Bernard Malamud, el moralista obstinado
Por Leonardo de León

Revolución del alma

Basta un rápido análisis de los comportamientos humanos para entender las desfiguraciones de la ética actual. El fenómeno de la modernidad ha convertido al exceso en una necesidad más que en un impulso efímero. Difícil es imaginar una solución, pues el examen de las consecuencias humanas siempre ha sido un misterio, incluso para los sociólogos y antropólogos.

Las movilizaciones, los piquetes, y las revoluciones bien intencionadas, abundan. La preocupación de algunos sectores sociales para consolidar un retorno a la introspección del hombre y a sus raíces morales es palpable. Pero las protestas incurren en un error esencial, y este es el actuar en un espacio exterior a la naturaleza del hombre para solucionar un problema que se funda en el interior de este. El equívoco está en la zona que se ataca. Para neutralizar una agresión interna, de nada sirve actuar desde afuera. La batalla debe librarse en las profundidades mismas del ser. La solución estriba entonces en encontrar una estrategia que despeje el acceso hacia el alma humana.

El problema se resuelve con el arte. Toda expresión estética es la modalidad más efectiva para ahondarnos y conocernos íntimamente y, por lo tanto, el problema de la ética deteriorada bien puede ser reconstruida por un buen libro. De los tantos autores que se dieron en abordar el problema, Bernard Malamud es, probablemente, el más significativo. Comentaré dos de sus obras más relevantes orientadas hacia ese fin humanista de pervivir la moral de los hombres.

Malamud

Nació en Nueva York en 1914. Estudió ciencias en la Universidad de Columbia. Trabajó en una oficina de censos, y como profesor. Es autor de seis novelas (una mejor que la otra) y de cuatro colecciones de cuentos. Le otorgaron el premio Pulitzer y, en dos oportunidades, el Premio Nacional del Libro.

Su narrativa se construye sobre una sociedad en destrucción y siempre muestra hombres desamparados en pleno conflicto existencial. Esta intención es la responsable de un objetivo permanente y reiterado que rescata el valor del individuo y sus convicciones ideológicas: "Me parece que la labor más importante del escritor, sin importar la teoría temporal del hombre ni su estado prevaleciente, es volver a capturar su imagen como ser humano tal y como existe en lo más secreto de su corazón. Así es como la historia y la literatura lo han revelado desde el principio."

Las palabras citadas hablan de una concepción estética comprometida con el hombre, pero que no se limita a la superficialidad de los sucesos. Hay una aspiración mucho más honda que tiende a penetrar en el latido mismo de la vida, en el misterio de ese ritmo diverso y plural. Los relatos de Malamud forman parte de los primeros intentos en la literatura de su país orientados hacia el sondeo ético de la humanidad y, sobre todo, de la humanidad judía, lo que nos acerca a una literatura concebida desde el dolor.

Su estilo impone una prosa cargada que menoscaba las áreas más oscuras y reveladoras del sentimiento, y lo hace con un discurso elegante y fluido. Los largos párrafos reflexivos que suele amedrentar al lector son, en el caso de Malamud, el factor preponderante para el relieve y la textura del relato.

El Quijote moderno

"Una nueva vida" (1961) narra la historia del señor Levin, ex alcohólico y depresivo que decide mudarse al oeste del país para comenzar, como bien lo indica el título, una vida que contrarreste la experiencia previa de sordidez, alcohol, y desidia. La mudanza es una forma eficiente de escindir el pasado funesto de la memoria; pero los conflictos afloran en cualquier sitio.

El deseo casi utópico de perfección en el protagonista representa el vínculo hacia un error existencial. Imaginar un mundo perfecto es, en apariencia, dichoso; pero la perfección supone un conflicto en la profundidad del vivir. Un mundo sin problemas es, de alguna forma, una larga condena a la inmovilidad, una aceptación inmutable de las circunstancias, un goce absurdo de un estado monótono. Para vivir se hace necesario ese conflicto que tanto se evita; porque de no ser por las peripecias, el impuso de resolución y superación no existiría.

Levin comenzará a trabajar como profesor en un colegio terciario, disfrutará de la dicha de conocer nuevas personas y paisajes; pero su afán por adquirir un perfil moral inmaculado lo llevará a destrozarse contra la realidad. El mundo circundante se presenta como una sólida muralla que pone a prueba sus convicciones. Levin advierte enseguida la corrupción agazapada que se gesta en el centro donde trabaja, un lugar de docentes clasistas donde la política juega fuerte.

La novela es un largo examen, un sondeo minucioso de la capacidad de tolerancia en un idealista enfrentado al mundo deteriorado, exiliado de la justicia.

El protagonista intentará emular esa corriente contaminada de antivalores, y la batalla le será ardua. Como Don Quijote, Levin arremete contra una realidad colectiva, pero lo hace de una forma menos extravagante. Mientras el Quijote se impone una realidad de caballeros andantes y desplaza hacia un segundo plano a su verdadero mundo, Levin es conciente de su universo y actúa en función de sus percepciones. Esta conciencia de los acontecimientos lo hace fuerte para elaborar una estrategia al mismo tiempo que lo hace más vulnerable al dolor.

Sin embargo, no debemos pensar que "Una nueva vida" se remite a tópicos moralistas respecto a las actitudes profesionales. Las cuatrocientas páginas de la novela tratan otros aspectos humanos como el amor y la amistad, conceptos que también gozan de una moral propia.

La oportunidad

La última novela de Bernard Malamud continúa con el obstinado objetivo de revitalizar la moral. "La gracia de Dios" (1982) nos somete al escenario de un mundo devastado que ha perecido luego de una guerra termonuclear entre dos países. Por esta desmesura de la (in)conciencia humana, Dios decide responsabilizar de lo ocurrido a toda la humanidad y desatar un segundo diluvio. Cohn, el protagonista, se salvará casi milagrosamente, y Dios lo dejará seguir con vida por un tiempo. Sentirá la presión de una vida comprometida, observada en detalle por el ojo omnipresente del creador que se esconde en los cielos y del cual ya no duda. Pronto conocerá a otros sobrevivientes no humanos, y los educará con el deseo de acelerar la evolución y dar inicio a una nueva era en la humanidad.

La misión que asume el protagonista parece demasiado pretenciosa. La historia de la literatura no es indulgente frente a estos casos. La responsabilidad de gestar un nuevo futuro luego de una decisión divina de aniquilarlo hace que Cohn incurra en la desmesura. Y la desmesura se paga.

No agregaré más detalles para no asesinar anhelos, basta decirles que la novela nos instala en el tópico central de todo ser vivo ¿Qué hacer para lograr un futuro prometedor? ¿Qué cualidades debe poseer el ser humano para no volver a cometer los mismos errores destructivos?

Las preguntas, luego de leída la novela, no encuentran respuestas. Solo descubrimos una certeza, y es la violencia inherente que asume el ser humano apenas logra un mínimo de civilización. Los antecedentes que abalan este axioma se remontan a los inicios de la humanidad, recordemos a Caín y a su desdichado hermano. Recordemos.

Leonardo de León

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