Felisberto Hernández

por Tarik Carson

F.H. forma, junto a Quiroga y Onetti, el trío de escritores más importantes del Uruguay, y a la vez está en perfecta sintonía por sus temas, sus vivencias y sus ámbitos fantásticos con Arlt, Borges y Cortázar.

Sus más fuertes dotes artísticas fueron una absoluta originalidad y una sensibilidad excepcional manejada con gran acierto.

Estas cualidades, en un artista, transforman en nimiedad algunos defectos de escritura que también lo hermanan a Roberto Arlt, y que, en definitiva, podríamos aventurar, son como descuidos a propósito con el fin de ahuyentar el tufillo de laboratorio que exhalan tantos estilistas.

Fue, como Borges, un escritor en todo fantástico, para élites de sensibilidad desarrollada, amantes de la lectura con cierto grado indispensable de cultura. Sin embargo, en todo lo demás, ya fuera en las cuestiones del éxito mundano y la popularidad, o en asuntos de manejo del idioma, estuvo en las antípodas del argentino, y, también, por su carencia absoluta de barroquismo y de pseudo o autentísima erudición. F.H. extrajo toda su obra de lo simple y universal de la vida y de allí partió hacia los territorios de la memoria, de los recuerdos, de los sentimientos, de las extrañas necesidades serpentinas del inconsciente, de la ligazón del corazón a las cosas que, del no ser, se tornan humanas, o viceversa.

Toda su obra está envuelta en el misterio que surge de la observación y el cuestionamiento de un universo nuevo y sorprendente que pulsa fibras de una sensibilidad joven y pura aún ante las vicisitudes de la vida. De ahí que tantos relatos toman la mirada de niños que evocan, rememoran y reconstruyen episodios en los que, en general, las cosas, o la pata de un piano, o unos árboles que esperan en la vereda, por ejemplo, adquieren tanta vida como una melena de mujer o un hombre gordo que toca el "bandoleón". Y nadie, por estas tierras, ha trabajado sobre la memoria y la reelaboración de los intrincados y misteriosos laberintos del recuerdo. En esto, así como en el clima y en ciertos paisajes rioplatenses de principio de siglo, podemos intuir cierta cercanía a Proust y sus esfuerzos por captar y amplificar con palabras las más sutiles percepciones de una sensibilidad alta, perpleja, atenta que lo transmuta todo en artística amalgama. Asimismo, por su humor constante (pero nunca ironía) y su benevolencia hacia sus personajes, como la tristeza que impregna todos sus relatos, nos hace recordar a Chejov.

F. H. fue, además, un maestro inigualable en el manejo poético de esa figura que consiste en dar vida a lo inanimado. Prácticamente toda su obra está compuesta por esos objetos o esas plantas que tienen tanta vida como la vida de los personajes. Esta considerable batería de figuras poéticas perfectamente ensambladas y funcionales al correr de las peripecias agregan a sus textos un toque de belleza poética y, lo repetimos, extrañísima originalidad. También fue un maestro de lo insólito que se torna misterioso en la vida cotidiana y en los hechos comunes. Y lo logró por medio de brillantes hallazgos en forma de personajes y situaciones absolutamente nuevas en la literatura. Esta alienidad de lo cotidiano conduce la peripecia a lo fantástico y poético, la mayor parte de las veces con considerable humor e ingenuidad sumados a una tristeza profunda que impregna toda su obra, y que parece ser el resultado inevitable de ese rememorar sorprendido y suavemente cautivador que llega a su fin como el fin de la vida misma.

F.H. nació en Montevideo, el 2 de octubre de 1902, perteneciendo a una familia económicamente pobre. En 1911 empezó a estudiar piano, y en 1917 tuvo que trabajar como acompañante pianista en los biógrafos de películas mudas. Estudió y se dedicó intensamente al piano, tratando de esquivar la adversidad y la pobreza hasta 1940, año que, en la ruina, se ve obligado a la terrible decisión de vender su piano. Esto marca un pliegue en su corriente vital, pues prácticamente deja la música , y pone su esperanza y su voluntad en la escritura. Anteriormente había vivido en general de un lado a otro dando conciertos de piano por el interior del Uruguay y de la Argentina, y en Buenos Aires donde estuvo en alguna cartelera. Hasta la aparición del cine sonoro también se ganó la vida, hasta obtener cierto renombre, animando películas mudas. En ese tiempo cumple literariamente su primer período, el cual se redujo a escribir series de versiones sobre temas alrededor de la remembranza, hasta que el tema tomara la forma aproximada que estaba más de acuerdo con las voces interiores inconscientes que convocaba en cada línea como dínamo de toda su obra. Desde entonces cultivó al extremo esa "planta", según sus palabras, que luego actuaría como una criatura viva llena de hojas de poesía. Porque, además, su escritura fue esencialmente poética, pero no en el sentido vulgar y estereotipado del término, sino poética en las situaciones, en los tonos y en los puntos de vista narrativos. Toda su obra nos sugiere, con la simplicidad de los maestros, y sin jamás pretender serlo en meras frases o metáforas, una sutil orquestación poética, realmente artística y en prosa llana y transparente.

A partir de 1940 logra sobrevivir por medio de pequeños trabajos burocráticos. Estuvo a lo largo de su vida casado con cuatro mujeres, y tuvo dos hijas de distintas madres. En los intervalos de "soltería", siempre regresaba a vivir con su madre, que habitaba piezas de pensión.

Entre 1946 y 1948 vivió en Paris, becado por Francia, gracias a su amistad literaria con Jules Supervielle que al principio de la guerra había huido hacia el Uruguay. En Paris H. trata de obtener algo de "éxito", y Roger Caillois le publica varios cuentos, y le ofrece apoyo. Pero en su destino no estaba eso que la burguesía ha llamado "el éxito" (como única zanahoria apetecible en la vida) ni estaba probablemente algún tipo de felicidad. Volvió a Montevideo a continuar su existencia de pequeño burócrata pensionista en los tiempos en que no estaba "casado". Entonces, y en adelante, escribió relativamente poco, sin que nadie le tendiera una mano equivalente o cercana al nivel logrado en sus ficciones (o que, por lo menos, le alcanzara para vivir sin estar esclavizado por míseros trabajos). Esta infamia ocurrió así, al punto de que varios de sus trabajos capitales se publicaron luego de su muerte (es tradición y cosa sabida que los artistas verdaderos, en nuestras satrapías, son mucho más importantes luego de muertos).

El caos y el azar también tuvieron algo especial para este creador a la hora de la muerte. A fines de 1963 le diagnosticaron leucemia terminal. Luego supo que tenía una rara enfermedad de los riñones llamada "púrpura". Según algunos murió en el Hospital de Clínicas de Montevideo; según otros, fue llevado a la casa de su hermana para morir allí. Sea como sea, ocurrió el 13 de enero de 1964, y su cuerpo estaba tan hinchado que no pudo pasar por la puerta. Ya enfermo, F.H., aparentemente curioso por el misterioso asunto de la muerte, manifestó su única preocupación, como si viviera un cuento propio y perplejo, sobre el posible color púrpura de su cuerpo y la imposibilidad de mostrarlo a las visitas del velorio.

Las siguientes fueron sus obras conocidas en primeras ediciones: Fulano de Tal (Montevideo, 1925), Libro sin Tapas (Rocha, 1929), La Cara de Ana (Mercedes, 1930), La Envenenada (Florida, 1931), Por los Tiempos de Clemente Colling (Montevideo, 1942), El Caballo Perdido (Montevideo, 1943), Nadie Encendía las Lámparas (Buenos Aires, 1947), La Casa Inundada (Montevideo, 1962), Las Hortensias (Montevideo, 1966 y 1967), Tierras de la Memoria (Montevideo, 1966 y 1967). Todas estas obras, más fragmentos inéditos, fueron reunidos en ediciones posteriores de sus obras completas, en tres volúmenes, editadas por la Editorial Arca, de Montevideo, y también, si mal no recordamos, por la editorial Siglo XXI. Además, en años posteriores diversas obras y antologías han sido traducidas y editadas en distintas partes del mundo, pero siempre sin mayor difusión o publicidad, como si los posibles lectores tuvieran que llegar a él por alguna casualidad o designio misterioso, o más bien azaroso, y no como merecería ser, por el reconocimiento de las más altas jerarquías del arte literario.

 

por Tarik Carson

 

 

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