La balada oscura 
Ángela Cáceres

Que bueno encontrar un lugar donde poder decir todo, como a uno mismo, aún aquello que querríamos escondernos, aquello que repudiaríamos aún en nuestro espejo más secreto. Recuerdo que, siendo muy joven comenté con unas conocidas que, siendo mujer y muy mujer, no tenía ningún interés en tener un hijo. Entonces, aquella asamblea femenina se polarizó en contra de mí, fui repudiada y declarada monstruosa. Sin embargo esa vez no me molestó la imagen que me devolvió el espejo. Había roto una lanza por mi singularidad. Dios nos hace singulares y muchas quieren refugiarse en el mismo rebaño que detestan. Sin embargo...siento mucho respeto por el útero que porto. Me hace sagrada, hecha como un crisol de transformaciones, donde reaccionando ante diversos estímulos, como los óvulos que despiertan con la espuma seminal, puedo concebir ideas nuevas, sueños que traen desafíos de realización. De manera que...también puedo dar criaturas a la luz. Yo me sé fecunda y la fuerza misteriosa que me arranca nuevas vidas de mi útero sutil está siempre sobre mí. Cuenta con mi asentimiento. No sé nombrarla pero la siento. Tal vez… no quiero nombrarla hasta que encuentre un nombre único, purísimo, un nombre que jamás haya sido pronunciado antes, un nombre exclusivo destinado a mi boca, nacido de mi alma. Este extraño amor me hará madre de palabras, y de una palabra entre palabras, el nombre con que puedo llamar y ser llamada al mismo tiempo, la verbalización de la entrega total, absoluta. Así que soy mujer, aunque sin hijos visibles. Madre de una fracción de lo invisible. Sacerdotisa sin consagración reconocible. Si. El sacerdocio nos ha sido arrebatado a las mujeres. A las mujeres que, aún sin saberlo, celebramos misa cada día en nuestras casas, que convertimos en altares nuestras mesas por nuestra sola y soberana presencia. Ojalá vuelva la conciencia de ese poder a todas y a cada una. Que verdaderamente fuertes y amantes seríamos. Cuanta vida brotaría de cada cena... Cuanto resplandor en cada casa... Honro a todas las mujeres, y me honro. Si supiera cantar, entonaría elegías por tanta sutileza, por tanta ternura, por tanto coraje enterrado en la maledicencia y la ignorancia. Le cantaría a la deliciosa locura, a los deleites apresurados, irresistibles, a la belleza incauta de las jóvenes, y también honraría con mi canto a las hermosas de cabellos blancos, de rostros como mapas, caras que señalizan territorios de insondable sabiduría, cantaría y me lamentaría por la sordera de las propias mujeres y por la sordera de los hombres que han temido escuchar. Una vez inventé un ritual para celebrar la menarca de unas niñas y otra vez inventé un ritual para celebrar la menopausia, ese nuevo nacimiento, ese umbral para una nueva vida tan estúpidamente temido. El primero ocurrió en un bello colegio, uno de esos pocos donde se intenta más que trasmitir despertar lo que de veras importa. El segundo lo hice en una institución femenina. Pero... pocas se dieron cuenta de la significación de esos anónimos sucesos, casi clandestinos sucesos. Pocas. Nos inclinamos ante magos extranjeros... pero ignoramos nuestra propia magia. Por qué no comenzamos a honrar a las magas locales? Saquemos cálices y almendras de nuestras alforjas y pongamos una nueva mesa para la comunidad!

 

Una vez más, Angélica revisó lo escrito. Era estrictamente su verdad… hasta donde pudiera darse cuenta? Había en su escritura un cierto remanente de complacencia, un dejo de histrionismo, todavía? Seguramente. Se separó de la máquina y se sentó cerca de la ventana, donde el sol alcanzaba su cara. Y recordó... cierta conversación. Es más, fue como si escuchara. Fuera del tiempo.

-Las mentiras no sirven. Aprendí a estar contenta sin esperar más que lo que estaba ocurriendo. En ese nivel de atención, o en el intento, claro, descubrí que podía atravesar puertas y espejos. Sabía donde ir.

-Vamos… eso creías...

-Pero si! Algo en mí parecía reconocer los lugares de la verdad y la libertad... como si fueran lo mismo. Y no me preguntes cómo.

-Verdad, libertad... son palabras muy abstractas, Angélica.

-No pretendo saber cómo sé algunas cosas. Alguien me dijo... alguna vez, creo que tenía ocho años...

-Quién?

-No lo se. Pero recuerdo bien las palabras: esta niña nació vieja, muy vieja".

-Y por qué tú y yo no? Por qué la diferencia? Yo también tendría que conocer esos lugares... Pero no. Tú… te congelaste y te guardaste los secretos. Como siempre, Angélica. Fuego para los hombres, hielo para las mujeres.

-Si tú no me querías...

-Quién se alejó siempre? Quién se empeñó siempre en correr adelante? Tú, Angélica.

-Es que no podía detenerme. Y no se corre sólo en la infancia. Algo me obligó a correr siempre.

-Temes morir?

-No sé. No recuerdo cómo es. Si... seguramente tengo miedo. Pero... yo corría, pero no escapaba.

-Ahora querrías detenerte? Te asusta lo que viene...

-No lo se. Siempre corrí, también, con la esperanza de tomar rápido lo que esta vida tenía que darme. Corría con la esperanza de irme pronto. Como quién sabe que no es de aquí. Y… en cuanto a ti… no te asustes de lo que te devuelve tu espejo. Es inevitable que te mires.

-Qué sabes de mí?

-De cualquier manera tendrás que hacer tu tarea. No tiene que parecerse a la mía. Olvídate de mí y... descúbrete.

-No, Angélica... yo no...

-Por favor, no llores. No te puedo ver ni resentida… ni llorando. Llorando menos.

-Acaso te importa.

-Te amo, hermana.

-Hay cosas de mí que no admitiría ante nadie. Cosas que me hacen odiarme.

-Daba miedo la clase de niña que eras... Ahora, por favor, Violeta, deja el purgatorio de una buena vez. Por mi parte... yo no he hecho otra cosa que mostrarle a Dios donde querría estar.

-Dónde?

-En otro lugar. Fuera de aquí.

-Y si otro lugar fuera peor...

-Es imposible elegir. Nada sabemos. Pero me quiero salir.

 

Angélica tuvo una pena enorme. Y de pronto sintió que tenía la cara empapada de lágrimas. Ahora, ya hacía muchos años de la muerte de su hermana. Ahora quizá la estuviera viendo. Finalmente había tomado la delantera. Finalmente ya sabía algo con ventaja. Pero ahora, Angélica ya no tenía tanta prisa.

 

Ahora es un poco más fácil. Hasta puedo percibir, no más que algunas veces, esa distancia sutil, como una fisura, entre un sonido y otro. Mi corazón parece disolverse cuado me extiendo hacia los sonidos más lejanos. Y late más y más quedo, como si también escuchara, cuando me pierdo en los sonidos más cercanos y suaves. Qué distinto cuando fui monja. Dominada por un frenesí de santidad, creía que con sólo dejar caer el hábito sobre mi cuerpo y postrarme con la cabeza rapada, vería lo nunca visto, o sentiría lo inimaginable. Nunca se mostró más furiosa mi memoria, fustigando mi mente. Las largas horas de silencio parecían arrancar de mis profundidades las más caprichosas imágenes. Y mi cuerpo comenzaba a arder y agitarse apenas me echaba en el lecho de mi celda. Creo comprender que el poderoso deseo de confundir a mis jueces fue el verdadero motivo de lanzarme al convento... aunque yo no lo sospechara. O quizá el deseo de probarlo todo para no pasar nada por alto en mi loca carrera. Y qué patada para muchos eso de la puta volviéndose santa!

El teléfono cortó los pensamientos.

-Hola.

-Necesito verte, Angélica. No sigas negándote.

-Te quedaste muy atrás, Lilián. Yo soy otra. Y tú, supongo, otra también. No hay nada que decir ya. Fui castigada y traté de reparar. Qué más?

-Con el tiempo comprendí muchas cosas. También fui responsable de todo aquel caos. No por hipócrita pero sí por idiota, lo que no es excusa. Todos se fueron. Están los que quisieron irse, y están los que desaparecieron.

-Qué diferencia hay?

-Mucha, Angélica.

-Y qué se puede decir... o hacer, ahora?

-Tu perdón. Necesito tu perdón. Creo que fui el mayor obstáculo en tu vida.

-No, Lilián. Ahora yo conozco el verdadero obstáculo.

-Derroché todo lo que pudiste amar.

-Eso no es más que una vieja interpretación.

-Angélica, ambas estamos solas.

-Y qué?

-Hablemos una vez más, aunque sea.

-Y qué estamos haciendo, Lilián?

-Cara a cara.

-No.

-Está bien. Me rindo. Adiós.

 

Cómo contaría Lilián aquella vieja historia? No quiero escucharla, pero... podría adivinar su versión. Es de las cosas que puedo hacer. Vaya dones extraños!!

Y así hablaría Lilián:

"Mamalina, no te enojás si llevo a Marcelo? En casa hay sitio de sobra y tú sos tan buena... Por qué no hacés poner en el estudio la cama de papá? Total... Llegamos el martes a cualquier hora. El catre de campaña estaría bien. Beso. Lucio.

Beso. Así que "mamalina".Como siempre que cree pedir demasiado. Claro que puedo dejarles la casa y volverme a Montevideo. Pero Antonia es un problema si la dejo sola con Lucio. Si vuelven a pelear... y ya la noto con ganas de levantar vuelo. Estas canarias no paran mucho tiempo en ninguna parte. No. Qué digo? Antonia no es así. Y Lucio es un caprichoso. No. Ya está decidido. Me quedo. Qué voy a hacer?

"Los mismos pensamientos de la primera vez, brotando como un chorro de la lectura. Arrugó también aquel papel y lo dejó caer en la pila de cosas para tirar.

Marcelo... especialista en puestas de sol. Aquel martes, a la tarde, mientras el sol se achataba sobre el horizonte, buscando algo, siempre lo mismo, en el Río de la Plata, haciendo arder la nube rizada que les llamara la atención, Marcelo le dijo (y casi fue lo primero):

-Así me gusta estar, con esta línea de arena y toda esa agua delante. Por aquí no hay nada a la vista que hayan cambiado los hombres.

-No mucho...

-Estamos mirando lo mismo que cualquier pareja india, no cree? Qué pensarían los charrúas del mar? Paraná Guazú."Río grande como mar".Ahí lo tiene, siempre el mismo.

-Tal vez.

-Por aquí le "dieron" a Juan Díaz de Solís? Dónde cayó?

-No se. Mucho más adentro, me parece. Mucho más.

-En realidad no sabe.

-No.

-Tanto le da

-Todo la deja... indiferente, no?

-Usted qué sabe?

Más tarde, algo más tarde supo que no era tan indiferente. Fue cuando le dijo "debe ser lindo volverse viejo con alguien como tú". Ella se había tapado la cara, entonces, con unas ganas terribles de llorar. Las mismas palabras del marido, veinte años atrás. Qué risa los sueños. Quién sabe si llegaría a vieja, siquiera, y con quién.

-Qué absurdo. Un joven sentimental.

-Yo, sentimental? No es más que un deseo de este momento. Mañana podría ser otro.

-Ah.

Qué estúpida se había puesto. Hasta dibujó aquella sirena en la playa.

-Es enorme. Me puedo sentar en cada teta. Parecen tiernas, mullidas. Vení, probá.
-No.
-Tú la hiciste!

Marcelo sentado como un yogui dentro de aquel círculo, el pezón entre las ingles, la melena rubia erizada hacia la derecha por la brisa, tocando el hombro, encerrado en aquellos rayos oblicuos y débiles del sol de la tarde que parecían brillar sólo sobre él con toda la dulzura de la despedida del verano. Y, alrededor, las gaviotas, sobrevolando y gritando. Y aquel pichón gris, temerario, mirándolos de muy cerca.

-Las gaviotas me gustan. Tienen los colores del mar en invierno. Me gustan más que esas sirenas de ficción – comentó Marcelo guiñando un ojo. Y no dijo nada más aquella tarde. Cuando él se volvió a la casa, ella se demoró borrando la sirena. Línea por línea.

Lilián prendió la luz y llamó a Antonia.

-Ya terminé. Queme todos estos papeles. Siempre se junta basura en los cajones del escritorio.

-Una guarda cosas sin saber por qué... Y la cama? El catre. Lo saco del estudio?

-Si, desármelo y guárdelo en el garaje.

-Perdone, señora... no nos volvemos a Montevideo?

-No.

Asusta la trama de la vida. Asusta cómo se enlazan las cosas... Para llegar a Marcelo tuve primero que casarme y tener a Lucio. Esperar que creciera. Solían decirnos... y lo creíamos (o yo lo creía), que primero venía el amor, después el matrimonio como su consecuencia natural y luego los hijos. Y, a veces, resulta así. Otras, en cambio... Pienso en Angélica. Pienso en Bernardo... Si yo me mirara con los ojos de Angélica... Y, cómo me miraría Angélica? Seguramente como a una tonta que se pierde lo mejor de la vida. Pero… será así que me ve? No puedo estar segura. Tampoco sé mucho de Angélica, ni de Bernardo... Qué decía Marcelo de la amistad? Ah, si. Incondicional. La amistad no pone condiciones, no juzga. Y pensar que mamá me elegía las amigas... como había elegido las suyas, de acuerdo al patrón que le pasara su propia madre, quién, a su vez... Mirando bien... Carlos Ferro fue mi primer amigo. Me hizo leer a Stendhal a los quince años. Se pasaba las horas conmigo en el parque mostrándome láminas de Renoir, mostrando paciencia con mi ignorancia y mi falta de atractivos. Todavía no me había estirado lo suficiente y tenía granos en la cara... Mamá me tenía tan inhibida que me parecía llevar, colgada en la espalda, una piedra enorme. Piedra que Carlos supo moler... O intentar. Y por qué? Era mucho mayor que yo. Un solitario de veinticinco años, que nunca me apretó ni me besó... pero que me tomaba la mano con tanto cariño... Me habrá querido? Nos habremos querido como para…? Qué bicho soy que no entendió? Y... dónde estará él, ahora? Todo terminó con Tolstoi. Me había regalado "La muerte de Iván Ilich" y me impresionó tanto que mamá se asustó. Jamás había pensado en la muerte. En casa no se hablaba de la muerte. Carlos se había ido a pescar a la Paloma y yo estaba casi desesperada por hablar con alguien de la muerte. Como sólo estaba mamá conmigo le hice leer el libro y se puso furiosa."Quién te recomienda estas lecturas"?..Y no volví más al parque, sola. La última vez que vi a Carlos Ferro me dio unos caracoles delante de mamá, con una sonrisa misteriosa.

Angélica era compañera del colegio y su madre amiga de mi madre. A ella le interesaba el amor y los hombres. Yo no voy a esperar que me elijan, "me decía." Fijate si el que me elige no me gusta". A mí me parece que nosotras también podemos elegir". Por eso, cuando me arreglé con Alejandro, quería saber cómo nos conocimos y cómo nos enamoramos. Había estado engripada y no pudo estar en mi cumpleaños. Me parece verla, con el pelo recogido y los mechones disparando sobre las mejillas.

-Cómo es? Contame. Lo viste y enseguida te diste cuenta?

-De qué?

-De que te gustaba.

-En realidad... no.

-Y él?

-El parece que si. Enseguida me sacó a bailar y no me soltó más… a pesar de que lo primero que hice fue pisarlo. Casi me muero. Tu sabés que a mi no me gusta bailar... pero era mi cumpleaños...

-Y por qué, boba?

-Todo el mundo te mira y comenta y todo eso. Además nunca sé qué decir. Me odio por lo aburrida.

-Yo no te veo así, Lilián. No exageres. Sos algo tímida, no más. Y entonces?

-Entonces... pensé que me estaba tomando el pelo. Fijate que me dijo que bailaba como un ángel, después del pisotón.

-El amor es así. Despistado, dicen.

-El amor?... puede ser. La palabra me resulta rara. Pero, la cuestión es que, a los dos días se me declaró.

-Y en tu casa qué dicen?

-Alejandro es hijo de uno de los socios de papá, Angélica. Están encantados. Dicen que tiene madera de empresario. No se... a veces pienso que este noviazgo fue preparado por nuestros padres. Es posible que el amor venga así, tan de golpe?

-Por qué no? Lo importante, me parece, es lo que sentís tú.

-Y... a mí me gusta. Está… pendiente de mí.

-Ya te besó? No trató de...

-Estás loca? Además, hace sólo quince días que hablamos. Claro que no tenía sentido que Alejandro me levantara la pollera o me abriera la blusa. Había mucho familia y mucha plata de por medio para propasarse conmigo. Así eran las cosas hace veinte años. Yo tenía dieciocho y él veintinueve y enseguida se arregló el casamiento. Pero, aunque hubiera corrido mucho más tiempo entre el acuerdo, la declaración y el registro civil, tampoco habría pasado nada. Alejandro era y sigue siendo de esos teóricos del amor que dividen a las mujeres en dos grandes grupos: sagradas (como para casarse) y fáciles como para divertirse. En la práctica quiere decir... aburridas e interesantes. Recuerdo que Alejandro solía temblar cuando me abrazaba... Pero... creo que su amor (si así lo puedo llamar) me negó... algo esencial. La emoción de él se extinguió pronto y ahogó la mía. Angélica, que se vanagloriaba de no tener instinto maternal, insistía en preguntarme si me hacía a la idea de tener hijos.

-Supongo que habrá tiempo de pensar en eso. Primero tendremos que casarnos, Angélica. Y hay mucho que decidir hasta entonces.

Pero mentía. Había pensado algo en la cuestión de tener hijos o, mejor dicho, en evitarlos o demorarlos al menos. Sin embargo, casi al año de casados, nació Lucio.

-Y, ahora, qué? - me dijo Angélica, muy risueña, cuando me llevó un espléndido ramo de rosas y crisantemos al sanatorio.- Está feliz, Lilián?

-Parece que yo fuera tu conejita de laboratorio. Claro que estoy contenta.

-Contenta no es feliz.

-Bueno, si. Feliz. Feliz, también. 

En realidad, ya me había jurado no repetir semejante experiencia. Pero Lucio era un niño encantador que me dejaba azorada. Aunque aquella alegría, mas bien pálida, no parecía tener mucho que ver con el tan publicitado delirio maternal.

Y, precisamente, este siempre desconcertante Lucio, salido de mí con la colaboración de Alejandro a través de un desvaído y rutinario acto de amor, fue quien, hace unos meses, me presentó a Marcelo. A Marcelo, con todos sus gestos burlones y su sonrisa irresistible que pedía disculpas por sus insolencias.

-Lilián, a vos te aderezaron para el matrimonio. Pero no para el amor.

-Ah, si. Y tú tan precoz... sos todo un maestro, ya. Suerte para ti.

-Seguro. Suerte para mí. Y poca para vos. Si... Alejandro se hubiera... propasado contigo...

-Que palabra desagradable...

-Del estilo de las que usan ustedes..."los mayores"... Digamos que si te hubiera hecho el amor... o se enamoraban en serio o se separaban, y chau. No estarías enredada en este matrimonio aburrido.

-Podés decirlo claro. Inexistente.

Marcelo se puso serio, de repente.

-Ahora somos más... claros. No sé si más honestos. Directos, más bien... y... mejores, en definitiva. Para mí, una mujer no tiene más historia que la que empieza conmigo.

-Para mí tuvo valor el respeto de Alejandro.

-Nunca estarás demasiado segura de lo que respetaba tu Alejandro. Tu virginidad o su situación promisoria en la empresa de…

-Quién sos tú para hablar de Alejandro? Si ni siquiera lo conocés.

-Quién soy? Vos me lo preguntás?

-Salí. Dejame sola.

-Es una pena, Lilián. Lo siento por vos. Si empezás mal... te desajustás para siempre.

-Siempre... Es mucho decir.

-Observá el miedo que me tenés. El miedo que te tenés a ti misma. Cuántos años dijiste que tenés? 

-Qué más da. Treinta y nueve.

-Y no sos todavía una mujer.

-Cómo?

-Una mujer libre. Sin libertad, dónde está la mujer?

-No es verdad. No es verdad! Ustedes, los de tu generación, se creen que las saben todas.

-Por qué decís ustedes"? Sos vos la que te sentís distinta.

-Marcelo, yo... no...

-Nadie se ocupó de ti, de verdad. Ni tú misma.

-Pero... el mismo Alejandro, alguna vez... 

-Nadie.

-Y tú, ahora?

Pero Marcelo no me respondió. Se puso la campera sin dejar de mirarme con una sonrisa y me besó en la frente al salir.

A lo largo de ese día, volvieron una y otra vez, las mismas preguntas? Alejandro me había amado? Mis padres, a su manera me amaron de verdad? Y Lucio, mi hijo... Me amaba Lucio? Y amaba yo a mi hijo? Amaba yo a este hijo que me confundía a cada paso, que me asombraba como si hubiera salido de otra?

-Puedo dar una vueltita contigo, papi?

-Ahora no puedo, Lucio. Estoy trabajando. Decile a mamá.

-Con mami no quiero. Ella se asusta de todo. Y no me deja subir a tu caballo. Me aburro con mami... 

Con el tiempo esa especie de... menosprecio se convirtió en abuso cobardemente consentido por mí. Lucio supo para siempre que con un simple "mamalina", sacaría cualquier cosa de mí relajada autoridad de madre.

Tampoco, y quizá por lo mismo, le pregunté a Lucio quién era Marcelo y de donde lo conocía, y desde cuando. Llegaron en la madrugada, cuando dormía, y fue en la mañana de aquel martes que vi a Marcelo por primera vez, en la playa, con un slip de baño de Lucio, y diciéndome, "hola, mamalina", burlonamente.

-Dónde está Lucio?

-Durmiendo. No conoce a su hijo?

-Cómo sabe quién soy?

-Lucio me la describió... muy bien. Yo soy Marcelo.

-Si, claro. Y... qué le dijo de mí?

-Ah... que es muy atractiva. Lucio está desconcertado con usted.

-Lucio? Conmigo?

-Dice que usted no parece una madre.

-En el botiquín del baño de abajo hay bronceadores para elegir. Y... cómo me dijo que se llama? Marcelo... cuánto?

-Fuentes. Marcelo Fuentes. Encantado, señora de Brunelli. Sabe que anoche no dormí bien por su culpa?

-Cómo dice?

-Era usted la que tosía en la madrugada?

-No se, en sueños, quizá.

-Por las dudas... no se bañe. Empieza a estar frío.

No le contesté y arremetí contra el agua y me zambullí, indignada. Y en ese momento apareció Lucio corriendo y gritándome:

-Mamá! Te presento a Marcelo! Decile Marcelo no más, mamá!

Pero yo ya estaba nadando.


Más tarde, mientras fumábamos sentados en la arena, Lucio me preguntó por la lancha.

-Cómo está el motor, mamá?

-No se. No la saqué para nada.

-No le gusta el peligro, señora?

-Qué le va a gustar! Ni sé como aprendió a nadar. Eh... no te pongas tan seria, mamalina.

-Qué raro que fume.

-Raro?

-Dicen que es muy peligroso fumar...

-Pero, qué les pasa a ustedes conmigo?

-Puedo sacarla esta noche; no, mamá?

-La lancha? De noche? Para qué? 

-Cómo para qué? Para dar una vuelta, mamá!

-Las noches están como boca de lobo. No hay luna.

-Y qué?

-De cualquier manera vas a hacer lo que quieras.

-Tenés una idea mejor?

-La temporada se termina y los Perdomo organizaron una cena al aire libre. Sabés que me gustan. Y estaría contenta si esta vez me acompañaras.

-Pero, mamá...

-Va a estar Eugenia.

-Y a mí qué?

-Quién es Eugenia - Marcelo parecía muy interesado.

-Una pesada. Prima lejana o algo así.

-Bueno, qué vas a hacer?

-Marcelo puede ir con nosotros?

-Puede - dije con un suspiro.

-Y, mamá, nada de "usted" entre Marcelo y tú, eh?


Tal vez fui demasiado dura con Lilián. Ahora, envejecida, parece más vulnerable que antes. Ya es mucho esto de escuchar sus recuerdos. Pero éstas son las cosas que me pasan. Me doy un descanso. Paseo del brazo de un viejo amigo, un rebelde entristecido cuyo pelo encaneció en una sola noche. Respeto su silencio. Ya sé que de esa noche mejor no hablar.

-Estás bien, Angélica?

-Claro que estoy bien. Todavía piso fuerte, hago planes, escribo, hablo (seguramente demasiado)... y paseo con un fiel amigo como tú.

Caminamos por una avenida del parque, ligeramente iluminada. De pronto, la mirada de un hombre se interpone. Un hombre pálido, muy pálido, sentado en un banco. Me parece un prisionero de la noche. La noche, océano inexplorado plagado de raras sorpresas, cuyos confines está amiga íntima de callejeros que soy no termina de conocer. Con su ración de nocturno misterio, el solitario nos mira, me mira, con ojos de lechuza, relucientes pero como de náufrago. Con ojos de hombre que se entregaría sin resistencia como suplicante pero sin perder una invisible corona de laurel. Quizá poeta? Algo muy resguardado se desprende de su interior y vuela hacia mis ojos. Un vuelo certero que me ciega por un instante y me hace gemir y detenerme.

-Qué te pasa, Angélica?

Qué te voy a decir, amigo? Que estoy herida? Ese hombre me ha tocado con sus ojos y quedé herida... aunque no sé con qué me ha herido en realidad. Sólo sé que estoy distinta, muda. Ya no hablaré más esta noche. La herida se propaga, llega hondo, en alguna parte sangra pero no mata. Y así quedo, vulnerada, doliente por una pena indescifrable que no es mía, la pena que un navegante de la noche lleva como una tercera, filosa visión... pero sin encontrar lugar ni instrumento, ni oídos amantes, ni acogida en corazón alguno para desplegarla como elegía. No resisto. Me la llevo. Así desnuda, sin música, sin sonido alguno, pero haciendo lugar para las lágrimas invisibles. De pronto, con infinito dolor, percibo que el fantasma de Bernardo camina conmigo.

Ah, ahí vuelven como ráfagas los pensamientos de Lilián... Será que está muriendo?

...Y en lo de Perdomo, Marcelo desentonó deliberadamente durante más de tres largas horas, mientras Lucio simulaba prestarle atención a Eugenia. A Eugenia que no es tonta. Después de comer, Gloria Perdomo puso unos discos y bajó aún más las luces del jardín, seguramente con la intención de que Lucio y Eugenia bailaran. Al pasar, dejándome una copa de coñac me hizo una guiñada mientras Marcelo me susurraba "ganchera, vieja, eh?"'

-Cállese.

-No es así como se dice? O tengo que decir "celestina"?

-No es para tanto ni tan evidente. Además... a usted qué le importa?

-Qué es eso de "usted"? En qué quedamos? 

-En nada quedamos.

-Está bien. No se enoje. Deje el placer del alcohol y baile conmigo. Lucio y Eugenia ya están bailando.

-Yo? Bailar con usted?

-Qué tiene? A falta de nada mejor... Bueno, tal vez esa Eugenia tiene alguna hermanita en el jardín de chicos como para mí...

-No tiene. Y a mí no me gusta bailar.

-Vamos.

Me había tomado del brazo con fuerza y sentí pánico, de repente.

-Qué quiere? Esto es ridículo.

-En qué época vive, señora de Brunelli?

-No en la suya, Marcelo.

-Sí que en la mía. Aquí estamos los dos respirando en el mismo lugar.

Pero dejó caer la mano y se alejó. Y sentí como si me hubieran empujado en un pozo.

Antes de irnos, Eugenia se acercó y se sentó junto a mí. Me dio un beso y me pasó un brazo por los hombros. Nunca la había mirado tan de cerca y me enterneció verla tan rubia, casi transparente, tan lisita.

-Puedo pedirte algo, Lilián?

-Claro!

-No dejes que Gloria me ponga en ridículo con tu hijo. No la alientes. Lucio va a pensar que nadie me miró en mi vida o que lo estoy persiguiendo. Y no es verdad!

-Pero no hay nada premeditado...

-Me hacés un favor?

-Lo que quieras, querida.

-No traigas más a Lucio cuando vengas a cenar. Dejalo... que venga solo. Cuando quiera y si es que quiere. No me voy a morir por él, quedate tranquila.

-Estoy tranquila, Eugenia. - le respondí viendo que Lucio se acercaba.

-Me quiero ir. Bailamos la última, Eugenia?

-No te parece idiota bailar con esos discos viejos de Gloria sólo para hacerle el gusto? Yo me voy a dormir.

Lucio abrió mucho los ojos.

-Como quieras - dijo, mientras Marcelo reía por sobre su hombro.

-Miren la pesada...

-Te dio en la vanidad, Marcelo. Justo cuando Gloria fue a buscar la guitarra para que cantes.

-No pensaba en cantar para nadie en particular y menos para Eugenia.

-Reconocé que te estropeó el debut.

-Así que canta? -dije por decir. - Y qué canta? Rock? Folclore? Canto... popular?

-No. Sólo canto mis propias canciones.

En ese momento apareció Gloria con la guitarra.

-Eugenia se fue a dormir. Me parece que no se siente bien. Pero, por favor, cante para nosotros, igual...

-Por qué no? - Y Marcelo tomó la guitarra y pareció acariciarla. Arqueó los dedos y la rozó con las uñas, apenas, como para hacerla erizar. De pronto, la guitarra me pareció viva en sus manos.

-Yo prefiero irme ahora - dijo Lucio.

-Lucio... no seas grosero con tu amigo.

-Queremos escucharlo, Marcelo - pareció rogar Gloria.

-Me voy, mamalina.

-Entonces me voy contigo...

-No. Quedate con Marcelo, mamá. Yo… tengo ganas de caminar solo. Buenas noches a todos.

Lucio se fue y en ese momento salió la luna.

-Quién habló de noches oscuras, sin luna? Mire, Lilián.

Me sentí tonta, como si jamás mirara al cielo. Y así, bajo la luna repentinamente presente y llena, nos reunimos alrededor de Marcelo. Los Perdomo fumaban en silencio y Gloria, quedamente, volvió a servir coñac. La reunión se alargaba.

-Y si lo dejamos para otra noche? -dije.

-De ninguna manera. Queremos escuchar a Marcelo. Es bueno un poco de música. El verano se termina y tenemos que volver a Montevideo. A aburrirnos. Disfrutemos ahora.

Marcelo, abrazado a la guitarra, nos miró a todos, uno por uno, en silencio.

-No los voy a demorar mucho - dijo después - Voy a cantar una balada solamente. También estoy cansado.

Cantó a media voz y, desde que sus dedos bajaron por las cuerdas, nos embrujó a todos. Perdomo y su mujer, que siempre parecen aburridos, dejaron caer los cigarrillos, Gloria se convirtió en una estatua con la copa sobre los labios. Y a mí me dio una especie de miedo. Cuando repitió el estribillo me miró a los ojos tan adentro que me pareció otra persona, sin edad, casi un viejo, y tampoco pude separar los ojos de él. Quieta como una mariposa atravesada por un alfiler. Cuando dejó de cantar y soltó la guitarra, creo que todos, sin darnos cuenta, lanzamos un pequeño suspiro y parecimos despertar.

-Es suya esta balada tan hermosa?- murmuró la señora de Perdomo.

-Si.

-Y siempre canta… así? - susurró Gloria recogiendo la guitarra.

-Supongo.

-Cómo puede salir por ahí sin una guitarra?

-Como ve... siempre encuentro alguna.

-Usted se haría rico y famoso cantando -agregó Perdomo.

-Tal vez, aunque no...

-Lástima que la temporada termina. Podría recomendarlo en el Club...

-Gracias. De verdad; no me interesa. 

Otra vez el muchacho burlón y maleducado que se volvió a mí.

-Vamos... señora?

-No canta más, entonces? -insistió Gloria, todavía. -Por favor.

-No.


Al volver, traté de caminar delante de él. No tenía ganas de hablar.

-No corra tanto. Está desperdiciando la luna, señora.

-Tengo sueño.

-Si?... Ya dormirá interminablemente alguna vez.

-Vamos...!

-Qué? Nunca lo pensó? Nunca lo piensa?

-Qué mal gusto. -Se paró de repente y me obligó a volverme y mirarlo. Parecía de piedra.

-Así que una cuestión de... "gusto" - dijo, finalmente, y cuando me quitó los ojos de encima me pareció que me borraba, que yo no era nada ya. Me acordé, entonces, de Iván Ilich, de Carlos Ferro, de mamá. Y no me gustó darme cuenta de que me estaba pareciendo a mi propia madre, de que iba tomando su lugar.

Estaba poniendo la llave en la cerradura, cuando Marcelo dijo:

-Si usted, seriamente, hubiera tomado conciencia de su propio fin... trataría de estar viva.

-Y no lo estoy?

-No. Me parece que no.

-Qué sabe?

-Esta mañana la estuve observando en la playa. Y... lo que dijo hace un momento...

-Eso no tiene importancia. Son cosas que se dicen.

-No. Usted las dijo.

Abrí la puerta con rabia, prendí la luz y seguí derecho a la escalera.

-Buenas noches. Voy a ver a Lucio.

-No creo que haya vuelto.

-Voy a ver.

-En todo caso, déjelo dormir. Quédese un momento conmigo.

-Para qué? Cierre esa puerta. Qué espera? 

Cerró la puerta suavemente y se acercó a la escalera.

-Siento molestarla. Quizá me vaya mañana.

-Es suficiente con que recuerde que está aquí por Lucio y no por mí. Manténgase fuera de mi camino.

-Qué raro... Sabe una cosa? Todas las madres de mis amigos me tutean casi enseguida de conocerme. Me tratan como un hijo más.

-Como un hijo más... Qué exageración. O, tal vez, yo no sea una gran madre.

-Tal vez.

Por un momento se escuchó un motor como de lancha. Marcelo prestó atención. Cuando volvió el silencio, pareció convertirse en otra persona.

-Ese es Lucio. Vaya a dormir, mamalina - dijo después con una sonrisa.


En mi mesita de noche, junto al pastillero, tenía una foto de Lucio. Lucio a los cinco años. La foto se la había tomado Alejandro en el Club de golf, creo que en primavera. En septiembre, probablemente. Y o ya estaba enterada de la historia de Alejandro con Julia Ramírez. Sentada en la gramilla, fumaba sin hacer caso ni de mi hijo ni de mi marido. Fue entonces que Lucio dijo "mamá está muy linda" y Alejandro me miró como si yo fuera una mariposa rompiendo el capullo."Si, tenés razón, está muy linda"', dijo tendiéndome la mano. Yo se la golpeé y me fui corriendo hasta el House mientras Lucio lloraba como un chanchito. Seguro, era tan raro verme enojada. Por qué te llevaron a mi cumpleaños, por qué conspiraron para juntarnos, Alejandro? Cuánto mejor que no nos hubiéramos casado. Qué matrimonio tuvimos?

Lucio...Lucio se habría arreglado para llegar al mundo de una manera u otra... si fuera necesario que llegase, que no estoy tan segura. Como hijo mío. Ahora comprendo el aire de víctima ofendida de mamá frente a papá, el mismo de casi todas sus horribles amigas cargadas de perlas y solitarios. Por qué no nos separamos aquel mismo día? Porque no me atreví o porque no tenía una gran idea del amor? Puse la foto boca abajo. Esa fue la única vez que hice llorar a Lucio.

Al otro día me levanté temprano, antes que Antonia. Lucio estaba tomando café en la cocina, con una campera sobre los hombros, unas bermudas descoloridas.

-Madrugaste, hijo?

-No podía dormir.

-Tenés el pelo mojado.

-Estuve nadando un rato. Vi salir el sol desde el agua.

Por qué pensé que no había dormido en casa? Mientras me preparaba mi jugo de naranja, le pregunté por Marcelo.

-Quién es? Dónde lo conociste? Nunca me hablaste de él.

-Mamá... si nunca hablamos de casi nadie... Lo conocí en la Facultad. Nos veíamos. En realidad nos hicimos amigos en Cine Club. El es dos años mayor que yo y no coincidíamos en los cursos. Te molesta que lo haya invitado?

-Me... extrañó. La temporada terminó, casi.

-Pensé que le haría bien venir aquí. Esta es una playa tranquila.

-Creí que ustedes no buscaban tranquilidad, precisamente.

-Nosotros?

-Si, ustedes. Los jóvenes.

-Ah, mi hermosa madre, tan "vieja"... Mamá, Marcelo perdió a sus padres en un accidente hace dos meses. Dispara de las lloronas y de los cuervos de su familia, dice.

-Pero...

-Por favor, no le digas nada. Se pone furioso si lo compadecen. 

Más tarde, cuando iba a ducharme, después de estirarme y hacer gimnasia en el fondo, me crucé con Marcelo.

-Por qué se cuida tanto?

-No imaginé que me estuviera mirando. Me gusta el ejercicio. Algo tengo que hacer, no? Aunque sea mantenerme joven.

Por qué me tomé el trabajo de darle una explicación? Mientras el agua caliente corría por mi cuerpo me pregunté si no estaría viviendo equivocada. El día se extendía delante de mí, tan largo.

-Señora, sus pastillas para dormir. Va a cenar?

-No, Antonia. Gracias.

Me acuesto como quien va a morir. Tantos nombres, tantas caras revolotean sobre mí. Una revisión de mi vida necesito. Realmente viví engañada... o simplemente puse el pié por cuanto pudiera aniquilar mi bienestar, mi comodidad? Quisiera hablar con Angélica. Hoy... que tanto tiempo ha pasado y que somos tan distintas. Hubo un verdadero propósito en mi vida? Ah, quisiera llorar. Llorar no es fácil para mí. De niña sí lloraba si me contrariaban los caprichos. Después... me volví demasiado mansa. Y mi corazón? Llora mi corazón? Me pregunto si Angélica es... ha sido mi amiga de verdad... alguna vez. Recuerdo una noche en que, sentadas muy juntas en la alfombra, escuchando música brasileña, y tan quietas que no se percibía más movimiento que el disco girando y la ondulación de nuestras respiraciones, Angélica me tomó una mano. La presión de sus dedos fue tan fuerte, tan invasora que retiré la mía turbada. Fue la sensación de haber tenido mi mano presa de una mano desagradable, desconocida, inesperadamente helada. 
No dijimos nada y seguimos escuchando a Dick Farney pero el lugar se volvió sofocante. Qué extraño. Había olvidado esto. Por qué, ahora…?

Angélica solía decir que me falta imaginación. Puede ser. Pero... hace unas cuantas noches que sueño con lo mismo: estamos Angélica, Alejandro, Marcelo y yo en el jardín verdinegro de la casa donde nací. Falta Lucio pero no estoy inquieta porque Marcelo toma tan naturalmente su lugar...Y veo todo con unos colores tan vivos, tan planos, tan frescos que me despierto pensando, invariablemente, en una miniatura india de la escuela Kangra que Marcelo dejó una mañana debajo de mi almohada. Una mujer vestida de rojo, con un sari transparente, atravesando la selva para encontrarse con su amante sobre un lecho de hojas. Lucio... Lucio es tan joven, tan desconcertante y, quizá, tan ardiente como Marcelo. Donde está mi Lucio? Donde estás, Lucio? Perdido, desaparecido hasta de mis sueños. En realidad... te fuiste mucho antes. Te dejé ir de mi corazón distraído... como un fantasma pálido, inadvertido. Si Alejandro fuera como Marcelo; si Marcelo fuera Alejandro sin dejar de ser Marcelo y regresara con Lucio, de la mano, y todo volviera a empezar... deslizándose como un sonido largo, melodioso....

Aquel ya tan lejano fin de semana, el primero que Marcelo pasó en nuestra casa de la playa, también apareció inesperadamente Angélica. No nos habíamos visto desde su cambio de vida aunque nos llamábamos cada tanto. Creo que siempre la quise aunque cada vez que Bernardo decía "Angélica es una mística" yo pensaba "no, es una hipócrita"'.Y lo sigo pensando pero no importa porque, no sé por qué, la quiero lo mismo. A mi pesar. Angélica no es precisamente bonita aunque, en cierta manera, es hermosa. Alta, los ojos le brillan en las más impenetrables oscuridades; acaricia el suelo con los pies y tiene una habilidad asombrosa para enroscar su cuerpo en cualquier parte… y aparecer o desaparecer súbitamente. Claro que a los quince años yo no la veía así... y tampoco ella se molestaba en impresionarme. En cambio desplegaba sus trucos de magia frente a cualquier hombre, de cualquier edad que se cruzara con ella y se divertía volviéndolos locos. Quizá todos aquellos encantamientos fueran involuntarios y ella respondía a los hombres como si fueran sus estimulantes. Como si aquellas respuestas suyas fueran la imposición de su naturaleza misteriosa. Si. Eso es Angélica. Misteriosa. Aunque me de rabia reconocerlo. Angélica, opacando siempre a todas las lindas de cada verano en el Este. Y donde fuera. Angélica... también te odio un poco, sabés? A través de Alejandro, de Bernardo, de Marcelo y hasta del mismo Lucio... he seguido apreciando tus refinados trucos de Circe. Te he visto a través de sus ojos. Y... te sigo queriendo aunque sé perfectamente que también sos una buena hija de puta.

Si, es verdad. También soy o he sido eso. Una buena hija de puta. Para qué encontrarnos, entonces, Lilián? Por qué ese deseo de mirarte cara a cara conmigo otra vez? Pero tus pensamientos no me molestan. Me hacen reír. Estoy tan lejos, la vida me ha empujado tan lejos de aquel verano... Ese verano que te mantiene atrapada. Y, en cierta forma, puedo comprenderlo. Porque yo también quise mucho a tu hijo Lucio.

-Qué estás murmurando, Angélica?

-No es contigo. Perdoname.

-Volvemos?

-Está bien. Tengo frío.

-Salgamos del parque. Creo que un hombre nos sigue.

-Te da miedo?

-No. Pero, para qué tentar al diablo?

Es cierto. El hombre pálido de ojos de lechuza nos está siguiendo. Tal vez está prendido a la elegía que clavó en mis entrañas. Creo que me estaba esperando. Guardaba para mí esa herida. Pero el fantasma de Bernardo, aunque tarde, me preserva.


Cuánto tiempo ha pasado desde aquel sábado? Ah... cuanto frío tengo...

-Antonia! Venga por favor!

-Llegaron los diarios de la noche, los quiere, señora?

-No. Caliente la casa, por favor. Hay bastante leña?

-No mucha.

-Le dejo los diarios?

-No!.Ya le dije que no!

Diarios no. No quiero enterarme de nada. No quiero saber nada. Nada que me haga mover, hacer algo, volver a Montevideo. Me vuelvo hacia la pared pero escucho lo mismo el susurro de las hojas plegadas al caer al costado de la cama. Antonia se complace en amontonar diarios sobre mi cama. Y yo me complazco en arrojarlos al suelo. Mañana, cuando me levante, caminaré sobre ellos y los tiraré a la basura. Ay Lucio... Lucio! Marcelooo!

Sábado de carnaval. Y yo que había pensado ni acordarme del carnaval... y, de repente, toda aquella mascarada. Me voy en oscuridad. Ya no sé si duermo, sueño o recuerdo.

Cuando Angélica se fue de monja nos sorprendió a todos. Una ramera nata, vocacional... con hábito. Pero, finalmente, nos acostumbramos a la idea de visitarla en un monasterio y mirarla y conversar con ella a través de una reja. Pero también logró sorprendernos cuando, con la misma premura que tuvo para entrar, dejó el convento de las Carmelitas y reapareció de minifalda. Yo no la vi enseguida. Primero se dejó ver por Alejandro y Bernardo y hasta por el mismo Lucio que se divirtió muchísimo.

Así fue que nos reencontramos aquel sábado de carnaval, en el porche de casa, yo viéndola a través de mis anteojos ahumados, esfumada, verdosa como una sirena brotando del acuario, con pantalones plateados, cubiertos de escamas, una cámara colgando del hombro y un cigarrillo entre los labios, y los zapatos en la mano. El pelo le había vuelto a crecer y le bajaba los hombros, platinado como una espiga. Todo muy impactante a pesar de que, a fuerza de haberlo perdido debajo de la toca por cinco años, todavía me acordaba de su pelo negro. Pero Angélica estaba intacta en sus ojos, en la mirada solapada y fulgurante de siempre.

-Me conocés, Lilián? - dijo, muerta de risa.

-Entrá -dije, dándole un beso.

-Ya sé que tenés otro hijo.

-Cómo?

-Lucio me lo presentó en la playa. Lindo nombre: Marcelo. Nombre de actor de cine.

-Así que viniste por la playa?

-Como siempre. La costa es la verdadera anfitriona. Por eso le fui a pedir hospitalidad antes que a vos. Te enojás?

-No. Por qué?

-Me vine en busca de descanso, contigo, Lilián. Si no te cae mal. Estoy durmiendo poco. Montevideo me revienta a veces. No sé qué haría si viviera en Buenos Aires. Me tiraría por un balcón, supongo.

-Estoy segura que no. Estoy contenta de verte, Angélica.

-Ya te acostumbrarás, no?

En un primer momento creí que Angélica de verdad necesitaba descansar. En el almuerzo apenas probó la comida y enseguida se fue a dormir la siesta, en mi cuarto, naturalmente. Esta casa no es muy grande y no hay más dormitorios que el de Lucio y el mío; y el estudio, en aquellos días, ya era dominio de Marcelo

Como los muchachos desaparecieron me fui al cubil de Lucio. No deseaba intimar tan pronto con Angélica. El cuarto de Lucio es demasiado chico y cuando no lo llama "cubil" lo llama su "celda". Es una habitación extraña, llena de mañas, que me resiste. Llevé unas mantas para hacer mi relax en el suelo y me tendí debajo de un móvil lleno de acrílicos de colores que giraron poniendo reflejos en las caras de todos los melenudos que me miraban desde la pared. Me sentí incómoda. La última vez que Alejandro pasó por el balneario le pidió a Lucio que sacara todos esos posters de la casa.

-Es mi cuarto. En mi cuarto pongo lo que quiero. No tenés por qué entrar.

-Pero tu cuarto es parte de la casa. De mi casa.

-Sólo falta que me muestres los documentos de propiedad.

Estaban realmente furiosos y yo los miraba asombrada. Nunca parecieron desunidos por nada.

-Qué generación. Te meten el retrato del Che por todos lados -murmuró más tarde Alejandro, fumando su pipa frente a mí. Pero lo cierto es que parecía encantado. O quizá divertido. Acomodé las mantas cerca de la puerta de vidrio que da a la terraza. Ahí me sentí mejor, mirando el cielo. Se había levantado un viento fuerte que alborotaba las nubes y me imaginé a la gente dejando la playa, el mar encrespado y las primeras gotas. Desperté tarde, con la lluvia haciendo ampollas de agua en la terraza y me quedé mirando fascinada aquellos cráteres cristalinos y fugaces. Repentinamente el cielo se despejó y me encontré contemplando lo que quedaba del sol en el horizonte, no más que una brasa. El cuarto pareció calentarse y estaba buscando en vano un arco iris cuando sentí que no estaba sola. 

-Qué buscás, mamá? - dijo Lucio estirándose en medio del cuarto. - Salí a la terraza y mirá a la derecha.

Lucio se asomó conmigo y me pasó un brazo por la cintura.

-Es lindo. A mí también me gusta mirarlo.

-Solía buscarlo de chica. Cuando me despierto no sé qué edad tengo.

Estuve a punto de decir algo más, como para alargar aquel momento de inusual intimidad; hasta me pareció que Lucio lo estaba disfrutando. Pero entonces se asomó Angélica... y algo se desvaneció. Algo que he tratado de recobrar como un indicio de que Lucio estaba distinto conmigo. Pero también los recuerdos se desvanecen.

-Molesto? -dijo Angélica.

-No - respondió Lucio.

-Cuántos libros tenés...!

-Ah, si.

-Lindo cuartito para hacer el amor.

-Cuando quieras... es tuyo. Si mamá sobrevive...

-No me tengan por idiota.

-Y qué? Todo el mundo fornica a nuestro alrededor. Qué tendría de raro?

-Usalo, entonces.

-Primero tengo que encontrar con quién.

-No será difícil.

-Pero... sabés que debajo de esas caras que tenés ahí... no podría. Me queda algún escrúpulo de burguesa, todavía.

Irritante. Demasiado para mí, entonces. Esa Angélica bruja, encantadora de hombres, mujer de convento... sobreactuando su cinismo. Hasta yo fui capaz de pensar que, a pesar de su actitud desafiante, tenía mucho miedo guardado. Probablemente el terror de ir perdiendo sus poderes.

Mientras tomábamos el té salió con la idea de la mascarada. Debí imaginar que el cansancio no era más que un pretexto. Intuí que estaba buscando algo nuevo. Un campo de experimentos diferente. Y hasta se me ocurrió que había venido escapando de algo. Lucio aprobó ligeramente malhumorado, y Marcelo, que había salido del estudio con cara poco amigable, como si hubiera querido seguir durmiendo, se mostró repentinamente encantado. "Circe puede estar tranquila", me dije."Y bueno, que se diviertan entre ellos". Seguir con mi papel de aburrida distante resultaría más cómodo.

Ahí empezó realmente el cambio de historia. Cuando, inesperadamente, el carnaval nos invadió. Así fue que el domingo, a las nueve de la noche, esta casa toda iluminada se abrió sobre el jardín adornado con unos farolitos que el viento inquietaba y sobre un grupo de destempladas y prematuras máscaras donde, irreconocibles, estarían todos los Perdomo, inclusive Eugenia y, sin duda, la mayoría de los vecinos que se trataban con nosotros. El personal del Club y del parador estaba de paro y todo el mundo parecía feliz de tener un lugar donde bailar. Habíamos quedado en disfrazarnos cada uno por su lado y en el más riguroso secreto. En eso estaba la diversión. Recuerdo que, a eso de las siete, me di cuenta de que estaba completamente sola, o casi, porque Antonia, cuando hay invitados, se encierra con llave en la cocina para trabajar tranquila. Sabe que las reuniones me ponen nerviosa y que sólo sirvo para enredar. En alguna parte, Lucio, Marcelo y Angélica, por una voluntaria metamorfosis, estaban convirtiéndose en otra cosa. Ese deseo de perder la identidad que algunos parecen acoger con desenfrenado gusto. Si. Yo también. Así fue que, envuelta en aquel silencio, me senté en la cama preguntándome qué quería ser. Y el tiempo pasaba y no se me ocurría nada. Eran las ocho cuando abrí el ropero decidida a ponerme cualquier cosa debajo del antifaz. Entonces la vi. La caja estaba debajo de todo, en el fondo del placard y el vestido era una momia en buen estado. Cómo llegó a parar ahí nunca lo sabré. El corazón me latía ligero mientras me lo ponía, haciendo girar en mi cuerpo oleadas de odio, un sentimiento mucho más definido, por cierto, que el que me animaba la primera y única vez que lo llevé. Pero Alejandro no tenía ninguna parte en aquel odio. Ninguna. Mientras me ajustaba la peluca rubia se me ocurrió que tal vez Angélica se acordaría del vestido. O no. Debajo de la peluca, una media me ceñía la cabeza esfumando mi cara, pero igual me puse el antifaz, como si me alegrara desaparecer. Los guantes largos escondieron mis manos y mis brazos y, cuando me solté el velo, ni yo me reconocía. Entonces, apagué la luz de mi cuarto y bajé sigilosamente la escalera, completamente a oscuras. Casi me arrastré por el jardín y corrí hasta la playa. Había decidido aparecer en la casa como una invitada más y, esa hora larga en la playa, casi en tinieblas, con los tules flotando a mi alrededor, tan blancos como la línea de espuma fosforescente, con el mar susurrando a mi costado, acompasadamente, fue una de las más excitantes de mi vida.

-A mí también me gustan, me excitan las tinieblas. No sé por qué... porque cuando nací, apenas salida del vientre de mi madre, mi padre me levantó en brazos, me llevó hasta la ventana y me ofreció al sol.

-Qué estás murmurando, Angélica?

-Perdoname… pero, a veces, converso con una vieja enemiga. No me hagas caso. Me llegan voces. No puedo evitarlo. La mente hace cuanto quiere.

-No se. Depende.

-Tú eres como un monje, ya.

-Qué decías de las tinieblas?

-Digamos que me he divertido mucho en la oscuridad.

-Hubo un tiempo en que te gustaba mucho el sol....

-En aquellos lejanos veranos, si, también....

-Yo... he amado el sol. Pero sólo puedo salir de noche. Mis ojos... casi no soportan la luz, ya.

-Podría ver tus ojos?

-No. La lesión es muy vieja ya. No tiene remedio. Mis ojos están mejor protegidos por los lentes. Y las tinieblas. Me entiendo bien con ellas. Tuve tiempo de aprender desde...

-Desde aquella noche...?

-Mi pelo tan blanco, y mis ojos tan negros... En una sola noche. Volvamos. Te dejaré en tu casa, Angélica.

-Hablé de más.

-Me parece que ya no nos siguen.

"Bernardo… no te alejes tu también", pensó Angélica viendo cómo se desvanecía.

-Alguna vez te gustó el carnaval?

-El carnaval..? Qué pregunta loca. Supongo que si. Cuando yo era chico todavía se organizaban asaltos de máscaras. Era muy emocionante, si. Pero... el carnaval es de las cosas que quiero olvidar.

-A mí me encantaba disfrazarme. Cambiar de disfraz en una sola noche. Y jugar, intrigar....

Parece que no gustó mucho mi disfraz. A mi paso, las máscaras se fueron apartando, mostrando un cierto disgusto, como si caminara envuelta en una mortaja. Pero nadie me reconoció y cuando las bebidas calentaron los ánimos algunos me invitaron a bailar. Mientras bailaba, algo trabada por la cola de mi pesado vestido, observaba con sorpresa mi propia excitación. Acaso había una sola persona, entre todas aquellas, que deseara realmente descubrirme? Yo misma... buscaba a alguien? "No lo hiciste de adolescente, Lilián, ahora es mas bien algo tarde. Pero... sacate las ganas. Si. Pero es tarde". Miraba a mí alrededor en amplios círculos sin reconocer a nadie. Mi propio hijo se ocultaba en alguno de aquellos monstruos y yo no era capaz de percibirlo ni por el más mínimo signo. Los disfraces eran originales, salvo un trío de falsos policías que, con unas horribles caretas verdes de goma, iban y venían entre la gente, como tres fantasmas hepáticos."Si pudieras todavía elegir... con quién te gustaría bailar, Lilián?", me decía."Alejandro, no. Y Bernardo? "Abandoné a mi última pareja bajo una lluvia de papelitos sintiendo el pánico de una falta de deseos... mortal. Entonces, alguien me tomó del brazo y me arrastró hasta el living, me hizo sentar, acomodando casi amorosamente la cola del vestido sobre mis pies. Una chocante máscara de mujer con piernas demasiado fornidas, a punto de reventar las medias negras.

-Estás muy nerviosa, querida? Esta ha de ser la noche más emocionante de tu vida, no? - silbó su voz de falsete en mis oídos. - Dónde está él?

-El?

-Si, él .El novio. Tu novio.

-Mi novio... - casi me atoré con la risa y, cuando la "compasiva" mujer me alcanzó un vaso con agua, vi sus dedos sobre el cristal. Una mano sostenía el vaso y la otra lo acariciaba, distraída, con las uñas hacia adentro, como si el vaso pudiera estremecerse. "Es Marcelo", me dije. Con algún vestido de Angélica, seguramente, uno de sus vestidos rojos, sus vestidos red para cazar hombres. Así que recogí la cola del vestido, me levanté y me alejé bruscamente. Un colegial me salió al paso y cayó en mis brazos. Por el perfume de colonia inglesa supe que era Lucio. Inconfundible. Traté de retenerlo pero escapó, tomó del cuello a la "dama" de rojo, la arrastró al jardín y la obligó a bailar de una manera grotesca, empujando a todos brutalmente. Hubo un momento muy fuerte, casi más dramático que divertido, cuando los tres policías los encerraron en una rueda, obligándolos a bailar muy pegados, como enamorados.

A medianoche debía terminar el misterio y tendríamos que quitarnos los antifaces y las caretas. Pero, a eso de las once, creo, alguien propuso apagar las luces y jugar a las escondidas en la oscuridad lo que arrancó alaridos de aprobación. De pronto, a mi alrededor, todo pareció saturarse de electricidad. Yo, en cambio, sentí más miedo que excitación. Y si el juego me pareció bien fue porque me daba la oportunidad de hacer trampa: subir a mi cuarto sin llamar la atención, encerrarme y cambiarme. La novia debía desaparecer y nadie descubriría mi ridícula debilidad. En la cada vez más densa oscuridad, sentía a la gente deslizarse muy cerca, rozándose, atrapándose con gritos y gemidos. Los cazadores victoriosos tenían derecho a desnudar la cara de su presa... y mi casa de verano se fue transformando en una selva espesa y las máscaras en criaturas solapadas, reptantes. Subí ligero, recogiendo mis tules, temiendo que el brillo del vestido me delatara. Y ya estaba casi en mi cuarto cuando alguien me atrapó por la cintura y me arrastró tras una puerta que cerró con llave. Sentí pánico y cerré los ojos, temiendo adivinar en la penumbra alguna cara horrible demasiado cerca. Pero, quien fuera, me soltó, dejándome tranquila. Entonces, abrí los ojos. Lentamente, la luna, descubriéndose en la ventana, lanzó un resplandor sobre nosotros. Estábamos en el cuarto de mi hijo. La luz se fue haciendo más clara, el resplandor más ancho... hasta descubrir al mismo colegial que pasara por mis brazos. Respiré aliviada.

-Lucio, soy yo, mamalina. Ayudame a encerrarme en mi cuarto. Si es que no se metió nadie allí... Quiero cambiarme sin que me descubran.

No me contestó y yo, extraviada en una ternura repentina, lo abracé estrechamente y sólo cuando sus labios mordieron los míos sentí espanto. Aquel beso, que enfriaba, era terrible, si brotaba de los labios de un hijo. Y, sin embargo, como hechizada, por unos segundos, respondí, mordí también, sentí la humedad de los labios, la saliva... y después, bastante después, se me ocurrió que no podía ser Lucio, después de todo.

- Dónde podemos escondernos mejor?

Aunque alterada, reconocí la voz de Marcelo.

-Basta. Esto es demasiado.

-Dama incestuosa... De verdad me confundiste con Lucio?

-Claro que no. Quiero que me suelte. 

Traté de escapar pero él no aflojó. Me mantuvo bien aferrada por la cintura.

-Nada de "usted", ahora, Lilián... Hemos intimado un poco, no?

-Quiero salir de aquí.

-No todavía. Hice una pregunta. Dónde podemos escondernos mejor?

-Para qué escondernos? Alguien lo persigue, Marcelo?

-Si.

-En serio?

-Muy en serio. - La voz le temblaba y me trasmitió cierto temor.

-Nadie puede entrar aquí. Usted mismo pasó llave. Pero tampoco podemos quedarnos mucho tiempo. A las doce termina el juego.

-No hay otro lugar? Todavía podemos aprovechar la oscuridad...

-Entonces... es verdad? En serio quiere esconderse? Después de las doce, también?

-Si. Con más razón. Como si nunca hubiera estado aquí.

-Por qué?

-Escóndame… y, tal vez, se lo diga.

Con la ayuda de la luz de la luna, corrí el equipo de buceo y de pesca de Lucio y abrí el placard, disimulado en la pared, bajo el empapelado.

-Entre ahí. Hay un conducto de aire.

-Usted... tú conmigo. -respondió arrastrándome con él. - Sólo un momento y después te vas...

Se echó hacia atrás y las perchas de Lucio crujieron. La ropa de mi hijo cedió bajo el peso de Marcelo y así, reclinado, me apretó con más fuerza contra él.

-Supe que eras tú - susurró casi lamiendo mi mejilla. - Apenas apareciste arrastrando la cola ésa, ridícula.

-Por favor...

-Estás temblando... Nunca tuviste un amante?

-No.

-De veras? Nunca le metiste los cuernos al idiota de tu marido?

-Nunca. Por mí. No por él.

-Ah... claro. Bueno... algún día tendrá que ser.

-Basta de juego, Marcelo. No juegue conmigo.

-Si hace rato que jugamos, Lilián. 

La rabia me dio impulso, me solté y lo encerré con un extraño placer.

-Me vas a asfixiar aquí?

-No se preocupe. Ya la dije que hay un conducto de aire. Y ahí, salvo Lucio, nadie lo va a encontrar.

Arrimé el equipo de buceo contra la pared, otra vez, y me fui temblando hasta mi cuarto.

Pobre, Lilián. Qué turbador aquel beso. Aquella noche tuvo un cambio... interesante. Recuerdo con cuanta confusión me confesó lo que sintió con aquel beso. Fue sorprendente que se animara a contármelo, pero creo que necesitaba decírselo a alguien. Como a un confesor, supongo. Y también, de alguna manera, le pesaba la intriga de los disfraces. En qué, cómo se había equivocado? La falsa mujer de dedos arqueados no era Marcelo, sino el colegial que se había puesto la loción de Lucio. Tal vez, pensó, y no se equivocaba, que se habían cambiado los disfraces en medio de todo aquel torbellino....

Si, quizá, también Lucio, necesitaba desaparecer. No solamente Marcelo. Aunque aquella noche creí que Marcelo buscaba una extraña diversión conmigo. Pero el que realmente desapareció fue Lucio. Porque, desde aquella noche, no lo hemos vuelto a ver. Ni yo, ni Marcelo, ni Angélica, ni Alejandro, ni nadie en el balneario ni en Montevideo. La última imagen que me queda es la de ese colegial abrazado a la mujer monstruosa, cercados por los falsos policías, ese colegial que, a lo mejor, no era tampoco él, después de todo... o a lo mejor si hasta que se cambió con Marcelo. Nunca lo sabré con absoluta certeza. Con Marcelo acosado... por miedo? Prefiero, quiero pensar que por deseo.

Ya en su casa, Angélica camina entre imágenes. Revolotean a su alrededor. La envuelven y hasta la oprimen. Intenta dejarlas atrás pero no la dejan. Y desiste porque ya sabe que cuanto más resista más furiosas se volverán. ''Está bien. Son las erinias de siempre. Tal vez no ha llegado a mí suficiente perdón". Quizá mi hermana sea una más. O mamá. Es el precio por tanta rebeldía. A veces, aún la vida es un paisaje rocoso y desierto. El encuadre adecuado para las mujeres como yo: dureza de roca donde estrellarse, soledad inmensa, estéril, sorda, muda aún en medio de la gente. En fin. Me queda el cielo para saltar. Arrojarse hacia lo alto, hacia el abismo de los astros.

Quizá mi hermana pudo ser mejor amiga de Lilián que yo. Con toda su ira y con todo su resentimiento era capaz de mucha compasión con los tontos. Qué cosa, no? Hubo un tiempo en que creí (y fue mucho tiempo) que sólo los santos podían ser compasivos. Ahora, ya vieja, sé que un pecador rendido compadece y perdona como nadie. O, quizá, los santos son pecadores profundamente arrepentidos. Si, mi hermana habría defendido y cuidado a Lilián. Pero se desvaneció muy pronto. Hoy no es más que un poco de humo en mi memoria, salvo cuado se levanta de sus cenizas y me ensordece con sus gritos o me aburre con su censura imbatible. Pero yo, que pude cuidarla, detestaba a la desvaída mujer que no se sabía bella. Porque Lilián era muy bella... hace cuarenta años.


Tirada en la cama lloré porque ese imberbe me había humillado. Me quité el vestido, lo arrojé al fondo de la ropería y me puse un pantalón y un sweter de lana porque tenía mucho frío. Oh, lo recuerdo bien. Cuando bajé, las luces estaban prendidas, disfraces, caretas habían desaparecido y los rezagados bailaban aplacados o todavía bebían algo. Rotos los hechizos, el hastío del final del domingo volvía. Como siempre. La medida del desencanto la conocía cada uno. Angélica, cruzándose conmigo, me preguntó si me había divertido. Le contesté de manera terminante.

-No estuve. Me encerré en el garaje con un libro.

-Entonces, no cambiaste nada. No te quejes de que Alejandro...

-No me quejo. No se me ocurrió nada para disfrazarme.

-Y a mí que me pareció... - murmuró Angélica mirándome de una forma rara.

-Qué?

-No. Nada.

Después hice algo... bastante inusual en mí. Pesqué una botella de champán para mí sola y me la bebí hasta la última gota, como si el sueño estuviera en el fondo. La noche se me hacía larga y temible la madrugada con aquel beso terrible y ambiguo, prendido en mi boca como una brasa. Pero, en verdad, el sueño pareció estar en el fondo de la botella porque, a pesar de todo, dormí. Volví a la realidad como a las diez de la mañana, arrollada en un sofá, y vestida. De pronto, me acordé de Marcelo seguramente agazapado y dormido en el placard. "Pero no. Lucio lo debe haber sacado de ahí hace rato", pensé. Así que me levanté y me bañé enseguida porque el cuerpo me pesaba como una roca. Casi enseguida apareció Antonia en mi cuarto con una bandeja de café con leche y tostadas.

-Su hijo ya levantó vuelo. No desayuna nunca a la hora -rezongó.

-Y Marcelo?

-Ese... No apareció todavía.

Extrañada, fui al cuarto de Lucio. La cama estaba sin tocar. Por las dudas, pero segura de que no iba a encontrar a nadie, corrí el equipo de buceo de Lucio y abrí el placard.

Marcelo dormía profundamente, enredado en la ropa de mi hijo. Más que sorprendida me sentí algo inquieta. Lucio no había dormido en casa esa noche tampoco. Alguna pasión? Alguna chica nueva? Eugenia, quizá?

Tan dormido, Marcelo parecía un niño. Un niño bueno. Y sentí que ya no estaba tan enojada con él. El, como yo, como Lucio, tal vez, como todos, también fue víctima de la irrealidad del baile de máscaras. Decidí no pensar más en eso. Entonces, Marcelo abrió los ojos y me miró largamente, soñoliento, sin mostrar sorpresa.

-Hola, mamalina - dijo bostezando.

-Salga de ahí. No sé cómo pudo dormir tan encogido.

-Dormí bárbaro - respondió Marcelo, bostezando otra vez.

-Y... pasó el peligro? -dije en broma.

-Qué peligro? Me acompaña a la playa?

-Está nublado.

-No importa. Necesito un remojón. Usted se lo pierde - y salió derecho al baño.

-Bueno... -me dije -… si está dispuesto a olvidar lo de anoche, tanto mejor. Aquí no sucedió nada.

Fui hasta la cocina, pensando en qué ordenar para el almuerzo, y entonces me acordé de Angélica.

-Su amiga durmió en el porche -me dijo Antonia. Estaba enojada. La cocina parecía un campo de batalla.

-Perdone. Pero... qué amigos tiene, señora.

-Déjeme ayudarla un poco, Antonia -dije, tomando un repasador.

-Salga de aquí. A ver si me rompe algo. Vaya, mantenga a sus... invitados lejos de la cocina. Haga el favor.

Entonces, radiante, se materializó Angélica en la puerta de la cocina.

-Buen día. Fui hasta la casa de Gloria a devolverle unos discos. Uy, esa mujer debe estar desesperada porque la violen. Se estaba paseando por el frente con un camisón de tul, chiquitito así, con voladitos en el trasero... y con esa panza! Pobre, no?

Antonia, que no es flaca, la miró como para fulminarla.

-No seas mala.

-Mala?

Angélica parece desquitarse con arranques de malignidad... tal vez por sentirse confinada en tierra de nadie, lejos de los extremos que la atraen por igual. El péndulo oscila entre la monja y la loca. Debe ser difícil vivir así, sin encontrar un lugar, un punto fijo... Lo dije. Pude decirlo al fin. Monja y puta. Así en voz alta, casi gritando, al volver a mi cuarto. Lo que siempre pensé de Angélica. Amiga y enemiga. Pero Angélica vino siguiéndome y no me atreví a decirle que me dejara tranquila.

-No es por la transparencia... es que si yo tuviera el cuerpo de Gloria usaría camisones de franela hasta en verano. Te molestaste conmigo?

-Me parece que estás hablando de hambre -dije, sin saber qué estaba haciendo en mi cuarto. Ni yo ni ella.

Estábamos tomando unos refrescos en el living, cuando Marcelo, de bermudas, lo cruzó y salió sin mirar.

-Bastante atravesado, no? - dijo Angélica.

-Yo qué se. Es amigo de Lucio.

-Si es amigo de Lucio... está bien para ti.

-No necesariamente - respondí suspirando. - Tu mamá está bien?

-Ah, querés que hablemos. En serio. Si. Está bien. Antes, mucho antes... estábamos muy unidas. Cuando mi hermana enfermó comenzó como a alejarse. A enfriarse... mas bien. Creo que comenzó a defenderse del dolor. Es lo que pasa siempre. No nos preparan para los cambios.

-Y cuando Violeta murió...

-Disimuló el padecimiento. Prefiero creer eso. De lo contrario... tendría que pensar que no le importó demasiado. En realidad... hace mucho ya que no deja saber lo que siente. Si la ves... parece estar bien. Siempre cuidando los detalles, elegante. Como tu madre, ya sabés. En cuanto a mí, "la preferida" según mi hermana, perdió la pasión.

-Tenía mucha ilusión cuando te fuiste de monja...

-Puede ser. Puede ser, Lilián. No creo ser ya la hija ideal para nadie.

-Vamos... no digas eso...

-No seas hipócrita, Lilián. Nos conocemos bien, tú y yo. Pero, con respecto a mamá... creo que es muy inteligente. Tal vez demasiado. Un desperdicio, porque no hace nada interesante. Dicho sea de paso, hace tiempo que dejó de tratarse con tu madre.

-No me extraña.

Qué cosa. Hubo un tiempo en que la madre de Angélica me gustaba más que la mía. Lo que no es demasiado raro.

Bueno... aquel lunes también fue importante. Porque a la noche me sentí horriblemente, peor que nunca en mi vida hasta ese momento maldito. A pesar de que la puesta de sol en la playa, hermosa, disolviendo las nieblas, inesperadamente muy cerca de Marcelo, prometía otra cosa.

Angélica puede, si quiere, ser irresistible también con las mujeres. Así fue que Gloria y Eugenia se aparecieron esa noche en casa, atraídas por ese aire de haber vivido tanto de mi amiga.

-Así me pasa. Le gusto a la gente. Llego... y me relaciono enseguida.

-Aunque te burles un poco de los nuevos amigos... o amigas...

-No puedo con mi genio. Pero no quiero sentirme como una extraña.

-Aunque siempre parecés estar de paso... Corriendo, saltando de un lado a otro...

-Ah... esa es más bien mi maldición... Tampoco puedo evitarlo. Pero... ahora estoy aquí.

Estábamos preparando unos cocteles, unas combinaciones imaginativas de Angélica.

-Lilián... si Lucio no vuelve... puedo usar su cuarto?

-Qué decís? Cómo no va a volver?

-Pero… no se sabe cuándo... Si está viviendo alguna aventura... No me mires así. Parece que no sabés nada de tu hijo, Lilián.

Me veo a mí misma, en la terraza, mirando a Gloria y a Eugenia caminando hacia la casa, tomadas de la mano, bajo el cielo violeta. Detrás de mí, Angélica partía el hielo. Lo hacía sonar como un xilofón.

Nos sentamos y probamos el menjunje de Angélica que, inesperadamente, estaba bastante soso. Entonces, apareció Marcelo, lo olfateó, le puso más gin y nos hizo marear a todas. Yo me llevé aparte a Eugenia.

-Decime la verdad. Sabés que yo no te voy a traicionar. Anoche... Lucio se quedó contigo?

-Y qué si se hubiera quedado?

-Hoy no se ha dejado ver. O no durmió en casa o se fue muy temprano. Ni comió en casa tampoco.

-Estate tranquila. Conmigo no estuvo.

-No te ofendas...

-Y ése no sabe? -siguió una mirada larga a Marcelo que, a su vez, la miró sin pestañear, asomando la lengua y deslizándola sobre los labios.

-De dónde sacaste a ese asqueroso?

-Gusto de Lucio, querida Eugenia .

Gloria sireneaba del otro lado de Marcelo pidiéndole que cantara.

-No tengo guitarra.

-Le traigo la mía. La voy a buscar en un momentito.

-No es necesario. Lucio tiene una. Pero no voy a cantar.

-Dónde está Lucio? - salté yo.

-Y yo qué sé? Qué me mira a mí?

-De sobra sabés que cuando tu hijo se lleva la lancha pueden pasar días... no? -dijo Gloria.

-Si. A veces. Pero no me fijé si...

-Bueno. Hoy la sacó.

-Tú lo viste, Gloria?

-Si... -pareció vacilar - Si.

-No dijiste nada.

-Nadie me preguntó.

-Qué hora era?

Gloria vaciló más y desvió los ojos.

-No... no estoy muy segura. Cerca de las cinco de la mañana, tal vez....

-Qué madrugón, tía -Eugenia parecía asombrada.

En ese momento Marcelo se sentó junto a mí.

-Qué le parece? Me doy por ofendido?

-Por qué?

-Y... Lucio me invita... y desaparece. Me deja plantado.

-Y no lo conoce ya?

-No se... Puedo quedarme hasta que vuelva?

-Por qué no?

-Hasta que vuelva? Seguro? -cómo le brillaron los ojos...

-Si -dije, sintiendo que podría no volver. Por qué lo pensé? Qué me estaba pasando? Nunca me había preocupado así por Lucio.

Entonces, vino ese juego de pesadilla. Si no me hubiera sentido tan mal, después, tan sumergida en un pozo oscuro, tan desesperada, quizá no...

La idea fue de Angélica. Como en el juego de la verdad, cada uno tendría que hacer algo así como un balance sumario de su vida, señalando fracasos y logros.

-No me parece interesante - dije.

-Es apasionante decir la verdad aunque sea una vez - insistió Angélica.

-Esto no es más que pasto para comentarios y chismes.

-Por qué? -protestó Gloria - A mí me parece divertido.

-Seguro que todo lo que se diga esta noche será olvidado - ironizó Eugenia.

-Lo guardaremos como sagrado - agregó Angélica, sonriendo.

-Pero... cual es el objeto del juego?

-Un rato de terapia. Vamos a blanquearnos un poco.

-Comencemos de una vez - Marcelo parecía muy divertido.

-Y quién garantiza que se diga la verdad?

-No hay garantía. Sólo el fuego eterno para quien mienta -Angélica lanzó una carcajada.

Quedé por un largo rato con la mente en blanco, escabulléndome entre tantas risas y palabras. Hasta que Angélica, soltando unos cubos de hielo en mi vaso, anunció:

-Ahora le toca a Lilián!

Gloria me enganchó con una mirada ávida. Marcelo, por el contrario, mantuvo una sonrisa tibia, distante. "Ya se está aburriendo", pensé. Pero, entonces, Eugenia tomó aire y se lanzó sobre mí.

-Te enamoraste alguna vez, Lilián?

-Bueno... si. Cuando me casé,

-Estás segura? Mirá que si no decís la verdad...

-Me casé bastante enamorada. Claro que era demasiado joven y...

-Entonces no estabas muy segura.

-No dije eso.

-En qué quedamos? Cuántos años tenías?

-Dieciocho.

-No tan joven, entonces,

-Te parece?

-Yo me enamoré por primera vez a los trece. Fue la única vez que te enamoraste? 

-Claro.

-No tan claro. Y después?

-Después qué?

-No te enamoraste más? Ni una vez?

-No.

Angélica lanzó una carcajada. Eugenia la miró un momento y luego siguió.

-Seguís enamorada de tu marido?

Miré los ojos claros, jóvenes y crueles de Eugenia, anteayer una niñita inofensiva.

-No - contesté al fin, acorralada.

-Qué lástima. Yo no se lo hubiera preguntado así - dijo Angélica.

-Pero es mi turno. Dejaste de estudiar cuando te casaste? - continuó Eugenia.

-Si, claro.

-Qué hiciste de útil en tu vida?

Me quedé callada. Los momentos que siguieron parecieron estirarse detrás de mi pensamiento, como resortes, atravesando un pasado insípido.

-No se.

-Cómo que no sabés?

-Y... tener a Lucio.

-Eso no vale. Quisiste tenerlo de verdad? Alejandro y tú, fueron conscientes de...?

-Basta, Eugenia - dijo Gloria.

-Ahora me toca a mí - terció Marcelo. - Aparte de tener a Lucio... qué otras cosas hizo, señora de Brunelli? - Había levantado su vaso y me miraba a través del vidrio ligeramente empañado.

-En casa?

-En su vida!

-Bueno... siempre tuve empleadas... Qué se yo. Organizaba las comidas, elegía la ropa de mi hijo, de Alejandro, la mía. Eso era lo que la familia, mi madre, mi marido esperaban de mí. Siempre traté de que nuestra casa fuera linda... hice un curso de decoración, de ikebana... También iba... íbamos mucho al teatro, al cine, a conciertos, exposiciones... Es imprescindible para relacionarse, no? Aún ahora, veo todas las muestras que puedo. Y leer... leo algo... pero me canso. Aprendí a nadar y me parece que bien, hago gimnasia, voy a la peluquería cada semana, de vez en cuando algún masaje porque tengo miedo de... -me llevé una mano a los labios con un sollozo.

-De envejecer? - murmuró Marcelo, muy serio, inclinándose sobre mí, quitándome el aire.

-No. No sé. No se de qué! He viajado... pero no recuerdo nada importante… y sólo he leído estupideces... y mi marido nunca supo enseñarme a hacer el amor... y me aburría horriblemente con él y él conmigo... y hace años que tiene una querida y apenas nos vemos, aunque nunca quise reconocerlo demasiado... y seguramente, nadie, nadie tiene que agradecerme nada… ni yo me siento en deuda con nadie... Esto era lo que querían, no? Contemplar el retrato de una perfecta imbécil, no es cierto? Bueno. Ya lo tienen.

-Pero no. Es un retrato bastante común. Ya lo hemos visto.

-Yo no. Es la primera vez. La primera vez que lo veo.

-La primera vez que te ves - dijo Angélica - Eso es bueno, Lilián.

Todo se me había subido a la cabeza, todo, el cóctel, las imágenes de mi propio retrato. Entre lágrimas, sentí que Gloria me estaba dando un beso.

-Es mejor que nos vayamos, Eugenia. Este juego no ha sido una gran idea, después de todo. Así de poco interesantes son nuestras vidas... Y Eugenia es tan grosera, tan dura, a veces...

-Perdoná - me dijo Angélica cuando nos quedamos solas, recogiendo los vasos.

-Por qué? Vos me sobrás. Estoy segura de que no te dije nada nuevo.

Entonces apareció Antonia haciéndose cargo de los vasos.

-Van a cenar algo?

-No. Acuéstese no más.

-Lilián, me dejás dormir en el cuarto de Lucio?

-Qué se yo. El te dio permiso. Mientras no le toques nada...

-No pienso tocar nada, salvo las sábanas.

-Está bien - dije, porque no la quería más en mi cuarto. No quería dormir cerca de ella.

Y esa noche, rodé de pesadilla en pesadilla, enredada en un horrible baile de máscaras donde las retorcidas caretas eran las verdaderas caras amarillentas, fosforescentes, de Alejandro, de Julia, de Bernardo, de Angélica. Todos ellos esperaban ansiosamente la medianoche para dejar caer esas máscaras carnales y mostrar... qué? Yo intentaba conservar mi pareja pero Alejandro me dejaba por Julia y si me volvía a Bernardo... Angélica se interponía. Bernardo. Fue en la envoltura de humo de ese sueño que descubrí que él era más que un cuñado para mí porque, al despertar, me senté perpleja en la cama rememorando la sonrisa dulce de Bernardo, lo primero que recuerdo cuando pienso en él, descubriendo un deseo intensísimo de verlo. Y, seguramente, ese deseo me dejó caer en otro sueño, divino sueño, embriagador sueño en que Bernardo me abrazaba como jamás Alejandro, y me enseñaba de qué manera maravillosa se puede hacer el amor, delicadamente, con una paciencia infinita. Dejándome reposar en su pecho inmenso, el mejor lugar de un hombre con alma. Me desperté comprendiendo, sabiendo todo eso, todavía estremecida por sus caricias que, sintiéndolas aún en todo mi cuerpo, me parecían reales. Entonces, cuando cobré conciencia, recordé que Bernardo hacía más de un año que estaba viviendo en Boston probablemente sin la menor intención de viajar a Uruguay por el momento. Bernardo... al que siempre miré como hermano. Y, sin embargo, comenzaba a saber que el del sueño era el verdadero Bernardo, mucho más auténtico que el que me escribía postales con paisajes nevados. Curioso que, esa misma noche, había negado el amor.

Al otro día, el de la tormenta que mató el verano, increíblemente, en el desayuno Angélica me preguntó por Bernardo.

-Está en Boston. Supongo que bien. Por qué?

-Siempre te manda postales?

-Si.

-Qué raro que hombres tan distintos sean hermanos. En tu lugar, yo me habría enamorado de Bernardo.

El corazón me dio un salto. Angélica es bruja. A Bernardo recién lo conocí a los dos años de casada. Hacía cinco que estaba trabajando en Méjico y yo lo conocía por fotos. Cuando al fin lo conocí lo único interesante que se me ocurrió decirle fue que leía todas sus cartas con Alejandro.

-Cómo se le ocurre, Lilián? Son largas y aburridas. De negocios.

-No del todo. Me gustan.

-Tutealo, Lilita - dijo Alejandro.

-Siempre quise tener un hermano.

-Entonces, aquí me tenés, Lilita - dijo Bernardo, sonriendo. Sin dejar de mirarme.

Tragué mi café ausente, tomada por ese sueño revelador agitándose todavía en mi cabeza.


Entonces, llegó el viento abriendo con violencia todas las puertas y ventanas, levantando las cortinas de tal manera que la casa parecía volar. Los bancos del jardín saltaron por encima del cerco y se alejaron rodando hacia la playa. El techo crujió, la chimenea silbaba en tanto Angélica y Antonia corrían trancando puertas. Yo, paralizada, me pegué a la pared y dejé que Marcelo me tomara de la mano cuando estuve a punto de caerme. Me acomodó en un sillón quizá con una cierta lástima por mi espanto.

-Es sólo una tormenta. La casa es sólida.

-Hace dos años el viento tiró dos pinos en el jardín.

Un chorro de hojas amarillas cayó a nuestros pies y una nube de polvo nos hizo toser.

-Cerrá esa ventana también, Marcelo - gritó Angélica molesta.

De manera que, cuando empezó a llover, todo estaba cerrado y la voz de la tormenta asordinada. Suavemente, Marcelo volvió a tomarme de la mano.

-Está más tranquila ahora?

-Cómo? Ah... si.Gracias.

Marcelo me soltó.

-Lo siento. No soy más que Marcelo - murmuró y pareció una disculpa.

Durante horas estuvimos sentados, detrás de las ventanas, fascinados por la espesura del agua, que cegaba. Angélica fumaba en un rincón con mala cara. Sombría. Cuando Antonia anunció la comida dijo que no quería comer y que saldría a caminar.

-Qué te pasa?

-Nada. Quiero mojarme. El viento limpia todo.

-Tené cuidado.

-Te acompaño? - dijo Marcelo.

Ahí está Circe, de nuevo, pensé mirándolos. Pero Angélica dijo que no y se fue a buscar un impermeable. Así que Marcelo y yo comimos solos, en silencio. Al final, mientras revolvía el café, Marcelo me dijo:

-Definitivamente, te voy a tutear.

-Bueno.

-Tu amiga está triste.

-No sé por qué.

-Muy triste.

-Algo loca, a veces - respondí encogiendo los hombros.

-Es como un delfín. Juega, nos habla, parece que ríe... y un día cualquiera se suicida y nadie sabe por qué.

-No creo que sea para tanto -dije, cerrando los ojos porque el pelo rubio de Marcelo me molestaba como una lámpara contra la cara.

-Qué tenés? Qué te pasa, Lilita?

"Lilita", como Alejandro. Como Bernardo. Abrí los ojos. Marcelo estaba sonriendo.

-Lucio me lo dijo.

Cuántas cosas le habría contado Lucio? En la playa, la primera vez, me había llamado "mamalina", también. Cuántas cosas podría contar Lucio de mí? Qué risa.

Angélica volvió a las cuatro, empapada. Se quitó el piloto y los zapatos y se sentó en un rincón.



-Querés un té con limón? Bien caliente y con coñac?

-No.

-Un cigarrillo?

-Nada.

-Una manta? Estás temblando.

-No. Por favor. Estoy bien.

-Pero, qué tenés?

-No le hagas preguntas. Está haciendo una experiencia sensorial diferente. Dejala -dijo Marcelo.

-Estás progresando, Marcelito - ironizó Angélica. Más tarde se encerró en el cuarto de Lucio y yo me tiré en mi cama con un libro.

La casa dormía, la lluvia la acariciaba y así fue llegando la noche. Qué ajenos estábamos a cuanto se venía...

-Me dejás entrar? - a través de la puerta la voz me pareció de Lucio.

-Si - pero claro que era Marcelo. Lo miré extrañada.

-Qué pasa? Por qué me mirás así? - dijo él sentándose al borde de la cama.

-Por un momento pensé que era la voz de Lucio. Qué querés?

-Me siento solo. Angélica sigue encerrada. Lucio... suele venir a charlar contigo?

-No.

-Sos una madre rara, vos.

-Si? Y cómo es la tuya?

Su mirada me puso una aguja en el entrecejo.

-Ahora no puedo saber.

-Perdón.

-... Así que te gusta poner los pies sobre la cama - y riéndose Marcelo me quitó los zapatos. Los dejó caer y se quedó mirándolos.

-Mamá se ponía pesada con estas cosas. Odiaba los zapatos sobre la cama, la ceniza en el suelo... o la pasta dental sin tapa. Pero era muy buena.


Entonces se dio vuelta y me besó los pies.

-Para ser madre... hay que ser mujer primero, entendés? Sentís algo?

-Soltame o grito. - dije, bajando la voz.

-Gritá.

Y siguió besándome suavemente. Los empeines, las plantas, los dedos uno por uno, humedeciendo cada yema. Luego deslizó la lengua sobre cada pantorrilla, y después cada rodilla. Después se detuvo, tranquilo, impasible, observándome. Yo estaba paralizada, sin respiración.

-Parece que te gustó.

Cuando se levantó, me tiré de la cama y casi corrí hasta la puerta pero, en lugar de salir, cerré con llave.

-Abrí, Lilita, que me voy.

No me moví y él vino despacio hasta la puerta y la abrió. Al salir me puso un dedo en la nariz.

-En quién pensabas esta mañana cuando me agarraste la mano? -me dijo.

-Decime donde está Lucio.

-Yo qué sé.

-Mentira.

-Está preso.

-No juegues.

-Si no juego. Yo también estoy preso.

Se fue riendo y yo me quedé pensando que Marcelo era algo más que un simple, insolente muchacho, que no tenía una edad definida por momentos, que era una mezcla rara de Alejandro, Lucio y hasta Bernardo.

Un bocinazo me hizo mirar por la ventana. Un coche se acercaba a la casa. La lluvia esfumaba las luces de los focos. Bajé corriendo pensando que alguien traía a Lucio y vi cómo Antonia abría la puerta y esperaba. Me paré junto a ella y, a través del agua, Alejandro y Bernardo se acercaron como dos aparecidos. Silenciosamente, los buceadores se quedaron chorreando en el porche, mirándome.

-Buenas noches, Lilián - me dijo Alejandro, después.

-Nos recogés en tu nave, Lilita? - agregó Bernardo, como un eco.

-Qué están haciendo ustedes con esta noche? Pasen.

Hacía mucho que la sola presencia de Alejandro me fastidiaba así que me concentré en Bernardo.

-Te hacía muy al norte...

-Llegué anoche.

-Anoche? Algún problema?

Alejandro se adelantó.

-Bernardo está algo…

-Negocios. -resumió Bernardo tomando a su hermano por el codo -Andá, Lilita, servime algo fuerte.

-Qué casualidad. Anoche mismo soñé contigo, Bernardo.

Mi cuñado se quitó despacio la campera y me la puso en los brazos.

-Yo también soñé contigo, Lilián.

-Se puede comer algo? - dijo Alejandro.

-El apartamento de Julia es grande y está cerca del aeropuerto. Cómo se vinieron hasta aquí?

-Fue idea de Bernardo. Quería verte.

Me di vuelta para llamar a Antonia y arreglar la cena, cuando tropecé con la mirada burlona de Marcelo.

-Tu marido duerme contigo cuando viene al balneario?

Y así los vi a los tres juntos, Alejandro, Bernardo, Marcelo. Los tres mirándome.

-No. Duermo sola. Hace siglos que duermo sola.

Pero entonces Antonia golpeó la puerta de mi cuarto y me anunció que habían traído una carta para mí, sacándome del ensueño. Alejandro y Bernardo se esfumaron bajo la lluvia y el fantasma de Marcelo se deshizo como humo.

-Vino alguien, Antonia?

-No le dije que le dejaron esta carta? La trajo el señor Alejandro y dijo que no podía quedarse.

-Estaba solo?

-Creo que no. Estaba muy oscuro.

-Está bien.

Prendida al sobre encontré una nota de Alejandro.

"Voy apurado. Entiendo que esta carta de Bernardo te alegrará más que mi presencia. Sigo al este. Si no les alcanza el dinero comunícate con mi secretaria. Avisen cuando se vuelvan a Montevideo. O piensan invernar ahí? Un beso a Lucio. Pasarlo bien. Alejandro".

"Así que Lucio no ha estado con él..." fue todo lo que pensé antes de tirar la nota. Alejandro no contradecía a su propio espectro. Entonces, me dejé caer en la cama, abrazada al sobre de Bernardo.

Oh, no... -se dijo Angélica del otro lado del tiempo - Otra vez esa carta y todo lo que vino después...Qué hubiera dado yo por no saber nada de esa carta....Pero no pudo detener la irrefrenable evocación de Lilián y quedó enredada en sus pensamientos.




Lilián prendió la luz y llamó a Antonia.

-Ya terminé. Queme todos estos papeles. Siempre se junta basura en los cajones del escritorio.

-Una guarda cosas sin saber por qué... Y la cama? El catre. Lo saco del estudio?

-Si, desármelo y guárdelo en el garaje.

-Perdone, señora... no nos volvemos a Montevideo?

-No.

Asusta la trama de la vida. Asusta cómo se enlazan las cosas... Para llegar a Marcelo tuve primero que casarme y tener a Lucio. Esperar que creciera. Solían decirnos... y lo creíamos (o yo lo creía), que primero venía el amor, después el matrimonio como su consecuencia natural y luego los hijos. Y, a veces, resulta así. Otras, en cambio... Pienso en Angélica. Pienso en Bernardo... Si yo me mirara con los ojos de Angélica... Y, cómo me miraría Angélica? Seguramente como a una tonta que se pierde lo mejor de la vida. Pero… será así que me ve? No puedo estar segura. Tampoco sé mucho de Angélica, ni de Bernardo... Qué decía Marcelo de la amistad? Ah, si. Incondicional. La amistad no pone condiciones, no juzga. Y pensar que mamá me elegía las amigas... como había elegido las suyas, de acuerdo al patrón que le pasara su propia madre, quién, a su vez... Mirando bien... Carlos Ferro fue mi primer amigo. Me hizo leer a Stendhal a los quince años. Se pasaba las horas conmigo en el parque mostrándome láminas de Renoir, mostrando paciencia con mi ignorancia y mi falta de atractivos. Todavía no me había estirado lo suficiente y tenía granos en la cara... Mamá me tenía tan inhibida que me parecía llevar, colgada en la espalda, una piedra enorme. Piedra que Carlos supo moler... O intentar. Y por qué? Era mucho mayor que yo. Un solitario de veinticinco años, que nunca me apretó ni me besó... pero que me tomaba la mano con tanto cariño... Me habrá querido? Nos habremos querido como para…? Qué bicho soy que no entendió? Y... dónde estará él, ahora? Todo terminó con Tolstoi. Me había regalado "La muerte de Iván Ilich" y me impresionó tanto que mamá se asustó. Jamás había pensado en la muerte. En casa no se hablaba de la muerte. Carlos se había ido a pescar a la Paloma y yo estaba casi desesperada por hablar con alguien de la muerte. Como sólo estaba mamá conmigo le hice leer el libro y se puso furiosa."Quién te recomienda estas lecturas"?..Y no volví más al parque, sola. La última vez que vi a Carlos Ferro me dio unos caracoles delante de mamá, con una sonrisa misteriosa.

Angélica era compañera del colegio y su madre amiga de mi madre. A ella le interesaba el amor y los hombres. Yo no voy a esperar que me elijan, "me decía." Fijate si el que me elige no me gusta". A mí me parece que nosotras también podemos elegir". Por eso, cuando me arreglé con Alejandro, quería saber cómo nos conocimos y cómo nos enamoramos. Había estado engripada y no pudo estar en mi cumpleaños. Me parece verla, con el pelo recogido y los mechones disparando sobre las mejillas.

-Cómo es? Contame. Lo viste y enseguida te diste cuenta?

-De qué?

-De que te gustaba.

-En realidad... no.

-Y él?

-El parece que si. Enseguida me sacó a bailar y no me soltó más… a pesar de que lo primero que hice fue pisarlo. Casi me muero. Tu sabés que a mi no me gusta bailar... pero era mi cumpleaños...

-Y por qué, boba?

-Todo el mundo te mira y comenta y todo eso. Además nunca sé qué decir. Me odio por lo aburrida.

-Yo no te veo así, Lilián. No exageres. Sos algo tímida, no más. Y entonces?

-Entonces... pensé que me estaba tomando el pelo. Fijate que me dijo que bailaba como un ángel, después del pisotón.

-El amor es así. Despistado, dicen.

-El amor?... puede ser. La palabra me resulta rara. Pero, la cuestión es que, a los dos días se me declaró.

-Y en tu casa qué dicen?

-Alejandro es hijo de uno de los socios de papá, Angélica. Están encantados. Dicen que tiene madera de empresario. No se... a veces pienso que este noviazgo fue preparado por nuestros padres. Es posible que el amor venga así, tan de golpe?

-Por qué no? Lo importante, me parece, es lo que sentís tú.

-Y... a mí me gusta. Está… pendiente de mí.

-Ya te besó? No trató de...

-Estás loca? Además, hace sólo quince días que hablamos. Claro que no tenía sentido que Alejandro me levantara la pollera o me abriera la blusa. Había mucho familia y mucha plata de por medio para propasarse conmigo. Así eran las cosas hace veinte años. Yo tenía dieciocho y él veintinueve y enseguida se arregló el casamiento. Pero, aunque hubiera corrido mucho más tiempo entre el acuerdo, la declaración y el registro civil, tampoco habría pasado nada. Alejandro era y sigue siendo de esos teóricos del amor que dividen a las mujeres en dos grandes grupos: sagradas (como para casarse) y fáciles como para divertirse. En la práctica quiere decir... aburridas e interesantes. Recuerdo que Alejandro solía temblar cuando me abrazaba... Pero... creo que su amor (si así lo puedo llamar) me negó... algo esencial. La emoción de él se extinguió pronto y ahogó la mía. Angélica, que se vanagloriaba de no tener instinto maternal, insistía en preguntarme si me hacía a la idea de tener hijos.

-Supongo que habrá tiempo de pensar en eso. Primero tendremos que casarnos, Angélica. Y hay mucho que decidir hasta entonces.

Pero mentía. Había pensado algo en la cuestión de tener hijos o, mejor dicho, en evitarlos o demorarlos al menos. Sin embargo, casi al año de casados, nació Lucio.

-Y, ahora, qué? - me dijo Angélica, muy risueña, cuando me llevó un espléndido ramo de rosas y crisantemos al sanatorio.- Está feliz, Lilián?

-Parece que yo fuera tu conejita de laboratorio. Claro que estoy contenta.

-Contenta no es feliz.

-Bueno, si. Feliz. Feliz, también. 

En realidad, ya me había jurado no repetir semejante experiencia. Pero Lucio era un niño encantador que me dejaba azorada. Aunque aquella alegría, mas bien pálida, no parecía tener mucho que ver con el tan publicitado delirio maternal.

Y, precisamente, este siempre desconcertante Lucio, salido de mí con la colaboración de Alejandro a través de un desvaído y rutinario acto de amor, fue quien, hace unos meses, me presentó a Marcelo. A Marcelo, con todos sus gestos burlones y su sonrisa irresistible que pedía disculpas por sus insolencias.

-Lilián, a vos te aderezaron para el matrimonio. Pero no para el amor.

-Ah, si. Y tú tan precoz... sos todo un maestro, ya. Suerte para ti.

-Seguro. Suerte para mí. Y poca para vos. Si... Alejandro se hubiera... propasado contigo...

-Que palabra desagradable...

-Del estilo de las que usan ustedes..."los mayores"... Digamos que si te hubiera hecho el amor... o se enamoraban en serio o se separaban, y chau. No estarías enredada en este matrimonio aburrido.

-Podés decirlo claro. Inexistente.

Marcelo se puso serio, de repente.

-Ahora somos más... claros. No sé si más honestos. Directos, más bien... y... mejores, en definitiva. Para mí, una mujer no tiene más historia que la que empieza conmigo.

-Para mí tuvo valor el respeto de Alejandro.

-Nunca estarás demasiado segura de lo que respetaba tu Alejandro. Tu virginidad o su situación promisoria en la empresa de…

-Quién sos tú para hablar de Alejandro? Si ni siquiera lo conocés.

-Quién soy? Vos me lo preguntás?

-Salí. Dejame sola.

-Es una pena, Lilián. Lo siento por vos. Si empezás mal... te desajustás para siempre.

-Siempre... Es mucho decir.

-Observá el miedo que me tenés. El miedo que te tenés a ti misma. Cuántos años dijiste que tenés? 

-Qué más da. Treinta y nueve.

-Y no sos todavía una mujer.

-Cómo?

-Una mujer libre. Sin libertad, dónde está la mujer?

-No es verdad. No es verdad! Ustedes, los de tu generación, se creen que las saben todas.

-Por qué decís ustedes"? Sos vos la que te sentís distinta.

-Marcelo, yo... no...

-Nadie se ocupó de ti, de verdad. Ni tú misma.

-Pero... el mismo Alejandro, alguna vez... 

-Nadie.

-Y tú, ahora?

Pero Marcelo no me respondió. Se puso la campera sin dejar de mirarme con una sonrisa y me besó en la frente al salir.

A lo largo de ese día, volvieron una y otra vez, las mismas preguntas? Alejandro me había amado? Mis padres, a su manera me amaron de verdad? Y Lucio, mi hijo... Me amaba Lucio? Y amaba yo a mi hijo? Amaba yo a este hijo que me confundía a cada paso, que me asombraba como si hubiera salido de otra?

-Puedo dar una vueltita contigo, papi?

-Ahora no puedo, Lucio. Estoy trabajando. Decile a mamá.

-Con mami no quiero. Ella se asusta de todo. Y no me deja subir a tu caballo. Me aburro con mami... 

Con el tiempo esa especie de... menosprecio se convirtió en abuso cobardemente consentido por mí. Lucio supo para siempre que con un simple "mamalina", sacaría cualquier cosa de mí relajada autoridad de madre.

Tampoco, y quizá por lo mismo, le pregunté a Lucio quién era Marcelo y de donde lo conocía, y desde cuando. 

Llegaron en la madrugada, cuando dormía, y fue en la mañana de aquel martes que vi a Marcelo por primera vez, en la playa, con un slip de baño de Lucio, y diciéndome, "hola, mamalina", burlonamente.

-Dónde está Lucio?

-Durmiendo. No conoce a su hijo?

-Cómo sabe quién soy?

-Lucio me la describió... muy bien. Yo soy Marcelo.

-Si, claro. Y... qué le dijo de mí?

-Ah... que es muy atractiva. Lucio está desconcertado con usted.

-Lucio? Conmigo?

-Dice que usted no parece una madre.

-En el botiquín del baño de abajo hay bronceadores para elegir. Y... cómo me dijo que se llama? Marcelo... cuánto?

-Fuentes. Marcelo Fuentes. Encantado, señora de Brunelli. Sabe que anoche no dormí bien por su culpa?

-Cómo dice?

-Era usted la que tosía en la madrugada?

-No se, en sueños, quizá.

-Por las dudas... no se bañe. Empieza a estar frío.

No le contesté y arremetí contra el agua y me zambullí, indignada. Y en ese momento apareció Lucio corriendo y gritándome:

-Mamá! Te presento a Marcelo! Decile Marcelo no más, mamá!

Pero yo ya estaba nadando.


Más tarde, mientras fumábamos sentados en la arena, Lucio me preguntó por la lancha.

-Cómo está el motor, mamá?

-No se. No la saqué para nada.

-No le gusta el peligro, señora?

-Qué le va a gustar! Ni sé como aprendió a nadar. Eh... no te pongas tan seria, mamalina.

-Qué raro que fume.

-Raro?

-Dicen que es muy peligroso fumar...

-Pero, qué les pasa a ustedes conmigo?

-Puedo sacarla esta noche; no, mamá?

-La lancha? De noche? Para qué? 

-Cómo para qué? Para dar una vuelta, mamá!

-Las noches están como boca de lobo. No hay luna.

-Y qué?

-De cualquier manera vas a hacer lo que quieras.

-Tenés una idea mejor?

-La temporada se termina y los Perdomo organizaron una cena al aire libre. Sabés que me gustan. Y estaría contenta si esta vez me acompañaras.

-Pero, mamá...

-Va a estar Eugenia.

-Y a mí qué?

-Quién es Eugenia - Marcelo parecía muy interesado.

-Una pesada. Prima lejana o algo así.

-Bueno, qué vas a hacer?

-Marcelo puede ir con nosotros?

-Puede - dije con un suspiro.

-Y, mamá, nada de "usted" entre Marcelo y tú, eh?


Tal vez fui demasiado dura con Lilián. Ahora, envejecida, parece más vulnerable que antes. Ya es mucho esto de escuchar sus recuerdos. Pero éstas son las cosas que me pasan. Me doy un descanso. Paseo del brazo de un viejo amigo, un rebelde entristecido cuyo pelo encaneció en una sola noche. Respeto su silencio. Ya sé que de esa noche mejor no hablar.

-Estás bien, Angélica?

-Claro que estoy bien. Todavía piso fuerte, hago planes, escribo, hablo (seguramente demasiado)... y paseo con un fiel amigo como tú.

Caminamos por una avenida del parque, ligeramente iluminada. De pronto, la mirada de un hombre se interpone. Un hombre pálido, muy pálido, sentado en un banco. Me parece un prisionero de la noche. La noche, océano inexplorado plagado de raras sorpresas, cuyos confines está amiga íntima de callejeros que soy no termina de conocer. Con su ración de nocturno misterio, el solitario nos mira, me mira, con ojos de lechuza, relucientes pero como de náufrago. Con ojos de hombre que se entregaría sin resistencia como suplicante pero sin perder una invisible corona de laurel. Quizá poeta? Algo muy resguardado se desprende de su interior y vuela hacia mis ojos. Un vuelo certero que me ciega por un instante y me hace gemir y detenerme.

-Qué te pasa, Angélica?

Qué te voy a decir, amigo? Que estoy herida? Ese hombre me ha tocado con sus ojos y quedé herida... aunque no sé con qué me ha herido en realidad. Sólo sé que estoy distinta, muda. Ya no hablaré más esta noche. La herida se propaga, llega hondo, en alguna parte sangra pero no mata. Y así quedo, vulnerada, doliente por una pena indescifrable que no es mía, la pena que un navegante de la noche lleva como una tercera, filosa visión... pero sin encontrar lugar ni instrumento, ni oídos amantes, ni acogida en corazón alguno para desplegarla como elegía. No resisto. Me la llevo. Así desnuda, sin música, sin sonido alguno, pero haciendo lugar para las lágrimas invisibles. De pronto, con infinito dolor, percibo que el fantasma de Bernardo camina conmigo.

Ah, ahí vuelven como ráfagas los pensamientos de Lilián... Será que está muriendo?

...Y en lo de Perdomo, Marcelo desentonó deliberadamente durante más de tres largas horas, mientras Lucio simulaba prestarle atención a Eugenia. A Eugenia que no es tonta. Después de comer, Gloria Perdomo puso unos discos y bajó aún más las luces del jardín, seguramente con la intención de que Lucio y Eugenia bailaran. Al pasar, dejándome una copa de coñac me hizo una guiñada mientras Marcelo me susurraba "ganchera, vieja, eh?"'

-Cállese.

-No es así como se dice? O tengo que decir "celestina"?

-No es para tanto ni tan evidente. Además... a usted qué le importa?

-Qué es eso de "usted"? En qué quedamos? 

-En nada quedamos.

-Está bien. No se enoje. Deje el placer del alcohol y baile conmigo. Lucio y Eugenia ya están bailando.

-Yo? Bailar con usted?

-Qué tiene? A falta de nada mejor... Bueno, tal vez esa Eugenia tiene alguna hermanita en el jardín de chicos como para mí...

-No tiene. Y a mí no me gusta bailar.

-Vamos.

Me había tomado del brazo con fuerza y sentí pánico, de repente.

-Qué quiere? Esto es ridículo.

-En qué época vive, señora de Brunelli?

-No en la suya, Marcelo.

-Sí que en la mía. Aquí estamos los dos respirando en el mismo lugar.

Pero dejó caer la mano y se alejó. Y sentí como si me hubieran empujado en un pozo.

Antes de irnos, Eugenia se acercó y se sentó junto a mí. Me dio un beso y me pasó un brazo por los hombros. Nunca la había mirado tan de cerca y me enterneció verla tan rubia, casi transparente, tan lisita.

-Puedo pedirte algo, Lilián?

-Claro!

-No dejes que Gloria me ponga en ridículo con tu hijo. No la alientes. Lucio va a pensar que nadie me miró en mi vida o que lo estoy persiguiendo. Y no es verdad!

-Pero no hay nada premeditado...

-Me hacés un favor?

-Lo que quieras, querida.

-No traigas más a Lucio cuando vengas a cenar. Dejalo... que venga solo. Cuando quiera y si es que quiere. No me voy a morir por él, quedate tranquila.