El “boliche” de Florencio Sánchez, viejos cafés y el Polo Bamba

crónica de Edison Bouchaton
(Especial para EL DIA)

Contertulios del “Polo Bamba", según dibujo de Barreira

El café es el nido caliente y arrebujado donde caben todos los seres con alma de pájaro.

De cualquier color y de cualquier especie.

Allí se recogen desde las águilas hasta los inocentes y lacerados gorriones.

En el ambiente bullicioso, fuerte de olor al grano negro y brillante, espeso del alma escapada de los cigarrillos que se van muriendo, el grito de un cliente, la atención del mozo, blanco como un "Don Tancredo". y un pintoresco "poli” requintado, un remolino donde se juntan todas las conversaciones y entrar y salir de clientes, se estira lentamente la vida de un inmenso jaulón lleno de columnas, donde caben todos los vuelos. Y todos los cantos. Por eso dijimos que allí se arrebujan todos los seres con alma de pájaros.

Porque ese hombre, participante de todo lo dicho, tiene alma de ave. Hay las que cantan. Deliciosamente. Y en todos los tonos. Modulados por la serenidad. O graznantes por la inquietud.

Depende del motivo por el que ese hombre está sentado.

Ya no es el café el refugio de los solitarios y de los poetas. Ya se fueron aquellos bebedores de café o ajenjo, como los de 18 de Julio y Convención (la vieja Cosechera), el de 18 y Yaguarón (Montevideo), Olimar y 18 (Barrucci), 18 entre Julio Herrera y Río Branco (el Tupi Nuevo) renacido por Albertazzl con sugestivo ambiente chino y el romancesco "Polo Bamba" de Juncal y Buenos Aires.

En su local se reunían las figuras preponderantes del 900 y un poquito más. Agora criolla donde conversaban o decían bien o mal sus versos; discutían sobre la música y matemática silábica — principalmente de los sonetos—, para lo que afinaban su oído, contando y recontando las vértebras del endecasílabo o del alejandrino, con sus imprescindibles hemistiquios y escuchándolos con la unción del critico, que con paciencia de pescador, aguarda su presa, viniendo en el rio entusiasta del recitador. O mirando atentamente la radiografía de un drama que tal vez no se encarnaría nunca. De Florencio no se sabe que adelantara nada de las criaturas que pergeñaba dolorosamente su corazón. Escribía solitariamente en el revés de las fórmulas telegráficas en el café de Juan Carlos Gómez y Rincón. Que no era café, sino un humilde boliche", donde seguramente el autor de “Los Muertos" hiciera vagar en las tablas de sus lucubraciones, criaturas enloquecidas, naciendo delirantes del vientre de su pluma.

Conocimos esa cueva. Impar absoluto de los cafés citados anteriormente, nacido en una esquina cerrada por vidrieras, donde la lluvia dejaba dibujadas sus lágrimas, sobre costras de polvo. Las luces verdosas o agrisadas de la época se besaban con las sombras. Parroquianos de vaivén. Sus palabras volando como moscas sobre la miel del recogimiento y abstracción de Florencio que, Impasible, enganchando a su imaginación su tren de ideas, corría sin detenerse. Silencioso, ganándose la gloria y perdiendo su pan. Detenido. Sólo para pasar su mano desnuda y amarilla o su pañuelo sobre la frente mojada de anemia y su hambre de cigarrillos que parecía comerlos en lugar de fumarlos. Con el recurso plebeyo de "una cañita", corriéndole por la sangre. Ojos negros, como gerifaltes cazando palabras hir-vientes de humanidad. Injertándole frescos laureles a la mesa de oscura y seca madera barata que nadie ocupaba más que él. Era el "trono" del "boliche" custodiado implacablemente por el dueño de "Los Inmortales", para que sólo Florencio pudiera usarlo.

Allí quedó esa mesa, sola y desalmada desde que se fue. Únicamente amparada por su “retrato", “monumento de papel", que el dueño de la "cueva" colocó bien alto para que se le adorara, ya que significaba una estrella que esplendía en la covacha pero que. principalmente, su luz había iluminado la ruta del gran teatro nacional.

Allí se le rindió culto al autor de "Canillita", en su "retrato" de tres cuartos de perfil, cuelllto de celuloide y corbata de nudo. Se veneró al que antes había sido un muchachito canastero, dominador del mimbre elástico y dócil. Tal vez allí, en ese trabajo del cruce de fibras —academia de la paciencia— fue armándose de ideas socialmente Idealizadas para legitimar protagonistas, que le fueron naciendo desde su carne pero creciendo y viviendo paralelamente en la acuarela social, pintora insaciable de dramas y sainetes.

El teatro —en el caso de Florencio— no es una ficción, sino una repetición prolijísima de la vida, donde entre ella y el arte no puede existir la distancia de un hilo. Y a veces la naturaleza humana corregida por la gracia demiúrglca del dramaturgo, agregándole o restándole sueños e ideas, a veces las dos cosas, en grados cuyas proporciones no acertó la naturaleza y que en el dramaturgo no pueden fallar para que sus personajes no resulten muñecos, sino criaturas que caben en la realidad. Florencio tuvo el destino de ser casi Infalible, soplando imágenes que se corporizaron en la escena sin ni siquiera milimétricas distorsiones y que si bien ahora no las encontramos vestidas de personas, cruzándonos con nosotros en cualquier lugar, están siempre dispuestas a surgir alrededor de nosotros, como las luminosas o sombrías criaturas de Shakespeare.

Sánchez fue un aristócrata de la soledad. "Abúlico", según un comentarista de la época. Tal vez, ese destino de ente cerrándose en su valva, inmerso en fondos densos y velados, hacía que no se encontrara psicológicamente con los que paradojalmente eran "aristócratas" de la bohemia.

Con los de capa, melena, negros moñones o plastrones negros, cayéndoles sobre el pecho, casi como un murciélago. Florencio fue un bohemio de pelo corto. Con traje común. Corbata y cuello. Y seguro que no europeizó sus sensualidades etílicas. El ajenjo era para los otros bohemios. Para los pares lustrosos de los románticos franceses.

Estos se reunían donde San Román, su propietario, "espectoraba erguido sobre una mesa sus pomposas 'Pelipondias'." Con mozos de sacos brillantes de lustrina negra. Rigurosamente peinados. Trapo y bandeja en mano. Como por destino cronológico no vimos el sacro café, transcribiremos lo que nos transmite Roberto Abadie Soriano, de esa calesita plena de bohemios fulgurantes.

"Comienzos del 900. Auge del positivismo filosófico y del realismo literario, del socialismo materialista y del individualismo revolucionario. Llegan al Plata las primeras brisas del decadentismo y, aunque sostenido por muy pocos, nace el modernismo. Bajo estas influencias tan diversas se produce en aquel Montevideo de principios de siglo, un fenómeno hasta entonces desconocido: la aparición del primer café literario, trasplantado de los ambientes intelectuales europeos.

Estaba allí, en una de las esquinas de la Plaza Independencia, ocupando los bajos de una vieja casa. Lo había fundado don Severino San Román y se llamaba el "Polo Bamba". La corneta estridente de los cocheros de los tranvías dejaba vibrando los vidrios de sus amplios ventanales.

"Eran asiduos concurrentes al 'Polo Bamba’ todos los hombres poseídos de la fe en una revolución social cercana. Entre los contertulios había representantes de todos los matices del anarquismo, desde el individualismo de Stirner, hasta los partidarios de la ‘acción directa' y los evangelizados ácratas tolstoianos, alternando devotos discríminadores de las ideas marxistas, creyendo poseer cada uno de ellos la verdadera interpretación del credo social imperante. Junto a éstos, algunos poetas de aquella generación: Ángel Falco. Álvaro Armand Vasseur, Emilio Frugoni, Ovidio Fernández Ríos; los creadores del teatro nacional, Florencio Sánchez y Ernesto Herrera; periodista y "causeur” como Leoncio Lasso de la Vega y Natalio Botana y allá, en una mesa del fondo, recién llegado de Paraguay el gran Miguel Barret. corrigiendo sus cuartillas de 'Mirando Vivir' que publicaba diariamente en 'La Razón' montevldeana. Tampoco faltaban los expatríados políticos, oriundos de patrias más asustadizas de los gestos y de los anatemas revolucionarios que la nuestra. Conjuntamente el anarquista italiano don Orsini Bertani. Entre los jóvenes de la generación literaria figuraba ya, con personalidad definida, Aurelio del Hebrón, que más tarde con su verdadero nombre de Alberto Zum Felde, adquiriría renombre continental como critico, historiador y ensayista. Alrededor de su figura, otros jóvenes hacían sus primeras armas en las letras como Carlos María de Vallejo. José G. Antuna, Alberto Lasplaces, (Alberto Chiraldo, agregamos nosotros) y otros, cuyos nombres se han perdido en el anonimato. Es de imaginar el carácter y colorido que tendría este escenario en el que actuaban, desde el dueño del café discutiendo doctrinariamente con los defensores de distintas tendencias revolucionarías y estéticas, que originaban polémicas subrayadas por vuelos de melenas, agitar de chalinas y puñetazos... por fortuna soportados solamente por la losa del mármol de las mesas."

No hay duda de que los "abuelos" de nuestra literatura, con sus altos mostachos a la prusiana, sus anchos sombreros negramente aureolados, en la Intimidad del café, asumirían una personalidad diferente a la que la vida en sociedad les exigía. El café era el refugio. La mesa y un lápiz, "batuta" marcando la música de los sonetos. Discutiendo la matemática de sus sílabas. Con metáforas como viejos perfumes de heliotropos, hechos ninfas aéreas danzando en las gasas del humo de tabaco para luego bañarse en el "gin fiz" o el "ajenjo" y emerger del liquido, vestidas por la seda del verso del poeta. Lo cierto es que allí era el depósito caliente de reciprocidades idealistas, donde en la comunión del entusiasmo, la asamblea cafeterll cerraba un círculo. Dentro, danzaban todos los duendes de los sueños: política y arte.

Allí, donde la rebeldía se hizo etérea, cuando la figura de Zum Felde, descendiendo como un ángel vengador y posándose en el jardín del Cementerio Central, pegado al féretro de Julio Herrera y Reissig, se encaró con los ajenos al cenáculo y les pegó duramente en la conciencia, al decirles: "Si todos los que estáis aquí, os fuéraís, Julio Herrera y Reissig no estaría más solo de lo que está".

Este era el Polo Bamba, jaula donde se encerraban en volador albedrío las aves canoras del 900 Donde soltaban sus trinos y agitaban metafísicamente sus alas, buscando cielos vírgenes para remontarse y traer de los mismos el sentido de una libertad sin fronteras, comulgante con sus personalidades.

Pero no era todo, desprenderse del mundo material ineludible. Estaban aquí Aquí vivían. Aquí levantaban sus vuelos que cortos o extensos tenían sus destinos. Aurelio del Hebrón, máscara que revestía el nombre de Zum Felde, encarnó un ángel con alas de águila, cuando responsabilizó de la injusticia y soledad social impuestas criminalmente a Julio Herrera y Reissig.

Contestó a las voces que decían y se dirá contra los que consiguen evadirse del montón: "¿Quien nos hubiera dicho que este loco tenía tanto talento?” "Yo nunca entendí nada de lo que escribió”. "Bastante vergüenza pasamos teniendo que soportar su altillo, su bohemia y sus sarcasmos". El aletazo recibido de Zum Felde, por todos estos cuervos oficiales, habían venido desde el nido de una de las mesas del Polo Bamba. Porque frente a las necesidades de todo orden de Julio, al decir español: "ahuecaron el ala” y le quitaron la piedad que necesitaba, junto con su compañera, para subsistir. No pudieron entender al Julio inolvidable y genial que obró el milagro de abrochar con el diamante inmenso de una palabra; once sílabas encontradas en un superlativo, por quien la búsqueda afiebrada de un solo vocablo, le hundía los ojos substrayéndole el sueño que le exigía descubrir una sola partícula de nuestra riquísima lengua, una sola, escondida en quién sabe qué rincón del intelecto: "espiritualizadísimamente". Aquellos no supieron ver tras la máscara de la dignidad, el rostro real de su angustia y su linajuda miseria. Los mareaba como un desconocido perfume, su azulado aticismo.

Uno de los contertulios. Un cóndor de albos vuelos patriarcales, con “la cabeza en la luz. el pie en la tierra/ el corazón entre una y otra cosa/ el alma hecha de luz y hecha de rosa y el brazo hecho de acción para la guerra", nuestro ¡lustre cosmopoeta CARLOS SABAT ERCASTY, una noche, atlético y milagroso, encuentra en uno de los bancos de la Plaza Independencia, al salir del Polo Bamba, con un mortal ataque de asma al autor de "El León Ciego", Herrerita. Y dice Abadie Soriano: "Carlos Sabat Ercasty, con su complexión titánica y cuyo habitual entretenimiento era el de arrojar grandes rocas en la playa, como quien juega con los guijarros, levantó a Herrerita. lo envolvió con su capa byroniana, lo introdujo en un tranvía de caballos, lo llevó a su casa, hospitalidad que estaba de acuerdo con su fortaleza y lo ubicó en su propia cama, que estaba en el altillo que daba al patio A la mañana siguiente "Carillos'' lo dejó durmiendo y partió para su empleo. Cuán no sería la sorpresa de la mama de Sabat Ercasty. cuando de mañana, ocupada en su tarea de ama de casa, encontró a un hombre desconocido, todo ojos y melena, asomado a la ventana, recibiendo plácidamente al buen sol matinal ¿Quién es usted?, preguntó azorada la señora, creyéndola habérselas con un fantasma. Ernesto Herrera, un amigo de Carlos contestó Herrerista. Entonces puede bajar a tomar el desayuno. Y a partir de ese día Herrerita, vivió tres años en la casa de Sabat".

Todo lo contado es como si un arqueólogo afortunado hubiese encontrado, sepultado entre tibias cenizas cuarentonas, el bajorrelieve de un monumento hecho de sentimientos. Bajorrelieve esculpido. por la pluma de Roberto Abadie Soriano, hace cuarenta años. En el extraño Interludio de una época casi soñada —hace casi ochenta— y a la siguiente que por su contraste con lo actual, lo que menos parece es apoyarse en los cuarenta primeros de este siglo que muere y semejante a una mano del Tiempo, en su naufragio, cierra en sus crispaciones letales lo que va quedando del hombre.

De los desechos que guarda en su humildísima y solitaria casita de la Unión. Concepción Silva Bellnzón, extraña poetiza mediúmnica, rescatamos esta revista escrita hace cuatro décadas. Y así conocimos parte de una bellísima historia. La crónica grande no consigna estos hechos. Su humildad los esconde. Por eso. tratamos siempre de otear lo que se oculta en el viejo corazón de nuestra ciudad Y cuántas felicísimas sorpresas recibimos, cuando encontramos un gesto apolíneo como el de Zum Felde, o el de la caliente fraternidad de Sabat Ercasty. Esto que acabamos de contar es como si, de una fría biblioteca actual, escondido en uno de sus nuevos libros, apareciera —no sabemos cómo, ni de dónde— tal vez procedente de una mano angélica, un bellésimo, férvido y luminoso poema de ayer.

Un céntrico café actual, como una nueva pajarera ha recogido, tal el viejo Polo Bamba, ejemplares de esta ornitología humana. Y que no se piense cuando decimos ornitología que queremos disminuir peyorativamente el valor integral de aquellos que han ocupado, ocupan y ocuparán sus viejas mesas. Al contrario. Pensamos que esta imagen que substituye al hombre por aves, nos ayudaría a pintar de un modo más gráfico nuestra nota

Aclarado esto, debemos decir que muchos de los personajes ocupados en estas rondas de café poco a poco van emprendiendo su vuelo. Definitivo en algunos casos. Pero como compensación, la memoria del corazón los muestra en el lugar que ocupaban y siguen manteniendo sus siluetas oscilantes. Sentado a la misma mesa de siempre, con su minúsculo pocillo humeante y con su libro o sus papeles. fantasmalmente cubriendo el mármol de la mesa, un dramaturgo de hoy, Carlos Denís Molina, está todavía sin abandonar el sitio que ocupaba e irá, lenta y suavemente, esfumándose como el sedoso aleteo de una golondrina bajo el inmenso cielo.

En otras mesas las alondras de algunas poetisas gorjean tristemente sus penurias o trinan victoriosamente sus poemas. La mesa que presidía Leonardo Tuso, quedamente ha ido perdiendo su conjunto de mirlos y de alondras. El profesor Dardo Eyherebide, inmerso en una desordenada papelería está preparando un "diccionario de términos literarios y afínes" y un estudio sobre el color de las palabras. Mientras, otros extraños ejemplares resuelven sus problemas comerciales o apuntan escondidamente jugadas de quinielas. Pero los mozos siguen igual. Con su bandeja y su poli requintado y su trapo camaleónlco que cambia de matices con las horas del día.

Los ejemplares alados van desapareciendo. El Café sigue. Pero cada vez más vacío de soñadores. Más solo de líricos. Más cerca de la muerte, de un cielo que busca al que viene, dando un salto en el vacío. El viejo, el querido, el inevitable café, ¿caerá de pie?

 

crónica de Edison Bouchaton

(Especial para EL DIA) 
 

Publicado, originalmente, en:  Suplemento Dominical "El Día" LII Nº 2613 Montevideo, 27 de noviembre de 1983

Gentileza de Biblioteca digital de autores uruguayos de Seminario Fundamentos Lingüísticos de la Comunicación Facultad de Información y Comunicación (Universidad de la República)

Link del texto: https://anaforas.fic.edu.uy/jspui/handle/123456789/54818  pdf

 

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