Réquiem para un matrero

 

“Sos un perro zonzo, ni pa perseguir una rata, servís... ni pa eso”. ¨Ladráme!!!... !Ladráme, te digo!”. ¨¿No ves?, ni pa´eso servís, perro e´mier...”

El calor agobiante partía la cabeza. Ni una nube pasaba por delante del sol rabioso que descerrajaba su intensidad sobre la pampa y sobre los animales. Y sobre Facundo. Un incienso invisible se separaba del suelo, como si un aliento maligno se elevara hacia los cielos quietos y azules desde la tierra cuarteada de reseca.

Facundo cabalgaba lentamente. El pingo, antes brioso y ganador de carreras cuadreras, ahora apenas si le servía de fiel compañero soportándolo sobre el lomo huesudo, tan huesudo que ni el cuero de oveja redoblado impedía que se sintiera rechinarle los huesos.

Un caballo y un perro. Lo único. La herencia de la vida. La pobre herencia recibida de una vida de zozobras entre huidas de los milicos y de maridos ausentes, o de chinas preñadas que reclamaban paternidades.

Aún así, con calor y en la soledad, pero era lo único que Facundo deseaba ahora. Cualquier sombra en el horizonte o el retumbo lejano de algún galope, ponía alerta en sus ojos y aceleraba el corazón. Observaba con detenimiento la línea temblorosa de los horizontes calientes y trataba de adivinar el peligro de la partida perseguidora en las sombras lejanas de algún monte recortado en la lontananza.

¨Yo le dije... viejo e´mier... yo le dije. Conmigo no te metás... qué vaca perdida ni que vaca perdida... vos te la quedaste, nomás... vos te la quedaste...¨ Las sombras opacaron la mente cansada y la mollera caliente derramaba goterones salados que corrían sobre el barbijo. Las sombras imaginarias de la noche maléfica, que nunca hubiera querido vivir. Y no obstante estaba allí, con todos sus recuerdos, con los gritos, con la confusión de las ginebras que calentaran el garguero y también los corazones, poniendo cosquillas en las manos hasta saciarlas apretando el mango de hueso del facón asesino.

Las luces cansinas de dos faroles y dos gauchos, uno de ellos fornicando furibundo bajo el sosiego de un tala, fueron testigos de la masacre. El facón entró y salió varias veces, aún cuando, inerte, el viejo Matías yació en el suelo separado de su ánima bendita.

¨Ustedes vieron... él me atropelló primero... fue en defensa propia... fue... ¨ Pero ni facón ni naranjero le encontraron al viejo. Sólo su chiripá rotoso ensangrentado y curtido a tajos, lleno de negras heridas de sangre escarchada por el frío de la madrugada.

Huir del hombre es fácil en estas inmensidades de cielo y verde: De verde y cielo. Cambiar de querencia como lo ha hecho tantas veces después de reyertas iguales, de discusiones por plata y para escapar de aquellos que le descubrieran la taba ¨cargada¨ en noches de vísperas de votaciones o en las trastiendas mugrosas y mortecinas de las pulperías ruidosas y con olor a ajenjo en el aire de noches tensas.

Pero los años eran constantes en su trabajo de acumular cansancios, penas y sobresaltos, tiñendo cabellos de cenizas blancas y dándole a los huesos esa dureza tan distinta a la agilidad moza, ya tan lejana como el horizonte que quedaba atrás.

Pero lo que le resultaba difícil a Facundo era escapar de sus propios recuerdos, que parecía se enseñaban ahora, con los años, a venirse todos juntos, como fantasmas de viento, arremolinados entre las toscas resecas de la pampa, haciendo ruidos huecos entre los cañaverales y aullando macabros en cada ¨uuu¨...¨uuu¨ de las torcazas grises de alas pintadas.

Esos recuerdos de mierda, que se empecinaban en quedarse calientes como brasas, escondidas entre las cenizas de cada fogón y que salían a la luz a la mañana siguiente, cuando avivaba el fuego para calentar las manos. Y que no morían aunque los últimos restos de agua de la caldera improvisada con media lata de aceite, se le echaran encima. Igualmente los fantasmas triunfaban, y se elevaban gozosos, entre espesas columnas de vapor danzante y nubes de cenizas blancas desparramadas por la brisa...

Mi vida estaba jugada. Mi destino de perro ladero no tenía otro futuro que seguir pegado al trote del caballo cansado de Facundo. Y me maldecía por eso. Por ser tan fiel, tan...tan... perro diría yo. Porque si algo me queda de mi santa madre es eso: ser un perro honorable que aunque no se jure, se debe fidelidad a un amo con humildad.

Yo conocía la verdad de todo. ¿Cómo no iba a saber si había estado allí nomás cuando este hijo de puta mató a su padrastro por una vaca perdida? Y ahora pagaba las consecuencias porque estaba huyendo, de la policía y de sí mismo. De los milicos quizá pudiera escaparse... pero de su propia conciencia, jamás!

Con el frío de anoche se había agotado la última gota de ginebra. La cantimplora vacía hacia su ruido a lata golpeando contra los arreos. Y cuando dejó de golpear, Facundo la acomodó otra vez para que siguiera haciendo ruido, porque era la única compañía que tenía. Porque nuestras huellas se perdían con ruido y todo en las arenas cada vez más abundantes.

Los horizontes fueron haciéndose cada vez más iguales. El que quedaba atrás y el de adelante. Los pastos, desaparecieron y el polvo del camino comenzó a rodearlo todo en medio de un viento pausado y ululante que metía calor hasta en las mismas venas. El sol, se empeñó en quedarse en el mismo lado, en lo alto. Y desde allí parecía no querer moverse, impasible, con su blancura que rajaba la tierra en esa inmensidad que ya no era de nada.

El tordillo flaqueó y quebró sus rodillas. Quedó hincado en medio de la arena blanca y la baba espesa se le convirtió en labios hinchados y resecos. Hasta que dio un relincho cortito y lastimero. Y se murió.

Facundo entró en desesperación. Puteó a su madre, a los milicos que le perseguían y el pobre pingo que ya no le escuchaba sus rezongos. Y después lloró como todas las últimas noches lo hacía. Pero esta vez, sólo con gemidos, porque ni lágrimas le brotaron. Y después metió la cabeza entre mis patas, acurrucándose como si fuese en el pecho de una madre, tiritando de frío.

Después de la noche helada, el día volvió con su horizonte brumoso de sol y calentura. Con el desierto puro, sin árboles, sin pájaros ni brisa. Con el mismo sol que volvió a su posición de verdugo, allá arriba, utilicé la sombra de Facundo para escaparle, mientras mi dueño, balbuceaba cosas y se rasgaba lo último que quedaba de la rotosa camisa. Como si no tener ropas encima le evitaría el sufrimiento de resecarse desde adentro hacia afuera.

El murió primero. Pagó sus deudas con la pobre moneda de su vida. Pobre moneda. Porque con tan poca cosa no se puede pagar tanto mal hecho.

Y a mí no me quedó otra que esperar mi turno, puteando a mi suerte de perro fiel, que no me dejó alejarme a tiempo para salvar el pellejo.

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