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Victor Hugo: ¿Un inmortal o un muerto?
Hyalmar Blixen

 

Afortunadamente no estoy delante de mis eventuales lectores, porque alguno, más sutil, más polemista o quizás más socarrón, podría preguntarme: "Pero ¿en qué consiste, para Ud., la inmortalidad literaria?". Pregunta incómoda, nada fácil de contestar. Y más todavía si ese lector tuviera la gracia de inquirir: "¿Y cómo sabe Ud. que un autor está literariamente muerto? Porque mire que de esas muertes a veces se resucita".

Y diría bien. Aún las famas literarias permanentes dependen de muchos factores: lingüísticos, geográficos, históricos, sociales, religiosos, aunque hay que agregar que en lo fundamental son tributarias del genio del escritor, o por lo menos, de la existencia, en él, de un talento que

sobrepasa, muy por arriba, el que comúnmente posee un artista cuyo renombre esté especialmente limitado a circunstancias de época, de lengua o de credo político o social.

Quizá pudiéramos adelantar que un escritor adquiere inmortalidad cuando, habiendo desaparecido todo el mundo que lo rodeaba, aún se le lee, se le traduce y se le cita. El problema me parece, sin embargo, mucho más hondo que eso, porque hay inmortalidades artificiales, hay autores leídos porque es preciso que se les lea, y por eso están en los programas de estudios de muchas universidades del mundo. A esos, ¿los buscaría, de manera espontánea, la masa común ávida de libros? Probablemente si así lo hiciera, sería en un número mucho más reducido. Pero esa inmortadidad por planificación de estudios tampoco es desdeñable, porque proviene de la influencia que una minoría culta, educadora, debe ejercer sobre quienes deben ilustrarse, y acepta, más o menos libremente, esa rectoría espiritual.

Con todas esas dudas y con muchas más que me planteo y dejo para otra ocasión, acerquémonos al fondo de la pregunta inicial, el de la vigencia de Víctor Hugo. Este autor ejerció una influencia enorme en Francia primeramente, luego en toda Europa y América, y fue considerado, en cierto momento, el más grande de los románticos (sin olvidar lo que además tiene de realista en muchas de sus novelas). Se reconoció en él a un defensor de los hombres que se arrastran en la miseria, a un titán del republicanismo, que desde su roca desafiaba a Napoleón III, a un reivindicador del arte gótico, a una voz de tormenta clamando contra todo lo falso, cruel o por lo menos, digno de ser superado. Y a un despertador de emociones. Canat opina que su sensibilidad no es muy notable, y otros han expresado lo mismo, pero es que Víctor Hugo, con toda su fuerza, metido en el huracán del romanticismo, puede ser menos sensible si se le compara a los poetas confesionales, de un extremo lirismo, a un Musset o un Bécquer, por ejemplo; eso es debido a que la sensibilidad, en Hugo, está más vigilada, más equilibrada por otros elementos que forman su personalidad, que es, en general, más compleja que la de los demás poetas y novelistas del romanticismo.

Cierto que no ha sentido mucho la naturaleza, esa naturaleza que arrebataba a Chateaubriand y a Byron, por ejemplo, pero en cambio ¿quién podría negarle que fue un gran lírico político, especialmente a través de "Les Chatiments"? Hay que leer, en su lengua, desde luego, su poema "L´expiation" y especialmente el fragmento en el que su voz lírica cobra tintes de altísima resonancia, cuando pinta la retirada de los ejércitos de Napoléon I entre los vientos helados de las estepas de la Rusia del Zar Alejandro. Los colores están apagados, porque, fuera de "Les Orientales", Hugo ha desdeñando el abuso del color; aquí el cuadro es en blanco y negro, pero con gran maestría de diseño y un soplo trágico indiscutible. Otro poema, "La conscience", de "La légende des siecles", es de gran temblor emocional, de fuerte simbolismo, de brío lírico apoyado en los alejandrinos pareados aconsonantados. En esos versos, Caín, vestido de pieles de bestias, desmelenado, lívido, huye de la presencia de Jehová, en medio de una tormenta. Sombrío, taciturno, llega con los suyos al pie de una montaña y se dispone a descansar. Pero al echarse pesadamente sobre la tierra, mira al cielo y ve un ojo, inmenso, abierto en las tinieblas, que lo observa fijamente. El poeta deja al lector la libertad de resolver si se trata del ojo de Dios o de una alucinación provocada por la conciencia del homicida y esta última hipótesis es la más probable. Entonces, durante treinta días y treinta noches huye, silencioso y aterrado, sin atreverse a mirar nuevamente a lo alto, hasta llegar a los límites del mundo. Levanta entonces la vista y el ojo está aún fijo sobre él. Se extiende una tienda de pieles, pero el ojo no queda oculto; luego se alza una muralla de bronce, pero Caín clama, desesperado: "¡Ese ojo mira siempre!". Entonces se le construye una sobrehumana ciudad de granito, un recinto de murallas ciclópeas; el espesor de sus torres oscurecía los campos y, como un desafío insensato, se graba sobre sus pórticos: "¡Prohibido a Dios entrar!". Se hace bajar al fratricida, que se sobrecoge, lúgubre y feroz. Tsilla, su nieta, rubia como la aurora, le pregunta: "Padre mío, el ojo ¿ha desaparecido?" "No; está siempre ahí". Entonces se construye una tumba profunda, un enorme mausoleo subterráneo. Allí quiere habitar el fratricida; no verá nunca más a nadie y nadie lo volverá a contemplar. Pero cuando se cierra la bóveda sobre su cabeza, el abuelo de todos los derramadores de sangre que han enrojecido a la historia se sienta en su sitial y mira hacia arriba. El ojo estaba sobre la tumba contemplando a Caín.

Este poema, comparable en su intensa condensación lírica, a lo mejor que Dante haya escrito en su condenación a los violentos, este poema de la alucinación, de la conciencia culpable, del remordimiento y del miedo ¿puede estar muerto? Para ello sería necesaria una de estas dos hipótesis: o que el hombre se volviera bueno, no alzara jamás su brazo contra sus semejantes y entonces este poema del remordimiento y del castigo perdería vigencia, o que, por el contrario, se remontara hasta la bestia originaria de la que nació y perdiera la conciencia del mal, es decir, que el hombre, usando las palabras de Hobbes, fuera un lobo para el hombre. Mientras no sea ni un ser impecable ni un lobo, su conciencia le traerá remordimientos simbolizados por ese ojo cuya mirada ninguna muralla de nuestro castillo interior puede evitar.

Hugo es también un gran imaginativo, sus ideas toman la forma de imágenes, a veces plásticas, a ocasiones auditivas y es un poeta que maneja las antítesis, los contrastes, como quizá no lo hizo ninguno de los otros románticos: enfrenta lo bello a lo grotesco, lo fuerte a lo débil, la bondad a la maldad, la felicidad a la desgracia.

Y es un eximio narrador, fundador tal vez, junto con Balzac, con quien estaba unido por lazos de amistad, de la novela social. "Les misérables" con todas sus debilidades, provocadas por cierta falta de sobriedad en el estilo y por exageradas disgregaciones, que cortan el hilo de la acción y dan a la obra cierto tono caótico, es una novela que presenta personajes de una enorme riqueza, inconfundibles por la fuerza de sus caracteres avasallantes; así, Jean Valjean, el hombre que por robar pan para él y su familia es condenado a un largo presidio, a remar en galeras, presidio al que entra puro y bueno y del que sale convertido en una especie de trige humano, hasta que el obispo Myriel, en el que Víctor Hugo pinta su ideal de sacerdote, lo rescata y lo hace hombre de bien. El mal irredento, la pareja criminal estudiada por muchos penalistas, está formada por los esposos Thénardier. El joven lleno de ideales, algo confusos, sin embargo, puesto que oscilan entre el bonapartismo y el republicanismo, Marius, enamorado de Cosette, que está dispuesto a hacerse matar en las barricadas, en las que los republicanos intentan resistir al rey Luis Felipe, Enjorlas, ese demócrata austero, que sacrifica su vida a los valores que siente latir dentro de sí. Eponine, la humilde muchacha, vestida de andrajos que habla con un lenguaje de pilluelo, que está mezclada a los hombres en las barricadas porque Marius, al cual ama, sin osárselo decir, ha ido a ellas y que al ver que encañonean a su amado se cruza entre él y el fusil y recibe ella la bala, Gavroche, que representa la niñez desvalida, el simpático "gamin", que, como el pícaro de las novelas españolas, debe vivir de su ingenio, de su desenfado y hasta de su truhanería, para la que, dado el medio ambiente en que lo coloca Hugo, tiene ternura y comprensión, Mafeuf, el anciano de maneras finas y algo tímidas, que simboliza la vejez desamparada de una época en la que no había jubilaciones ni pensiones ni ningún resorte de protección, y que vende, con dolor y resignación, los amados libros de su biblioteca, para poder comer, el señor Guillenormand, ese burgués monárquico, muy siglo XIX, tan apegado a sus tradiciones, a su clase, que echa de la casa a su nieto, Marius al saber que se ha convertido en bonapartista, y que luego sufre en silencio, porque adora, sin embargo, a ese muchacho del cual reniega en público, hondo conflicto entre ideas y sentimientos dentro de un mismo ser, además de desencuentro generacional. Y en fin, Fantine, jovencita que, seducida por un hombre sin escrúpulos, tiene de él una hija y por amor a ella desciende poco a poco hasta hacerse mujer pública y morir en un hospital. Todos esos personajes y la problemática que encierran ¿han desaparecido? ¿Si? ¿No? Los caracteres de esa rica galería humanísima ¿son ya de otra época?

Es verdad que las digresiones de distinto orden cortan la acción y a menudo enfadan. Pero si las leemos como unidades autónomas, muchas de ellas son magníficas; así, por ejemplo, es difícil que alguien narre con más vida o más brío épico que Hugo, la batalla de Waterloo en los capítulos dedicados a ella.

Quizá el lector me diga: "Pero ahora no se escribe así; la novela tiene otra técnica, otra estructura, y en cuanto a la poesía, hay otra concepción del verso". "Es verdad, pero en el mundo de la cultura hay la suficiente vastedad para que quepa todo: lo antiguo y lo moderno, lo clásico y lo barroco, lo sensible y lo irónico, la maldad y la bondad, el verso libre y el sujeto a metro y rima, la narración lineal y la no lineal con aperturas o sin ellas. Libertad para crear, para juzgar, sin ninguna escuela ni técnica que obligue a escribir de tal o cual manera, pues aún cuando vivimos en un glóbulo dentro del espacio infinito, todo cabe dentro de ese grano de arena". Aún así, quizá me diga el lector: "¿Pero de todas maneras, Ud. elude la pregunta esencial, o por lo menos la pregunta anzuelo que nos planteó: Víctor Hugo ¿es un inmortal o un muerto? Porque tengo entendido que actualmente muy pocos lo leen". "Tal vez sea un muerto que merezca la inmortalidad o quizá, como los dioses griegos, a pesar de su inmortalidad, haya muerto. ¿Qué sé yo? Pero a ti, lector, si te acosa la pregunta, lee "Les Misérables" y lee una buena selección de sus poemas y quizá tú mismo puedas contestarte a esta cuestión que me parece probable tenga tantas respuestas como lectores.

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"
25 de Marzo de 1978

MARIO VARGAS LLOSA - Víctor Hugo y mis pasiones literarias

 

 

 

 

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