Mi estadía en Beyrut

 

Nunca antes había deseado tanto vivir en este barco.

Veinticinco años de vagar por los mares y océanos de todo el mundo, muchas veces renegando de estar atado a su estructura de metal quejumbroso y herrumbrado que amenazaba con cada viento en partirse por la mitad y dejarnos a merced de los tiburones o de las gigantescas olas embravecidas del Paralelo 35.

Pero entonces, miré de otra forma al "Norte y Mar". Recorrí con nostalgia cada rincón desde que fuimos participados del telegrama de la empresa naviera: el barco haría su ultimo viaje y en un puerto olvidado de Pakistán la nave que había sido vendida como chatarra.

En Fray Bentos, enorgullecida ciudad nacida sobre las altas barrancas del Río Ururguay, levantamos nuestro último cargamento. Allí la tripulación cumplió con lo que teníamos acordado: dejamos como obsequio a la población varios enseres que no necesitaríamos más. Cubiertos, sábanas y televisores para el Hogar de Ancianos; un proyector de cine Bell y Howell para el Museo y nuestro emocionado recuerdo para el último puerto uruguayo que tocaría el "Norte y Mar" antes de ser desguazado.

Nicosia, en Chipre, era nuestro destino penúltimo. Desde allí enfrentaríamos los miles de kilómetros hacia Pakistán, con el temor de la travesía por el angosto Canal de Suez, una verdadera bomba de tiempo en medio de aquellos sucesos bélicos del 78.

Temía que la suerte no nos acompañara. Ese telegrama fue de mal agüero y si en miles de millas marinas los más tempestuosos vientos y las más amenazadoras olas gigantescas no nos habían vencido, entonces teníamos miedo que en nuestro último trayecto hasta una simple brisa nos mandara al fondo celeste del Mediterráneo.

Una noche, para confirmar nuestros temores y presagios, un fuerte chillido de sirenas nos despertó y alarmados en cubierta fuimos cegados por las potentes luces de dos lanchas guardacostas libanesas que no obstante nuestra sumisión inmediata y las explicaciones de que éramos un carguero de bandera uruguaya en viaje comercial, igualmente dispararon ráfagas de metralletas por sobre nuestras cabezas.

Fuimos escoltados hacia el puerto de Beyrut y en el fondo del mismo, alejados de la conexión con el mar, quedamos bien amarrados y custodiados por la milicia. Recién a la semana de no saber nada de nuestros destinos, se nos dijo parcamente que el barco estaba embargado y con prohibición de comunicarnos con el exterior. Los equipos de radio fueron inutilizados y bajar a tierra también nos fue vedado.

En adelante no tuve ninguna noche tranquila. Pude ver y sentir en ojos y oídos propios la realidad cruel y sangrienta. La misma que diariamente escuchaba por la radio tomando mate en cubierta o sentado ante mi máquina de escribir. ¡Y qué distinto a la información de prensa era aquello! Los ataques entre milicianos de la Falange Cristiana Libanesa y las tropas sirias eran constantes, salvajes, aguerridos, ruidosos y lastimeros...

Llegamos con los días a cambiar el sueño. Dormitar apenas durante el día y permanecer en los camarotes llenos de miedo, orinándonos en la ropa por la tremenda angustia, en las interminables noches. Las bombas ya no eran el ruido de las explosiones solamente. Tan cerca estaban que de inmediato a la metralla, podíamos torturarnos con los hayes de dolor de los muchachos heridos, tirados ahí nomás a escasos metros nuestro, sin recibir la más mínima atención.

Habían algunos días sin la tétrica y fragorosa lucha. Nos animábamos a salir a cubierta y rescatar para nosotros alguno que otro rayo de sol que pasase a través de las nubes de polvo, insistentes viajeras desde el desierto cercano. Mientras barríamos la cubierta, despejando el escombro con que nos cubrían las explosiones, debíamos soportar las miradas inquisitivas e inspectivas de los soldados que nos vigilaban. A veces, debíamos dejar la basura amontonada para tirarla por la noche y evitar los regaños e improperios de los milicianos si acaso la arrojábamos al agua.

Un día, por la mañana, los ataques fueron más fuertes. Entre el furibundo martillar de las ametralladoras que se debatían no lejos, alcancé a ver nuestro pabellón, a popa, arrollado a su mástil por acción del fuerte viento nocturno. Ni pensé dos veces en los arteros silbidos que pasaban por sobre mi cabeza y corrí a desplegarla. Tanto era el ánimo que nos infundía la bandera flameando con su pureza de azul y blanco, contrastando la mayoría de los días sobre un fondo de cielo plomizo lleno del humo de los incendios...

Llevábamos tres meses de estar presos y ninguno podía soportar más la zozobra, la angustia y la desesperación que caía sobre nuestros cuerpos todos los días, como una maloliente lluvia radiactiva.

Más que la situación de estar detenidos, nos dolía no poder hacer nada más que observar en medio de aquel escenario de muerte y destrucción. Respecto a nuestro "Norte y Mar", más valiera quedar reventado por un obús que pasar por la deshonra dolorosa de ser desguazado.

Hasta que una madrugada los combates fueron aún más atroces. Me gusta escribir y algunas veces adornar o realzar la redacción con epítetos o adjetivos. Pero mi mente no encontraría los adecuados si algún día tuviese que describir aquella masacre.

Fue la primera noche que como chicos asustados de una tormenta nos reunimos los tripulantes en el camarote principal, apiñados y temblorosos, sin ánimo de tomar mate, ni de jugar al truco... sólo el temor vestido de horror de imaginar lo que a nuestra puerta estaba sucediendo.

Los tiroteos cesaron al alba. Pero entonces fueron más evidentes los quejidos. Salimos a cubierta y, desangrándose cual cochinos degollados, dos muchachitos procuraban subir al barco por las escaleras que nos unían a tierra firme.

Atendimos como pudimos a esos pobres seres humanos. Uno de ellos, se dio cuenta de su muerte próxima y vaya a saber que nos dijo en su idioma antes de expirar con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

El otro herido recibió una operación de urgencia. Sólo Dios sabe cuánto puede la desesperada voluntad por salvar una vida, un bisturí desafilado y unos tragos de Espinillar ANCAP...

Nunca nos imaginamos que esta intervención nuestra fuera la puerta para salir hacia nuestra salvación. Después que entregamos el chico operado y el cadáver del otro a las autoridades, un oficial de las milicias nos dio subrepticiamente una carta. Eran las instrucciones para abandonar el puerto esa misma noche, para lo cual se harían los desentendidos de los movimientos de la huida.

En realidad, si hubieran tenido tiempo, quizá hubiesen podido disimular nuestro escape. Pero esa noche otra vez la batalla fue intensa. Nadie quedó alrededor del puerto. Todos corrieron hacia los edificios unas diez calles de allí para enfrentar a los enemigos en combates cuerpo a cuerpo.

Con las luces apagadas, con una marcha lo más silenciosa que era posible y sin práctico, abandonamos el puerto en los tres cuartos de hora de mayor suspenso y nerviosismo de mi vida.

Me parecieron pequeñas las aventuras de veinticinco años de marino mercante cuando recapacité sobre esos meses como "invitado de honor" en Beyrut.

Me sentí¡ feliz de estar con vida cuando transitaba ya las atestadas callejuelas del puerto de Pakistán. Pero de igual manera, lloré como un niño y lamenté que una explosión en el Líbano no le ahorró la humillación a nuestro "Norte y Mar" de morir poco a poco mientras le extirpaban una a una sus máquinas y sus paredes de metal...

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