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La poesía de Amado Nervo
Sarah Bollo

Amado Nervo

Amado Ruiz de Nervo debe a la sencillez de su padre el hermoso y brevísimo nombre que lleva: Amado Nervo. El mismo elogia esta belleza de su apelativo que hizo a muchos pensar en un pseudónimo. Y verdaderamente nunca un poeta llevó nombre que mejor cuadrara a su espiritual fisonomía: Amado, por los entusiasmos que despertó, el fervor que cosechó a su paso, la íntima ternura que emanaba de su ser y que se rendía ante su persona; Nervo, por su sensibilidad hecha de gracia, de dignidad viril, de concentrada espiritualidad, de dolor sereno y profundo. 

Nació Nervo en México en 1870 en la ciudad de Tepic, donde estuvo hasta los 24 años; lugar de ardiente clima, a orillas del Pacífico. El Océano, manso en la cintura de agua con que bordea las costas, bravo y fragoso un poco más afuera, iluminado de noche por maravillosas y radiantes fosforescencias que hacen de cada ola una guirnalda de rubí o un collar de esmeralda y de cada onda un flexible espejo, el Océano Pacífico, misterioso y sombrío, profundo y espumoso, meció desde lejos

los primeros sueños del poeta. La región en que se alza la ciudad natal de Nervo fundada por Nuño de Guzmán en 1523, tiene una doble raíz de linaje español e indio. Rodeada de volcanes en que domina airadamente con penachos de fuego el Ceboruco, en medio de un terreno montuoso y arisco donde levantan sus cumbres las sierras del Nayarit, bañado de ríos inmensos, de sorpresas famosas por los peligrosos desbordamientos, el Tepic y el Tololotlán, esta ciudad ardiente, pequeña y erguida entre las iras de la Naturaleza nerviosa que la rodea y pretende aplastarla, no parece lugar apropiado para el nacimiento de un poeta íntimo, cordial, sereno, sensible, delicadísimo, conciliador como Amado Nervo. Si Hipólito Taine, que buscó consonancias entre ambiente físico y personalidad artística, despertara de su sueño, quedaría asombrado de esta milagrosa disonancia, de esta paloma nacida entre fragores y riscos. El fraile de los suspiros, el celeste anacoreta, como Darío llamaba a Nervo, debió tener para nacimiento una ciudad de ensueño y de silencio, como Avila para Teresa, una ciudad melancólica y serena, pero no este pequeño nido de halcones azotado por fuegos terrestres y marinos, mordido por vientos trágicos, sacudido por torrentes enloquecidos. Portento de la Naturaleza, oasis en el desierto, orquídea perfecta en la selva enmarañada, este poeta de alma de cristal salido de esta ciudad batida en la piedra.

Amado Ruiz de Nervo debe a la sencillez de su padre el hermoso y brevísimo nombre que lleva: Amado Nervo. El mismo elogia esta belleza de su apelativo que hizo a muchos pensar en un pseudónimo. Y verdaderamente nunca un poeta llevó nombre que mejor cuadrara a su espiritual fisonomía: Amado, por los entusiasmos que despertó, el fervor que cosechó a su paso, la íntima ternura que emanaba de su ser y que se rendía ante su persona; Nervo, por su sensibilidad hecha de gracia, de dignidad viril, de concentrada espiritualidad, de dolor sereno y profundo. 

Nació Nervo en México en 1870 en la ciudad de Tepic, donde estuvo hasta los 24 años; lugar de ardiente clima, a orillas del Pacífico. El Océano, manso en la cintura de agua con que bordea las costas, bravo y fragoso un poco más afuera, iluminado de noche por maravillosas y radiantes fosforescencias que hacen de cada ola una guirnalda de rubí o un collar de esmeralda y de cada onda un flexible espejo, el Océano Pacífico, misterioso y sombrío, profundo y espumoso, meció desde lejos los primeros sueños del poeta. La región en que se alza la ciudad natal de Nervo fundada por Nuño de Guzmán en 1523, tiene una doble raíz de linaje español e indio. Rodeada de volcanes en que domina airadamente con penachos de fuego el Ceboruco, en medio de un terreno montuoso y arisco donde levantan sus cumbres las sierras del Nayarit, bañado de ríos inmensos, de sorpresas famosas por los peligrosos desbordamientos, el Tepic y el Tololotlán, esta ciudad ardiente, pequeña y erguida entre las iras de la Naturaleza nerviosa que la rodea y pretende aplastarla, no parece lugar apropiado para el nacimiento de un poeta íntimo, cordial, sereno, sensible, delicadísimo, conciliador como Amado Nervo. Si Hipólito Taine, que buscó consonancias entre ambiente físico y personalidad artística, despertara de su sueño, quedaría asombrado de esta milagrosa disonancia, de esta paloma nacida entre fragores y riscos. El fraile de los suspiros, el celeste anacoreta, como Darío llamaba a Nervo, debió tener para nacimiento una ciudad de ensueño y de silencio, como Avila para Teresa, una ciudad melancólica y serena, pero no este pequeño nido de halcones azotado por fuegos terrestres y marinos, mordido por vientos trágicos, sacudido por torrentes enloquecidos. Portento de la Naturaleza, oasis en el desierto, orquídea perfecta en la selva enmarañada, este poeta de alma de cristal salido de esta ciudad batida en la piedra.

Los Ruiz de Nervo, de buen linaje, de española cepa, ocupaban lugar airoso pero a la par sencillo, en la sociedad de Tepic.

El padre serio, adusto, ceñudo, lacónico, está pintado por su hijo Amado con mucho acierto en aquel famoso día en que se descubrieron en la sencilla mansión, los versos del hijo. Sin decir nada se contentó con fruncir el ceño. Mayor destino esperaba para su hijo en el estado eclesiástico. Ingresó en el Seminario de Michoacán que abandonó a la muerte de su padre.

La madre le dio con el nacimiento, la interna voz poética, su sensibilidad agudizada, su dolorosa ternura. Mujer de talento, hizo versos que ocultó sabiamente. Para ella, su hijo fue ella misma en una existencia mejor, su ideal, su sueño. Amado respondió con creces al deseo materno de realización y de gloria y puso siempre a los pies de esta dulce mujer los laureles que ella, ocultando su talento, parecía haber secretamente reservado para la pensativa figura de su hijo. La familia era de clara estirpe católica, pues dio una hija adolescente al convento.

El poeta hizo desde su temprana adolescencia un largo y azaroso viaje de acogimiento y de adiós, de regreso y de ida al seno de la religión en que nació; su espíritu no podía encuadrarse en los severos marcos dogmáticos; su fe se hendía y renacía luego resplandeciente, con el oscilar constante de una llama al soplo artero de la razón; pero su entraña más íntima fue siempre católica, no pudiendo nada arrancarle la fe en Cristo ni hacerle callar su bendición constante a Jesús, como él mismo lo confiesa en el desgarrador prólogo de «La Amada Inmóvil».

En el tiempo de su muerte, ya trabajado su corazón por las últimas iluminaciones su mano apretó la Cruz sobre el pecho y sus labios recibieron al Hijo de Dios en la divina esencia. Un poeta, el gran Zorrilla de San Martín, musitó al oído del moribundo, aquí en Montevideo en el año 1919, el ofrecimiento de la visita divina y Nervo con unción hondamente religiosa recibió la visita que anticipaba la celes­te vida.

Cuando Amado Nervo empezó a escribir, el movimiento del modernismo triunfaba en América con victoriosa pujanza. Era un movimiento poético autóctono, no imitado de Europa, con influencia de Francia. Las voces nuevas nacían libremente en cada país latino americano y llevaban sus ecos originales y fuertes hasta España y Francia. Discípulos del Romanticismo, del Parnaso y del Simbolismo, alimentados en la unión de estas corrientes tan opuestas, los Modernistas traían el canto nuevo iluminado de libertad y gracia. Del Romanticismo, movimiento anglo - germánico, toman la eclosión de la sensibilidad y la libertad. Del Parnaso, tendencia gala, adquieren el culto de la forma y el objetivismo. Del Simbolismo, la musicalidad y un nuevo valor de la palabra. Detrás de estas coordenadas del espíritu europeo, los Modernistas instalan el fresco matiz americano, la clara voz nueva, llameante como sus noches encendidas, transparente como sus ríos nerviosos, potente como sus selvas tumultuosas, libre como sus ilimitadas campiñas; su aporte propio y original es el elemento exótico y la nota sensual. Sus temas no son americanos sino de la Francia dieciochesca y de la Grecia primitiva y legendaria. El nuevo mo­vimiento americano pasa a España, donde influye sobre la generación, del 98.

Rubén Darío, adalid indiscutible del movimiento publica sus Prosas Profanas en 1896 y llega a España como conquistador, repitiendo en viaje de regreso el victorioso viaje de los Colón, Cortés y Pizarro a América. Alrededor de su persona una veintena de poetas de poderosa inspiración se retinen cordialmente. El movimiento había sido iniciado por Julián del Calsal, en Cuba, Gutiérrez Nájera, en México y José Asunción Silva, en Colombia.

Amado Nervo, que más adelante será amigo íntimo de Darío al cual dispensó una larga y generosa amistad a pesar de la total divergencia moral entre ambos, fue entre los Modernistas el más ecléctico, el más libre, el más alejado de la Retórica y de las influencias extranjeras. Cuando recién comienza a escribir le cuesta imponerse y se hace conocer recitando unos versos en la muerte del poeta Gutiérrez Nájera, lo cual le abrió las puertas de todas las revistas de México, antes esquivas a sus envíos. En 1896, publica «El Bachiller» y en 1898 «Perlas Negras».

Bien podría Nervo decir como Goethe, que sus obras son fragmentos de una gran confesión. Compuso sus libros de poesía siguiendo el ritmo de su corazón y afiliándose a una única escuela en esta realización: la escuela de su honda y perenne sinceridad, como confidencialmente lo expresa. No fue exclusivamente un artista; fue un poeta, un hombre, un espíritu. Desdeñó los recursos retóricos, las escuelas literarias; y la finalidad de su poesía fue el recuerdo y el ensueño, la elevación del espíritu, como lo manifiesta en el epílogo de su libro «Elevación».

De aquí la compenetración absoluta y firme entre su vida y su obra. Las grandes fechas de su corazón están impresas en los pórticos de sus libros. Su extensa obra formada por más de diez volúmenes (Nervo sentía nostalgia de un pequeño tomo único y perfecto), es como una gran flor de numerosos pétalos cuyo centro fuera el corazón del poeta. De toda ella tan subjetiva queda para el lector la queja, el sufrimiento, el temblor de la sensibilidad, el gran anhelo místico, la exhortación moral, la bondad pura y delicada del poeta. Queda el recuerdo de un armonioso equilibrio, y el espectáculo de un espíritu admirablemente bello.

En la proficua obra del poeta mexicano encuentro claramente diseñados tres aspectos cuyo conjunto armonioso forman la complejísima figura que estudiamos: el aspecto religioso, el moral y el sentimental.

Una fuerte tendencia religiosa ilustra la poesía de Nervo; Dios es uno de los leiv motiv de este poeta; su canto elogia también la grandeza y la ternura del hijo de Dios a quien ofrece vida y amor en los momentos más desgarradores de su existencia: «Ofertorio». También punza en lo hondo de su verso la nostalgia de un celeste destino, el deseo de la consagración al santo culto, mas reconociéndose incapaz de ese sacrificio que tiene fibra de heroísmo. «Si tú me dices: «Ven». Su acento se ahonda y llega hasta la palabra fina y descarnada de los místicos castellanos para añorar el acercamiento a la Divinidad. En otras poesías su voluntad se dobla para sólo desear la realización de la voluntad divina: «Me Marcharé», «Pastor». El doblegamiento ante los planes inescrutables de Dios indica su firmísima fe en la Providencia y en la supervivencia, «Hasta la médula». Una noble humildad lo transporta, hallándose pequeño, limitado, indigno, a pesar de su riquísima naturaleza. Su raíz católica se agudiza e irrumpe en la superficie del espíritu a pesar de los desdeñosos juegos de su razón que pretende dominarla considerándose únicamente cristiana, «A Kempis». Verdad es que solicitado por extranjeras doctrinas religiosas, Nervo paga tributo al afán de exotismo en «El Estanque de los Lotos», donde poetiza elementos búdicos; pero no hay que buscar ninguna honda veta para esta tendencia sino más bien quizás influencia de los poetas parnasianos, los cuales habían puesto su atención en la religión hindú a la par que Schopenhauer introducía algunos de sus matices en la filosofía europea. En la última época de su vida estudia ansiosamente a Novalis, también influido por la filosofía hindú. Mismo en medio de sus exóticos cantos, Nervo intercala las oraciones más ortodoxas al Dios Trino, lo cual prueba cómo su fe era más fuerte y más honda que la obra de su razón, que gustaba de filosóficos pasatiempos esotéricos. No hay que olvidar que buscó la conversión de los amigos y que Darío murió besando un crucifijo que Nervo le había traído de Roma.

Su tendencia moralista es muy pronunciada, reafirmándose al través de toda su obra con concentrada pujanza. Los preceptos de la moral cristiana ennoblecen su poesía con un acento afinado de sublimidad y ordenado para el total vuelo. Canta la grandeza del destino humano por la libertad de los designios, «En Paz»; la necesidad de perdonar, «Venganza»; la belleza del olvido y la generosidad de la devolución de bien por mal, «Si una espina me hiere». Elogia las virtudes más cristianas como si su voz fuera la de un anacoreta: «Corazón»; la pobreza que todo lo santifica: «Oh, Santa pobreza»; la serenidad que purifica el espíritu; el desprendimiento que ennoblece; la melancolía por la tardanza de gozar de lo divino.

Acento santo adquiere su voz como si un arcángel le dictara al oído sus deseos. Desprendido de las ansias terrenas, su alma tan compleja llega a sentir con la sencillez y la sublimidad de su hermana pequeña y humilde monja: «A mi hermana la monja». Un hondo matiz de moralista cristiano presta marfil de pureza a su canción, la cual se levanta limpiamente, como torre de plata cuyo campanario llamara al alma a los cultos perfectos. También en esta dirección de su lírica se aleja de los Modernistas que gustaban tejer sus rimas con juego intrascendente y que elogiaban con palabra fácil el placer y la alegría. Esta tendencia moralista, este deseo de perfección de Nervo le es absolutamente propio y con ella se aleja de los otros poetas de la época. Más bien podría decirse que acá el poeta se nutre en las antiguas corrientes clásicas de la poesía española y latina, en que la voz severa abunda invitando al recogimiento y a la perfección. Nervo, libre y original en su canto, encauzó su potencia espiritual siguiendo la marcada preferencia de su ánimo y moralizó sinceramente para sí mismo, lo cual presta a su palabra el rudo acento fulgurante de la verdad. Y sobre ese canto tan suyo, tan propio, arde con llama finísima el alba del Evangelio en las enseñanzas del Hijo del Hombre, y el mediodía del Kempis en las meditaciones santas e íntimas.

Su tendencia sentimental se apoya en dos grandes sentimientos: el amor y la tristeza, en la cual Nervo consigue todos los matices, desde la melancolía hasta la desolación.

Nervo es un poeta esencialmente amoroso; canta al amor con gesto y voz espiritual y exalta predominantemente la ternura que todo lo purifica y aquieta. Rara vez su palabra se hace material para elogiar la física belleza y aún así una afinación espiritualiza la ansiedad demasiado viva. Aquí su canción se hace noblemente romántica sobreponiéndose a la realidad para exaltar puramente el ensueño de todas las pasiones. Gracia, belleza, espiritualidad, delicadeza, son los tonos más invocados en su canto; el espíritu iluminando la gracia del sentir y del amor, la belleza física envuelta en un velo de esencias ideales en que la expresión es más alta que la forma misma. Esto es el amor de Nervo: «Gratia Plena».

Hay un libro en que aparece hondamente representada su sentimentalidad en toda su auténtica belleza: «La Amada Inmóvil», el himno del amor perdido, hurtado por la muerte. Poesías que parecen escritas a gritos, como dice Alfonso Reyes. Amor y desolación se unen aquí con íntima grandeza. Desde aquella estupenda dedicatoria llena de dolor hasta el último verso, todo aquí traspasa el alma. Dice la desolación de su gran amor perdido, asegurando en una de sus poesías que sólo un gran amor existió en su vida: «Más yo que yo mismo»: «Unidad», y veamos quien es esa figura maravillosa que pasa por el destino del poeta. El mismo historia el encuentro.

Una noche de Agosto del año 1901, Nervo se dirigía en París al Barrio Latino; el poeta estaba amargamente preocupado por tedios y contrariedades. Y la casualidad colocó a Amado frente a Ana Luisa Cecilia Daillez. El encuentro fue feliz, la simpatía instantánea y recíproca. El poeta ansioso y arrebatado, quiso estrechar vínculos inmediatamente. Ana temía.

«—Yo no soy para un día, le dijo, retrayéndose.

—¿Y para cuánto tiempo?, inquirió Nervo, asombrado.

—Para toda la vida, fue la respuesta.»

Y allí mismo nació una amistad eterna. Amor que debía durar lo que la vida, pues hasta 1912 en que muere Ana Luisa Cecilia, Nervo la ama con un entusiasmo jamás sentido. De esta época son sus poemas más notables. Para el poeta, Ana es la mujer casi perfecta, adornada de todas las virtudes y todas las gracias. Al perderla en 1912, un gran duelo místico se apodera de su alma; en su recuerdo la imagen de Ana se une a la de su madre y estas dos figuras forman el prin­cipio y el fin de su sendero: «Unidad»; con una nació, con la otra muere. Pide a Dios que le quite la vida que ya ningún objeto tiene, porque su amada está inmóvil. Acentos desgarradores le arranca su dolor y la soledad en que vive, traspasado el pecho por el loco deseo de volver a verla. La vida sin ella no es vida; es una lenta agonía, una cruel muerte.

Y en medio de su tormento acata la voluntad de Dios, bendice el nombre de Cristo, se postra de hinojos ante lo inescrutable. El poeta es sólo una pálida figura de desolación. Y luchando lenta, terriblemente, con su dolor, busca el camino de la serenidad resignada en la cual tejerá las rimas de «Elevación», nuevo camino de paz para su espíritu. El recuerdo de Ana Luisa Cecilia lo acompañará siempre en su retraso de siete años a la ciudad de la muerte.

Interesa observar nuevamente una marcada evolución que se produce en la poesía de Nervo y que tiene indudablemente relación con estos grandes acontecimientos dolorosos de su vida; la progresiva purificación y humanización de su obra. Franciscano de la lírica lo llama Cristóbal de Castro, magistralmente. Verdad es, pues Nervo se va lentamente despojando de todos los elementos esteticistas, de todos los adornos retóricos. Sólo va a quedar en su lirismo la palabra desnuda, honda, restallante.

Del bardo parisién, elegante y alegre del «Éxodo y las Flores del camino», hasta el poeta reflexivo y triste de la «Amada Inmóvil» y «Elevación», hay un constante desvelo conseguido de transparencia, de pureza, de simplicidad. Antes, hermosos ritmos pueriles, alegría de vivir; ahora la palabra noble y sabia, la resignada serenidad del que sólo aguarda la hora para emprender el gran viaje; antes el asombro ante el mundo múltiple y hermoso, lleno de llamadas; ahora la atención concentrada sobre la luz del espíritu que como un gran lirio llameante se multiplica y acrecienta. Del universo al espíritu es el viaje de Nervo, porque en el fondo de su alma y detrás de su párpado hay dos dulces imágenes perdidas, que sólo vuelven a vivir bajo la mirada interna y silenciosa del poeta. Poeta del silencio, poeta de los fervores íntimos, del amor perdido; deseoso de besar el rostro de Dios y cadenas humanas lo retienen postrado en la sombra; profeta de la serenidad resignada después del día rojo de la angustia y el grito; su amortiguada epopeya de cantor del cristiano sentimiento en los profanos días del arte, escrita para alivio de su corazón, ha llegado hasta nosotros que reverentemente la escuchamos.

Sarah Bollo
Revista Nacional
Ministerio de Instrucción Pública
Año VI - Agosto de 1943 - Nº 68

Texto  escaneado y editado, en mayo del 2003, por el editor de Letras-Uruguay, Carlos Echinope Arce - echinope@gmail.com

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