El enamorado

Ese niño que se tensa
y a sí mismo se dispara
y arde en el aire
náufrago en las negras aguas
hechizado en la eléctrica
altura de la tormenta
del corazón revuelto
el encontrado sin cráneo hablando
como una roca oracular
a viva voz.
Es el soñante de paraguas negro
mirando las vidrieras líquidas del sueño,
el zombi atravesándolas intacto.

él, enredado en una fina trama de oscuros reveladores
movimientos circulares, en torno a su mismo, otro, igual,
anterior, desencontrado

es quien mora en la noche como un vigía.

Es él, el mordiente amorófago
bebiendo el vidrio de la resurrección
en el murmullo de tu cuello espléndido

el verdugo apoyando el extravío
entre las dunas irregulares del pecho amado
donde gime como un recién nacido

es el desconsolado en pleno incendio de la razón.

El, que quiere desvanecerse en la fresca bruma malva
es el invisible, el abolido, el sospechoso
monstruo aterrizando como un meteorito

sobre el orden sacrosanto de las mesas
para luego largar humito
y apagarse
con inminencia de lava
desplantes y ceniza.

Es él, no hay duda.
quien sostiene el hilo pendular del triángulo,
el mudo hablador
con la soga del ahorcado como lengua
el incrustado en la arena movediza de la pena y los afectos.

El sublime patético de tanto brillo
clamando por ella y por sí en singular batalla,
el múltiple, el sin fin.
el mismo hado en el filo de esa navaja.

El demente en la mirilla de los otros
que lo quieren sano, recuperado de regreso
sin que los toque esa lepra de enamorado
que cada uno busca hasta el final de los pobres días
dando vueltas alrededor de la automática nada.

II

Ciego ante su mismo oro El
no pronuncia la palabra mágica.
bebe a fondo blanco el veneno del deseo:
"¿Nadie muere de amor? Nadie muere entonces".

Luis Bravo
El País Cultural Nº 447
29 de mayo de 1998

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