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Una perilla consular
Evocación de Montiel Ballesteros (1888-1971)
Hyalmar Blixen

El primer contacto personal que tuve con Montiel Ballesteros fue de carácter telefónico y en un momento particularmente dramático para mí, pues era el mismo día del fallecimiento de mi padre. Tenía yo entonces veintidós años y Montiel me llamó para comunicarme que ese mismo día había publicado en "El País" un artículo suyo dedicado a mi primer libro "Los iporas", una novela de ambiente charrúa. Pocos días después lo conocí personalmente.

Me habló de lo difíciles que a veces son los comienzos en la vida de un muchacho y aludió en parte a los suyos. Desde ese momento lo vi en muchas ocasiones y realmente me pareció siempre, no sólo un excelente escritor, sino el prototipo del hombre de bien.

Nació hace cien años en el departamento de Paysandú, pero la familia se radicó enseguida en Salto y de ese departamento era de donde le venían los recuerdos más nítidos y su conocimiento de las cosas del campo, pues sus ojos, entrenados extraordinariamente en la observación, captaban colores y características de flores, arbustos, animales y pájaros. Alguna vez me contó que en su empleo juvenil tuvo a veces que manejar una carreta para llevar los objetos de un lugar a otro. Luego, cuando Montiel trabajaba en una oficina pública deseaba siempre escapar para ver un rincón de la naturaleza. En todo escritor, más o menos escondidas en las páginas de sus libros, aparecen recuerdos que se filtran, prosas nimbadas de poesía a propósito de las cosas vividas. De "El escapulario", cuento del libro "Querencia", que conservo con una dedicatoria suya, transcribo esto: "Mis más deliciosas horas eran aquellas, a veces matizadas con alguna escapada al campo, como las de la tarde en que dejábamos el trabajo y se me permitía enhorquetarme en el primer matungo que encontrase ensillado. Se dijera que me vengaba de la disciplina del negocio vulgar, de las facturas comerciales y de los libros, que debía tratar con parsimonia haciendo prodigios caligráficos para no desmerecer en la comparación al anterior dependiente, flor y nata del perfecto amanuense. ¡Qué galopadas por esos campos! ¡Qué carreras locas, sin rumbo, las riendas del caballo sólo cortas para evitar la disparada y un volar de flecha mientras el viento me silbaba en los oídos y me flameaba la golilla y la melena rubia!. Me perdía en la distancia y a veces, en la desmesurada grandeza del campo, bajo el silencio del cielo inmenso y la calma de los pastos a veces estremecidos por la brisa, me detenía como identificándome con la naturaleza para reiniciar mis galopes desenfrenados, azuzando al pingo, gritándoles como oía en las carreras o amenazando bárbaros ataques imaginarios". Todos los jovencitos sueñan cosas así, unos a pie, otros a caballo; ahora será en avión o en plato volador. La cuestión es soñar algo, y desgraciados los carentes de imaginación que nada sueñan.

Verso y prosa

Quizá en esos sueños, a lomo de su caballo, ya estaría el escritor, solamente que todavía no llevaba lo imaginado al papel. Aunque Montiel Ballesteros es típicamente un prosista, comenzó editando libros de versos. Escribió varios y se arrepintió de alguno más: "Primaveras del jardín", "Terruño", ambos de 1912, "Emoción" 1915 y "Savia" (1917). Luego se dedicó a la prosa y parecía haber renunciado definitivamente a la poesía, pero en 1959, cuando cumplía 71 años, compuso "Versos bagualos", de un contenido y color muy diferente a su anterior lírica. Y todavía, en 1963 "El Angel tenaz y Almas fantasmas" y en 1968 "Trovas chapetonas". En realidad, fuera del ensayo, Montiel Ballesteros ha incursionado en todos los géneros literarios. Hizo periodismo en diarios y revistas de distintos países y escribió cuentos, novelas, obras infantiles, teatro, fábulas. Su obra en conjunto es de las más vastas de toda la literatura uruguaya, pues fue un incansable creador.

Todavía no había salido de su etapa lírica, cuando fue nombrado, en 1919, cónsul en Florencia; algunos han dicho que su característica barbita "mefistofélica" o "dannunziana", según los parecidos que le hallaban sus amigos, la trajo de Europa. Lo importante es que Adolfo Montiel Ballesteros, al sentirse en el ambiente europeo experimentó la nostalgia del mundo nativo en el que transcurría su infancia: por eso, mientras todos creían que Florencia, con su notable profusión de arte, lo absorbería intelectualmente, envió, al año siguiente, en 1920, un libro impreso allá y titulado "Cuentos uruguayos". Aunque todo no fuera típicamente uruguayo dio un paso fundamental en la búsqueda del terruño. Lo que recordaba de las pulperías, de los ranchos, de los tipos humanos camperos va apareciendo poco a poco en su obra.

En 1922 editó "Alma nuestra" que según Alberto Lasplaces, en él "el autor ensaya con toda felicidad el cuadro impresionista de anchas y sobrias pinceladas, de un realismo desnudo y a veces relampagueante de humorismo. Son a modo de manchas o bocetos, de episodios que parecerán inconclusos a quienes se tengan fieles a los viejos hábitos". Imposible sería, ni siquiera citar su rica obra, lamentablemente no reeditada en su totalidad. Sin embargo hay una importante "Selección de cuentos" editada por el Ministerio de Educación y Cultura (Clásicos uruguayos) que lleva un prólogo de quien fue destacado escritor y profesor, Domingo Luis Bordoli.

La narrativa criolla

Aparte de sus cuentos habría que considerar sus novelas: "La raza" (1925) donde lo artístico vive armoniosamente temas de resonancia social y de trama más compleja sin, que por ello vaya en desmedro del escritor ni del libro; "Castigo e‘ Dios" (1930) cuya acción ubicada en la llamada "Estancia Vieja" pulula inicialmente una peonada abúlica hasta la aparición de un joven ingeniero; la trama se anuda por las complicaciones que trae este personaje con algunas de las mujeres de la hacienda. Novela muy bien llevada en la graduación de las tensiones pasionales, la rapidez nerviosa del estilo y los valores plásticos. En cuanto a "Pasión" publicada en 1935, tiene también una trama bien llevada con sus peripecias y diseño de caracteres. Otra novela es "Gaucho tierra" (1949). ¿Está dirigida a los pequeños o a los mayores? La respuesta depende de muchos factores. Son las aventuras de un hombrecito de barro. De sí mismo y de su libro expresa el autor: "Si algo se descubre de bueno en nuestra obra es un eco, un matiz, una vibración, un destello del maravilloso encanto que nos rodea.

Sería injusto, no señalar, teniendo que dejar otros aspectos, la existencia de su producción de obras infantiles, desde "Queguay, el niño Indio" (1934) y luego, sucesivamente "Cuentos para los niños de América", "El país de los sueños", "Aventuras de un rayito de sol", "La cola de Añá", "El burrito blanco", "La ciudad de los ojos alegres", "Don Quijote grillo" y otros. Desde luego, no era sólo cuestión de escribir cuentos infantiles. Recuerdo haber visto a Montiel Ballesteros contar historias a niños de escuela en la Biblioteca Infantil que está en el castillo del Parque Rodó; la sala, llena de chiquilines, cuando Montiel hacía alguna pausa, le gritaba "seguí" sin mayor respeto a su perilla consular.

Quien llega a captar de tal modo el alma del niño demuestra una ternura que le sale del corazón como flor del alma.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

25 de setiembre de 1988

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