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Un Lord rebelde. En el bicentenario de Byron
Hyalmar Blixen

Hace doscientos años, el 22 de enero de 1788, nació en Londres George Gordon Byron, uno de los poetas más eminentes de la lengua inglesa, descendiente de una familia aristocrática, pero poseedora de rasgos de una extraña y malsana peculiaridad. Su tío abuelo era temido por su carácter brutal y licencioso, de tal modo que se le llamaba “el lord malvado”. El abuelo del poeta, de nombre Jack, recibió el apodo de “Tormenta” porque en sus viajes por mar naufragó en varias ocasiones y en la imaginación popular, su personalidad se asociaba a esas catástrofes. Tuvo un hijo, Jack, como su padre, pero apodado “el Loco”, quien despilfarró su fortuna, y tras casarse con Catalina Gordon, arruinó también la de su esposa. Pero los Gordon no le iban en saga a los Byron; tenían fama de aventureros y en algún caso, de prestigio siniestro; unos murieron ahorcados, otros asesinados, algunos ahogados, de modo que Maurois expresa: “de cada rama del árbol de los Gordon pende un ajusticiado”.

Cuando tenía tres años, el poeta perdió a su padre, por lo que Catalina Gordon y su hijo se instalaron en Escocia. De una sensibilidad sumamente precoz, el futuro Lord se enamoró, ya a los cinco años, de una niña llamada Mary Duff; su segundo amor lo experimentó a los doce y el tercero a los diecisiete.  

La personalidad juvenil 

Cuando estudiaba en Cambridge, se destacó en varios aspectos, pero desde luego por ser muy diestro en los deportes.

Como contrapeso, su temperamento lírico lo inclinaba a la poesía. Cierto nihilismo, cierta incredulidad respecto de los valores de los hombres y un estado de “spleen” que no se calmaba con nada, le daban a su rostro muy pálido un aspecto de melancolía, que lo hacía atractivo a las jóvenes, y por lo tanto muy afortunado en conquistas amorosas.

Su primer libro “Hours of Idleness”, cuyo título ya indica algo de su estado soñador, resultó un fracaso, además la crítica no fue benevolente con él.

Todo ello lo hizo reaccionar, no sólo por medio de su obra sarcástica titulada “Bardos ingleses y críticos escoceses”, sino al escribir el epitafio sobre la tumba de su perro que dice: “Aquí yace uno que poseyó belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, valentía sin voracidad, y todas las virtudes del hombre pero sin sus vicios... “ Y termina afirmando que este epitafio, que sería una adulación sin significado escrito sobre la tumba de un hombre, es justo homenaje a la memoria de su perro.

Cuando le correspondió ingresar en la Cámara de los Lords hizo política de oposición. Reconoció el valor de los conceptos de libertad preconizados por las revoluciones de las colonias británicas contra Inglaterra y las de la Revolución Francesa, y se atrevió a declarar que el general Bonaparte era su héroe de novela, por lo menos el de la época republicana, tal vez. Elogiaba las obras de Rousseau, preconizaba el amor a la soledad practicado por los rebeldes a la sociedad y los fuertes de espíritu, defendía los derechos de los tejedores de Notthingam contra la explotación capitalista, y se declaraba contrario al anglicanismo oficial intolerable.

Su viaje por el Mediterráneo le sirvió para desarrollar la pintura bastante lírica de paisajes de mares y tierras en los primeros cantos de “Childe-Harold”. Más adelante, “El corsario” fue de tal manera esperado, que en los dos primeros días de venta de ese libro, se adquirió ya la cantidad de trece mil ejemplares. En cuanto a “El sitio de Corinto”, “Lara”, “Melodías hebraicas” y otras obras, consolidaban su fama de notable poeta inglés.

Contra los convencionalismos  

Pero su vida disipada y las fiestas que llevaba con sus amigos en Mewstead, eran realmente poco edificantes. Lord Byron se disfrazaba de abad y sus convidados de monjes bebían vino en un cráneo.

En un poema, Byron hace decir a la calavera que es mejor alegrar a la gente en amables banquetes que ser morada de viles gusanos, en lo que tal vez tenía razón. El poeta mismo parecía cansado de esta vida y decidió casarse. Eligió sin embargo, tal vez por contrapeso, la mujer más diferente a él. Elizabeth Milbanke, hija de un baronet, era muy hermosa, distinguida, pura, delicada y no carente de inteligencia, pero fría, amiga de mantener la etiqueta, los convencionalismos sociales y poco dispuesta a disculpar faltas. ¿Cómo pensar que ese matrimonio podía sostenerse por mucho tiempo? De él nació, en 1815, una hija llamada Ada.

A Byron se le señalaba con el dedo. Cuando supo que le llamaban “Nerón”, “Serdanápalo” y “Heliogábalo”, comprendió que debía optar por este dilema: “o todo lo que se dice de mí es verdad y en ese caso no soy digno de Inglaterra, o lo que se dice es mentira, entonces Inglaterra no es digna de mí. En uno u otro caso debo abandonar Inglaterra”. Y abandonó su país.

Grandes obras literarias iban cimentando su fama. En 1817 editó “Manfredo” y luego “El prisionero de Chillón”, “Lamentaciones del Tasso y Mazzepa”. Sus aventuras de todo tipo lo tenían en la mira de los largavistas de los turistas ingleses que querían saber qué hacía Byron para contarlo en los salones. Por esa época tal vez haya que situar su romance con Teresa Gamba. Los Gamba pertenecían a la sociedad de los carbonarios y Byron simpatizó con esas ideas. Era un momento en que Europa estaba dominada por monarquías absolutistas que aplastaban a pueblos tremendamente oprimidos. Poco a poco se va filtrando en el espíritu del poeta la idea de salvar a Grecia, aplastada brutalmente por la dominación turca. Byron, a pesar de su pesimismo total, afirmaba que dos cosas había que salvar: los conceptos de “amor” y de “libertad”. Decidió ayudar a los griegos en su lucha por la independencia. Fletó con su dinero un bergantín, el “Hércules” y se fue a la guerra en favor de la liberación de los helenos, quienes lo recibieron como lo que realmente era: un héroe nacional. Sus esfuerzos se dirigieron en varios sentidos: lograr un empréstito inglés, humanizar la guerra y dar la vida por la independencia. Realizó ingentes esfuerzos personales con desprecio de su salud, que no resistía tantas penurias. Su cuerpo, cerca de Missolonghi, sufría estoicamente el clima malsano y ese fervor levantaba el ánimo de los patriotas griegos. Cuando le sobrevino la fiebre cerebral, la descuidó en el fervor de la lucha emprendida hasta que sucumbió a la dura adversidad. El gobierno provisorio de Grecia le rindió los máximos honores fúnebres en medio de la consternación de los patriotas. Estas breves pinceladas a propósito de su vida quizá inciten a algunos lectores a leer su obra.

Hyalmar Blixen
Diario "Lea" - Montevideo

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