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Domingo F. Sarmiento

Osvaldo Crispo Acosta

 
 

Faustino Valentín Sarmiento, conocido por Domingo Faustino Sarmiento, nació de familia muy pobre aunque de antiguo conocida, en San Juan el 15 de febrero de 1811, a los nueve meses de haber estallado en Buenos Aires la Revolución de Mayo. Su padre que fue peón y arriero, sirvió a los patriotas en el paso de los Andes, encargado de transportar los bagajes; asistió a la batalla de Chacabuco y tomó parte en varias revoluciones de San Juan. De su madre ha hecho Sarmiento en los Recuerdos de Provincia un retrato interesantísimo, en el que física y moralmente se descubre su propia fisonomía. Alta de cara huesosa y rasgos muy acentuados, la frente desigual y protuberante, de inquebrantable energía moral, severa y modesta, educada su alma con una elevación superior a toda idea, con igual firmeza nunca desmentida en las circunstancias difíciles y en las fáciles: así fue la madre, y así, modestia aparte, iba a ser el hijo. La pobreza le fue maestra de virtudes oscuras y por eso más nobles; vivió de su trabajo; con él mantuvo muchas veces sola a su familia mientras le faltaba la ayuda de su marido; teñía telas, tejía anascote para hábitos religiosos, hacía pañuelos, corbatas y ponchos con lana de vicuña, «añasjados» para albas, randas, miriñaques, mallas y otras labores de hilo. Jamás quiso pedir a sus parientes ricos el más ínfimo socorro; ocultó las miserias de su vida, no por vergüenza del trabajo, sino por respeto de sí misma y de los suyos, por un sano orgullo de familia. Su inteligencia aunque poco cultivada era clara; supo escribir cuando joven pero lo olvidó más tarde; en las clases de gramática que daba a sus hermanas Sarmiento, ella de sólo oír mientras escarmenaba su vellón de lana por la noche, resolvía todas las dificultades que dejaban paradas a sus hijas.

 

«Dios ha entrado en todos los actos de aquella vida trabajada», — escribe Sarmiento. «En mil conjeturas difíciles he visto esta fe profunda en la Providencia no desmentirse un solo momento, alejar la desesperación, atenuar las angustias y dar a los sufrimientos y a la miseria, el carácter augusto de una virtud santa, practicada con la resignación del mártir que no protesta, que no se queja, esperando siempre, sintiéndose sostenida, apoyada, aprobada. No conozco alma más religiosa y sin embargo no vi entre las mujeres cristianas otra más desprendida de las prácticas del culto».

 

La madre de Sarmiento, —el rasgo es interesante— rezaba en común con sus hijas el rosario o dejaba de hacerlo, sin especiales motivos, según sintiera su ánimo. Esta firmeza de carácter que admite las resoluciones sin causa, los movimientos oscuros de la voluntad, pasa de la madre al hijo, y marca muchos actos de su vida con un sello de gallardía original y extraña.

 

La época de su formación tiene una gran influencia en Sarmiento. Su padre, patriota, ambiciona para él un porvenir de grandezas en el destino que la nueva democracia abre por igual a todos. En 1816 se estableció en San Juan la Escuela de la Patria. En ella Sarmiento es distinguido entre todos los alumnos con el título reservado al mejor, de Primer Ciudadano. Sus aptitudes naturales, una tranquila confianza en ellas que siempre tuvo y mostró hasta con insolencia y la lectura continua de cuanto libro estaba a su alcance, colocaron a Sarmiento en una situación privilegiada. En 1823 es designado, por sus merecimientos, para seguir su educación a cargo del Estado; pero las protestas y reclamaciones de personas pudientes hacen que la elección se decida por sorteo; y así después de reconocida su superioridad, no figura entre los favorecidos y ve por eso llorar silenciosamente a su madre y a su padre tener la cabeza sepultada entre las manos. Las esperanzas puestas en él fuerzan su natural orgullo a un destino glorioso. «En el seno de la pobreza, críeme hidalgo —dice— y mis manos no hicieron otra fuerza que la que requerían mis juegos y pasatiempos». Desde entonces se entrega en todas las horas libres del día y de la noche a la lectura de cuantas obras caen en sus manos; le interesan especialmente la Biblia, una Vida de Cicerón y una Vida de Franklin. Esta despierta sus mayores ambiciones: quiere ser doctor ad-honorem como Franklin y tener como él un lugar importante en las letras y la política de América. Pobre y humilde como Franklin, se siente su igual en el vigor y la tenacidad del esfuerzo necesario para ser lo que aspira. Un presbítero de quien habla con veneración, José de Oro, le sirve durante dos años de maestro. Entretanto es dependiente en una tienda. En 1829 teniendo su casa por cárcel a consecuencia de una intentona revolucionaria, aprende el francés en menos de seis semanas; en 1833 empleado de comercio en Valparaíso, se levanta a las dos de la mañana para estudiar el inglés y paga la mitad de su sueldo por las lecciones que recibe; poco más adelante, mayordomo de mineros en Copiapó, continúa el aprendizaje de esas lenguas, traduciendo novelas y otros libros; en 1837 aprende el italiano; en 1852 se familiariza con el portugués. Gracias a la biblioteca de un amigo, Manuel Quiroga Rosas, puede dedicarse a leer durante dos años desde 1838, los más reputados libros modernos sobre filosofía, política y literatura. De esta manera tras veinte años de lecturas desordenadas pero constantes se considera preparado por la ciencia ajena para la busca del pensamiento propio y a esa empresa, que fue toda su vida y que él mismo caracterizó llamándola traducción del espíritu europeo al espíritu americano.

 

Cuenta Sarmiento que a los dieciséis años salió de la cárcel con opiniones políticas formadas:

 

«Era yo tendero de profesión en 1827 y no sé si Cicerón, Franklin o Temístocles, según el libro que leía en el momento de la catástrofe, cuando me intimaron por la tercera vez cerrar mi tienda e ir a montar guardia en el carácter de alférez de milicias, a cuyo rango había sido elevado no hacía mucho tiempo. Contrariábame aquella guardia, y al dar parte al go­bierno de haberme recibido del principal sin novedad, añadí un reclamo en el que me quejaba de aquel servicio, diciendo: «con que se nos oprime sin necesidad». Fui relevado de la guardia y llamado a presencia del coronel del ejército de Chile, don Manuel Quiroga, gobernador de San Juan que a la sazón tomaba el solcito, sentado en el patio de la casa de gobierno. Esta circunstancia y mi extremada juventud autorizaban naturalmente el que al hablarme, conservase el gobernador su asiento y su sombrero. Pero era la primera vez que yo iba a presentarme ante una autoridad, joven, ignorante de la vida y altivo por educación, y acaso por mi contacto diario con César, Cicerón y mis personajes favoritos, y como no respondiese el gobernador a mi respetuoso saludo, antes de contestar yo a su pregunta: ¿es esta su firma, señor?, levanté precipitadamente mi sombrero, cálemelo con intención, y contesté resueltamente: sí señor. La escena muda que pasó en seguida habría dejado perplejo al espectador, dudando quién era el jefe o el subalterno, quién a quién desafiaba con sus miradas, los ojos clavados el uno en el otro, el gobernador empeñado en hacérmelos bajar a mí por los rayos de cólera que partían de los suyos, yo con los míos fijos sin pestañear, para hacerle comprender que su rabia venía a estrellarse  contra un alma parapetada contra toda intimación (sic).  Lo vencí, y  enajenado   de  cólera,  llamó   un  edecán  y  me  envió a  la cárcel».  

 

El despotismo local lo había arrancado a sus libros, a su trabajo, a su familia: así pasó de la vida privada a la vida pública. El heroísmo que en su imaginación alimentaba la historia antigua, encontraba en la realidad circunstante ocasiones dignas de sus proezas. El ultraje recibido se convertía en lección provechosa: «no era en Roma ni en Grecia donde había de buscar yo la libertad y la patria, sino allí, en San Juan, en el grande horizonte que abrían los acontecimientos...»                                                                                                                

Desde aquel instante Sarmiento entra en acción. En 1829 sublevado contra Facundo Quiroga en una revolución victoriosa al principio, después vencida por el fraile Aldao, cae prisionero y en peligro de ser fusilado salva la vida gracias al comandante enemigo José Santos Ramírez. Era la época más turbulenta y  anárquica de la República Argentina; toda ella ardía en revoluciones. Sarmiento llega a ser por entonces con los unitarios en San Juan, capitán de coraceros y de las milicias locales. Poco más tarde emigra a Chile; se hace maestro de escuela, empleado de almacén, mayordomo de minas; pero enferma gravemente de la cabeza y vuelve a su provincia (1836); allí enseña dibujo y trabaja como procurador. Ciertas operaciones aritméticas que el gobierno de la provincia no tenía a quien encomendar y que Sarmiento resuelve, lo ponen en buenas relaciones con aquél. Funda con algunos amigos una sociedad literaria e inaugura una escuela de ésta; compone sus Bases para la unión de la juventud americana (1837) y por fin en 1839 se inicia en una labor nueva en su vida pero fatal en ella por su espíritu batallador: se hace periodista; publica en la imprenta oficial, única de la localidad, su periódico, de corta existencia, «El Zonda». El gobernador que no quiere ver tratados en él las cuestiones políticas, encuentra mal ciertos artículos sobre costumbres locales, y por despecho o para que el periódico cese, dispone que se pague cierta suma por publicarse «El Zonda» en la imprenta oficial; Sarmiento no conforme con ello, manda imprimir el número sexto y se niega al pago; preso y encarcelado tiene al fin que ceder. Once años habían transcurrido en 1850, cuando interrumpía en sus Recuerdos de Provincia la narración de este suceso para apostrofar con su habitual vehemencia al funcionario que le impuso aquel pago:

 

«¡Don Timoteo Maradona, hoy presbítero! usted que se confesaba cada ocho días y que hoy perdona a los otros sus pecados, interrogue su conciencia y si no le dice que ha robado arrancando por la violencia veintiséis pesos, que debe usted a todas horas, si no pesan éstos sobre su conciencia, le diré yo que usted, señor presbítero, es un corrompido malvado».

 

De nuevo encarcelado más tarde por razones igualmente políticas, oye la gritería de las tropas indisciplinadas que frente al Cabildo, donde está preso, piden les sea entregado para degollarle. Sarmiento es sacado de su calabozo; se le manda que baje al patio en que lo esperan sus asesinos y se le castiga a sablazos para que obedezca. No obedece; no baja y así logra salvarse. «Quería morir —escribe— como había vivido, como he jurado vivir, sin que mi voluntad consienta jamás en la violencia.» Conjurado por la intervención del gobernador el peligro de muerte, Sarmiento es afeitado en son de burla por la misma canalla que momento antes pedía su cabeza. Al día siguiente, saliendo desterrado para Chile (1840), escribe en un escudo de la República «on ne tue point les idées», el mismo pensamiento que repetirá después tantas veces en buena frase criolla: «las ideas no se degüellan».

 

Sarmiento permaneció en Chile desde noviembre de 1840 hasta octubre de 1845. En setiembre de 1841 intentó inútilmente unirse a uno de los grupos unitarios sublevados contra Rosas; no bien había pisado el suelo patrio supo la derrota de aquellos y tuvo que volverse. Su destierro le fue provechoso: gracias a él salió del círculo estrecho de las pequeñas cuestiones provinciales. Bien acogido por los hombres más eminentes del país y por los emigrados argentinos, pronto se puso en primera línea entre los periodistas y ocupó ventajosos puestos públicos.

 

De aquella época data la serie ininterrumpida de sus polémicas. Fue la primera de resonancia, con don Andrés Bello. Bello era por su temperamento, por su educación, por su cultura, opuesto en todo a Sarmiento; hombre de estudio y de reposo tenía sobre éste la superioridad de su vastísima ilustración y de su buen sentido. Sarmiento en lucha contra la barbarie gauchesca, proclamaba la europeización o más exactamente por aquellos años, el afrancesamiento revolucionario de lo americano en costumbres y en ideas y encontraba en Bello el tipo formado por el tradicionalismo europeo, poco amigo de novedades, sosegado, satisfecho con la situación que los acontecimientos habían elaborado insensiblemente a su rededor. Bello era el hombre de la disciplina social; Sarmiento el de la innovación, el de la protesta. Las relaciones entre ambos fueron amistosas al principio: para Sarmiento, saber que Bello no encontraba malo su primer artículo en la prensa, había sido un verdadero triunfo. Elogió mucho en 1841 el pobre canto elegíaco de Bello sobre El Incendio de la Compañía y se preguntó en esa ocasión, ¿por qué no había poetas chilenos? si acaso sería porque el clima benigno sofoca la imaginación, o porque entre los chilenos faltaba instrucción suficiente? Estas consideraciones hirieron el amor patrio de la juventud chilena, que inmediatamente bajo la dirección de Bello se consagró a la poesía. Un año más tarde Sarmiento, olvidándose de todo esto, iba a imputar a las enseñanzas de Bello la pobreza de la inspiración poética, el agarrotamiento de la imaginación de los chilenos. Su ataque era a todas luces injusto y lo hacían inicuo algunas acusaciones más o menos veladas contra la lealtad patriótica de Bello; pero eliminadas sus exageraciones, eran exactas las ideas que sostenía Sarmiento; eran, y él mismo después lo confesó, las ideas que al iniciarse el romanticismo proclamó en España Mariano José de Larra.

 

Entre sus muchas polémicas de entonces deben señalarse la que mantuvo con Domingo Santiago Godoy, porque Sarmiento la acabó acusando criminalmente a su contrincante, y la de Juan N. Espejo, porque dio lugar a una pelea a brazo partido.

 

En Chile trabó Sarmiento amistad con nuestro compatriota Juan Carlos Gómez. Ambos con igual apasionamiento combatían en la prensa chilena la nefanda tiranía de Rosas y eran partidarios de la anexión nacional del Uruguay y la Argentina.

 

Durante este período de su vida compuso Sarmiento una Memoria sobre ortografía americana (1843) para la Facultad de Filosofía y Letras de la que fue miembro, un Método de lectura gradual (traducción), las Apuntaciones sobre un nuevo plan de gramática (1844), los Apuntes biográficos sobre el fraile Aldao y Facundo, universalmente considerado como su mejor producción. Estas dos últimas obras salieron a luz en los folletines de «El Heraldo Argentino».

 

De Chile vino Sarmiento a Montevideo de paso para Europa. Aquí permaneció dos meses con los argentinos que el despotismo sanguinario de Rosas había hecho emigrar. Recorrió en seguida diferentes puntos de Francia, España, África, Italia, Suiza, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Cuba y Perú. Trató en estos viajes al general San Martín, a Ferdinand de Lesseps el gran promotor de la idea que había de ser el canal de Suez, a Pío X, al barón de Humbolt, a Horace Mann el célebre educacionista. En París fue nombrado miembro extranjero del Instituto Histórico; en España sostuvo alguna polémica sobre cuestiones de lenguaje y combatió por la prensa la campaña que preparaba allí contra el Perú para adueñarse del poder, el general Juan José Flores cantado por Olmedo. De estos viajes nació su entusiasmo por la civilización industrial y eminentemente práctica de los Estados Unidos, donde estudió especialmente el régimen escolar y los adelantos de la instrucción pública.

 

En 1848 estaba en Chile de regreso. El año siguiente contrajo allí matrimonio con doña Benita Martínez Pastoriza, sanjuanina como él, que había sido casada en primeras nupcias con Domingo Castro y Calvo y tenía de éste un hijo llamado como su padre y como Sarmiento, Domingo. Sarmiento había conocido a esta señora en sus mocedades, cuando aún vivía su marido. Al encontrarse lejos del suelo natal, ella rica y bien acomodada en la sociedad chilena, él célebre, concertaron su matrimonio, que tal vez no fue sino de conveniencias mal entendidas y fundadas. No hubo entre ellos ninguna armonía, ni la conformidad necesaria para la simple convivencia. Por el año 1863, después de muchos anteriores de indiferencia y disgusto, se separaron definitivamente. El hijo de ella, Domingo Fidel, conocido por Dominguito, había adoptado el apellido de su padrastro y era una de las más grandes satisfacciones y esperanzas de Sarmiento, quien siempre lo trató como a verdadero hijo y escribió su biografía, titulada Dominguito, cuando murió de un balazo, siendo capitán, en Curupaytí, durante la guerra del Paraguay (1866). No tuvo Sarmiento descendencia legítima; había tenido antes de su matrimonio una hija, la que casada con Julio Belin, le dio los nietos que acompañaron su vejez.

 

De nuevo radicado en Chile y asociado a su futuro yerno estableció Sarmiento una imprenta.

 

Publicó por entonces entre muchas otras de menor importancia, sus obras siguientes: Viajes por Europa, Asia y América. De la educación popular (1849), Argirópolis, o la Capital de los Estados Confederados del Río de la Plata y Recuerdos de Provincia (1850).

 

En 1851 se produjo el levantamiento de Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, contra Rosas. Sarmiento pasó por Montevideo a Gualeguaychu para tomar parte en la guerra e incorporado a las fuerzas como teniente coronel, fue encargado de redactar el Boletín del ejército. Tuvo, —no podía dejar de tenerlas, — algunas diferencias con Urquiza. Cuando éste entró en Buenos Aires, vencedor de Monte Caseros (febrero 3 de 1852), y en el gobierno siguió sin grandes modificaciones la política de Rosas, su enemigo de ayer, Sarmiento se alejó a Río de Janeiro y después a Chile. Allí, resentido con don Juan Bautista Alberdi, que era partidario de Urquiza, escribió contra éste la Campaña del Ejército Grande Aliado de Sud América y por sarcasmo se la dedicó a aquél. Durante mucho tiempo estuvieron Sarmiento y Alberdi trabados en una continua y agria polémica sobre todos los asuntos posibles.

 

En 1855 pasó de Chile a San Juan, donde el gobernador le hizo intimar que abandonase la provincia en el término de veinticuatro horas. Esta orden fue sin embargo levantada y Sarmiento quedó allí breve tiem­po.

 

Electo dos veces diputado, una por los porteños sublevados contra Urquiza y otra por los tucumanos, renunció a ese cargo por no compartir con sus electores el propósito de separar a la provincia de Buenos Aires del resto de la República. Más adelante diría con frase típica de su carácter, refiriéndose a esta cuestión, que era «porteño en las provincias y provinciano en Buenos Aires». Sometido en esta ciudad poco a poco, en lucha diaria contra Urquiza, a la influencia del porteñismo, acabó por plegarse al partido bonaerense y sostuvo en la prensa ardientes debates, que para sus contendores Nicolás A. Calvo y Francisco Bilbao, concluyeron con una acusación criminal instaurada por Sarmiento. Se le eligió senador en la provincia de Buenos Aires (1857) y durante cinco años formó activamente parte de la legislatura. Después de la derrota de los porteños mandados por Bartolomé Mitre en Cepeda (octubre 23 de 1859) figuró en la Convención provincial que debía fijar las reformas constitucionales necesarias para que Buenos Aires se reincorporase a la Confederación. Fue Ministro de Gobierno y de Relaciones Exteriores (1860) bajo la presidencia de Mitre en Buenos Aires, que siguió todavía separada de las otras provincias. La situación creada en San Juan por sucesivos movimientos revolucionarios, obligaron a Sarmiento, partidario de una revolución vencida por el gobierno federal, a renunciar su ministerio para combatir con entera libertad a los confederados.

 

La batalla de Pavón (setiembre 17 de 1861) ganada por Mitre sobre Urquiza, dio a los porteños el dominio de toda la República. Sarmiento fue entonces (febrero de 1862) elegido Gobernador por sus coprovincianos los sanjuaninos. Mejoró durante su gobierno cuanto pudo tanto en la administración política como en la situación material. Uno de sus primeros actos de gobernante fue la reaparición de su antiguo periódico «El Zonda». Pronto absorbieron sus reformas todos los recursos del erario. Sarmiento poseído por un furor de progreso y dueño del poder más fuerte, concentró en sí todas las facultades y llegó hasta imponerse a la misma legislatura y dirigirla.

 

No era posible que extralimitándose así con los demás poderes regulares, se contuviese ante el dominio de hecho que ejercía el caudillaje. De mala gana y por recomendación del gobierno federal tuvo al principio algunas atenciones con el caudillo de la región Ángel Vicente Peñaloza, más conocido por sus fechorías y su sobrenombre El Chacho.

 

«Era — dice Sarmiento — de ojos azules y pelo rubio cuando joven, apacible de fisonomía, cuanto era moroso de carácter. A pocos ha hecho morir por orden o venganza suya, aunque millares han perecido en los desórdenes que fomentó. No era codicioso y su mujer mostraba más inteligencia y carácter que él. Conservóse bárbaro toda su vida sin que el roce de vida pública hiciese mella en aquella naturaleza cerril y en aquella alma obtusa. Su lenguaje era rudo, más de lo que se ha alterado el idioma en aquellos campesinos con dos siglos de ignorancia, diseminados en los llanos, donde él vivía; pero en su rudeza ponía exageración y estudio, aspirando a dar a sus frases, a fuerza de ser grotescas, la fama ridícula que las hacía recordar mostrándose así cándido y al igual del último de sus «muchachos». Habitó siempre una ranchería en Guaja, aunque en los últimos tiempos construyó una pieza de material para los «decentes» según la denominación que él daba a las personas de ciertas apariencias que lo buscaban. Hacía lo mismo con sus modales y vestidos: sentado en posturas que el gaucho afecta, con el pie de una pierna puesto sobre el muslo de la otra, vestido de chiripá y poncho, de ordinario en mangas de camisa y un pañuelo amarrado a la cabeza. En San Juan se presentaba en las carreras después de alguna incursión feliz; si con pantalones colorados y galón de oro, arremangados para dejar ver calcetas caídas, que de limpias no pecaban, con zapatillas a veces de color. Todos estos eran medios de burlarse taimadamente de las formas de los pueblos civilizados. Aun en Chile en la casa que lo hospedaba fue al fin preciso doblarle la servilleta, a fin de salvar el mantel que chorreaba al llevar la cuchara a la boca. En los últimos años de su vida consumía grandes cantidades de aguardiente y cuando no había correrías pasaba la vida indolente del llanista, sentado en un banco fumando, tomando mate o bebiendo».

 

A Sarmiento que había combatido siempre con la mayor tenacidad el caciquismo bárbaro del gauchaje sin cultura, se le hacía imposible la situación del Cha­cho. Este mismo preparó con una sublevación su tér­mino. No debió sorprender a Sarmiento ni disgustarle en el fondo la actitud rebelde del caudillo: era al fin una ocasión propicia para destruir materialmente el poder que tantas veces había atacado de palabra en la prensa y en sus libros. San Juan y Buenos Aires no tenían entonces facilidad de comunicaciones; corrían muchos días entre el ir y el venir de las noticias. Sar­miento aprovecha esta circunstancia: declara en estado de sitio a la provincia, hace atacar a las fuerzas ene­migas: el Chacho vencido es degollado y su cabeza ex­puesta para escarmiento en una pica (1863). En Bue­nos Aires el Gobierno Federal niega a Sarmiento el derecho de declarar a la provincia en estado de sitio y desaprueba la muerte del Chacho; pero ya las cosas están hechas: Sarmiento ha realizado lo que quería, ha dado un buen golpe de muerte al caciquismo; pue­de discutir tranquilo: contesta al doctor Rawson, Mi­nistro del Interior, defendiendo, por absolutamente ne­cesaria, su declaración de estado de sitio y aplaude sin reserva, con pública satisfacción, la muerte del Chacho. Cuando el Gobierno Nacional inspirado por el doctor Rawson publique El estado de sitio según la Constitución Argentina, Sarmiento contestará con un folleto irónico, equivalente para él al anterior: El es­tado de sitio según el doctor Rawson.

 

En 1864, violentamente atacado por todos, renunció Sarmiento la Gobernación de San Juan y se alejó de la política argentina. Fue como enviado diplomático a Chile, Perú y los Estados Unidos. En Chile, al presentar sus credenciales, pronunció un curioso discurso contra España, que en aquellos momentos con nuevos propósitos de política colonizadora, se apoderaba de unas islas peruanas. Residió en los Estados Unidos durante tres años (1865-1868) ocupado en estudiar la instrucción pública del país y en escribir varias obras; entre ellas, Las escuelas: base de la prosperidad de la República de los Estados Unidos, la Vida de Horacio Mann (traducción) y la Vida de Abraham Lincoln, Por ese tiempo la viuda de Horacio Mann tradujo en inglés el Facundo y partes de Recuerdos de Provincia. La Sociedad Histórica de Rhode Island nombró a Sarmiento miembro honorario y la Universidad de Michigan le confirió el título de doctor en leyes.

 

A principios de 1868 un oficial argentino, el después general Lucio Mansilla, proclamó desde los esteros paraguayos, la candidatura de Sarmiento a la presidencia de la República. Sarmiento no pertenecía a ninguno de los partidos que estaban en lucha. Puede afirmarse que jamás estuvo afiliado a ninguna fracción política y que sólo por causas ocasionales figuró momentáneamente en alguna. Esta condición es la que le permitirá decir cuando se le impute algún cambio, que «Sarmiento no ha sido fiel a nadie, porque nunca ha servido a nadie». Ni los mitristas ni los alsinistas lo contaban entre los suyos y quizá esto mismo sirvió para que en la lucha, su candidatura menos resistida que las otras al principio, acabase al fin por ser la más popular. En agosto de ese año el Congreso Nacional lo elevó a la presidencia. Estaba él entonces de viaje en París con licencia de su cargo diplomático en los Estados Unidos y supo la elección a su regreso a Nueva York. Lanzada su candidatura, los contrarios a ella habían agitado para combatirla, la ya olvidada y vieja cuestión del Chacho, y Sarmiento en contestación a sus ataques, había escrito la biografía de El Chacho, último caudillo de las montoneras de los Llanos.

 

La acción presidencial de Sarmiento fue duramente combatida por Mitre y sus partidarios y tuvo que empeñarse contra dificultades de todo orden; pero ni la guerra del Paraguay (1865-1869) ni las graves desinteligencias con Chile respecto de los límites internacionales, ni una epidemia de fiebre amarilla que hizo morir más de 13.500 personas en Buenos Aires, ni las revoluciones de San Juan y Entre Ríos, bastaron para esterilizar sus gestiones de gobernante progresista.

 

Buscó el apoyo de Urquiza para oponer sus prestigios en las provincias circunvecinas a los ataques sistemáticos de los porteños mitristas y llegó hasta visitarlo personal y solemnemente en Entre Ríos cuando supo que podía contar con él. Su cooperación fue sin embargo poco duradera: en 1870 Urquiza moría asesinado. Un yerno suyo y probablemente el instigador de sus asesinos, Ricardo López Jordán, se alzó en seguida en armas contra Sarmiento. Este quiso para sofocar la rebelión, poner a precio la cabeza del caudillo pero no lo consintió el Congreso. El mismo López Jordán a lo que parece, pues su intervención no pudo comprobarse, usó poco después contra Sarmiento de un medio análogo al que éste propuso contra él entonces: dos italianos pagados por persona desconocida, atentaron contra Sarmiento en las calles de Buenos Aires descerrajándole un tiro.

 

Son de notar en la actuación de Sarmiento durante su presidencia dos rasgos característicos: el uso frecuente del veto contra las leyes sancionadas por el Cuerpo Legislativo y su participación en las contiendas periodísticas. Esta fue por las instancias de sus ministros, menos seguida y más serena de lo que Sarmiento hubiera querido. Nunca pudo resignarse a no contestar los cargos que se le hacían; transigió a pesar suyo en lo demás, pero no en esto.

 

Sarmiento dominado por el carácter práctico de la sociedad norteamericana, procuró que su gobierno fuese de adelantos materiales y morales: hizo celebrar en Córdoba, la primera exposición nacional y extender las líneas de los ferrocarriles; creó la Escuela Militar, el Observatorio Astronómico de Córdoba, dos escuelas para el profesorado, el Banco Nacional, las bibliotecas populares y otras varias instituciones.

 

Muerto el tirano López, terminó la guerra del Paraguay; y a pesar de estar Sarmiento en la presidencia argentina y de su soñada reconstrucción del Virreinato del Río de la Plata, planeada en Argirópolis y recomendada en una proposición dirigida al presidente Mitre desde Estados Unidos, para cuando concluyese la guerra, el Paraguay y el Uruguay siguieron siendo tan libres y tan poco argentinos como lo eran antes y como lo son ahora.

 

Sarmiento en la gobernación de San Juan y en la presidencia de la República, sostuvo siempre la necesidad de un poder público fuerte, capaz de imponerse en el desempeño de sus funciones con toda libertad y energía. En San Juan su fracaso fue completo; en la presidencia sólo pudo realizar a medias su programa. Los partidarios de Mitre, que lo había precedido en el gobierno y que había empleado precisamente la política de componendas y transacciones condenada por Sarmiento, fueron el mayor obstáculo de su acción gubernativa y del progreso nacional. Terminó su presidencia el 12 de octubre de 1874. Le sucedió en ella su Ministro de Instrucción Pública, el doctor Nicolás Avellaneda.

 

Sarmiento fue inmediatamente elegido Senador por San Juan y nombrado Director General de Escuelas en la Provincia de Buenos Aires. En el Senado combatió valientemente contra la costumbre y las ideas recibidas de blando humanitarismo y contra sus colegas, el proyecto de amnistía propuesto para los revolucionarios de su gobierno, y fue el más tenaz y decidido contrario a la guerra con Chile en la cuestión de sus límites con la Argentina. El nuevo gobierno, atendiendo vivísimos deseos suyos, lo ascendió en el ejército grado de general. Las relaciones entre el antiguo y el nuevo presidente no fueron siempre amistosas. Avellaneda concedió alguna participación en su gobierno a los opositores de Sarmiento, quien se disgustó profundamente. Sin embargo al plantearse la cuestión presidencial fue llamado a ocupar el Ministerio del Interior. Sarmiento ambicionó, después de la primera, durante toda su vida, una segunda presidencia y creyó contar con la autoridad de Avellaneda para hacer que triunfase por segunda vez su propia candidatura. Pronto conoció su error, o más bien supuso que Avellaneda lo traicionaba, y nuevamente disgustado abandonó su cartera de gobierno para entregarse con la desesperación de su derrota a una campaña antigubernista. Este desengaño le costó una enfermedad.

 

Triunfó en la lucha presidencial la candidatura del general Julio A. Roca. Federalizada la ciudad de Buenos Aires, Sarmiento pasó de la Dirección General de Escuelas que desempeñaba en la Provincia, a la Superintendencia Nacional de Educación, como Presidente de su Consejo. En éste se puso en pugna con los vocales y acabó por crearse una situación que hacía imposible su cometido. Resuelto a concluir con ella pidió al Congreso sin contemplaciones, que suprimiera por innecesaria, la retribución de los consejales. Por entonces publicó su obra Conflicto y Armonía de las Razas en América (1881), sostuvo las más ardorosas polémicas y contestó al folleto de Avellaneda La Escuela sin Religión, con otro titulado La Escuela sin la religión de mi mujer. Comisionado de acuerdo con un plan suyo para obtener que Chile costease con la Argentina una publicación en castellano de libros para la ilustración del pueblo, logró de paso por Montevideo, que el general Máximo Santos se adhiriera a su proyecto. Por ley de 1884 se destinaron a iniciativa del Poder Ejecutivo argentino veinte mil pesos para publicar las obras de Sarmiento, que hoy forman cincuenta grandes volúmenes en cuarto. Estas deferencias del general Roca no eran tal vez más que un medio para conquistarse las simpatías de Sarmiento o apaciguarlo. Cuando éste entabló su campaña contra la candidatura oficialista de Juárez Celman, el general Roca prohibió a los militares que discutieran en la prensa la política del Gobierno; pero todo fue inútil, porque Sarmiento con su inalterable entereza de carácter y una osadía a toda prueba, contestó a la resolución del presidente, que la disciplina militar no obligaba a los que eran como él generales y estaban fuera de servicio.

 

El favor popular que jamás había acompañado a Sarmiento en su patria, empezó a entregársele entonces. Era ya demasiado tarde: en junio de 1887 tuvo que retirarse por enfermedad, en busca de clima más propicio, a la Asunción. Pasó el verano siguiente en Buenos Aires y de nuevo volvió a la capital paraguaya. Todavía continuó trabajando para la prensa. Un artículo sobre Solano López le ocasionó un incidente con un Ministro de Estado pariente del tirano; Sarmiento con más de setenta y seis años estuvo a punto de tener un duelo. Este asunto le costó el ministerio a su contrario y le valió a Sarmiento una quinta que le regalaron sus admiradores. Al salir para la Asunción aún pensaba Sarmiento en su segunda presidencia; a sus amigos que al despedirse formulaban votos por su restablecimiento, contestó con socarronería que lo hicieran presidente si querían verlo sano. Murió el 11 de setiembre de 1888. Como Renán había protestado anticipadamente contra lo que en su conducta y por la ofuscación de sus últimos instantes o de la edad, desdijera en materia religiosa, de la actitud de sus mejores años. «Que no haya sacerdote junto a mi lecho de muerte —había dicho. No quiero que una debilidad pueda comprometer la integridad de mi vida».

 

La vida de Sarmiento es sin disputa posible su mejor obra: asoció en ella a su grandeza de alma las más nobles ideas, los más generosos designios de la humanidad y fue de este modo el genuino y puro representante, en su tiempo, del espíritu democrático en lucha, no ya con los antiguos principios de realía y absolutismo gubernativos, sino contra la barbarie inculta del caciquismo y de las masas populares. En él la integridad moral tiene para nosotros un atractivo candoroso de aniñamiento que agrega al respeto que impone, una especie de ternura cariñosa. Sarmiento no fue sólo el hombre recto, inquebrantable, que desafió con intrepidez al despotismo; fue también el hombre bueno, dulce, inclinado sin complacencias culpables al amor del pueblo y de los niños; fue más aún, fue a veces el hombre aniñado, de caprichos y resoluciones bruscas, inmotivadas. Los porteños lo llamaban el loco Sarmiento, y es verdad que tuvo mucho de alocado en sus genialidades intempestivas, en la despreocupada naturalidad de sus rarezas, en su franqueza hiriente. ¿Quién más que él hubiese escrito sobre la escuela sin la religión de su mujer? ¿quién más que él hubiera confesado, cuando no parecían fáciles, sus ambiciones de pequeño Franklin? ¿quién más que él ha arremetido jamás contra todos y contra todo, sin quijotismos, con la impavidez heroica de las resoluciones incontrastables?

 

Sarmiento es por temperamento y por educación, irregular; hay en él una falta sensible de equilibrio; tiene momentos, ocurrencias desconcertantes.

 

«¡Pobre mi madre!» —exclama en los Recuerdos de Provincia y cuenta esta curiosa anécdota:

«En Nápoles, la noche que descendí del Vesubio, la fiebre de las emociones del día me daba pesadillas horribles en lugar del sueño que mis agitados miembros reclamaban. Las llamaradas del volcán, la oscuridad del abismo que no debe ser oscuro, se mezclaban que sé yo a qué absurdos de la imaginación aterrada y al despertar de entre aquellos sueños que querían despedazarme, una idea sola quedaba tenaz; persistente como un hecho real: ¡mi madre había muerto! Escribí esa noche a mi familia, compré quince días después una misa de réquiem en Roma, para que la cantasen en su honor las pensionistas de Santa Rosa, mis discípulas; e hice el voto y perseveré en él mientras estuve bajo la influencia de aquellas tristes ideas, de presentarme en mi patria un día y decirles a Benavídes, a Rosas, a todos mis verdugos: vosotros también habéis tenido madre; vengo a honrar la memoria de la mía; haced pues, un paréntesis a las brutalidades de vuestra política, no manchéis un acto de piedad filial; dejadme decir a todos: quién era esta pobre mujer que ya no existe! ¡Y vive Dios que lo hubiera cumplido, como he cumplido tantos otros buenos propósitos y he de cumplir aún muchos más que me tengo hechos!  

 

«Por fortuna, téngola aquí a mi lado y ella me instruye de cosas de otros tiempos, ignoradas por mí, olvidadas de todos».

 

En Santiago el 26 de mayo de 1848 recuerda que han transcurrido diecinueve años desde el día en que José Santos Ramírez evitó que fuese fusilado después de la derrota del Pilar, y sin tener para nada en cuenta la situación de éste al lado de Rosas, le escribe una carta agradeciendo el beneficio recibido y ofreciéndole su ayuda para cuando el despotismo de Rosas cayese «por el ridículo, por el oprobio, por la humillación, por la esterilidad de los resultados obtenidos en veinte años de desastres, de persecuciones y de crímenes». Semejante carta a ser interceptada hubiera bastado para hacer que Ramírez pasara muy malos ratos. Este al recibirla se apresuró a elevarla a manos de Rosas con otra en la que prometiendo hacer lo mismo con cuantas le dirigiera Sarmiento, llamaba a su agradecido corresponsal, «loco, fanático, salvaje y judío unitario».

 

Son infinitas las anécdotas de esta especie; en la vida de Sarmiento los actos semejantes no fueron excepción sino regla. Sin embargo no debe atribuírseles mucha importancia; porque en él estas sus anomalías no obstaron jamás a las mayores cosas. Con ellas realizó el plan que se propuso de niño: como Franklin fue doctor ad honorem y ocupó un puesto de los más eminentes en la política y en las letras americanas. No hay en la historia un solo personaje a cuyo lado Sarmiento desmerezca. Trabajando por ellas hizo suyas las glorias de su patria.

Toda su vida está encaminada a destruir el caudillaje y a propagar la cultura; desde su juventud hasta sus últimos instantes, en el seno de la familia, en la prensa, en los puestos públicos, en el destierro, constantemente, fue educacionista y enemigo infatigable del caciquismo. Puede creerse que aprendió con los que no podían enseñarle y enseñó lo que él mismo no sabía. Un veterano analfabeto de las campañas napoleónicas y un diccionario le bastan para estudiar el francés; en Chile, contra los profesionales de la enseñanza, inaugura instintivamente excelentes procedimientos pedagógicos, como la lectura silábica en lugar del deletreo.

 

Inspirado al principio por las ideas francesas de libertad y democracia y más tarde por el ejemplo inglés y norteamericano, se hace apóstol o mejor dicho pioneer de la civilización y del progreso: todo lo ve a través de su concepción política como en proyección hacia un ideal definido, preciso. Cada suceso argentino le recuerda un momento de la historia de Francia, de Inglaterra o de Estados Unidos. No por eso es un principista iluso: es hombre de acción y la acción lo pone en contacto con la realidad; conoce perfectamente lo que hay de fatal en las resistencias que ésta opone a los cambios repentinos. «La constitución de la República se hará sin sentir, de sí misma, sin que nadie se la haya propuesto. Unitaria, federal, mixta, ella ha de salir de los hechos consumados». Así piensa ya en 1845. Pero este positivismo sereno no es una valla para sus ambiciones optimistas. Sabe que la marcha regular de los sucesos no se altera ni ajusta al capricho inestable de los hombres y esto lo ayuda a penetrar hondamente en el sentido de las cosas, a prever en él un desarrollo de gloria para su patria y a conformar sus proyectos políticos con el determinismo de las fuerzas sociales, contando como es natural entre ellas, a su propia acción, a la fuerza irreductible de su espíritu. En 1859 se discutía en la Legislatura de Buenos Aires una cuestión sobre ferrocarriles; los legisladores encontraban exagerada la suma de ochocientos mil pesos como avaluación de una línea; Sarmiento al contrario la reputaba exigua hasta lo ridículo y afirmaba que los ferrocarriles argentinos valdrían pronto no ochocientos mil pesos, sino ocho millones. «Risas de incredulidad. El orador se exalta y exclama con provocadora convicción: ¡Ochenta millones! Nuevas risas estruendosas: ¡Ochocientos millones! Carcajada homérica. Y entonces Sarmiento enfurecido: Pido a los taquígrafos que hagan constar esta hilaridad en el acta. Quiero que las generaciones venideras aprecien mi inquebrantable confianza en el progreso del país. Y al mismo tiempo (abarcando con ademán despreciativo las bancas); ¡con qué clase de hombres he tenido que lidiar![1]

 

Es precisamente esta disposición de su espíritu, mezcla de realismo e idealismo, lo que a pesar de su pobreza literaria, hace interesantes y de muy subido valor a sus obras. El es el único escritor rioplatense de su tiempo que ha prestado atención a una forma peculiar de nuestra vida: al caudillaje.

 

Su obra está formada por artículos de la prensa destinados en su mayor parte a las cuestiones del día, por libros y folletos de ilustración, de polémicas, de propaganda, de viajes y finalmente por un pequeño grupo de narraciones sobre gentes y costumbres argentinas. Las principales de estas narraciones son los Apuntes biográficos sobre el fraile Aldao, Facundo, El Chacho, último caudillo de las montoneras de los Llanos y los Recuerdos de Provincia; las tres primeras están comprendidas bajo un título común: Civilización y barbarie; la última es casi totalmente autobiográfica. No hay que buscar en ellas más que el cuadro de las costumbres, el retrato de las gentes y el apasionamiento del autor. Sarmiento como Dante, anima con las exacerbaciones del odio a sus enemigos muertos. Para reflejar con exactitud su estado de ánimo habría que cambiar las palabras de Villemain que ha transcripto al frente de Facundo «sa justice impartiale ne doit etre impassible». Sarmiento nunca es impasible, muy rara vez es imparcial.

 

Facundo está dividido en tres partes. En la primera trata del aspecto físico de la República Argentina, de los caracteres, hábitos e ideas que engendra; presenta los tipos originales del país, el rastreador, el baquiano, el gaucho malo, el cantor; pinta la asociación, la pulpería; explica la revolución de 1810. La segunda parte que da su título al libro, cuenta la vida del caudillo Juan Facundo Quiroga. La tercera contiene algunas consideraciones sobre la forma de gobierno y el estado presente y futuro de la nación. Toda la obra es genial; publicada en 1845 y reproducida por «La Revista Española de Ambos Mundos», encierra clara y categóricamente el pensamiento capital del determinismo histórico desarrollado mucho más tarde por Taine. En ella figura «Facundo en relación con la fisonomía de la naturaleza grandiosamente salvaje que prevalece en la inmensa extensión de la República Argentina; Facundo, expresión fiel de una manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos; Facundo en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes inevitables y ajenos a su voluntad»; porque «un caudillo que encabeza un movimiento social, no es más que el espejo en que se reflejan en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia». Las últimas páginas del libro son una apreciación del gobierno rosista; en ellas aparece evidenciado el aniquilamiento fatal de la tiranía. Quizá no ha escrito Sarmiento otras más elocuentes. Como todo lo que salió de sus manos, son irregulares, defectuosas, hasta pueriles, pero asimismo impresionan por la fuerza segura del razonamiento; están hechas en la furia del destierro con la lucidez de un pensador tranquilo.

 

Son pálidas comparadas con Facundo, las otras biografías que escribió Sarmiento. En cambio sus Recuerdos de Provincia interesan más aún que aquél El cuadro tiene en éstos menos amplitud pero es más vivo; es una parte del mundo argentino y de la vida humana, más reducida es cierto, vista de más cerca y mejor sentida: cada recuerdo es como un pedazo de alma que se conserva en las cosas o en los hechos y los anima con un sano y poderoso deseo de sobrevivirse. Nadie ha dejado sobre su madre páginas más hondas y sencillas que Sarmiento. Recuerdas de Provincia es el libro de las confesiones de Sarmiento, el más propio de cuantos escribió y por eso el que más se presta para definir a un tiempo su personalidad de hombre y de escritor.

 

Sarmiento no compone sus libros; éstos se van componiendo solos y como pueden a medida que Sarmiento los hace. Tienen el orden natural que no podía faltarles, el orden que impone a las narraciones en los datos fundamentales, la cronología de los sucesos, el orden que en el desarrollo de las ideas nace del pensamiento y de sus leyes; obedecen a estas rudimentarias y fatales exigencias de vialidad; en lo demás siguen libres y antojadizas el impulso de la inspiración irreflexiva, la veleidad de una ocurrencia, el azar del momento; son algo así como un árbol del tronco doble o triple, con ramas y follaje desparejos. La narración se corta o prolonga a capricho; en unos puntos es prolija y pintoresca, en otros apenas roza los hechos o los enuncia secamente. Hay páginas espontáneas, fáciles y a vuelta de ellas, otras cargadas con el aparato de la pedantería o el alarde estrafalario. De la emoción efusiva se pasa bruscamente a un sermoneo de empaque. El detalle preciso de una observación positiva se mezcla al apostrofe y la depreciación chocantes de un romanticismo hueco.

 

En todos estos cambios hay sin embargo una misma y constante preocupación de utilidad. Sarmiento se entretiene o distrae a menudo en lo que expone; se complace en lo que narra sobre todo si narra algún pasaje de su vida; pero siempre, una vez pasado el momento de su natural complacencia, mira derecho a su propósito de propaganda o de enseñanza. La palabra no es para Sarmiento más que un medio de acción política y educadora. No hay una sola página suya escrita sin un fin utilitario.

 

Este carácter docente no perjudica en nada al interés literario y personal de su estilo. El fin de Sarmiento es siempre igual al que otro cualquiera pudo fácilmente proponerse; no obstante la obra no es sino una especie de refracción de ese fin, de esa tendencia en la idiosincrasia del autor. Por lo mismo que Sarmiento no planea ni sistematiza sus libros, éstos brotan como un fruto natural de su espíritu y son realmente la transcripción literal de su estado de ánimo sometido a todas las influencias ocasionales de lucha, de triunfo, de enojo, de alegría, sobre todo de alegría, bajo un propósito definido y claro de aleccionamiento. La condición más genuina de su personalidad es el arrebato jovial que desecha toda traba y se da rienda suelta. Su frase traduce admirablemente ese aire de familiaridad que en las conversaciones acentúa o altera el sentido de las palabras con el gesto intencionado y la mueca. Esto hace de Sarmiento un escritor popular por excelencia. Sus obras son verdaderas conversaciones, y no de salón o gabinete sino de calle y de casa. Nada menos pulido y culto que sus expresiones y sus brusquedades.

 

Sarmiento no escribe correctamente. Su pretensión de «educar el lenguaje» puede muy bien ser el resultado de una insuficiencia para dominarlo y hacer que sirviese en las normas delicadas que había alcanzado, sus intenciones intemperantes y repentinas. A cada paso hay en Sarmiento frases informes, mal construidas, de sentido defectuoso y con frecuencia falso, recargadas de proposiciones incidentales que entorpecen y trastornan el pensamiento. Es fama que alguien se le ofreció para rehacer en buen castellano el Facundo y él contestó que no era necesario, porque si no estaba escrito en el español lamido y académico del siglo XVIII, lo estaba en la lengua sana y vigorosa del siglo XVI. La contestación es digna de Sarmiento por lo contundente y por lo equivocada. El lenguaje que éste emplea es siempre el castellano empobrecido en el Río de la Plata, contaminado con frecuentes galicismos y expresiones criollas. Su escasa cultura literaria no le permitía otra cosa. Gustaba decir que no sabía latín, pero sí latines: fue amigo de citarlos; ha llegado a ponerlos en boca del gauchaje aunque por manera figurada: en los Recuerdos de Provincia, — sólo allí podía ser, — una turba de montoneros asesinos grita frente a la cárcel contra Sarmiento, «crucifije eum». De vez en cuando las citas son chistosas; en cierto lugar habla Sarmiento de un tema «desde ab initio». Las abundantes incorrecciones de lenguaje imprimen a su estilo un viso de abandono y descuido propios de su habitual manera de ser; más bien que escritos sus libros parecen hablados: tienen la frase imperfecta que brota de los labios impensada. Con todo choca a veces ese balbuceo, esa indecisión de la palabra que se organiza mal y no se somete por completo a las ideas. El mayor encanto de su estilo es la ingenuidad candorosa de Sarmiento, la transparencia de sus intenciones y su espíritu, la revelación patente de sus sentimientos en los relatos y en las descripciones. Sería exagerado decir que Sarmiento cuenta y describe con maestría. Sus narraciones son mejores que sus cuadros y sus retratos. Parece que tuviera el don de sorprender el gesto y el acto que sintetizan el sentido humano de los acontecimientos. Presenta bien lo humano, lo moral; pero no las sensaciones físicas.

Marzo de 1914.

 

Referencias:

 

[1]  Leopoldo Lugones, Historia de Sarmiento.

 

Osvaldo Crispo Acosta ("Lauxar")
Motivos de crítica - Tomo I
Biblioteca Artigas
Colección de Clásicos Uruguayos - año 19
65

Texto  escaneado y editado por el editor de Letras-Uruguay Carlos Echinope Arce - echinope@gmail.com

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