La gran sequía

"¿Eres tú, azote de Israel?"
(Libro Primero de los Reyes 18-19)

Secas estaban las aguadas; bajo cielos esplendorosos, reinaba el hambre en Tisbé de Galaad. Sin hallar sosiego, los cuervos planeaban de uno a otro confín.
Regresaba Elías, el tesbita, de visitar el sepulcro de Camaliel, su único hijo. Un sol sangriento se desplomaba apacible hacia el abismo y ya avistaba el viejo, el terebinto y el humo del hogar. Oía también el balido del cordero sin madre. Pero otro descanso ansiaba:
"Reina Baal en mi tierra; asesinados sus profetas, Yahvéh nos ha abandonado; la sangre de los últimos justos ha espantado la vida de los dominios de Ajab".
De pronto, divisó la nube. Pequeña y llameante: fuego y no agua. Ignea y regular silueta flotando en la transparencia violácea del firmamento. Bajo ella tres hombres, de pie en el llano, castigados por el polvo que agitaba un recién levantado viento, lo contemplaban. Algo hizo caer a Elías, rostro en tierra. Y decirles:
—Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases de largo junto a tu siervo. Acompáñame hasta la que es tu casa y mandaré que te traigan agua para lavarte y vino y pan, para reconfortar nuestro corazón.
Contestaron:
—A eso, Elías he venido. A estar contigo.
Mandó Elías a sus criados que mataran al cordero y lo asaran al fuego. Una vez que comieron, los tres miraron a Elías:
—¿Pensabas que ya no quedan justos en el reino de Ajab? Te diré que aún viven siete mil en Israel que no doblaron sus rodillas ante Baal ni sus bocas le besaron Y algo más te revelaré sólo dos han habido antes como el que hoy respira ante nosotros; y después que él se vaya (porque no morirá) sólo otro de su talla clamará en el desierto antes de que yo venga entre ustedes.
Calló Elías mientras su alma se disolvía en desconocido gozo.
—A ti te estoy nombrando —le dijeron— a tí que ansias la muerte cuando aún no has vivido.
Les contestó:
—Me halagas. Señor ¿pero qué han hecho mis años para que yo pueda merecer tal juicio? ¡Ni siquiera soy digno de mi hijo, asesinado por respetar tu nombre!
Le ordenaron:
—Vende tus bienes y repártelos entre los pobres y sólo con tu manto, sin alforja, sandalias ni bastón, vente conmigo al desierto.
Elías los contempló alejarse hasta que se perdieron en la oscuridad. Al día siguiente vendió todos sus bienes y a la hora de la ofrenda repartió su precio entre los pobres. Durmió en profunda paz y al amanecer se encaminó al desierto sin alforja, sandalias ni bastón. Los cuervos (aún no le llamó la atención su número) sobrevolaron su sombra.
Pero ninguno de los tres visitantes estaba en el desierto.
Ardiendo en despiadado esplendor, azotado por el polvo, disipó el gozo, y el hambre y la sed oprimieron sus entrañas. Día tras día, su vista menguaba. Pero permaneció en el desierto. Porque se dijo:
"Es mejor que si por mi locura he abandonado mis bienes, termine aquí mis días. No sería para gloria de Yahvéh mi regreso; los mismos a los que en mi temeridad beneficié, me recibirán con burla".
Y clamaba a los cielos sin nube:
—¡Aunque no haya vivido, dame tú la muerte! Que otro grite por ti en el desierto mejores palabras que las mías.
Durante la cuadragésima noche un piquete de soldados le dio captura. Lo ataron a una columna, lo azotaron y escupieron. Mientras luchaba por liberarse, una voz muy lejana, tanto que parecía provenir de las raíces mismas del universo, clamaba su nombre. Pero Elías no podía escapar hacia el solitario.
Despertó y vio un cielo gris, preñado de lluvia.
—¿Quién me llama? — preguntó, aún sin entrar en la vigilia.
A sus espaldas, alguien habló:
—¿Hemos tardado?
Elías volvió la cabeza y vio a uno de sus tres visitantes: sucia la túnica, consumido el rostro, cuarteada la piel por el sol del desierto. Se le dijo:
—¿Siempre hemos de velar mientras otros duermen?
Y se le preguntó:
—¿Hemos tardado, Elías?
Confundido no respondió.
—¡Elías! ¿Hemos tardado?
Al fin, se animó a replicar:
—Señor. ¿Tú crees que no?
El otro se había sentado en cuclillas y escribía con el dedo; luego se demoró en desentrañar lo escrito. Por último respondió:
—Elías, ambos hemos debido esperar que una sola nube cubriera el suelo de Israel. Recién ahora comienza tu misión; en eso, has de creerme, este momento es mejor para ti que para mi.
—¿Qué he de hacer, Señor?
—Ve donde Ajab y dile: "Vive Yahvéh, Dios de Israel, a quien sirvo. No habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga".
Elías no se movió. Cesó el viento. Menguó la luz. Le fue dicho:
—Vete de prisa, que no conozca pausas tu andar, no sea que la lluvia caiga antes que tú donde Ajab.
Y desapareció.
Mirando a la única, interminable nube, Elías emprendió el camino a Yisreel. Truenos y relámpagos lo acompañaron; no se veía ningún cuervo en el cielo. Pero no sufría, pese al ayuno, ni hambre ni sed.
Ajab miró el cielo y dijo:
—Esta nube debe cubrir la tierra hasta sus últimos confines.
Y volvió a mirar a Elías.
—¿Quién eres tú, anciano? ¿No eres Elías de Tisbé, el que vendió su heredad y la repartió entre los pobres? Vuelve al desierto, antes de que te conviertas en la risa de Israel.
Y Jezabel, inundada por la risa, apoyó su cabeza en el hombro de Ajab. La corte estalló en una carcajada y Elías se oyó tartamudear:
—Llegará el día en que los perros lamerán tu sangre.
Y se fue. Nadie lo detuvo.
Los ecos de la euforia de quienes ya creían oir el rumor de la lluvia llegaban hasta la puerta de la ciudad. Allí lo esperaba a Elías el compañero del desierto, sentado apaciblemente, recostada la espalda contra las piedras ríe la muralla. Mientras, tronando, el cielo amenazaba desgarrarse, aquél le dijo a Elías:
—Sal de aquí, dirígete hacia Oriente y escóndete en el torrente de Kerit, que está al este del Jordán. Beberás del torrente y los cuervos te sustentarán.
Pero antes de obedecer Elías quiso preguntarle:
—¿Verdaderamente habrá un día en que los perros lamerán su sangre?
El otro levantó la mirada y dijo:
—Si. En el mismo lugar que manchará la sangre de Nabot
—¡Nabot! —se lamentó Elías—. ¡Nabot! ¿es preciso que esto otro también suceda?
—No—se le respondió—. Pero sucederá.
Elías anhelaba prolongar la conversación; el otro, también a su pesar, debió instarlo:
—¡Vete! No sea que la lluvia te sorprenda antes de que te escondas en Kerit.
Y desapareció.
Cuatro relámpagos convergieron en el cénit y Elías corrió hacia las afueras mientras el cielo temblaba en un solo estruendo. Por tres horas casi estuvo convencido de que llovería. Hasta que un trío de cuervos, volando mansamente por sus inmediaciones, avivó en su interior una tímida esperanza. Que creció y se expandió cuando sospechó, creyó y supo que los cuervos, girando en su torno, lo seguían. Y, entonces, comenzó a caminar lentamente por el desierto.
Al tercer día, sus sombríos acompañantes repentinamente dejaron de sobrevolarlo y, batiendo sus alas, en línea recta lo abandonaron. Como ya habían vadeado el Jordán, Elías no se intranquilizó. Cansado y hambriento, supuso con júbilo que el torrente de Kerit estaba próximo. Pero la inmesa nube aún no había abandonado un solo palmo de la tierra de Israel.
Llegado al torrente, los cuervos le trajeron comida: le llevaban pan por la mañana y carne por la tarde. Y toda la escondida agua de Kerit era suya.
Sin embargo, con los días, el torrente comenzó a secarse. A pesar de ello, Elías era feliz. Ya no lo hostilizaba el esplendor, que a las dos semanas, se expandió por el cielo. Se decía:
"¡Vive en mí un profeta de Israel! Siete mil justos tiene nuestro pueblo y Yahvéh no nos abandonará. De las grietas de esta tierra, resucitará la vida en los dominios de Ajab".
Únicamente sufría Elías la soledad: el silencio del mundo. Al principio interpretó que sus torvos sirvientes eran ángeles: pero los pajarracos evidenciaban no comprender lo que hacían. Cumplían instintivamente su misión, rehuían su compañía. Y aunque Elías se sentía muy solo, no temió por su cordura: lo sostenían su estómago sin apremios y el mudo esplendor del cielo.
Al mes se secó el torrente. Y al día siguiente, los cuervos faltaron a la cita de la mañana. También los de la tarde y los de los cinco días siguientes. A la media tarde del séptimo día, el ánimo de Elías comenzó a ensombrecerse como el cielo: una nube como la palma de un hombre crecía desde el Oriente.
A sus espaldas una voz le dijo:
—Dentro de tres años, recibirás con júbilo una nube como esa.
Elías cayó en tierra.
—¿Habré sido injusto con Moisés? —le preguntaron los tres visitantes—. ¿Estará en vosotros el ser de tan poca fe?
"Así me has hecho", pensó Elías.
—No —le respondieron—, a mi agradéceme la vida y el llamado. Y nada más; lo demás atribuyelo a tí mismo. Aunque lo mío es todo.
—¡Me muero de hambre! —clamó Elías.
—¿Podrás caminar hasta Sarepta? —le preguntaron—. Allí encontrarás una mujer joven, cargando leña...
Callaron.
—¿Y? —preguntó Elías.
—Y... no se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza, hasta el día que yo conceda la lluvia sobre la haz de la tierra — le respondieron, antes de desaparecer.
Cuando entraba por la puerta de Sarepta, temeroso de que alguien lo reconociera, Elías vio allí una viuda que recogía leña. La mujer tenía hambre. Elías la llamó y le dijo:
—Tráeme, por favor, un poco de agua para mi en tu vaso para que pueda beber.
La mujer le obedeció y Elías se reconcilió parcialmente con la vida.
—Tráeme por favor —volvió a pedirle— un bocado de pan en tu mano.
Y la mujer rompió a llorar. Al fin, le increpó:
—¡Vive Yahvéh tu Dios, no tengo nada de pan cocido; sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la orza. Estoy recogiendo dos palos, entraré y lo prepararé para mi y para mi hijo, lo comeremos y después moriremos.
—¿Cómo sabes —fingió extrañarse Elías— que Yahvéh es mi Dios? ¿No es el tuyo Baal?
—En Sarepta —le respondió la mujer— no hay otro Dios que Yahvéh y que a él adoras lo sé por el tatuaje que llevas en la frente —y le señaló con el dedo, dos cicatrices rectas, cuyas mitades convergían perpendicularmente en el centro de la frente.
—Nunca me lo he hecho —protestó Elías.
—Ahí lo tienes —respondió la mujer y comenzó a recoger su leña.
Supo insistir Elías:
—No temas. Entra y haz como has dicho, pero primero prepara una torta pequeña para mi y tráemela; y luego harás otra para tí y tu hijo. Porque así habla Yahvéh, Dios de Israel: "No se acabará la harina en la tinaja, no se agotará el aceite en la orza hasta el día en que Yahvéh conceda la lluvia sobre la tierra".
La mujer miró al viejo. Dudó; y, al fin, le compadeció:
—Creo que es loca tu esperanza —le dijo—. Las faltas de Israel, las que tú tendrás y las mías, no merecen sin duda el perdón de Yahvéh. ¿Así no lo dice la larga suerte que sufrimos? ¿La ininterrumpida ausencia de la Mano? Pero... sólo si tú tienes razón mi hijo no morirá.
Entró, cumplió las órdenes de Elías y, al cabo, salió con los panes. Comieron primero él y luego ella y su hijo. Simón, que entonces tendría diez años. Recién cuando terminaron la viuda dijo:
—Se acabó la harina en la tinaja y se agotó el aceite en la orza.
Elías sonrió, condescendiente, y dijo:
—Ve de nuevo a tu cocina y compruébalo otra vez.
—Ve tú —respondió la mujer con idéntica condescendencia—. Lo que vean tus ojos lo creeré.
Confiado, insistió Elías:
—Quiero que sean tus ojos los que vean. Yo no lo necesito. Callados, quedaron uno frente al otro, mientras Simón seguía durmiendo en el regazo de la madre. De tanto en tanto, Elías la miraba inquisitivo. Al fin la mujer se rindió ante la fe que irradiaba Elías y dejando al niño con cuidado, entró en la casa.
No esperaba Elías oír su risa. Como nunca había oído igual, abandonó su cabeza entre las manos tensas. Recordó; y recuperó su ánimo. La mujer salió dispuesta a callarse cuando, profiriendo un grito, que pareció de júbilo, señaló el horizonte.
Elías adivinó que señalaba una nube.
—No ha de llover —advirtió con calma.
—¿Por qué? —preguntó la viuda—. ¡Por Oriente se acerca una sola, inmensa nube!
—Aún faltan tres años —informó Elías.
La mujer dudó:
—Y si llueve... ¿a nosotros qué? —razonó con piadosa cautela Elías—. ¿La lluvia ha de llenarte hoy de harina la tinaja y de aceite la orza?
La mujer se sentó. Pero aún no creía en Elías. Pronto el cielo ennegreció. Sin embargo, y por diferentes razones, no entraron. Al fin, Elías volvió a tener hambre y entonces dijo:
— Hazme otro pan y luego comerán tú y tu hijo.
—¿Has enloquecido?
—Si tu eres la que tiene razón —respondió Elías— tu hijo morirá
No le sorprendieron las exclamaciones de la mujer en la cocina.
—¡Grande, si, es Yahvéh! —asintió sin moverse de su lugar—. Pero apúrate, por favor, que tengo hambre.
Un relámpago surcó el cielo enteramente entoldado y un trueno estremeció a toda Sarepta. Pero Elías no se inmutó: acababa de ver a tres cuervos, posados en el alero de la casa.
Después de estas cosas, Simón cayó enfermo y la enfermedad fue tan recia que se quedó sin aliento. Entonces, la viuda le dijo a Elías:
—¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Es que has venido a mi para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?
Nada respondió Elías. Sólo pensaba que el niño habría de morir en menos de una hora. Salió y se sentó bajo un árbol de larga sombra. Recordó a Gamaliel. Vanamente esperó la Visita. El cielo, esplendoroso: sin una nube, sin un cuervo. Llegó, en cambio, el tiempo en el que, adentro, a la mujer pareció escapársele la vida en un interminable alarido.
Temeroso, Elías entró a la casa.
—Dame tu hijo —le ordenó.
Se lo quitó del regazo y subió a la habitación donde él vivía y lo tendió en su lecho.
Tres veces se acostó sobre Simón y dijo:
—Yahvéh, Dios mió, no sé lo que te pido pero haz, por favor, que este niño vuelva a vivir.
No terminaba de decirlo por última vez cuando Simón se quejó y abrió los ojos para ver el rostro estupefacto de Elías. Rompió a llorar. Las rodillas del viejo quedaron a uno y otro lado del cuerpo del niño. Alzó su tronco Elías, llevó sus manos al cansado corazón y cerró los ojos.
"¡Ahora sé bien como nunca lo supe antes —pensó— que soy hombre de Dios! ¡Si yo hubiera tenido esta misma fe cuando me trajeron el cadáver de Gamaliel! ¡Soy hombre de Dios! ¡La Mano de Yahvéh está atada a mis labios!"
La viuda abrazó al viejo.
—¡Ahora sí que te he conocido bien —le dijo— que eres hombre de Dios! Porque no has podido ser tú quien ha hecho lo que estoy viendo.
—Y tampoco —le respondió Elías, entreviendo el consuelo que podía acallarle la memoria— has sido tú la que has dicho lo que acabo de oir.
Elías estaba solo en las afueras de Sarepta cuando oyó a sus espaldas la voz de Ajab:
—¿Eres tú, azote de Israel?
Sin volverse, respondió:
—No soy yo el azote de Israel sino tú y la casa de tu padre por
haber abandonado a Yahvéh y haber seguido a los Baales.
Pero ahora envía a reunir junto a mi todo Israel en el monte
Carmelo y a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal que comen
junto a la Mesa de Jezabel —complementó otra voz.
Elías cayó inmediatamente rostro en tierra.
— ¡Señor! Te esperaba.
Lentamente, levantó la mirada:
—¿Y Ajab?
—¿Ajab? —le respondieron—. No hay nación o reino donde no haya mandado a buscarte y cuando le dicen que no te han visto hace jurar al pueblo entero.
—Seis veces han venido en estos tres años sus mensajeros —quiso informar Elías.
—Ajab —le dijeron— se desespera. Hoy teme que hayas muerto. Y todo Israel me aguarda en tí.
—Luego ¿cree al fin, Ajab —preguntó Elías— que tu Mano se ató a mis labios?
—Jezabel —contestaron— le dice que tú has ofendido a Baal.
Se ensombreció la mirada de Elías.
—¿Y Ajab? —preguntó.
—También escucha a Abdías, el que protegió a cien de mis profetas.
—¿Qué he de hacer, Señor?
—Ya te lo he dicho —le contestaron—. En el Carmelo hemos de demostrar, Yo y tú quién es el único Dios. Desde la cumbre mi reflejo abrasará al novillo que tú me ofrendes y quedará intacto el que se destine a Baal. Esto es lo que has de proponer a Ajab: que al fuego diga quien es Dios.
Calló Elías.
—Sólo deberás tener presente —agregaron— que deberás rociar el novillo con el agua de doce tinajas que encontrarás junto a los restos del que fue mi altar. Doce serán las tinajas, Elías, como doce han sido los hijos que Jacob me ha dado, como doce serán los propagadores de mi noticia y como doce habrán de ser las puertas de la Ciudad Santa.
Volvió Elías a hundir su rostro en el polvo.
—Ahora regresa por última vez a tu casa —ordenaron— y abandona la viuda a mi cuidado (no advertirá la diferencia). Toma contigo a Simón, que me pertenece, y vayan a Kerit. Cuando lleguéis os visitarán los cuervos. Una vez que hayan comido y dormido, ordena a Simón que busque a Abdías y le diga: "Elías te espera". Y no temas: estaré contigo cuando Ajab venga a tí.
—Sea, Señor —aceptó Elías.
Antes de desaparecer, le dijeron:
—Una pregunta te haré, Elías, que después me habrás de contestar: ¿llegará contigo el tiempo en el que los vencidos vivan? Porque, sábelo, mi Mano está también atada a tu brazo.
Llegó Abdías a Kerit y, cayendo sobre su rostro, le dijo al profeta:
—¿Eres tú Elías, mi señor? el muchacho me dijo que aquí me esperabas.
—Yo soy —respondió el viejo—. Se me ha ordenado hablarle ¡porfin! de lluvia y de rocío a Israel. Ve y dile a tu señor: "Elías te espera".
Gimió Abdías.
—¿En qué he pecado pues me entregas en manos de Ajab para hacerme morir? ¡Vive Yahvéh tu Dios! No hay nación o reino donde no haya mandado buscarte Ajab y cuando decían: "No está aquí" debíamos hacer jurar a la nación o al reino que no se te había visto. Y, ahora tú me dices: "Vete a decirle a tu señor: 'Ahí está Elías'." ¡Me matará! ¿Nadie te ha hecho saber lo que hice cuando Jezabel mandó matar a los profetas de Yahvéh, que oculté a cien de ellos, de cincuenta en cincuenta, en dos cuevas, y les alimenté con pan y agua? ¿Y ahora me ordenas que vaya sin tí, a Ajab?
Respondió Elías:
—Dile: "Elías te espera"
—¿Eres tú, azote de Israel? —dijo Ajab, apenas vio a Elías.
El viejo permaneció sentado cuando llegó el rey. Lo acompañaba un hombre joven, de penetrante mirada, vestido pobremente con una túnica blanca, sin costuras.
—¿No era yo la risa de Israel? —respondió Elías— Más bien diría que eres tú el azote de los hijos de Jacob; tú y la casa de tu padre por haber abandonado a Yahvéh.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Ajab, sin sentarse—. Difícil es saber tu precio.
—Quiero saber —dijo Elías— quién es Dios: Yahvéh o Baal. Que el fuego lo decida. Convoca al pueblo junto al Carmelo y trae contigo a los cuatrocientos cincuenta profetas que engordan en la mesa de tu mujer.
Bajó cielo esplendoroso, Elías se acercó al pueblo, ignorando a Ajab y a su corte. Miró muchas cosas y al fin preguntó: 
—¿Hasta cuándo Israel dejarás que Yahvéh no te hable? ¿Hasta cuándo doblarás la cerviz, hasta cuándo dejarás que tu sangre manche tu túnica, hasta cuando aceptarás cojear teniendo los dos pies sanos? ¿Hasta cuando te venderán un dios de mercaderes?
El pueblo no respondió: tampoco el hombre vestido de blanco que había entre ellos.
—¿Merecerás a Elías? ¿Me dejarás solo? ¿Dónde están los justos con los que cuento? ¿Cuál es tu arma, Israel? ¿Quien tu mano, quién tu brazo? ¿Dónde está tu pecho?
El pueblo no respondió. Elías temió flaquear. Sus ojos se refugiaron en el apacible compañero de Simón.
—¿Sólo será Elías el profeta de Yahvéh? ¿Elías contra cuatrocientos cincuenta?
Lentamente, Elías fue donde Ajab:
—Que nos den dos novillos y que ellos —dijo señalando a los Baales— elijan uno y lo despedacen y lo pongan sobre leña, pero que no enciendan fuego. Otro tanto haré yo, a mi tiempo, con el restante.
Encaró a los profetas de Baal:
—Invocaréis el nombre de vuestro dios; y llamaré a Yahvéh. Y el dios que responda por el fuego, ése es el único Dios.
Volvió hacia el pueblo y lo miró:
—¡Está bien! —exclamaron algunos de la multitud—. ¡Está bien!
Regresó hacia Ajab. El rey asintió con la cabeza y le preguntó:
—Si el fuego falla en tu favor, ¿tus labios llamarán, por fin, al rocío y a la lluvia?
—Si el fuego falla a favor de Yahvéh —le respondió Elías—, ¿lamerán un día tus perros tu sangre?
Y se retiró a un lugar apartado.
Con prontitud, los cuatrocientos cincuenta profetas mataron y prepararon al novillo. Desde la mañana hasta el mediodía invocaron a su dios, clamando: "¡Baal, respóndenos!" Danzaban cojeando en círculos concéntricos, que se movían en sentido alternado, en torno al altar de Baal. Pero no hubo voz ni respuesta. Tres cuervos asediaban la fresca carne del novillo y eran vanos los esfuerzos por espantarlos. "¡Baal, respóndenos!" clamaban. Pero no descendía el fuego.
Hacia el mediodía Elías comenzó a reírse y a acosarlos con sarcasmos. Parte de Israel festejaba ya sus dichos. El compañero de Simón, sentado entre el pueblo, parecía regodearse en silencio. Gritaron más alto los profetas, sajándose según su costumbre, con cuchillos y lancetas hasta chorrear sangre sobre ellos. Cuando pasó el mediodía, se pusieron en trance hasta casi la hora de hacer la ofrenda, pero no hubo voz ni fuego, ni quien escuchara ni quien respondiera. El novillo se cubrió de moscas. Batiendo sus alas los cuervos se alejaron hasta la cumbre del Carmelo.
Entonces Elías se acercó a las ruinas del altar de Yahvéh y llamó junto a si al pueblo. Les ordenó tomar doce piedras y erigió con ellas un altar. Y proclamó:
—Doce son las piedras como doce fueron los hijos de Jacob. Este altar será construido tantas veces como sea necesario hasta que se abran las doce puertas de la Ciudad Santa.
Hizo alrededor del altar una zanja y luego ordenó que de a cuatro tinajas por vez se derramara el agua sobre el holocausto. Esto terminado, cayó rostro en tierra y oró mentalmente para que sólo Yahvéh lo oyera:
"Bien sabes. Señor, que estoy dispuesto a pedir tu fuego cuántas veces lo consideres necesario. Pero me permito decirte que conviene, acaso más a Tí que a mi, que se me escuche en el primer intento".
Era la hora de hacer la ofrenda. Los cuatrocientos cincuenta profetas continuaban en trance, pero el pueblo ya les daba la espalda. Se arremolinaba expectante en torno a Elías. Este, como si no vacilara, levantó los ojos al cielo y dijo en alta voz:
—Yahvéh, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, que se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he ejecutado todas estas cosas. Respóndeme, Yahvéh, respóndeme, y que todo este pueblo sepa que tú, Yahvéh, eres Dios que conviertes sus corazones.
Apenas callado Elías fulguró, desde el Carmelo, un reflejo y desde el holocausto y la leña, las piedras y la tierra, ascendió hacia el cielo, sin estruendo, una llama que también lamió el agua de la zanja. En un instante se consumió el novillo. Intrincadas madejas de humo negro proliferaron sobre los restos, destramándose lentas hacia la altura.
Todos, Elías y el pueblo, cayeron sobre su rostro Mientras Elías pensaba: "¡Grande eres Yahvéh! Verdaderamente me has elegido como tu brazo", las gentes aclamaban al profeta, a Israel y a su único Dios.
Ajab, desde lejos contemplaba. Sonrió con tristeza y le preguntó a Abdías que estaba a su lado:
—¿Y tú qué dices, mi amigo? ¿Qué es más fácil? ¿Qué el fuego lama el agua o los perros mi sangre?
Irguióse Elías y vio que los profetas de Baal comenzaban a huir. Entonces gritó al pueblo:
—¡Vosotros a mi y todo Israel contra ellos! ¡Que no escape ninguno!
Y blandía ya el puñal con el que había sacrificado al novillo. La hoja apuntaba hacia el cielo. Al grito de "¡Yahvéh! ¡Yahvéh!" emprendieron la persecución. Su rey los dejó hacer Ajab vio regresar a Elías ensangrentado y fatigado, vitoreado por el pueblo. Temió por sí.
—¿Y ahora qué, hombre de Yahvéh? —le preguntó.
—Ordena al pueblo que ayune doce días y doce noches. Tú y yo daremos el ejemplo —respondió Elías
A la decimotercera mañana, el cielo estaba tan límpido como el día del holocausto. Sin embargo, dijo Elías a Ajab:
—Entra a tu tienda, come y bebe porque ya oigo el rumor del agua.
Y comenzó, penosamente, el ascenso del Carmelo. No habiendo llegado a la cumbre porque no le dieron las fuerzas, se desplomó en tierra, encorvando de tal manera el cuerpo que pudo esconder su rostro entre las rodillas. Al cabo de una hora dijo a Simón, que lo había acompañado
—Sube y mira hacia el mar.
Simón subió, miró, bajó y dijo:
—No hay nada.
Al cabo de una hora, Elías ordenó:
—Vuelve
Simón subió, miró, bajó y dijo:
—No hay nada
Y esto en cinco ocasiones más.
A la séptima vez, Simón informó:
—Hay una nube como la palma de un hombre que sube desde el mar.
Exclamó Elías:
—¡Alabado seas, Yahvéh!
Y ordenó a Simón:
—Baja y dile a Ajab: "Unce el carro y vete: no te detenga la lluvia".
Con dificultad siguió al muchacho.
Poco a poco se fue oscureciendo el cielo por las nubes y el viento y se produjo gran lluvia. Buscó el pueblo a Elías pero no lo encontró: la mano de Yahvéh había venido sobre él que, ciñéndose la cintura, corrió delante del carro de Ajab hasta la entrada de Yisreel.
"Mañana quizás asesinen a Elías por orden de Jezabel —pensaba el viejo—. ¡Pero hoy ha muerto Baal para Israel! ¡Gloria a Yahvéh!"
Mientras tanto, tres cuervos sobrevolaron el torrente de Quison, donde Elías degolló a los cuatrocientos cincuenta profetas, pero no tocaron los cadáveres. Cuando comenzó a llover se posaron, ateridos, sobre el desolado ramaje de un terebinto.

(Quiere ser glosa de los capítulos 18 y 19 del Libro Primero de los Reyes)

Washington Benavides
Montevideo, 1984
Prólogo de Tomás de Mattos "La gran sequía"
Lectores de Banda Oriental
Octubre de 1984

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