Los amigos presentables

cuento de Tarik Carson

Era casi mediodía cuando Mac me despertó golpeando en la puerta. Traía una cara de perro, con el aíre distraído y algo bobo que siempre tuvo. Con la boca medio abierta, me contó que lo habían echado de la casa porque no trabajaba y esto y aquello alrededor del dinero, y venía a aceptar mi invitación. Yo lo había invitado un día alegre; no podía desdecirme. Además, a veces me sentía demasiado solo. Donde come uno comen dos, y yo quería ayudarlo, ya que a mí me bastaba con la ayudita semanal de mi madre y los regalos de Dudú.

Comimos algo mientras le hablé de! carnaval en Punta del Este, de mujeres bonitas, de supuestos viajes, algo sobre Dudú. Después nos quedamos acostados hasta las seis. Yo miré el cielo raso mucho tiempo. Mac roncó en la cama de mi hermano hasta cuando salí. Lo desperté y le dije que iba a lo de Dudú, que no sabía a qué hora volvería. Dudé un momento, esperando que me preguntara si podía ir conmigo. Al fin, le enseñé el lugar de la llave y le dije que tomara leche. No tenía por qué apurarme con él.

Caminé despacio por la rambla y luego subí hacia el Zoológico. En una parada encontré a Julito recostado contra el palo de una garita. Me dijo que esperaba a una mujer, pero cuando lo convidé para ir al cine renunció a ella. Le hablé de Punta del Este, de las mujeres, de la casona de Dudú allá, un poco de Dudú. Todo esto es, felizmente, muy atractivo, y yo me dejo llevar por lo fácil de las historias. Hubo un instante en que observé a Julito y lo comparé con Mac. Sus ropas y la ingenuidad me dieron lástima y rabia.

Creo que fui amable pagándole el cine. Recordé a Mac y me sentí tranquilo: al salir siempre pensaba que me podían robar el apartamento. Cuando terminó el programa le dije que iba a lo de Dudú, que viniera conmigo. Dudú era muy receptivo y amistoso y absorbía nuevos amigos; Julito no era demasiado ordinario o charlatán. Tampoco lo era Mac, más allá de su costumbre de tener siempre la boca abierta. Eran muchachos presentables. Además, debía ayudar a mis amigos, y donde comen dos comen tres, como dije. Sentí, al caminar y pensar, cierto estado de culpa,, algo misterioso que pronto perdí: Julito se iba poniendo nervioso y esa comprensión me conformó.

Dudú nos recibió muy alegre. Estaba pintando ceniceros para los amigos del directorio. Empezó por hacerme las quejas de un doctor que lo había destratado públicamente. Le dije que los doctores eran una mala cosa. Después me contó que lo habían invitado para exponer con otro tipo en una galería de Punta del Este durante turismo. Pero el otro era un mediocre que le rebajaba la calidad, y eso lo mataba, lo enervaba. Le dije que ese ambiente era algo así, podrido. Dudú, esa noche, estaba excitado por el calor. Vestía un short floreado y tenía una pierna manchada de pintura. Recordé a Picasso en short, pero este tenía vellos, me parece. Luego oí alguna otra queja. Le dije que sí, que el mundo estaba así, que si lo sabría yo.

Julito se había acomodado en un sofá, pero todavía estaba nervioso y por momentos se ponía rojo. Dudú lo miraba y se reía con esa risa tan rara y hermosa que tiene. Pensé que podría estar calculando el grado de mi emistad con Julito, y si este grado era superior a nuestra propia amistad. Yo sabía que también podía estar deleitándose con esa timidez de la juventud que tanto lo excitaba. Dudú era muy inteligente, muy culto... Me habló sobre algo que leyó y al buscar el libro tiró cerca de Julito unas revistas de desnudos artísticos. Yo me levanté y las recogí. Le comenté a Julito que eran muy buenas y le alcancé una. Dudú sirvió ron y siguió pintando. Yo puse un disco. Julito casi no miraba las revistas, pero se empezó a reír de cualquier pavada. Dudú ensayó unos pasitos de baile y yo aplaudí.    '

Charlamos un largo rato. Julito empezó a decir algo y a mirar cara a cara a Dudú, y a mantenerle la mirada, y también observaba los muebles, la biblioteca, la discoteca, los cuadros legítimos. Después empezó a bostezar y le sugerí que se fuera si quería, que yo me iba a quedar un ratito más. Pero se fue cuando ya me entraba a cansar con sus enrojecimientos y risitas. Dudú lo acompañó hasta la puerta, con un brazo sobre sus hombros, y le prestó varias revistas con la condición de que se las devolviera, pues eran ejemplares escasos y caros. Recordé que a mí también me habían gustado mucho esas revistas. Pensé que yo ya no era como Julito o Mac, había perdido algo para siempre, aunque tuviéramos la misma edad. Pero todos íbamos hacia lo mismo.

Dudú volvió de la puerta de la calle riéndose. Me preguntó si creía que volvería a devolver las revistas. Le dije que sí, que vería que era un muchacho interesante. Me preguntó si hacía mucho que lo conocía, si trabajaba en algo, y le dije que lo suficiente para saber que no habría problemas, que era de confianza. Me comentó que le gustaba. Estuve de acuerdo en que era simpático. Dudú sirvió más bebida y abrió un cartón de cigarrillos extranjeros. Manifestó su terrible odio contra el calor y se sacó el shprt. Yo también sentía mucho calor, tal vez por la bebida. Encendí el ventilador y puse en el tocadiscos una música lenta. Luego me recosté en el sofá.

Sudé demasiado. Me apretaba una carga húmeda y pesada, un ir y venir, un jadeo incansable, de los cuales no podía escapar. Sentí unas manos pegajosas, algo que me rozaba la mejilla, y me desperté, en seguida o después, no lo sé. Despierto estuve mejor. Dudú se había ido y me dejó una cartita recomendándome que cerrara bien la puerta y que viniera esa noche. Cuando salí, la calle reverberaba y la gente empezaba a pasar, con ropas livianas y sombrillas, hacia la playa. El sol me hizo mal.

Eran las diez cuando llegué a casa. Mac seguía durmiendo y no me oyó entrar. Es, todavía, de los que pueden dormir así. Yo me acosté y traté de dormir. Me desperté indispuesto, acalorado y con un gusto ácido en la boca. Me bañé y le di un libro a Mac: quería estar en silencio y me molestaban sus preguntas sin sentido. Yo agarré un libro de Wilde, que me había prestado Dudú, pero no pude aprovechar ni media página. Estuve horas fingiendo que leía, quieto, con una extraña opresión en el pecho. Después, mientras comíamos, le dije a Mac que si le interesaba le podía presentar a Dudú, mi amigo. Claro, nunca estaba de más conocer a gente influyente, culta y con dinero. Mac se alegró, y por un momento, al mirarle la boca abierta, me pregunté sí no era demasiado simple para Dudú. Pero esa rudeza también podía ser hermosa y sugerente.

A las diez de la noche le dije que se preparara. Cuando salíamos, nos encontramos con mi hermano que volvía de su trabajo en Atlántida, con la bolsita al hombro, cansado y risueño.

—¿Adonde van? —preguntó.

—A lo de Dudú —contestó Mac.

—¿Qué Dudú? —dijo mi hermano.

—Dale. ¿No sabés quién es Dudú? —dijo Mac—. Vestíte y vamos.

—No sé —dijo mi hermano, mirándome.

—¿Nunca le hablaste de Dudú? —me preguntó Mac.

—No me acuerdo —dije.

—Vamos —repitió Mac—. Uno más. Apuráte, te esperamos.

—No —dije yo.

—¿Por qué? —preguntó mi hermano.

—Bueno —dije—. No sé por qué. Porque se me antoja.

—Bueno —intercedió Mac—. No importa.

—Siempre el mismo baboso —me dijo mi hermano—. Pago yo, si es por eso. —Cada uno con sus amigos —dije.

—Bueno —dijo Mac—. Ya volvemos. En seguida volvemos,

—Siempre el mismo baboso —repitió mi hermano, buscándome los ojos.

—Buenp —dijo Mac—. Está bien. Ya volvemos. Y después salimos por ahí. —Vamos —le dije a Mac. Y dirigiéndome a mi hermano—: Hay un churrasco en la heladera.

—¿Sabés dónde lo podés meter? —preguntó mi hermano,

—Lo sé —contesté—. Pero no te llevo y se acabó,

—Bueno —intercedió Mac—, Ya estamos acá, ya volvemos. No importa.

Mi hermano se quedó parado, mirándonos con sus ojos tristes, apretando la bolsita entre las manos, mientras a mi se me partía algo adentro, muy adentro. Todavía no sabe por qué nunca salgo con él, ni le presento a nadie. Porque él también quiere salir a pasear con amigos, y es permeable todavía a comentarios sobre bebidas, películas, muchachas, y lugares finos, aunque tenga las manos destrozadas por el trabajo.

—Estoy acá ahora —le gritó Mac—. Desde ayer.

---Está bien —dijo mi hermano—. Está bien.

Caminamos unas cuadras sin hablar. Yo no sabía qué decir y sentía que Mac quería decir algo. Yo estaba pensando y sintiendo muchas cosas que me hacían un revuelo adentro. Muchas cosas desordenadas se me subían a la garganta y a los ojos y me inflamaban la cara. No podía ver a mi hermano con la bolsita raída al hombro, con las uñas eternamente destrozadas y sucias. Además, estaba pensando que iba a cometer un error con la presentación de Mac, ya que alguien así me reventaba. Porque Mac cada vez más me parecía un completo banana. Eso pensaba yo en ese momento, y todavía me molestaba en la piel de la cara y en los ojos aquella imagen de mi hermano riéndose y buscando divertirse teniendo aún el pelo lleno de cal y aquellas sus manos hinchadas y rajadas como si él ya fuese un viejo acabado. Y todo eso me desangraba.

Llegábamos frente a la casa de Dudú, cuando Mac dijo:

—Metí la pata.

—No —le contesté—. No hay problema. Ya volvemos. A él le gusta estar solo. Entonces me apuré y levanté la mano para apretar el timbre. Y oí:

—Sos un buen hermano.

No toqué el timbre. Me quedé un instante con el brazo en alto. Me di vuelta sintiendo que mi amigo se había transformado, sorpresivamente ya no era tan lo que yo creía que era. Me ericé. Tuve ganas de agregar “y un mal amigo”, pero le dije, lentamente:

—Si querés, nos vamos... ¿Qué te pasa?

—¿Por qué —se rió al rato—. Sólo te dije eso. Sólo eso.

Nos miramos demasiado tiempo a los ojos, que casi no nos veíamos en la penumbra. Me sentí por un instante una porquería sin conocimiento alguno. Y hasta tuve miedo de Mac, miedo de que me pateara hasta reventarme en aquel portal oscuro, y quién sabe si hasta no desée ese extraño castigo. Pero me dio una palmadita en el hombro, y dijo:

—Dale. Apretá ese timbre o nos van a tomar por maricas que no se deciden.

Y se rió y creo que sonreí y levanté el brazo, y que abrió Dudú y comentó mi cara de perro, y que estuve todo el tiempo como un sonámbulo, y que luego seguí soñando tareas opresoras y ríos de esfuerzo y sudor, sin que ese nudo malo en el pecho dejara de sangrarme.

 

cuento de Tarik Carson

 

 

Publicado, originalmente, en: Foro literario revista de literatura y lenguaje Año I VOL. I - Nº I primer semestre 1977

Link del texto:  https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/2992

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación

Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

 

 

Ver, además:

 

 

                   

               Tarik Carson en Letras Uruguay

 

 

Editado por el editor de Letras Uruguay

Email: echinope@gmail.com /

Twitter: https://twitter.com/echinope

facebook: https://www.facebook.com/carlos.echinopearce

instagram: https://www.instagram.com/cechinope/

linkedin: https://www.linkedin.com/in/carlos-echinope-arce-1a628a35/ 

 

Métodos para apoyar la labor cultural de Letras-Uruguay

Ir a índice de Narrativa

Ir a índice de Tarik Carson

Ir a página inicio

Ir a índice de autores