Sasha

Narrativa de José Castro Urioste

Esta Historia me fue contada en Oak Park, el barrio del viejo Hemingway y del arquitecto Frank Lloyd Wright, en el que me tocó vivir por razones del azar. Se la escuché a Sasha, mi mujer de aquel entonces. Todavía en esos años —me refiero a fines de la década de los noventa— y seguro que hoy en día también, ella solía decir que era de Yugoslavia. Antes que la guerra empezara y destrozara a ese país, Sasha vivía en Mostar, una ciudad pequeña y placentera de Herzegovina. La vida era buena —me contaba— y parecía que siempre sería de ese modo. Ella y su hermana menor iban a la escuela, jugaban tenis, nadaban en la piscina del barrio. Sus padres, él ortodoxo y ella católica, trabajaban sin que les fuera la vida en el trabajo. A los veinticinco años su padre había construido una casa lo suficientemente amplia para que fuera un nido para su familia. En Mostar —me seguía contando Sasha, mientras bebía un café o preparaba pulpo en aceite de oliva en mi departamento de Oak Park— todas las religiones se podían vivir sin agredir a nadie. Sus padres eran un ejemplo de eso. Jelena era la mejor amiga de Sasha cuando era niña. Su familia era croata pero había llegado hacía más de una década a Mostar. A ratos, Sasha parecía vivir en casa de Jelena, y a ratos, Jelena parecía vivir en casa de Sasha. Cuando la guerra empezó y las tensiones se encrisparon entre serbios y croatas, Sasha y Jelena juraron no separarse nunca, y si el destino las obligaba a hacerlo seguirían unidas en sus corazones. Fue la tarde en que intercambiaron dos rosas blancas.

Sasha y su hermana menor estaban jugando tenis cuando cayó una granada cerca de la red, y el proyectil quedó casi equidistante entre las dos muchachas. Permanecieron paralizadas, mirando ese objeto negro cerca de la red, esperando. La granada no explotó. Pero fue suficiente aviso para su padre. Esa misma tarde les ordenó a su mujer y a sus hijas que hicieran las maletas y dos horas después abandonaron la casa de la que él se sentía tan orgulloso, abandonaron Mostar, abandonaron Herzegovina. Sasha, de doce años ya, abandonó a Jelena sin poder decirle adiós.

Viajaron por medio de Rumania, Hungría, Austria. Todavía recordaba Sasha unas calles oscuras en Budapest a las que entraron por casualidad, y cuyas esquinas estaban repletas de prostitutas. Las mujeres no escatimaban en insinuársele a su padre cada vez que sobreparaba el carro en un semáforo. Fue Alemania, finalmente, el país que los acogió. Vivieron en un barrio en las afueras de Berlín. Sasha y su hermana aprendieron alemán en menos de tres meses y se convirtieron en las traductoras de sus padres. Su padre, un economista graduado, trabajó en más de una fábrica haciendo labores físicas, y su madre hacía tareas de costura. En esos años la mayoría de sus amigos fueron turcos y árabes. Alemania le gustó. Allí ella fumó su primer cigarrillo (cuando conocí a Sasha era una fumadora empedernida), allí recibió su primer beso y me imaginó que allí hizo el amor por primera vez. Alemania se convirtió en su casa. Sin embargo, siempre recordaba los pétalos de la rosa blanca de Mostar.

Cuando empezó a aprender sobre el Internet (ya tendría unos quince años y ella, curiosamente, era un tanto reacia a la tecnología), se le ocurrió, a través de ese medio, buscar un rastro de Jelena. Hizo varios intentos que fracasaron. Jelena parecía no estar en ese mundo electrónico, y quién sabe dónde estaría. Una noche —me confesó— sintió un impulso irracional de sentarse en la computadora y proseguir con la búsqueda. Sus padres dormían y ella trataba con todos los buscadores posibles. De pronto, encontró una dirección. Sí, podía ser Jelena, o tal vez un homónimo. Pero envió un mensaje como si lanzara una botella al océano.

No hubo respuesta al otro día. Tampoco al siguiente, ni al siguiente. Pasó casi una semana cuando llegó un mensaje que era una contestación al suyo. Sasha lo abrió con todas las ganas alborotadas del mundo. Sí, era Jelena. Jelena su amiga de Mostar con quien había jurado llevarse siempre en los corazones. Le contaba que ella y su familia se habían exiliado en Viena y estaban viviendo allí por tres años. Sasha pensó que Viena no estaba tan lejos de Berlín y que en cualquier momento se podrían visitar. Luego siguió leyendo la pantalla. Jelena le decía que sería el primer y el último mensaje que le enviaría. Ella no tenía interés en saber de Sasha, ni en tener contacto con ninguna persona de Herzegovina y menos si era serbia. Su tío Vlado y sus dos primos croatas habían sido asesinados por soldados serbios de Herzegovina. Éstos habían asaltado la casa de su tío una noche. La manera de matarlos fue cortándolos en pedazos, de a pocos, con paciencia exagerada. Dedos esparcidos en un piso de madera, orejas, piernas, genitales, ojos. Gritos que Jelena imaginó. Gritos que Sasha imaginó. Jelena agregaba que sólo podía tener un gran odio por la gente serbia de Herzegovina, incluyendo a Sasha.

Cuando Sasha me contó la historia no hubo en su voz nostalgia, ni pena, ni un mínimo resquebrajamiento. Su tono estaba dentro de la normalidad, como si hubiera aprendido muchos años atrás que la decepción hasta el vacío, el odio eterno y la irracionalidad humana fueran parte del reino de lo natural. Luego de contarme la historia ella sirvió la comida —tal vez pulpo— y después, terminado el último bocado, nos encerramos en mi dormitorio.

 

narrativa de José Castro Urioste

 

Publicado, originalmente, en: Inti: Revista de literatura hispánica No. 91, Article 32 año 2020

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