El almacén de los dos frentes

 
Cuando algunas personas con algunas carnestolendas encima comiencen a leer este libro, es probable que muchas opinen que lo que digo no es cierto o está exagerado. Es muy difícil que me equivoque pues mi padre era el propietario del almacén y despacho de bebidas "Los dos frentes", negocio que a pesar de su ubicación era muy decente. Desde allí o desde mi casa particular y haciendo de "Pequeño Vigía Lombardo", observaba todo lo que sucedía en el barrio. 
El almacén "Los dos frentes" estaba ubicado donde nacía Yerbal; para ser mas preciso en la proa formada por las calles Yerbal y Camacuá y quedaba justo frente a la segunda seccional de Policía. Para mas datos, ahí se tomaba el mejor "pucherito" del Bajo que era un orejón metido en un tarro y mojado en duraznillo, vermouth, caña y un poquito de azúcar quemada. 
El hecho de haber nacido en este amasijo de gente y cosas me da cierta seguridad para opinar y no equivocarme por lo menos acerca de lo que yo vi. La gente había hecho del negocio un pasaje, para no dar la vuelta de la proa y comunicarse más rápidamente con ambas calles. A los 17 años comencé a trabajar en el almacén pues dejaba sus buenas ganancias y tuve que abandonar un poco mis estudios para empezar a codearme con lo mas granado de la sociedad del Barrio Sur. 

Destino poco chic 

Voy a dar ahora un salto atrás, porque hay cosas que necesito contar; entre muchas otras, decir como fui a trabajar detrás de un mostrador, y en un barrio no muy agradable. Yo tenía una preparación mas que aceptable para desempeñar un trabajo de mayor categoría, pero el destino no quiso que así fuera. 
A los pocos meses de fallecer mi padre, pasé a ocupar su lugar en el negocio, acompañado por nuestro socio, un hombre ya avezado en ese tipo de comercio. Sinceramente era un trabajo que no me gustaba, pues había una diferencia muy grande, entre todo esto, con la carrera que había abandonado en la Escuela Superior de Comercio, que actualmente vendría a ser Ciencias Económicas. 
Pero en fin, había que trabajar; como digo más arriba, dejaba el negocio buenas ganancias, y en mi casa vivían otros parientes, además de los amigos que hacían su temporada tanto veraniega como invernal; venía a ser una gran casa de amigos, donde el almacén jugaba un papel muy importante. 
Durante las mañanas, como la afluencia de clientes no era grande, me entretenía en copiar músicas, teniendo como escritorio el simple mostrador y rodeado de fideos, latas de aceite y un gran surtido de bebidas. Aunque mis estudios musicales fueron muy breves porque no me gustaban los ejercicios ni las escalas, ya comenzaba a componer temitas populares, sin pensar jamás que algún día iba a ser recompensado con interesantes derechos de autor y hasta un poco de fama. 
Como Vds. ven "el barrio" no fue nunca un escollo para que nuestros padres nos dieran una esmerada educación; y aquí estoy hablando de mi hermano Juan Antonio y de mi hermana, que se casó en la vieja casona de la calle Camacuá. En resumen que tanto mi madre como mi padre fueron dos grandes luchadores, que lograron ver cumplidos sus sueños: que fuéramos gente honrada. 
Tengo a flor de labios no menos de cincuenta apellidos de familias que vivieron alrededor del Bajo, y lo mismo que nosotros siguieron una vida honesta de trabajo, dándoles a sus hijos la educación que se merecían. 
Hubiera sido mas chic que mi padre se hubiera instalado con su negocio en París, o en otra capital importante, pero no, tuvimos que conformarnos con el barrio Sur, Montevideo, Uruguay. Por lo menos me di el lujo de escribir con Víctor Soliño aquello de Viejo Barrio que te vas . . .

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