Reedición de "¡Bernabé, Bernabé!" Nuevos reflejos de la barbarie 
LOS MOTIVOS por los cuales un escritor puede reescribir su propio libro pueden ser muchos: desde una exigencia editorial como hizo Faulkner con Gambito de caballo, a un estímulo externo que incite a escribir otro texto con el mismo tema que el primero, como en el caso de Marguerite Duras con El amante, cuando a posteriori de la película, reformuló su historia autobiográfica en El amante de la China del Norte. El caso de Tomás de Mattos con ¡Bernabé, Bernabé!, es curioso. Su libro fue un éxito editorial sin precedentes en el momento de su aparición: la novela más leída de la literatura uruguaya posdictadura. La decisión de reescribirla parecía, a primera vista, un acto de audacia excesivamente riesgoso. Una vez leída, se descubre no sólo que esa decisión fue un acierto, por la maestría con que los nuevos episodios encajan sin violencia en la estructura de la novela, sino también porque esta reescritura le da nuevas y necesarias resonancias a una historia que tiene todavía mucho para decir. 

Aparecida en 1989, ¡Bernabé, Bernabé! tocaba un punto extremadamente sensible de la memoria histórica nacional. Un país que había hecho de la "garra charrúa" un mito fundador, a la vez había sepultado en el olvido y en los meandros de la mala conciencia colectiva el hecho de que los indígenas no fueron víctimas del poder colonial español sino de la joven República, que persiguió y exterminó a las últimas tribus en 1831. Octavio Paz reveló en cierta ocasión su perplejidad frente al hecho de que países como Argentina y Uruguay, que habían asentado su modernización sobre un genocidio, hubieran escrito y pensado tan poco sobre ese hecho que los marcaba definitivamente como nación. Hurgando en ese episodio silenciado, al que ni siquiera atienden los manuales de historia más que con un párrafo y a veces con una nota al pie, de Mattos reconstruyó en su novela las fuerzas y los intereses en juego de aquel episodio. Mediante el método dialógico, que involucra a distintos actores sociales (y que según Mijail Bajtín es el que mejor define la esencia de la novela moderna) el escritor ponía en juego una pluralidad de voces a través de varios testigos y observadores que dan sus distintas versiones, justificaciones o condenas frente al exterminio. Dejaba así al lector en libertad de interpretar lo sucedido, en el entendido de que la búsqueda de la verdad es un imperativo moral, y que ésta no se encuentra químicamente pura sino que es el resultado de verdades parciales, o de aproximaciones paulatinas. Su designio más que denunciar, era comprender y viabilizar una reflexión sobre las culpas colectivas, sobre la memoria, sobre el poder y sus contradicciones. 

ALGO MAS QUE HISTORIA. La intención de iluminar la historia reciente a través de la campaña de 1831, quedaba clara en la estructura misma de la novela, en tanto el manuscrito de Josefina Péguy, narradora fundamental de ¡Bernabé..., aparecía recogido por un enigmático M.M.R. que firmaba su prólogo en 1946, coincidiendo con los juicios de Nuremberg, y la novela misma (la de de Mattos), se publicaba en 1989, en momentos de la discusión sobre la necesidad de juzgar o no a los responsables de las violaciones de los derechos humanos. El libro, que concitó polémicas en la prensa y hasta en el Parlamento, fue leído en general como una novela histórica, (hasta se le hicieron absurdos reproches a de Mattos atribuyéndole opiniones que eran de alguno de sus personajes) cuando la Historia --si bien seguida con una fidelidad escrupulosa-- era sobre todo el pretexto para iluminar sorprendentes paralelismos con el presente. Pero no había allí nada forzado ni oportunista: la novela está armada con tal maestría literaria, resulta a tal punto convincente en su rechazo a las simplificaciones, que la tragedia de Bernabé Rivera y su pecado de hybris, vale por sí misma y se extiende por eso hacia otras dimensiones de sentido. 
Tomás de Mattos escribió su novela, según sus propias palabras, "como un espejo de nuestro tiempo, casi como una parábola de la insensibilidad ética ante las atrocidades que se perpetran y ante los bárbaras exclusiones que se consuman en pos de cambios civilizatorios". Precisamente, su carácter polémico se explica porque el silenciado exterminio charrúa toca zonas de la identidad colectiva cuya pervivencia arroja luz sobre las "soluciones" de la historia reciente --las "razones de estado" esgrimidas tanto por los responsables de la campaña contra los charrúas como por los represores durante las dictaduras rioplatenses; la ley de caducidad; el concepto de "obediencia debida"; incluso la manipulación de la memoria que reduce a un enfrentamiento entre la guerrilla y el ejército, lo sucedido en esos años. En este sentido, como El astillero de Onetti, como El Paredón de Martínez Moreno, o como Uruguay una sociedad amortiguadora, el ensayo de Carlos Real de Azúa, ¡Bernabé, Bernabé! es uno de esos libros clave que iluminan la conformación de la sociedad y la historia uruguayas. 
Pasaron once años desde la primera edición de ¡Bernabé... En ese lapso el país y el mundo cambiaron con un ritmo mucho más acelerado que en los años anteriores. Cambiaron también las visiones del futuro --más apocalíptico que hace una década-- y también del pasado, porque, como afirmó Kundera, nada cambia tanto como el pasado. Vivimos en un mundo de creciente individualismo, donde se diluyen las responsabilidades colectivas, donde los acontecimientos pasan sin dejar huella en la memoria, anestesiados por la acumulación de una información abrumadora que no deja entrever su sentido. Como un espejo desasosegante, el nuevo ¡Bernabé... es un libro de fin de siglo. Sorprende cómo una historia casi olvidada del XIX puede seguir emitiendo preguntas tan interpeladoras del presente. Ese es uno de los milagros de la literatura: la capacidad demiúrgica del escritor de crear núcleos que no cesan de emitir significado, de renovarse con cada lectura, con cada lector y su circunstancia. Tal vez los lectores uruguayos de hoy, estemos en mejores condiciones --diez años después, y cuando se ha reabierto el tema de los derechos humanos con otra madurez-- para dejarnos sacudir, en lo colectivo y en lo individual, por el revulsivo ético de esta novela. 

LO NUEVO. Según ha escrito el propio de Mattos, fueron las nuevas investigaciones de Eduardo Acosta y Lara --autor del fundamental La guerra de los charrúas, que ya había sido una de las fuentes para el primer ¡Bernabé...-- publicadas por la Revista de la Facultad de Humanidades, las que lo estimularon a reescribir la novela, incluyendo los nuevos datos. Uno es el plan de Fructuoso Rivera que convierte en tres premeditadas masacres sucesivas lo que hasta ahora se había creído una sola. Otro, la participación de Venancio Flores, del general argentino Juan Lavalle y de un regimiento de residentes brasileños, en una extraña prefiguración de lo que sería luego la Triple Alianza contra el Paraguay (y, hasta podría agregarse, sin forzar demasiado, del Plan Cóndor). Y sobre todo, el papel jugado por los civiles, incitando desde las sombras a Rivera. Escribe M.M.R. en el prólogo: "La tragedia de Bernabé parece una ópera. Si así fuera, ¿no deberíamos atender a cada uno de los instrumentos que, a su turno, resuenan en esta orquesta tan vasta como nuestra pequeña sociedad? Miremos hacia el foso, tratemos de ver quién o quiénes mueven la batuta". 
Más aun que en la primera versión, la novela es una "épica a media rienda": los episodios de la guerra se alternan con momentos de calma --una prolongada conversación entre Josefina, su marido, su padre y el sargento Gabiano en un plácido asado que "actualiza" y desmenuza los hechos, el recuerdo de una cena con Melchor Pacheco y Obes en casa de Josefina y su discusión de sobremesa--. Y hay también sutiles cambios, algunos mínimos, otros no tanto, como la peculiar relación, menos armónica de lo que parecía en la primera versión, entre Josefina y su marido. Hasta hay un guiño (pág. 182) que enlaza el libro con La fragata de las máscaras, la novela anterior de de Mattos. 
Es notable como los episodios "nuevos" enriquecen y actualizan la condición interpelante de la novela, sin desviarse de la historia central, apenas ahondando en su sentido. 
Algunas de las cartas reales de Fructuoso Rivera que esta edición incorpora erizan la piel de los lectores de este cambio de siglo, por lo que significan como negación del diferente, de "los otros" a quienes se despoja de la condición humana y por tanto de todos sus derechos. Esos otros fueron los charrúas, y hoy pueden ser tanto los que piensan diferente como las víctimas de conflictos étnicos, o esa masa creciente de excluidos sociales y económicos que son sacrificados en aras de la modernización y de una supuesta "eficiencia". 
Pero además, la novela viabiliza una discusión sobre la ética individual, con la que es imposible no sentirse involucrado. En el pasaje que podría titularse "la lanza de Cordúa", Josefina introduce una reflexión sobre el destino y la libertad humanas que está en el núcleo central de toda la obra de de Mattos. Analizando las sangrientas muertes posteriores de los responsables de la masacre (Bernabé, Laguna, Raña, Lavalle, Flores, Fortunato Silva, Obes, Garzón) la narradora discurre sobre el destino o la "fatalidad", como resultado ya no de poderes sobrenaturales, sino de la propia libertad: "Nuestra y solo nuestra, es la responsabilidad no ya sólo de los actos que cometemos, sino de los varios entornos en los que poco a poco, por comisión u omisión, poco a poco nos sumimos para que nos condicionen, induzcan o determinen". A contrapelo de lo que propone hoy la cultura del consumo y del éxito, sostiene el concepto griego de la felicidad como una factura de las propias decisiones, como una realidad íntima que se conquista de modo paulatino y que consiste en "ir siendo, a pesar de las mezquindades propias y ajenas, la persona que potencialmente podemos y debemos ser". Y centra la clave de esta conquista en el discernimiento del bien y del mal, seguramente el tema que sostiene y que organiza, hasta en lo formal, toda la obra del cristiano Tomás de Mattos. 
Como su maestro Melville, como Dostoievski, como Kafka, como Saramago, de Mattos pertenece a esa tradición de escritores críticos, que desasosiegan al lector porque le recuerdan su propia condición de caminantes en la niebla. Una literatura que nos interpela como individuos y como comunidad, en un momento en que la resignación parece ser el ingrediente más usado en la culinaria que nos ofrece la cultura de este fin de siglo. Con mano certera de auténtico narrador, de Mattos ha creado un espejo que seguramente seguirá reflejando los rostros de quienes se acerquen a él, de igual modo como Bernabé vio el suyo en el charco de sangre y barro en que lo hundió la lanza de un charrúa hace ciento setenta años.
¡BERNABÉ, BERNABÉ!, de Tomás de Mattos. Editorial Alfaguara. Montevideo, 2000. Distribuye Santillana. 329 págs. 

Rosario Peyrou
Suplemento Cultural "El País"
20 junio 2001

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