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“El insomne”
de "El nieto de Dios"

Ángela Cáceres
anaeluy@yahoo.com.ar

 
 

A través del campo, el arcángel cabalgaba. Al paso. De la urna brotaba una maravillosa voz, haciéndole un cuento:

-Hubo una vez un hombre que no aprendió a dormir. Por las noches estaba tan despierto que no podía estarse quieto. Vagaba por donde podía buscando algo para beber.

-¿Se embriagaba?- preguntó Miguel.

-En cierta forma, si.

-Dormía de día.

-No. No aprendió a dormir.

-¿La historia termina cuando cae muerto de cansancio?

-No. Porque tampoco aprendió a morir. Sufría mucho. Con poca o ninguna esperanza. De noche tan despierto que no podía pestañear, casi. De día, aletargado, débil por una agotadora actividad de ensueño. Esto lo cansaba aún más, porque era como vivir dos vidas, pero sin poder descansar de una en la otra.

-Pero, entonces, dormía. Si soñaba...

-Dije que ensoñaba, que no es los mismo.

-Un momento. ¿Era totalmente humano?

-Si, si. Absolutamente humano. Un hombre de pasiones fuertes, de fuego prolongado. Competitivo, celoso.

-¿Lujurioso?

-Muy lujurioso. De erecciones tan largas y pesadas que podían durar jornadas enteras. Sin alivio.

-¿No tenía amantes?

-Muchas amantes. A cual más bella. Pero ninguna podía saciarlo ni calmarlo porque él tenía una idea fija. Estaba obsesionado por una sola mujer. Ocurría de esta manera. Disfrutaba tres o cuatro horas bordando con caricias y besos el cuerpo de alguna hermosa, sobándola en la oscuridad más cerrada. Como Eros con Psiquis, ¿recuerdas? Luego, por fin, con un bramido, acababa como un tigre, mirando por primera vez el rostro de la mujer. Esto solía pasar cuando despuntaba el día. Y era el momento en que se renovaba su desencanto. Repelía a la desconocida, agraviaba su belleza con la visión repentina de su verdadera amada. Y, al instante, cuando aún manaba su fuente de semen, tenía otra erección. Pero salía huyendo, sobrellevando su peso, lleno de culpa por haber traicionado a la divina que adoraba. Y se castigaba cuidando que no cediera su calentura por días y días con sus noches. Ni quieras imaginar lo que era capaz de ensoñar en sus horas de vigilia.

-¿Y la amada? ¿No se daba por enterada?

-La amada no estaba enterada. No conocía ni su amor ni su existencia, siquiera.

-Entonces...

-Con el paso de los años... este hombre se fue haciendo malvado. Muy malvado. Y sus amantes empezaron a aparecer muertas, adornadas con delicadas heridas. Muy delicadas. Eran enterradas con sus manchas de sangre, porque... misteriosamente, la sangre seguía manando suavemente sobre los sudarios, aunque nadie parecía advertirlo. Luego, ellas, en bandadas, como aves oscuras se dispersaban por las noches y entraban en los sueños y las pesadillas de otros hombres.

-¿Cómo era esa amada tan distante? ¿Existía realmente o aparecía en sus ensueños?

-Existía, como tú y yo. Y también aparecía en sus ensueños. La conoció una noche de luna llena. Una luna tan brillante que sacaba chispas de las piedras y de los muros. El, tan insomne como siempre, caminaba junto a una larga pared lateral de un palacio o un templo, no sé muy bien. De pronto, vio cómo un rayo de luna se metía por una gran ventana ojival. Lo siguió y vio que daba sobre una mujer, muy joven, con un libro cerrado entre las manos y expresión de sorpresa. El no podía, desde donde estaba, divisar lo que ella miraba. Pero adivinó que sería algo muy agradable porque la joven parecía encantada, verdaderamente arrobada y con un vestigio de sonrisa. Quiero decirte que nuestro hombre, absolutamente prendado, no tuvo en ese momento el menor impulso erótico. Su cuerpo, por el contrario, se relajó tan profundamente, que nunca estuvo tan cerca del sueño. Su corazón fue tomado sin la menor resistencia y todo su ser fue invadido por un efluvio de bondad, tan poderoso, que casi se sintió santificado. Así la estuvo contemplando largo rato, hasta que el amanecer lo obligó a volver a su solitaria y silenciosa vivienda.

-¿Y no volvió a buscarla?

-Si. Pero a la noche siguiente la ventana estaba cerrada. Y así se mantuvo.

-¿No pudo hacer averiguaciones?

-En las horas apropiadas... él tenía ciertas dificultades para andar por ahí. Pero no pudo olvidarla. Y, al revés de lo que suele ocurrir con los recuerdos, cuyas imágenes se desvanecen con el tiempo, la visión interna de la misteriosa mujer cobraba cada vez más color, más volumen, más peso, al punto que casi podía adivinar su perfume, su edad, su estatura y aún escuchar su voz. Porque ella salmodiaba por horas dentro de su cuerpo, y ... ni la flauta del mismo Krishna lo habría extasiado tanto.

-¿Y después?

-Después, por una serie de razones... se vio obligado a cambiar de ciudad. Pasaba un tiempo intentando consolarse con otras clases de amores... y vuelta a cambiar de ciudad. Pero sus casas siempre eran solitarias, mas bien oscuras y silenciosas. Y su lecho duro, apropiado para sus tormentos.

-¿Por qué no pudo mantenerse casto y fiel a la mujer que le inspiró tales sentimientos?

-Ah... su naturaleza era muy diferente a la de ella. Muy diferente, amigo mío.

-¿Y no volvió a verla?

-Muchos años después. Otra noche de luna llena, mientras se deslizaba junto a una pared de mármol, encontró otra ventana entreabierta, y otro rayo de luna descubrió ante sus atónitos ojos a la misma mujer. Imagina su alegría. Pero imagina también su sorpresa y su dolor: la mujer tenía un niño entre los brazos y le daba serenamente de mamar. Toda su sonrisa era para el infante. Entonces, él... que nada temía más que las estacas... sintió que algo mucho peor le perforaba el corazón y cayó de rodillas, llorando de rabia y desesperación, porque comprendió que aquella maravillosa mujer... jamás, pero jamás sería de él. Pero, entonces, ella levantó la cabeza y lo vio. Lo miró tan profundamente que aquella mirada renovó su sangre y cambió la naturaleza de su corazón. Al punto que, cuando ella se puso de pie y se acercó a la ventana, como para enseñarle su hijo, ocurrió algo todavía más insólito: la cruz de plata que brillaba en el cuello de la bella, por primera vez, en tantísimos años, no lo espantó. Y se quedó quieto y en paz, devolviendo la mirada, rendido, totalmente expuesto a la energía del poderoso signo.

-Te amo. Hace tanto, tanto que te amo –murmuró, viendo que amanecía, sin inmutarse. –Haz conmigo lo que quieras.

-Sólo quiero que te salves y vengas a la luz.

-Me estás matando de amor... –dijo todavía él, perdiendo la voz.

Y la divina mirada terminó de partir aquel atormentado corazón. Y, entonces, Drácula, redimido, abandonó su pecadora materia y se elevó, se elevó hasta aquel lugar en que todo se disuelve y todo se olvida, y todo se abandona en la luz.

En tanto escuchaba, el flamígero había recorrido un largo trecho por el espacio y el tiempo. Dio las gracias, y la hermosa voz reposó con las cenizas en la urna que Miguel portaba.

Ángela Cáceres
anaeluy@yahoo.com.ar

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