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Viaje por la Tenochtitlan de los aztecas
Hyalmar Blixen

Hoy quiero invitar al lector a viajar, un poco en alas de la imaginación, otro tanto en base al estudio, por el escenario extraño de aquellas ciudades densas que bordeaban los lagos del altiplano de Mexico, de grandes palacios, ora de labrada piedra, ora de muros blanqueados de cal -de un blanco reluciente, como plata- y de una pulcritud asombrosa; palacios con grandes patios entoldados con algodón teñido de colores fuertes, con pisos alfombrados a veces con esteras de plumas trenzadas de aves multicolores, en medio de huertas, jardines y luz. Entremos, pues, con el lector, en una de esas embarcaciones que los nahuas llamaban "atl-calli" (casa de agua) para recorrer los antiguos canales que se deslizaban, perezosos y ufanos de su sueño de belleza en medio de los jardines flotantes.

Descendamos en la isla que antes había estado poblada sólo por carrizales y árboles de nopal, en uno de los cuales el azteca Axolóhuatl halló el augurio vaticinado por los sacerdotes: un águila devorando a una serpiente; allí debía establecerse ese pueblo y tal fue el origen de Tenochititlán, capital del imperio mexicano. Esta ciudad creció lenta, pero seguramente, bajo los reinados de Huitzilíhuitl, Acamapichtli y Chimalpopoca y sacudió su vasalleje -pues dependía del imperio tecpaneca- durante el reinado de Itzcóatl. Trataremos, pues, de representarnos ese mundo; soñemos, al pie de las pirámides escalonadas y truncas, sobre las que se erigían los adoratorios de Huitzilopochtli ("El Colibrí Hechicero") de

Tlaloc, dios del agua, de Tezcatlipoca (El "Espejo Humeante" o sea la luna lamida por las nubes) o de Xipe Totec, dios de la primavera. Si pudiéramos situarnos en una coordenada ideal de espacio y de tiempo, contemplaríamos el espectáculo siempre renovado de las calles y de las plazas, donde ululaba una multitud vestida con trajes de algodón teñido de colores brillantes, predominantemente rojos, amarillos, anaranjados y azules, como avispero de una colonia macrocéfala. A veces, en nuestro paseo, nos detendríamos ante un grupo de Caballeros Aguilas-Tigres, que avanzaran con su paso marcial y su contingente adusto y altivo: guerreros del Sol, armados con sus "chimallis" o escudos, con sus espadas de obsidiana, con sus cotas de apretado tejido de algodón y recubiertas, por fuera, de plumón de águila, adornados aún con penachos de plumas de quetzal o de zacuán y de piedras de jade, el "chalchíuatl" de los cantares aztecas. Eran, esos guerreros, una curiosa hemandad de refinamiento y barbarie, de heroísmo y mansedumbre, de brutalidad y misticismo. A veces , el rostro de un "achcautli", alto funcionario del "calpulli", encargado de las tareas de policía, se abría paso entre una multitud respetuosa; a veces veríamos que los dorsos se curvaban hasta el suelo, ante la presencia, imponente y soberbia, sobre su palanquín y rodeado de señores y de dignatarios, del "cihuacóhuatl", en su camino al palacio del Naupóhuatl, para presidir alguna de las sesiones de esa asamblea de ochenta miembros. A su paso, el oro relucía, la luz de las esmeraldas bailaba sobre los ojos de los mirones asombrados y más arriba, sobre las cabezas de los funcionarios, un subir y bajar de envarados abanicos de quetzal, de estandartes serpentiformes, de insignias y de banderas de papel, como un triunfo efímero del color, de la pompa y de la vida.

 

Tenochtitlan

 

El pueblo, apiñado en el "tianquis", mercado que asombró a Hernán Cortés, donde miles y miles de personas de todas las condiciones sociales iban a tratar con los "pochtecas", tan hábiles traficantes como duchos en el espionaje, nos mostraría otro lado de la vida de esa nación. Todo era orden y disciplina: aquí la calle de los vendedores de carnes, allá la de los artistas plumarios; más lejos, los artífices del metal; en otro lado, los vendedores de esclavos. No había moneda acuñada; el cacao (del azteca "cacáhuatl) servía de unidad de cambio; no podía , pues , atesorarse en cofres... pero igual había ricos y pobres.

Quizá nos diera el deseo de visitar la Biblioteca Imperial; allí estaban los libros reputados de "preciosos" en los cantares. Escritos en jeroglíficos con tintas variadas, sobre largas tiras de papel indígena, pegadas unas tras otras y dobladas en forma de biombo, igual que algunos viejos "sutras" de la China budista, eran los libros aztecas, una sonrisa jubilosa del color y de la luz. Allí estaban los viejos relatos cosmogónicos, las gestas heroicas, las sagas de los dioses y de los reyes. El papel prehispánico era fabricado con la tela de un "ficus" llamado "amaquáhuitl" (árbol del papel). Francisco Hernández, médico de una expedición enviada a México en 1570, nos ha dejado la descripción -más interesante aún por ser la primera de testigo ocular- de cómo les quitaban la corteza y las limpiaban con planchas de obsidiana, cómo pulían la tela vegetal por medio de un barniz llamado "xicáltetl", cómo cortaban dichas tiras de papel y otros aspectos de esa producción, realmente curiosos. No obstante, quemadas aquellas bibliotecas por los conquistadores españoles de una manera sistemática -creían que esos libros habían sido inspirados por el demonio- sólo quedan unos pocos libros que han podido salvarse para atestiguar la existencia de una literatura escrita, aunque es posible también que todavía se logren descubrir otros más.

 

Panorámica de Tenochtitlan donde destaca el Templo Mayor

 

Caminantes imaginarios de un mundo desaparecido, dialogando con las sombras, sombras nosotros mismos, tal vez nos tentara visitar las canchas llamadas "tlaxtli", donde jugaban con pelotas de "ulli", livianas y saltarinas; el juego era sagrado, porque la pelota de goma representaba antiguamente y según parece, al Sol, o quizá recorrer los jardines de las fieras, donde los reyes coleccionaban, para su solaz, muchas y variadas especies; encerradas en jaulas, estaban a la vista del visitante, o en estanques, si eran aves acuáticas. Toda una burocracia de empleados atendía a los animales, en medio de una perfecta disciplina, como sólo se puede mantener en los pueblos que llegan a un alto grado de barbarie civilizada.

La belleza, en fin, estaba aliada a la fealdad, la brutalidad, a la fineza; la vida humana no tenía valor alguno y en los templos se sacrificaban cautivos a los dioses, mientras la sangre bajaba por las escalinatas. Pero había quienes morían de otra manera: curvados bajo el látigo, levantando la piedra sobre la piedra, construyendo las murallas, excavando los acueductos, reventando su dolor inocente, hipando su tos tísica, enfaquecidos de hambre, de desesperación y de rabia; era el dolor del esclavo, que no se ve tras de la obra, quilla que soporta la nave de las culturas antiguas... y a veces de las modernas.

Pero era, a pesar de todo, el azteca o méxica, un pueblo que se instruía, que tenía amor por la enseñanza; atestiguaba ésta la gran cantidad de escuelas populares o "telpoch-calli" (que significa "casa de enseñanza") donde los "telpoch-tlatos" impartían cierta instrucción elemental. El conocimiento serio se adquiría en el Calmécac, especie de universidad superior. Sabemos, por los cronistas, cuáles eran las materias que allí se enseñaban: la historia, que ellos llamaban "yehuacauh-tlatolin", el calendario o "Ilhuitlapol-amoxtli", en el que se hermanaban la ciencia astronómica y la magia, los ritos religiosos o "teo-tlatolin", la escritura jeroglífica o "tlacuiloliztli", la ética, basada en sentencias de la sabiduría de los ancianos y llamada "huehue-tlatolin", y en fin: los números y el cálculo en el "tlaponal-amaxtli" o el libro de las cuentas. Pero también la enseñanza de la música, de la poesía y de la danza era cosa fundamental en la educación del azteca, sólo se hacía al atardecer y en otro instituto llamado "Cuica-Calco", o lugar de los cantares; no había, pues, un hombre de las clases superiores que no supiera hacer versos y componer música; que tuviera talento poético era ya otra cosa.

Tras estos estudios, el alumno o "momochtique" debía optar por seguir uno de estos dos caminos: profesar la "teopizcáyotl", carrera sacerdotal o decidirse por la "teotechiucauan", la carrera de los cargos administrativos, de las embajadas o del mando sobre hombres de guerra. Tras el exámen final, al cual asistían a veces los reyes, el graduado recibía el título de "nematcatlatoanime", que podría traducirse aproximádamente por "persona de buen decir". Durante las pruebas de exámen los reyes se sentaban en escabeles y delante de ellos ponían altos cojines rellenos de algodón, que les servían de mesas, en las que colocaban piedras preciosas y otros objetos de valor, para recompensar a los maestros si los alumnos habían demostrado aprovechamiento, pero ¡ay de aquellos si los jóvenes no respondían!, porque se les encarcelaba, encerrándolos en jaulas de madera, tan pequeñas que apenas permitían los movimientos.

Si nos acercáramos al "Calmécac" un día de iniciación de cursos, veríamos a los padres llevando allí a sus hijos, llenos de ternura, como cualquier buen padre de hoy. En el camino les hacían recomendaciones, como las contenidas en aquella pieza notable que nos ha legado Sahagún, de la que espigamos algunos fragmentos:

-"Vas ahora a aquel lugar que te ofrecieron tu padre y tu madre, que se llama Calmécac, casa de lloro y de tristeza, donde los que en ella se crian son labrados como piedras preciosas y brotan y florecen como las rosas" ..."Mira, hijo, que vas, no a ser honrado, no a ser obedecido y estimado, sino a ser mandado"... "Muchas cosas te serán dichas y oirás allá donde vas, porque el Calmécac es casa donde se aprenden muchas verdades. Esto que te digo lo juntarás con lo que allá oyeres, que es la doctrina de los ancianos. Y si alguna cosa te fuere dicha y no la entendieres derechamente, mira, no te rías de ella"... .

Cerremos este viaje imaginario por aquella ciudad de fantasía y de leyenda, no sin añorar, ante los monolitos y las estelas y las ruinas provocadas por el terremoto humano, aquella cultura hija del Sol y pensar que alguna razón tiene Rubén Darío en aquel juicio, tal vez demasiado exclusivista: "Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas: en Palenke y Utatlán, en el indio legendario y el inca sensual y fino y en el gran Moctezuma de la silla de oro".

Hyalmar Blixen
Suplemento Huecograbado "El Día"
9 de Setiembre de 1962

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