisiera Sadday hablarte y revelarte los arcanos de la Sabiduría! Si alejares la iniquidad que hay en tu puño y echaras de tus tiendas a la injusticia, acaso alzaras limpia la frente y te sintieras firme y sin temor; en el olvido tus penas y bien protegido, tranquilo, tu sueño. Pero ¿qué podrás hacer tú? ¿qué podrás ya saber?".
Se acercó a las mujeres (a las que fornicaron con los poderosos y acosaron a los justos) y nos dijo: "Aquí las tenéis. Echadas a vuestros pies, exactamente como ellas se postraron ante quienes ya fueron aplastados como polillas; dependiendo, eso digo, de vuestra palabra; sometidas, eso os advierto, a vuestra justicia, que no ha de ser peor que la que ellas sirvieron".
Ha esperado algo así como una noche y en esta hora nos ha dicho: "Uno a uno, los tres habréis de fallar ¿quién será el primero?" Grita Elifaz: "¡Sean réprobas!". Pregunta la cabra: "¿Por qué?". Responde Elifaz:
"Ya lo he dicho: los que labran maldad y siembran aflicción, de ellas cosechan". Patea, la cabra, el suelo. Y grita (jamás queráis oírla): "¡ Seas maldito!" Y ya nunca veremos a Elifaz.
Tócale el turno a Sofar, porque a él mira la cabra. Y dice Sofar: "Sean absueltas". Vuelve a preguntar la cabra: "¿Por qué?". Responde Sofar: "En mi perdón, hoy espero confiado las bienaventuranzas de El-Que-Es. Entrego, pues, a estas mujeres, mi intercesión, que es la única de la que puedo disponer". Le ha dicho la cabra: "Correrás la misma suerte que ellas". Y grita (que nunca tengáis que oírla): "¡Maldito seas!". Y nunca más veré a Sofar.
Ha llegado, pues, mi turno. Cuando me mire la cabra diré: "No he de fallar sobre estas mujeres. Ya no hay en mi esperanza. Si Sadday me ha dejado para siempre de su lado y nunca ha sido mía la justicia ¿cómo puedo condenarlas? ¿quién me obedecerá si las absuelvo?" Y probablemente la cabra me responderá: "Has sido el más sensato, el único que ha advertido su condición". Y pregonará a los que puedan oírle: "¡Sea Bildad maldito!" (Que se me exima de semejante recuerdo). Y desde ese instante (ya me mira la cabra) perderéis toda posibilidad de verme. 

Tomás de Mattos
Los más jóvenes cuentan
Editorial Arca, Montevideo - 1976

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