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Me enseñaron sus leyes: las estrellas
fueron mi sueño un día, me encerraba
su corazón la línea, su coseno
su relación brillante: su aventura
el imán de mis ojos, en mis manos
tuve su geometría y la divina
flor de los azimutes
de las precisas
elipses
y los círculos.
Contemplé el cielo con sus propios nombres
vi caer el triángulo, las dobles
y escamoteadas luces del centauro
alfa resplandeciente, solo ojo
que describió girando el derrotero
que acompañó la cruz
también rodando.
Estrellas, con la calle, con los altos
cipreses, con los bordes desdentados
del paredón sombrío, la ventana
que reía una risa, la doliente
silueta del caballo que rumiaba
su noche y su rocío desenvuelto
hacia la inmensa noche y sus estrellas.
Y los planetas convincentes, fijos
sus caminos andados desandados
su zigzagueante corazón ardiente
con el sol que los ama y los enciende
reconocí viviendo, me llegaron
días de dicha y sus noches anegadas
en cuerpo, en corazón, en tinta, en viento
y los relámpagos con el dolor, los golpes
que soporté esperando o maldiciendo.
Ajenas de nosotros, solitarias
puras, indiferentes, lunas bellas
sin aire, sin malditos
rincones de dolidos alimentos
altas y bellas luces solitarias
pasaban sus cortejos milenarios
indiferentes al vivir, al sitio
donde comí mi pan, donde he llorado
donde me daba sobre mi moneda
donde mis nuevos hijos las miraban.
Y un dia, en un momento, dos estrellas
estaban en el cielo y una noche
encendidas, volviendo y recorriendo
toda la humanidad, todos los hombres
que lloran su vivir, o su desgracia
reparan en silencio, o que construyen
seguros de su vida una alegría
y reparten su pan, dan a los hijos
el agua del contento y edifican
la bella casa de las puertas francas,
todos los sitios que el recuerdo alcanza
dos estrellas
miraban
y eran una
parte del corazón de la esperanza.
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