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El infierno es una casa azul y otros poemas, libro de Selva Casal
Los rincones azules de
la poesía Un libro de poemas de más de trescientas páginas es un suceso inusual por estos lares. Selva Casal con su trabajo El infierno es una casa azul y otros poemas (editado, prolijamente, en Buenos Aires, por José Luis Mangieri) corre el riesgo de esa inusualidad. Se expone (se pone fuera) al campo (¿abierto?) intelectual nacional. Puede ser, la siguiente, una glosa que sintetice la intencionalidad creadora: He aquí mi azulina, propia y asordinada poesía, abierta en múltiples meandros del caudaloso torrente de mi enunciación lírica. He aquí mi mundo con su infierno, su paraíso y sus lugares donde purgar. Que es también vuestro mundo, donde vida y muerte son caras de Jano bifronte. Me remito ahora a la voz poética que enuncia: “Vivir morir así/ profunda piedra/ de sol de abrazos fieros/ la luz rotunda/ donde flotan los cuerpos/ donde te hablo muerta.” (Pág. 94) El locutor lírico informa de la vida y su natural aliada, la muerte, pero a través de una sobrevida, de un plus que soportamos, padecemos o gozamos, todo planteado en un tono vallejiano o falquiano (quienes comparten, en definitiva, una misma genealogía poética): “Y lo peor es que sobrevivimos/ sobrevivimos siempre/ al amor a la ruina/ a la incesante sorpresa de la muerte/ avanzo entre despojos/ y sé que lo terrible/ es que volvemos a ser felices.” (Pág. 239) Quien sostiene este libro, y comienza a ejercer una lectura más o menos atenta, percibirá que estos poemas se disparan a raudales: heterogéneos y cuasi monocromos, múltiples e idénticos -en el anverso del sentido-, dispares y parejos en su concepción sintáctica y en su diseño rítmico. Y llevan en su embrión estético otro riesgo: no condicen con las hablas poéticas ‘validables’ del fin de siglo (o, más bien, de todo el último siglo). No vanguardizan la palabra, no la requieren para especular en un enunciado problemático, no dan cuenta de quiebres, fisuras o búsquedas incesantes de sintaxis lingüísticas e ideológicas que se explicitan en su misma enunciación como esos quiebres, fisuras o búsquedas incesantes. El discurso lírico de Casal se saltea ese callejón o puente de experimentos estéticos -a algunos comensales esto puede decepcionarlos o invitarlos a la no lectura—, brinca sobre la adolescente madurez de la vanguardia, e hinca el filo lírico en un rasgo, que, en su poesía, deviene como sustantivo: la emocionalidad. Poesía desde la emoción para la emoción. Quien no pueda experimentarla así, queda fuera del circuito. Clavarse el puñal de las palabras en clave sensible, es el asunto: “la poesía es como un puñal/ afilado y terrible/ amante cruel/ que apenas nos deja/ lugar al sueño y a la muerte.” (Pág. 235) La misma poesía es sensible a los tiempos históricos. Se permite la función especulativa (porque refleja visos de la realidad) y, paradójicamente, al mismo tiempo, se toma abortiva, infecunda, silenciosa, cuando el terror es un mal público y se cuela en los espacios privados: “en mi país sórdido acribillado/ poesía duro espejo/ poesía muro infranqueable”. (Pág. 224) Poesía testimonio, voz que acusa y señala, dedo en ristre. Señal hacia la oscuridad en espera de la luz: “Hoy se me caen los ojos fusilados/ con tres gendarmes enfrente de mi puerta/ adentro de mi patria”. (Pág. 23) Atenta a los tópicos de la poesía universal, la lírica de Casal testimonia también sobre los avatares del amor, sobre el pathos de la soledad, sobre la inminencia de un tiempo que viene, de otro que fue y que, sin embargo, parece no transcurrir; avisa del dolor de la condición humana y de las ambiguas relaciones entre vida y muerte: “ya no estoy en la vida/ pero puede desencadenarse/ el mundo sobre mí/ llevo una muerte dormida/ en las tres últimas campanadas”. (Pág. 92) Asistimos a la construcción de un mundo articulado con sus trasmundos que son meros reflejos del primero, o parte de él, porque si “el infierno es una casa azul” (pág. 209), “el cielo/ no es cielo/ es una casa ardiendo”. (Pág. 218) Las categorías terrestres se proyectan en los universos posibles, en los terrenos infernales y celestiales. O tal vez, los infiernos y cielos están en el baldío más próximo. Pero también se configura un espacio azul, quizás descargado de las connotaciones modernistas del símbolo rubendariano. Presenciamos cómo una tinta azulina que fluye por entre los versos, que otorga color y con ello un ambiguo misterio a lo que roza, atraviesa las páginas del poemario y entrama una región diferente: “la mentira es un vidrio azul” (pág. 49); es “inútil ocultar los rincones azules de la casa” (pág. 68); “hoy han allanado mi casa/ han desdoblado afanosamente/ sus intestinos azules” (pág. 70); “yo vi la tierra suspendida/ en el pico de un pájaro/ y era azul” (pág. 102); “es a mí que me crece/ un gran árbol desolado y azul/ dentro del vientre” (pág. 200); “y hay un grito azul moviendo un árbol/ un hombre azul” (pág. 274). Este libro, cuyo prólogo -extrañamente fechado en 1983- a cargo de Walter González Penelas es, según me manifestó la poeta, un homenaje al autor de Elegías y otros poemas (1956) y Bosque de espejos (1977), se despliega como un convite a la lectura de poesía, a la revaloración de la vida y de sus zonas azules, amén del riesgo: “Vivir es esto/ un desorden soberbio/ porque se parece al olvido/ o a una mesa recién puesta/ para comensales ausentes”. EL INFIERNO ES UNA CASA AZUL Y OTROS POEMAS - Selva Casal - Libros de Tierra Firme Buenos Aires, 1999 - 318 págs. |
por Gerardo Ciancio
Publicado, originalmente, en: Insomnia
(Separata cultural de Posdata)
10
a
18 de agosto de
2000. Este número de la revista no está en internet. Escaneé un recorte subido
por
la Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación
Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)
Link: https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/88593
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