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Voltaire y su diccionario filosófico
Hyalmar Blixen

Entre tantas obras importantes que abrieron los ojos a los hombres se pusieron a pensar a propósito de las maldades e injusticias de su época, la previa a la Revolución Francesa muchos leyeron el “Diccionario Filosófico” de François Marie Aróuet, cuyo seudónimo era Voltaire. Hoy, al releerlo, reconocemos que no todo lo que expresó en ese momento puede seguir afirmándose y que a veces su agresión puede resultar exagerada, pero en cambio ¡cuánto conocimiento para su época, cuánta observación sutil, cuánta apertura al libre pensamiento, tan necesarias para la meditación desapasionada a propósito de temas científicos, filosóficos, sociales y religiosos! Y se dirá, quizá con asombro: ¿religiosos? Sí. Voltaire, que atacó sistemáticamente a la Iglesia, especialmente a los jesuitas, era, sin embargo deísta, creía en la existencia de un autor inteligente del universo, idea que afirmó en muchos de sus escritos. Combatió, cierto, la interminable disputa entre sectas cristianas a propósito de Dios, de Jesucristo, del Espíritu Santo, de María y de diversos ritos. Pero creía en dios y combatía la idea de “causalidad”, o sea la de creer que en el infinito del espacio y el tiempo la materia ha dado muchas combinaciones y al fin, una de ellas dio por resultado casual el Universo. En el artículo “Ateo” refuta esto y expresa: “Este argumento ha seducido a espíritus muy respetables, pero que no reflexionan que el infinito se opone a ese raciocinio, y no se opone, en cambio a la existencia de Dios”. Lo que no se puede afirmar es qué cosa es Dios: “Es temeridad insensata pretender adivinar lo que es ese ser; si tiene o no tiene extensión, si existe o no existe en algún sitio; cómo existe y cómo obra”.

Ahora bien, el hecho de afirmar la existencia de un plan inteligente del Universo no le impedía aplaudir los adelantos de la ciencia. Así, por ejemplo, en el artículo “Atomos”, afirmó, con Epicuro, Lucrecio y luego Gassendi y Newton, la discontinuidad de la materia, o sea que esta se halla dividida en pequeñas partículas que son los átomos.

La democracia frente al despotismo

La aristocracia del siglo XVIII no admitía, en Europa, prácticamente, otro sistema de gobernar que el del despotismo; había reyes autoritarios que se hacían llamar de derecho divino, apoyados en una nobleza que si bien ya no era feudal, ahora, convertida en palaciega, adulaba las pasiones de los monarcas. A veces, grupos de cortesanos desplazados del favor real, preparaban a una linda muchacha sin escrúpulos morales para convertirla en favorita del monarca. Logrado ese propósito, ella podía ayudar al grupo que le había pagado antes maestros de buenas maneras, de danza, de música, de arte. Se casaba con un hidalguillo que era nombrado duque y que viviría lejos de París; de ese modo, los hijos del rey y su favorita tendrían títulos de alcurnia y también eran acallados rumores hasta donde podían serlo.

No todos los reyes eran absolutistas: Gran Bretaña estaba en mejor situación, pues el Parlamento y el Primer Ministro frenaban la posibilidad de un monarca despótico y eso influyó grandemente en el espíritu de Voltaire, después de su destierro a ese país. Entre una democracia republicana y una democracia monárquica, Voltaire no se decidió francamente por ninguno de los dos sistemas; lo que no pudo admitir fue la tiranía, cualquiera fuese la forma que adoptase. Cuando Bayle expresó que Atenas había cometido más iniquidades que de Macedonia, Voltaire le salió al paso. Citó las brutalidades y liviandades de los reyes de Macedonia y aunque reconoció que la tan idealizada Atenas democrática los había cometido también: el destierro de Cimón, de Arístides, de Temístocles, la muerte de Sócrates, y la execrable de los seis generales atenienses victoriosos en la batalla naval de las islas Arguinusas, por no haber tenido tiempo de sepultar los cadáveres de sus guerreros (olvidó señalar las persecuciones a Anaxágoras y a Aristóteles, que debieron ir al exilio) añade Voltaire que “no pueden compararse los crímenes de los grandes, que nacen siempre de la ambición, con los crímenes del pueblo, que quieren la libertad y la igualdad”. El pueblo de Atenas, que para Voltaire era bueno, pero ligero en sus juicios, se arrepintió luego y pidió en público perdón a Sócrates, a Poción y a sus seis generales. “Pero ningún gobierno tiránico lloró los errores cometidos ni se arrepintió nunca”. De todas maneras, reconoció: “Es muy difícil gobernar a los hombres”.

Sobre las diversas clases de vampiros

En el artículo “Vampiros” admite la ridiculez de la existencia de los mismos. Son fruto de la credulidad de gente ignorante. “Después de la maledicencia –expresaba- nada se comunica tan rápidamente como la superstición, el fanatismo, la creencia en los sortilegios y en los cuentos de aparecidos”. Algunos crédulos suponían que los cadáveres no se corromperían si en la vida los hombres fueron excomulgados, por lo que el alma permanecía en ellos.

Voltaire reconoce la existencia actual de vampiros, que no están muertos, sino vivos, vampiros en lo económico, “gentes de negocios que chupan a la luz del día la sangre del pueblo”.

La intolerancia y la guerra

"La más humanitaria de las leyes es la tolerancia universal; la segunda es al abolición del tormento”, porque los hombres estamos llenos de debilidades y errores y debemos perdonarnos recíprocamente. De la intolerancia a la guerra hay un paso; el aire, el mar y la tierra son lugares de destrucción. “Lo maravilloso de esta empresa infernal es que cada jefe de los asesinos hace bendecir sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de exterminar al prójimo”. 

La caridad

Voltaire tenía altísimo concepto de Cicerón y a este ilustre orador romano le dedicó un encomioso artículo “Caridad” vuelve a elogiar el sentido humanitario de este. Pero ¿en qué consiste la caridad entre los romanos? No era tanto el construir albergues, sino enormes graneros públicos, el número de 327 en la capital, donde se repartía continuamente entre los indigentes. Tampoco tenían casas de expósitos, porque de acuerdo al concepto de virtud de los romanos, ninguna mujer se avergonzaba con ser madre soltera y no se desprendía de sus niños. Y a propósito de la caridad reflexiona: “Constantemente acude a la imaginación el contraste que forman una fiesta de Versalles o una ópera de París, en las que se reúnen con exquisito arte todas las magnificencias, y un hospital general, en el que los dolores, las miserias y la muerte se amontonan con horror. Esos son los contrastes que se encuentran en las grandes ciudades”

 

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

 

 

 

 

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