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Vacas profanas
Rafael Courtoisie

¿Qué tipo de animal vio Rubén Darío[1] echando vaho un día, en su niñez de Nicaragua? ¿Era un buey, un novillo, una vaca?:

"Buey que vi en mi niñez echando vaho un día

bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,

en la hacienda fecunda, plena de la armonía

del trópico; paloma de los bosques sonoros

del viento, de las hachas, de pájaros y toros

salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía”.[2]

 

En todo caso y sin lugar a dudas era cuadrúpedo, un contundente animal tan repleto de carne densa e indiferencia que se apartaba inmóvil de su sexo, estaba castrado o en todo caso ocultaba, oprimía o asfixiaba las esferas genitales con su mole. Por eso el que iba a ser poeta pensó que lo que veía era un buey, una tonelada de materia prima, de fibra incomestible y densa presta a arrastrar la lengua del arado. Fuerza pura. La masa estaba viva, unida a tierra por sus extremidades inferiores, que eran cuatro. Al otro lado, hacia el sitio del cielo, el animal tocaba con las puntas de los cuernos las nubes que pasaban, pinchándolas, haciéndoles salir jugo de agua, agua de nube, gotitas transparentes aptas para la nefelimancia, para el descubrimiento dichoso o agorero. En ese mismo sitio bajo el cuero, bajo el casco craneano y las raíces de los cuernos, dormitaba el cogollo cerebral vacuno, el deseo del toro que había sido.  

 

Rubén Darío, hasta su muerte natural, previa a la cual los médicos le quitaron catorce litros de agua de causa alcohólica del vientre, dipsómano, jamás dejó de pensar en eso. En su lecho de muerte imaginó el vaho del buey, la doble nube bestial de la nariz.

 

Quizá los cuernos no eran fieros. Ni felices. No eran más que el recuerdo de las armas naturales que llegaban de la prehistoria, -"dinosaurios del siglo de las máquinas", cantó Zitarrosa en "Guitarra Negra"- cuando el ungulado pastaba y deglutía, cuando molía harina de trébol con sus cuatro estómagos.

 

Aquella nube de vaho respiratorio que vio Rubén terminaba por unirse en lo alto a otras nubes de Mesoamérica, nubes nicaragüenses, vapores de agua, formas volantes que echarían sombra más tarde sobre Sandino, sobre Somoza, sobre Ernesto Cardenal y su alma en Solentiname.

 

Aquellos cuernos que vio Rubén probablemente no eran afilados, no tan penetrantes como podría imaginarse sino romos o quizá, desparejos: uno mocho y otro en punta.

 

Uno impar: la aguja de un ser terrestre capaz de atravesar el mundo, aguda como debe serlo el pensamiento.

 

El cuadrúpedo también estaba unido a otro de los cuatro elementos, al aire, por el vaho que echaba por la boca y las narinas, aros nasales flexibles, negros y húmedos, abiertos en el hocico como pozos vivos.

 

Eran ojos de buey los que vieron a Darío esa mañana, ojos de una montaña lenta asomándose al poeta. Pero no había mar ni barco por ninguna parte. Darío estaba solo, sólito y su alma. Era un niño en Nicaragua.

 

Por los costados de los caminos rurales, de las carreteras interiores que serpentean la dócil penillanura uruguaya, sobre algunas quebradas o serranías en Lavalleja, en Maldonado, sobre los pedregales de la Sierra de los Caracoles, cerca de las orillas de humedales de Rocha, en Artigas y en Paysandú, en Florida, hay vacas, terneros, toros espesos.

 

En la India, las vacas intocadas son la flacura de la especie humana. En Pakistán decapitan al mundo. Las cabezas cornamentadas en hilera mueven, aun después de separadas del cuerpo, los ojos, lunas blancas, bolas en los párpados.

 

Al ganado le cortan el cuello.

 

Para la fiesta se sacrifican decenas de reses. Existe una cuchilla especial estriada, curva de acero templado, con la que la operación se realiza.

La carne del cuerpo se asa y se come, y las cabezas quedan mirando. Del asombro corren ríos de sangre por las acequias, hasta que las frutas vacunas cortadas se marchitan y secan.

 

 

Los bueyes perdidos de los que se habla, los bueyes perdidos del mundo se juntan en un punto, hacen un plomo infinito, condensado, sólido.

 

Tira más un pelo de pubis que una yunta de bueyes.

 

Un pendejo tiene más fuerza.

 

Los bueyes andan apareados. El cabello corto, arrollado, genital, es un tallo del vientre, una fuerza mayor por lo que busca.

 

Por eso los bueyes andan tristes, caminan sin consuelo. Puede más el ansia del buey que la misma fuerza, puede el olor del sexo más que el buey, su apariencia compacta o su fuerza lenta disminuye cada vez que en la tierra se asoma una sola burda flor.

 

¿Qué puede el buey? Puede cansarse, tirar del yugo.

 

Echar vaho solamente. Ser animal en Nicaragua.

 

Lo vio Darío, ¿quién más lo vio?

 

Los ciegos ven al buey cuando lo sueñan, ven sus cuernos caídos marchitarse. El buey es una flor pesada, masculina.

 

En cambio, frente a la grieta vaginal todos ven algo, un vaho de otra esencia, más liviano, un humo poderoso. Nadie se asombra de ver la vaca, el buey, o aun de ver al animal feroz dentro del tiempo, al animal sin fondo, océano invisible.

 

La vejez, mientras tanto, se come todo.

 

Nadie se asombra de ver una arruga. Dos arrugas, tres arrugas, cuatro arrugas.

 

Un elefante molesta a mucha gente, dos elefantes molestan mucho más. Tres elefantes molestan mucha gente, cuatro elefantes molestan mucho más. Cinco elefantes molestan mucha gente. Seis elefantes molestan mucho más,

 

Siete elefantes...

 

Etcétera.

 

Rubén Darío era un poeta, un elefante poeta. Con el vientre hinchado, bebedor de alcohol. Un indio chorotega o nagrandano.

 

La princesa está triste. ¿ Qué tendrá la princesa ? La princesa ve al elefante, ve con asombro y miedo los pétalos gruesos de las orejas repletas de sonido, ve la panza de buey pleno. Sonatina. Un buey es un elefante pequeño, un mamut disminuido en sus errores.

 

Los suspiros escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro.

 

El elefante es la princesa mustia, flor de un día, flor gris, piel de mamífero. El buey es una cosa seria, grito de multitud lenta.

 

La princesa mira al buey. El buey a la princesa. ¿Habrá romance?

 

La princesa está triste, el buey también.

 

La mañana de Nicaragua es dura, amarga y pesa. Darío al buey no lo ve. Ve el vaho en Nicaragua.

 

Y en un vaso olvidada se desmaya una flor.

 

La princesa es buey.

 

Frente al buey todos son indiferentes, todos caminan. Todos siguen de largo frente al buey. Nadie se detiene junto al animal de América, junto a sus cuatro patas vacunas llenas de agua, llenas de miedo del peso que propagan. Nadie repara en su baba.

 

Frente al buey todos son poetas de agua sucia.

 

Frente al buey todos se creen vivos y despiertos.

 

Frente al torpe animal todos son listos, ligeros.

 

El buey se mueve, conmueve, se cocina. Se hace en su vaho, en su lengua mamífera, poética.

 

Un centímetro, un milímetro solo en Nicaragua, una nube pequeña de vaho en la mañana de América Latina, abre el amanecer del mundo.

 

Todo buey es un deseo oculto.  

 

Notas:

 

[1] Félix Rubén García Sarmiento (Metapa, 1867-León, 1916).

[2] Rubén Darío, "Allá lejos", "Cantos de Vida y Esperanza".

Rafael Courtoisie
El cuento uruguayo
Narradores uruguayos de hoy
Ediciones La Gotera - Junio 2002

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